Fragmento:
Apretó el paso, el corazón goteándole en la garganta. Llamar a la policía era inútil por el barrio. Las patrullas, si pasaban, lo hacían con las ventanas arriba y la radio a todo volumen. Tuvo un impulso: dobló por la calle Sosa, oscura, rota, arbolada solo por cables de luz y postes viejos. Fue un error. Cuando entró en el callejón, supo que el ambiente estaba distinto, cerrado, viciado, y el eco de los pasos le sonaba igual que el ruido que hace un cuchillo afilándose poco a poco. Alguien venía detrás, no vio quién, pero el sonido era inconfundible: las botas golpeando el asfalto, una respiración lenta. Se detuvo. El miedo le apretó la vejiga. No miró atrás. Fue entonces que lo recordó; los rumores.
Duración: 10:27
***
Hay una acera que nadie barre después de medianoche. Norberto, por ejemplo, lo había notado en la rutina: los restos de comida entre las grietas, las colillas y los chicles olvidados por el calor del día. Pero a nadie le importaba y tal vez por eso la ciudad podría tragarse tus pasos sin testigos, absorberte en la nada, borrar tu sombra. Solo quedaría el asfalto, húmedo y oscuro, como una boca con ansias lentas. Norberto lo pensaba en esas noches largas, cuando el último bus ya no pasaba. Y sin embargo, esa noche sería diferente. No por la luna, amarilla y grasienta como si hubiera pasado semanas detrás de una vidriera de pollos asados, ni por el viento frío que agrietaba los vidrios de los comercios, sino porque pronto la ciudad conocería a alguien nuevo, alguien que la barría a su manera.
Todo comenzó a las dos y veinte de la madrugada, en el silencio estancado de la avenida Malinalco. Norberto caminaba rápido, sólo su sombra deslizándose al ritmo de las farolas agonizantes. Trabajaba de seguridad en una bodega de barrio. Le pagaban justo para no morirse de hambre, y a esa hora andaba distraído, contando los minutos para meterse en la cama, pero una incomodidad detrás de los ojos le cruzó la mente como una cuchilla. No estaría seguro después de ese turno.
Del otro lado de la calle, junto al kiosco cerrado, algo se movió. Un bulto que no calzaba con la geometría de los muebles o los árboles. Uno podría decirse que fue un gato o un ebrio durmiendo la mona, pero Norberto sintió una presencia. Aceleró el paso, metiendo la mano en el bolsillo. Llevaba el gas pimienta. El bulto no lo siguió. Pero a la vuelta de la esquina, dos cuadras después, volvió a verlo reflejado en las baldosas mojadas, más claro: alguien con un tapado largo, la capucha cubriendo el rostro. Lo observaba sin disimulo alguno, de pie bajo una luz que chisporroteaba. Lo peor era que, instintivamente, Norberto supo que no era un ladrón cualquiera.
Apretó el paso, el corazón goteándole en la garganta. Llamar a la policía era inútil por el barrio. Las patrullas, si pasaban, lo hacían con las ventanas arriba y la radio a todo volumen. Tuvo un impulso: dobló por la calle Sosa, oscura, rota, arbolada solo por cables de luz y postes viejos. Fue un error. Cuando entró en el callejón, supo que el ambiente estaba distinto, cerrado, viciado, y el eco de los pasos le sonaba igual que el ruido que hace un cuchillo afilándose poco a poco. Alguien venía detrás, no vio quién, pero el sonido era inconfundible: las botas golpeando el asfalto, una respiración lenta. Se detuvo. El miedo le apretó la vejiga. No miró atrás. Fue entonces que lo recordó; los rumores.
Había historias: de un tipo que cazaba a los solos, que disfrutaba de la sangre fresca, que nadie nunca veía a la luz del día. Cuentos para poner nerviosos a los niños, sí, pero Norberto tenía treinta y ocho años, dos hijos y una esposa esperando en casa, y esa noche creyó en ellos más que nunca. Tragó saliva. Tomó el gas pimienta, giró en redondo, y lanzó con torpeza el spray hacia el vacío. La sombra apenas retrocedió. Entre la neblina roja del pepper spray los ojos brillaron, húmedos, sin parpadear. Una mano gigante se alzó. Algo como metal relució fugazmente y Norberto chilló, corrió, sin pensar en la dirección.
Tropezó, se levantó, dejó caer el celular. Ni siquiera tuvo tiempo de tomarlo. Pisadas acelerándose. Algo afilado zumbó cerca de su oreja, rozándole el cuero cabelludo como una caricia de alambre. El dolor fue tan frío que casi no lo sintió. Se metió en el patio de un edificio, subió la escalera, saltó dos peldaños de golpe. Puertas cerradas. No tocaría ninguna: ¿quién abre ahora, quién cree a un desconocido sudoroso y sangrando? Volvió al zaguán. Escuchó la puerta oxidarse lentamente. La sombra entró. Una linterna sucia recorrió el pasillo. Norberto se pegó a la pared, el aire hiriéndole los pulmones.
Entonces, el murmullo.
No fue una voz. Fue como una radio estática, como el gas sibilando desde una grieta. El aire cambió de temperatura. Norberto aguantó la respiración, elevando la adrenalina hasta el zumbido puro. La sombra se acercó lenta, pesada. Cuando estuvo sólo a tres metros, apartó la linterna de él, le dio la espalda. Un parpadeo. Tal vez adivinó al hombre escondido, o decidió pasar de largo. Norberto aprovechó, resbalando hacia el patio interno. Un vecino tosió en algún lado. Olor a comida vieja, humedad, vidas ajenas. Subió por la escalera de servicio a tientas, tropezó dos veces. La baja estaba cerrada con candado; subió a la azotea.
