Portada del relato Los silencios de la madrugada
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Fragmento:


—¿Segura? —busqué ‘eventos en la zona’, pero Google no sabía nada.

Duración: 09:57

Los silencios de la madrugada
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Texto de ajuste de pausa.

Todos hemos escuchado alguna vez el cuento de horror urbano: el desconocido amable que en realidad es un monstruo, el auto que no te devuelve al hogar sino que te arranca la vida. A veces pienso que los cuentos existen para prevenirnos de las verdades más incómodas. O tal vez solo hacen que pasemos página, más tranquilos, porque “a nosotros no nos va a pasar”.

Me llamo Lucía. Por entonces tenía treinta y tres años y nunca he sido una persona especialmente miedosa. Sí, claro, desconfiaba cuando debía, pero había nacido y crecido en Madrid, tenía espíritu práctico y la costumbre, casi genética, de encontrarme regresando sola a casa después de media noche. Por eso descargué Uber, y por eso, aquella noche, tras una cena con amigas en La Latina y unas copas en Lavapiés, pensé que pedir un coche sería la opción más razonable.

Si alguna vez te preguntas cómo empiezan las tragedias, te diré que de forma corriente, sencilla, completamente normal. Como esa noche. Actué según todas las normas sociales modernas: caminé hasta una plaza bien iluminada, pedí mi Uber, rechacé las ofertas de taxis y me planté ante la boca del metro, móvil en la mano, hasta que mi aplicación vibró: “Arturo llegará en 1 minuto. Seat León, matrícula CXX-4470”.

Apareció a los pocos segundos: gris, reluciente, ventanas tintadas, demasiado nuevo para estar tan limpio. Arturo —o quien quiera que fuese— era un hombre de mi edad, tal vez un poco mayor, la barba impecable y los anteojos de montura oscura. Llevaba sudadera lisa, todo discreto, su perfil igual de anónimo y común que la propia ciudad. “Buenas noches”, saludó, sin mirarme a los ojos.

Creo que mi primer instinto me empujó a desconfiar, pero el cansancio es un sedante poderoso. Me senté en el asiento trasero, fastidiándome ligeramente la falda. Miré el móvil: “Tu conductor es Arturo. 4.8 estrellas. 15 viajes hoy”. Toqué para ver los comentarios. Todos positivos, todos anodinos: “Conductor amable”, “Muy educado”, “Coche limpio”. Relajé los hombros.

Apenas avanzamos dos calles cuando noté una extraña vibración bajo mi pie derecho, algo apenas perceptible, como si una máquina muy grande —alguien ajeno a mí— respirase debajo de la alfombrilla. Me incliné y palpé la tela. Nada. El coche giró a la izquierda.

—¿Todo bien? —preguntó él, cortés, de manual.

—Sí, gracias… solo pensaba que este coche es muy silencioso.

—Los nuevos modelos, ya sabe.

No le respondí. Durante unos minutos todo fue normal, pero Madrid estaba misteriosamente vacía, excesivamente tranquila para una noche de sábado, y las luces de los escaparates oscilaban demasiado rápido al pasar. Miré la ruta en mi móvil: el icono del vehículo seguía el trayecto esperado.

Así debió pasar media hora. Tal vez fue menos. No recuerdo que dijéramos nada más, aparte del murmullo del tráfico y una leve sintonía de radio. Fue cuando entramos en una calle estrecha, a medio camino entre el barrio de Chamberí y la frontera con Tetuán, cuando noté el primer error.

Uno pequeño.

Miré por la ventanilla y vi, a la derecha, el letrero de una tienda de electrodomésticos que sabía perfectamente que estaba en otra zona. No mucho más adelante, pero sí, era imposible que estuviéramos ahí. Verifiqué la pantalla del Uber: “Conduciendo hacia destino”.

—¿Podría decirme por qué no estamos yendo por Castellana? —pregunté, simulando calma.

—Hay un corte más adelante. Es por un evento deportivo en Cuzco —respondió aun sin girarse.

—¿Segura? —busqué ‘eventos en la zona’, pero Google no sabía nada.

—Solo será un desvío, no se preocupe.

Lo repitió como si quisiera fijarlo en mi cabeza: “Solo será un desvío”. No podía ver sus ojos a través del retrovisor. El sudor me recorrió la espina dorsal. El móvil empezó a titilar, señal irregular, el mapa se ralentizaba.

El coche frenó, demasiado abrupto, junto a una farola fundida. El silencio se espesó. El conductor sacó el móvil, simulando buscar algo. De repente, la radio murió. El vacío se volvió total.

—¿Me permite un momento? —dijo. Y antes de que pudiera responder, bajó violentamente del coche.

Los segundos se dilataron. Miré atrás: la calle estaba vacía. Ni un transeúnte, ni un coche. El alumbrado caía como un velo débil sobre el asfalto. Dudé en salir del coche, pero bloqueó las puertas con un click autoritario desde fuera.

No tuve tiempo de buscar el mecanismo manual. Volvió con rapidez, abriendo sólo la puerta del copiloto, y de un movimiento preciso sacó una bolsa de deporte negra, la dejó en el asiento delantero y volvió a sentarse al volante, sin mirarme.

