Fragmento:
No existe explicación racional, pero algo se activó dentro de mí en ese instante preciso, entre el zumbido vascular que me acompaña desde mi niñez y el silbido distante de un tranvía. Soy consciente de que es inusual iniciar un relato presentando mis percepciones, pero, si apreciara la lógica tanto como aparento, quizá no estaría escribiendo esto desde la soledad marchita de una buhardilla plúmbea, tan cerca del cielo pese a la tierra.
Duración: 10:52
No existe explicación racional, pero algo se activó dentro de mí en ese instante preciso, entre el zumbido vascular que me acompaña desde mi niñez y el silbido distante de un tranvía. Soy consciente de que es inusual iniciar un relato presentando mis percepciones, pero, si apreciara la lógica tanto como aparento, quizá no estaría escribiendo esto desde la soledad marchita de una buhardilla plúmbea, tan cerca del cielo pese a la tierra.
Esa noche, la urbe estaba acechada por la medianoche como un cuadrilátero de espejos, todos prestos a fragmentarse. No sería una noche de asesinatos antes de la medianoche, pero sí lo sería después. La gente borracha de sí misma reía por las aceras, sombras enmaletadas se refugiaban del bramido del viento, lámparas parpadeaban como pupilas ansiosas. Yo deambulaba entre las avenidas del barrio antiguo, con la corbata por el tercer botón y una auricular anclado en uno de mis lóbulos. Era jueves, y aunque me detesto por reconocerlo así, han pasado tres años y sigo considerando que era jueves.
Bajo la luz amarilla del farol, sentí un factor externo anudarse a mi columna vertebral: la sensación de que la calle era menos calle, de que los edificios eran menos edificios, y de que la oscuridad en sí era, sin estarlo, más tangible. Me detuve frente a una tienda de antigüedades—el escaparate estampado de reflejos—y vi, superpuesta en mi imagen, una sonrisa que no era la mía.
No existe mejor indicio de terror que la certeza de que algo ha invadido tu reflejo. Podría decir, a modo de excusa neurótica, que era efecto de las luces, o que mi mente estaba agotada por la jornada laboral. Pero las excusas, como la niebla, nunca ocultan los asesinatos ni las realidades profundas.
Me giré con violencia. El único testigo era una rata que se deslizaba en un charco. Apreté el auricular. No tenía música: la batería había muerto. Seguí caminando—¿debo admitirlo?—con ese paso falso de quien no desea que escuchen sus dudas.
Las farolas, una tras otra, parecían extender un pasillo de bienvenida a las criaturas indeseadas, y fue en la intersección de la calle Gálvez y Zuñiga donde la ilusión se transmutó en invasión. A mi derecha, la acera estaba ocupada por un grupo de muchachos, los gritos felices de la embriaguez que sólo prometen desastre a quienes no saben escuchar el fondo de los ecos. Decidí cruzar la calle antes de toparme con ellos. Fue en ese cruce cuando la vi: una figura, apenas humana de tan desenfocada como era, vestida con un impermeable largo, avanzaba directo hacia mí. Pero su paso era hidráulico, un movimiento donde el tiempo parecía ralentizarse a su alrededor. Los muchachos no la vieron; ninguno la vio, excepto yo. Lo sé porque ni se detuvieron ni la insultaron, y en esa zona todo desconocido es probable blanco de hostilidad.
Pensé en volver sobre mis pasos pero mi orgullo—repulsivo, fatídico, ineludible orgullo—me obligó a seguir recto. Pasé por el lado opuesto de la calle, y cuando me crucé con la figura, traté de identificarle los rasgos bajo la penumbra. ¿Acaso el rostro estaba cubierto por una máscara de plástico? ¿O era sencillamente su piel, traslúcida por la luz amarilla y rota en parches con zonas de brillo lunar?
Seguí caminando, negándome a mirar atrás y, sin embargo, observando los escaparates laterales, espejos involuntarios del miedo. En uno de ellos, asomó otra sonrisa, esta vez más extensa, que persistió aun cuando mi cabeza la hubiera dejado atrás. Noté la humedad en mis manos y la extraña calidez de un hilo de sangre que se deslizaba desde detrás de mi oreja. Tenía la ligera sensación de haber sido tocado, pero no recordaba haber sentido ninguna mano.
El instinto de quien intuye que algo le acecha desde la dimensión equivocada activó mis reflejos: torcí a la derecha, al callejón más corto hacia la avenida principal. Un truco absurdo, pues, como sabrán los conocedores de relatos truculentos, cortar camino solo adelanta la desgracia.
El callejón olía a orina y pan viejo. Mi andar resonaba hueco. Quise acelerar el paso, pero era como si la fuerza de mis músculos dependiera de una gravedad selectiva. Cuando ya veía el semáforo rojo en la salida del callejón, la ilusión final se deshizo: la figura estaba allí, esperándome, indiferente a las leyes de la física, del tiempo y de mi propio raciocinio.
Esta vez, los detalles se volvieron imposibles de descifrar. Había más de una máscara en ese rostro: tal vez tres, una sobre otra, superpuestas en una especie de membrana líquida. Los ojos, si los había, debían de ser meras aberturas negras, y en esas aperturas, el mismo semblante que había visto reflejado minutos antes. La figura inclinó la cabeza con la amabilidad imposible de un carnicero, y se internó de nuevo en la oscuridad de una puerta trasera, con una lentitud que era ofensa.
Creí sentirme aliviado. No les mentiré: me reí nerviosamente y me prometí que renunciaría a las bebidas espirituosas entre semana. Salí del callejón y la ciudad me recibió, más anodina, más mundana que nunca. Ningún testigo, ninguna policía, ninguna alarma. Caminé sin rumbo, finalmente convencido de que lo que había visto era producto de mi agotamiento; en fin, me mentí con la facilidad de los incrédulos.