En el estrecho borde del techo, encogido tras el tanque de agua, miró desde arriba: la figura revoloteaba las sombras, buscando con la linterna y el cuchillo largo. La capucha era muy grande, casi grotesca, y los ojos, ahora lo veía, estaban demasiado juntos.
A lo lejos, sirenas. Alguien gritó en la calle: una discusión, un insulto, nada relevante, pero los sonidos ajenos eran como un conjuro sagrado: la mínima esperanza de que, aún aquí, la vida podía intervenir.
Norberto pensó en su familia. No, no llamaría a nadie; no le daría esa victoria al monstruo. Esperó. El perseguidor abrió las puertas de la lavandería comunitaria, revisó entre los tendederos llenos de ropa. En algún momento, un grito ahogado, una mujer que escapó por la ventana del segundo piso, cayendo sobre los botes de basura. El asesino no la persiguió; parecía sólo interesado en Norberto.
Estuvo allí, acurrucado, hasta que la figura se desvaneció. El peor silencio de su vida nació entonces. Bajó, el estómago apretando contra los músculos, y a cada escalón temía la aparición del hombre de la capucha. No apareció. Cuando por fin salió a la calle, eran casi las cuatro de la mañana. El barrio seguía igual de oscuro, pero la sensación de irrealidad era completa. Nadie creyó su historia. Ni la policía, ni los vecinos a los que les contó, medio llorando, lo que ocurrió. No había huellas, no había cámaras, no hubo crímenes esa noche. Sólo algunas llamadas por disturbios, una ventana rota, una mujer con el brazo fracturado. El móvil volvió al día siguiente: lo había recogido un barrendero.
Mattías era el barrendero. Tenía treinta y pocos, nunca había escuchado una historia semejante. Chismes, sí: de robos, de locos, de las cosas que uno encuentra en la madrugada. Barriendo la acera se topó con el celular de Norberto, olvidado junto a un charco de sangre seca. Lo empezó a limpiar, y comenzó a revisarlo, porque uno hace esas cosas en la noche para no pensar en la soledad. Vio la última llamada a emergencias, corta, cortada por el miedo, por el gas o la persecución. Escuchó el chillido, el balbuceo, el arresto de la respiración en la grabación.
Después, vio la figura.
No la vio de frente. La vio en los charcos, en los ventanales de los camiones aparcados. Primeras sombras deformes, luego algo más nítido. Un hombre de capucha grande, brazos largos, cuchillo tal vez de carnicero. Caminaba siempre entre la penumbra, como si la luz lo partiera en pedazos. Lo vio por tres noches consecutivas. Nadie más parecía notarlo. Mattías se armó un plan: cargaría un bate, miraría desde lejos, pero nunca enfrentaría a la sombra de cerca.
Casi nadie lo hacía, y tal vez por eso el asesino seguía en libertad, leyenda urbana viviente. Los pocos que lo vieron, callaron. Los cuerpos desaparecidos no figuraron en los diarios: indigentes, mujeres solas, alguna pareja borracha. El asesino, paciente, seguía acumulando nombres en una lista invisible.
Pasaron las semanas. Norberto dejó la ciudad, cambiándose con su familia a un pueblo. Mattías, sin embargo, vio cada noche la silueta más clara. Cambiaban las víctimas, cambiaban los barrios. La policía encontró rastros de sangre, algún cuchillo olvidado, y siempre llegaban tarde. Lo único que nunca fallaba era la basura sobre las aceras sumidas en sombra: el barrendero la notaba crecer más densa tras cada aparición.
Mattías intentó una vez alcanzarlo. Cayó una lluvia sucia, y el asesino se detuvo a medio camino, con la linterna girando y el cuchillo aún brillante. Mattías lo siguió hasta un bloque de departamentos. Miraba desde lejos, clavado en la esquina, notando la respiración perpetrar el silencio mientras los faroles titilaban por el viento.
Luego vio el verdadero horror: no era un hombre, o no del todo. El rostro, bajo el capucho, estaba cortado y pegado con grapas, varias pieles unidas, ojos separados por cicatrices. Mattías, paralizado, lo vio levantar la cabeza y sonreír con dientes que no eran suyos. Nadie podía ser tan frío, tan solemne frente a la muerte; ni siquiera quien la barre cada noche. Salió corriendo, y al dejar atrás la figura supo que la ciudad no duerme porque tiene pesadillas que caminan.
Esa noche, el viento barrió más basura que nunca. Mattías dejó el empleo poco después. Pero a veces, en el vidrio empañado de un colectivo, veía la capucha a lo lejos, paseándose entre los postes caídos, cazando a aquellos que nadie buscaría si desparecían. En la ciudad, decían, es mejor nunca caminar solo después de medianoche, nunca mirar de frente al recolector si te cruzas con él en una acera sin barrer.
Pero nadie escucha esas advertencias, y al filo del amanecer, cuando el camión de la basura pasa y deja el asfalto despejado, quedan manchas que ni la lluvia ni la memoria pueden limpiar. Y si algún día tropiezas con un bulto en la acera, baja la mirada. Tal vez esté barriendo la ciudad, pero no de basura, sino de algo mucho más importante: quienes tuvieron la mala suerte de caminar solos cuando la noche no termina, y el monstruo asoma bajo la luz moribunda de las farolas.
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