Fragmento:
Aquel mismo instante, a cuatro manzanas, un hombre de negocios con prisa atravesaba el paso de cebra, su móvil iluminando su propia desesperación. Un segundo antes de que sintiera el primer corte en el muslo –fino, profundo, casi quirúrgico– solo captó un aroma a pólvora y humo de incienso, como si una iglesia en guerra acabara de incendiarse. Cayó a sus rodillas, aún buscando las palabras para pedir ayuda, antes de que una sombra lo cubriera y la cuchilla biselada le abriera la garganta con una gracia casi ritual.
Duración: 08:59
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No llovía fuerte esa noche en el barrio de Ashford, era más un susurro constante que convertía la luz de las farolas en manchas anaranjadas arrastradas por gotas, como si la ciudad cosmopolita se hubieran disuelto en un cuadro borroso. Cuando el reloj de la iglesia marcó la una, solo los taxis rotos, un par de indigentes tozudos y los que preferían las sombras serpenteaban por las aceras. Nadie paseaba por King Street hasta que caminó él.
No era hombre joven, su andar tenía la mendacidad sin ruido de alguien acostumbrado a la caza. Llevaba una gabardina negra tres tallas grande, sombrero de ala ancha que no se quitaba ni en el bar más lóbrego, y unos guantes de cuero raído, tan gastados que la piel parecía humana, no animal. Nadie supo nunca de dónde había venido. Cuando a veces, entre sorbos de café frío, los tenderos hablaban de él, decían: “Nunca pide tabaco. Solo espera.”
Solo una persona lo vio aquel jueves, y fue Nora Santangelo, la camarera del Cobble House. Estaba cerrando, mostrando la espalda a la puerta de cristal empañado. Sintió una sensación comparable a rozar metal helado con los dientes antes de girarse hacia la calle vacía. Solo que no estábamos en enero, sino en pleno abril, y King Street debería haber olido a pan, no a tumba.
En el reflejo del cristal ella vio la gabardina, una mancha grande, indefinida, y cuando parpadeó, no quedaba nada. Cerró deprisa, encajó el pestillo, y caminó con prisa hasta la parada de autobús. No sería la última vez que lo vería esa noche.
Aquel mismo instante, a cuatro manzanas, un hombre de negocios con prisa atravesaba el paso de cebra, su móvil iluminando su propia desesperación. Un segundo antes de que sintiera el primer corte en el muslo –fino, profundo, casi quirúrgico– solo captó un aroma a pólvora y humo de incienso, como si una iglesia en guerra acabara de incendiarse. Cayó a sus rodillas, aún buscando las palabras para pedir ayuda, antes de que una sombra lo cubriera y la cuchilla biselada le abriera la garganta con una gracia casi ritual.
El cuerpo fue hallado a las seis, pero para ese momento las sirenas competían con los primeros trinos. Lo que nadie comentó en las noticias, pero sí supieron los agentes, fue que en el asfalto junto al cadáver había una figura grabada en tiza, igual que los símbolos que a veces decoran los libros prohibidos. Jamás el mismo signo dos veces.
La historia voló entre temblorosos dedos y labios anhelantes de café: alguien estaba matando. Ponían faroles, más patrullas, pero cada vez que el misterioso hombre de la gabardina actuaba, lo hacía en lugares distintos, sin patrón salvo la precisión y el olor acre de un viejo ritual. La policía de Ashford prefirió pensar que era un psicópata sofisticado: nunca robaron nada, no hubo abuso, los cortes eran limpios, limpios como una cirugía. Siempre una figura diferente en tiza, nunca la misma, y ninguna correspondía a símbolos de pandillas o rituales satánicos estándar.
Los asesinatos continuaron, cada vez más cerca del Cobble House y de la ruta de Nora. Una noche la joven, incapaz de reprimir el miedo, le preguntó al periódico local si estaban seguros de que era una persona: las cámaras de tráfico nunca captaban la figura completa, solo trozos; su sombrero, su guante, y ese maldito humo que siempre parecía salir de la nada. El periodista, uno de esos cínicos por vocación, le mostró una imagen borrosa. “Míralo. No necesitas nada más que la policía para atraparlo, ¿eh?”
Pero Nora había visto más esa madrugada.
Soñó con King Street, pero no con la amable pátina de la lluvia, sino con nubes de yeso fluyendo por la acera. En el sueño, la figura de la gabardina se le acercaba a grandes pasos, y a su alrededor las farolas explotaban, lanzando cascadas de electricidad y oscuridad. Cuando el hombre extendía la mano, las uñas se le transformaban en garras de obsidiana. Habló en un idioma imposible y cada palabra era como una aguja metiéndose en las ranuras de su cráneo. El sueño terminó con la cara del hombre a centímetros de la suya: su aliento era puro azufre, y en sus ojos ardía una ciudad en llamas, vacía de gente.