Solo que, horas después, mientras me desvestía en mi dormitorio, descubrí otra sonrisa, subsumida apenas en la negrura de la ventana. La sonrisa se deshacía, extendiéndose y contrayéndose como una telaraña de mucosa. No era ni reflejo ni ilusión: era invasión, y yo era ya su recipiente.
Pasaron semanas antes de que el horror abandonara lo sutil. Las sonrisas en los reflejos siguieron apareciendo; al principio se burlaban en los escaparates de las tiendas, después en los retrovisores de los coches aparcados, más tarde en los cubiertos del restaurante donde almorzaba. Los demás no parecían advertir nada; al parecer, yo era el elegido para albergar la invasión de la mueca.
Permítanme acelerar la narración a causa de la urgencia de mi revelación. Una noche, me desperté sobresaltado por el tintineo de la cucharilla que había dejado al borde del fregadero. No era el viento. Bajé, con una linterna y un cuchillo de cocina, convencido de que la paranoia es preferible a la pasividad. Cuando llegué a la cocina, la cuchara vibraba sobre la mesada, con un compás tan preciso que recordaba los latidos de mi infancia enferma. Al alzar la mirada hacia la ventanilla, la sonrisa seguía esperando, más nítida, ajena al pánico y la cordura.
Fue cuestión de días para que los sueños comenzaran a poblarse del invasor. El individuo—o lo que fuera— se deslizaba en mis pesadillas, erigiéndose sobre una multitud de máscaras humanas y sonriendo desde todas ellas a la vez. Una multitud de rostros de tiendas, espejos, cristales de automóviles; todos palpitando la misma mueca, la misma invitación a la violencia.
Despertaba exhausto, con sensación de haber caminado durante horas y el vago olor a metal impregnando mis sábanas. En la oficina, los correos electrónicos comenzaban a poblarse de faltas ortográficas y palabras que no recordaba haber escrito. Una colega—Clara, la que siempre huele a pastelería barata—comenzó a mirarme con recelo.
“Ayer pasaste por delante mío y no me saludaste”, confesó, la voz temblorosa, “pero además… sonreías raro. No como tú, como…”, y no concluyó.
Dejé de frecuentar el trabajo; la invasión se había vuelto doméstica. Encendía la televisión y en los informativos de crímenes inexplicables me parecía reconocer la sonrisa en el rostro del presentador, en el de los testigos, incluso en los rostros de las víctimas pixeladas. Un patrón invisible emergía, y todos los que lo advertían estaban ya marcados.
Porque aquí llega lo esencial. A esas alturas mi temor ya no era morir, sino convertirme en el vector de lo que fuera aquello. La figura del impermeable reaparecía, de vez en cuando, en la esquina de mi percepción. Algunas madrugadas la veía cruzar la calle, otras veces detenida frente a la marquesina del autobús, siempre de espaldas, pero erguida en un ángulo imposible para la anatomía humana. Los gatos de la zona evitaban esa acera. Los perros no ladraban cuando ella pasaba.
No puedo precisar la textura del horror, pero puedo insinuarla: imaginen que su identidad, sus pensamientos más triviales (cómo se atan los cordones, qué palabras usan al hablar consigo mismos en silencio) son lentamente ocupadas por una costra externa que, al principio, se siente natural y útil—un escudo contra el mundo—, pero que pronto empieza a pegarse, a invadir, a asfixiar desde adentro hacia afuera, hasta que lo que fueron, o creyeron ser, es apenas el residuo de una risa ajena en el fondo de una taza de café.
Un jueves, de nuevo jueves, sonaron golpes en mi puerta a las 03:17 AM. Me detuve antes de contestar; a través de la mirilla sólo estaba la penumbra, y un leve tufo a humedad, de las noches en que la lluvia se acumula en los márgenes de la rabia. Entonces la puerta vibró. No abruptamente, sino con la parsimonia de las cosas que están seguras de que, tarde o temprano, la resistencia se acaba.
No abrí. Puse el respaldo de una silla contra la manilla y traté de no respirar. Al retirarme hacia el fondo del dormitorio, el silencio fue interrumpido por un crujido lento, pegajoso. Giré, y la sonrisa—no la figura, sino la mueca—flotaba sobre la cabecera de mi cama, extendiéndose como una herida abierta en el aire. Carraspeó. No me atreví a gritar.
La sonrisa habló con mi propia voz: “Ya pertenecemos”.
Comprendí al fin: la invasión no procede de afuera, sino de adentro. Aquella noche me descubrí en la acera, mirando mi ventana desde la calle, con la sonrisa pega a mi rostro, mientras observaba a ese pobre diablo—yo mismo—escribir este relato frente al portátil, temblando y suplicando compasión.
Si han llegado hasta aquí, no se engañen: ya conocen esa sonrisa. La han visto reflejada en los vidrios del metro, en el fondo de una cuchara, en la pupila cansada de su compañero de oficina. No intenten negarla: la ilusión es la puerta de entrada.
Escuchen una última advertencia. Hoy, mientras mi yo anterior se mantiene en la buhardilla luchando con palabras, la figura del impermeable sigue instalada en la esquina de Gálvez, aguardando a otro incauto. El reflejo de la próxima sonrisa está a punto de alzarse, encajar en su rostro y, con sigilo delicado, invadirlo todo. Y para cuando quieran gritar ya no será necesario. Estarán sonriendo.
Porque el terror, como el jueves, siempre regresa.
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