No soy tonta. En ese instante, la alarma interior se disparó. Mientras él arrugaba el rostro al encender el motor otra vez, metí la mano lentamente en el bolso buscando el spray de pimienta —siempre lo llevaba, aunque nunca lo había usado— y tracé mentalmente una ruta de escape. Pero ¿escapar adónde? ¿Romper una ventanilla? ¿Lanzarme del coche en movimiento?

Condujo otros cinco minutos, pero entonces el GPS volvió a parpadear: “No se puede calcular la ruta”. Él desvió ligeramente la cara, las sombras deformando su nariz y barba. Hubo casi un atisbo de sonrisa.

—¿Sabe? —dijo sin mirar atrás—. Hoy es el aniversario de la primera vez que recogí a una clienta sola.

La frase destiló veneno. Sentí el corazón en la garganta.

—Mire… si tiene problemas, déjeme aquí, me bajo y no pasa nada —murmuré.

Él no contestó. Tocó algo en la pantalla de su teléfono, el vehículo perdió velocidad. Luego sacó un cuchillo tan negro y brillante como una estrella nublada. Quedó apoyado contra la palanca de cambios, a la vista, pero no en la mano. Su voz se tornó inexpresiva.

—No tienes idea de lo mucho que odio que usen Uber para sentirse seguras. Como si la tecnología pudiese salvarlas de la gente como yo.

En ese punto comprendí que ni súplicas ni gritos servirían. Mi única oportunidad era la rapidez.

Giré el bolso hacia el asiento, saqué el spray y, mientras él volvía a girar la cabeza, lo disparé en su dirección. El aerosol no es una panacea: envuelve, escuece, confunde apenas dos segundos, pero dos segundos pueden dividir la vida de la muerte.

Aproveché para empujarle la bolsa hacia la cabeza, golpear con el bolso el respaldo y estampar la rodilla en el espacio entre el asiento y su torso. Las puertas seguían bloqueadas y él lanzó un chillido, moviendo el cuchillo y cortando el aire. La hoja rozó mi muslo, abrí la boca sin querer gritar y, sin pensarlo, pateé la ventanilla trasera con fuerza, esperando que el cristal se rompiera.

No cedió. Gritó más fuerte, “¡Puta, no me hagas esto!”. Forcejeé, luchando por apartar el cuchillo, el mango resbaladizo, él sacudía el volante. En ese giro, el coche chocó lateralmente contra un contenedor; en el impacto, la puerta del copiloto se abrió por un instante fugaz.

No sé si fue instinto o pura desesperación, pero me lancé hacia adelante, sintiendo el filo rasgar mi piel. Atravesé la puerta junto con mi bolso y arrastré mi pierna herida hacia la acera de cemento, el dolor era agudo, pero la adrenalina era peor.

Me puse en pie como pude, gritando, arrastrándome, hasta que una mujer con un carrito de la compra vino corriendo desde la esquina. “¡Ayuda!”, “¡Por favor ayuda!”… la voz me era ajena, irreconocible de puro terror.

Arturo —o como se llamara— salió tambaleándose, la cara roja, los ojos ardiendo, jadeando. Agitó el cuchillo pero miró a la anciana y a los curiosos que situaban ya curiosamente sus móviles de forma desafiante. Dio un paso atrás. Otro.

—¡No la dejen ir! —grité, pero nadie se atrevió. Él volvió al coche y lo arrancó, el motor bramando. Desapareció en cuestión de segundos, dejando tras de sí un silencio viscoso y un reguero de luces traseras que palpitaban como heridas.

La gente se arremolinó. Alguien grababa todo. Vi el suelo manchado de mi propia sangre, la pierna abriéndose en hilos rojos. La mujer empujó su carrito y me apartó, el móvil llamando a los servicios de emergencia.

La policía llegó, las ambulancias detrás. Dicen que estuve veinte minutos balbuceando cosas incomprensibles, hasta que me estabilizaron. Me preguntaron si recordaba el rostro, si tenía detalles del coche. Les di todo, capturas incluidas, la matrícula, la conversación. Pero días después, el rastro de Arturo desapareció: no existía conductor registrado con ese nombre, ni ese número de matrícula. El coche, dijeron, había sido robado un día antes. El perfil era falso o hackeado. Todo un fantasma digital.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que me atreví a volver a subirme a un Uber. Quizás nunca podré hacerlo en paz. Aún hoy, si inhalo profundamente, puedo recordar el olor a metal y sudor, el asfalto sucio cortando mi piel, el filo de la incertidumbre.

A veces, al doblar una esquina al anochecer, pienso en ese coche: en lo fácil que fue acceder a mi información, en lo perfectamente calculado de cada detalle. En cuántas reseñas pueden ser demasiado genéricas, insuficientemente humanas. Y cada vez que alguien me pregunta si el miedo es irracional, sonrío y, por toda respuesta, les cuento esta historia.

Luego, les pregunto cómo piensan volver a casa.

Quizás, después de escucharme, optan por caminar.

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