La pesadilla no la abandonó. Al despertar, Nora descubrió marcas de tiza en las baldosas fuera de su puerta, idénticas a las de las escenas del crimen. Lo peor: no había llovido.
Intentó pedir ayuda. Nadie le creyó. Un grupo de cuatro adolescentes, ajenos al miedo, la vio insistiendo y, como todos los valientes al abrigo de un circo, decidieron “cazar” a la sombra que poblaba el asfalto de Ashford.
Desaparecieron una noche de luna pálida, entre crueles graznidos de cuervo. Su bicicleta fue encontrada rajada, y en el suelo —cuando los padres suplicaron explorar cada recoveco— apareció una circunferencia perfecta de tiza, el borde aún húmedo y en el centro una pluma negra, monstruosa, como de un pájaro mitológico.
Nora, entonces, solo podía intentar sobrevivir. Cada noche, antes de cerrar, distinguía la figura quieta en la penumbra frente al parque. Empezó a notar cómo los faroles, antes de apagarse, chisporroteaban en presencia de aquella silueta. Recordó las historias sicilianas de su abuela, de hechiceros que podían caminar entre los vivos y traer consigo a los muertos con solo recitar un nombre verdadero.
La policía, finalmente, necesitó ayuda. Acudieron a un experto en simbología y magia urbana, el Profesor Lewis Morey, un hombre druídico, calvo y con los ojos brillantes de los que esconden todo menos la muerte. Examinaron juntos las marcas de tiza, la disposición de los cuerpos, los objetos a veces hallados (una hebra de pelo rojo, dos botones de madera, una moneda que nunca era del año en curso).
El diagnóstico fue más aterrador que cualquier psicopatía.
“El asesino no solo mata,” dijo Morey en la sala de autopsias. “Abre puertas. Cada símbolo es un conjuro; cada muerte, una llamada. Creen que es un hombre, pero no lo es ya, o nunca lo fue del todo. ¿Ve la cicatriz? No es tajo de cuchilla. Es la marca de quien ha traspasado la frontera entre la carne y el polvo. Eso que camina, camina entre las eras.”
Nadie quiso creerlo. Pero una noche, el propio policía a cargo, el sargento March, fue encontrado en su casa, con los nudillos pelados y la cara congelada en puro horror. En la ventana habían rastros de tiza, y afuera, sobre el barro, una pisada perfectamente marcada, casi... de otro pie.
El último viernes de mayo, Nora tenía decidido huir. Empacó todo y caminó bajo el aguacero, cada nervio latiendo con la idea de ver la gabardina negra surgiendo de cualquier charco. Apuró el paso al pasar frente a la iglesia vieja. Fue allí donde lo vio al fin, cara a cara. No era solo un hombre: era la suma de todos los hombres que habían muerto en Ashford desde el incendio del sanatorio en 1946, o eso pensó Nora. Los botones de su abrigo, era ojos, los hilos, eran venas, y sus palabras eran viento arrastrando hojas putrefactas.
El hombre le ofreció su mano enguantada. “Dame un solo nombre”, susurró, la voz llena de gritos añejos, “y me iré.”
Nora sintió el peso de todos sus miedos cayendo a cuartos por su garganta. La lluvia se congeló alrededor, las baldosas crujieron bajo sus pies. Supo cuál era el precio: la ciudad estaba ‘protegida’ no por policías, sino por la ofrenda regular del miedo, el sacrificio ritual encarnado en aquel espectro de odio, desesperanza y poder arcano.
Podía nombrar a su jefe mezquino, al hombre que la espiaba desde el departamento de enfrente, a la madre cruel de su infancia... y el horror desaparecería, al menos hasta la próxima vez. Pero Nora tragó saliva y levantó la barbilla.
“No,” susurró. “No le daré un nombre. No hoy.”
El asesino hechicero, aunque sin rostro verdadero, pareció entristecerse. La lluvia recobró vida, la energía taquicárdica de la ciudad regresó. Dio media vuelta, desvaneciéndose bajo el parpadeo de una luz moribunda.
Nora, temblando, recobrando poco a poco el juicio, miró el suelo. En la baldosa, bajo la lluvia, la tiza había dejado un nombre: el suyo.
Pasaron los años. En Ashford nacían y morían generaciones, cambiaban los alcaldes, cerraban bares y abrían supermercados. Pero a veces, a ciertas horas, bajando por King Street, aún se ve la figura con la gabardina negra, guiando solo a los que, como Nora, saben escuchar el verdadero eco bajo la lluvia.
Por eso, si caminas solo bajo luces rotas, nunca pronuncies un nombre en voz alta. Nunca se lo digas a nadie, y recuerda, el peor slasher no lleva cuchillo: es la ciudad misma, acechando con sus propios fantasmas, pidiendo tan solo una ofrenda de miedo, o, quizás, una sola palabra.
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