Fragmento:
No había fantasmas ni cuentos antiguos en nuestras cabezas. Solo el latido espeso de la noche, el fragor de sirenas lejanas y alguna que otra sombra que cruzaba rápido las persianas cerradas de los comercios decadentes. Ruy, siempre el bromista, empezó a hablar del tipo del hacha. Lo imaginó con una máscara de hockey, arrastrando una cadena entre los charcos de aceite y vidrio. Reímos. Yo también.
Duración: 10:25
Sí, puedo contártelo, aunque dudo mucho que alguien lo quiera oír… y menos aún, creer. ¿Por qué creí yo? Esos fragmentos se me han pegado al alma, como esquirlas diminutas clavadas bajo la piel. Y como un reflejo imposible de evitar, cada vez que pestañeo, veo pedazos de sangre y cristal reluciendo en la penumbra.
Éramos seis cuando empezó, caminando por esa costra dura que tenía el centro de la ciudad por las noches. Daniel, Lucía, Ruy, Helena, y la pareja de franceses que apenas habíamos conocido en el bar: Eloise y Mathieu. Todos sabíamos adónde no ir, pero el atajo era tentador después de un jueves de copas a medio precio.
No había fantasmas ni cuentos antiguos en nuestras cabezas. Solo el latido espeso de la noche, el fragor de sirenas lejanas y alguna que otra sombra que cruzaba rápido las persianas cerradas de los comercios decadentes. Ruy, siempre el bromista, empezó a hablar del tipo del hacha. Lo imaginó con una máscara de hockey, arrastrando una cadena entre los charcos de aceite y vidrio. Reímos. Yo también.
Fue Lucía la que lo vio. El resplandor anaranjado de una alarma pisoteada bailando entre las rejas de una tienda de electrodomésticos. Nos acercamos porque el bicho humano nace curioso. Uno a uno, como polillas, gravitando alrededor de esos cristales rotos cuyas aristas relucían bajo la farola.
“¿No sientes que los vidrios nos miran?” Musitó Eloise en un francés susurrante.
Me reí, queriendo compartir la incomodidad con Daniel, pero él solo tenía ojos para su reflejo fragmentado en la vitrina. Jugaba a encontrarse la cara en cada trozo de espejo, doblada y partida por líneas hirientes.
Esa noche, la ciudad estaba callada. Las palomas dormían, ni un auto rodaba, y las sirenas, por fin, guardaron silencio desde el hospital. El único sonido era nuestro zapateo y, casi imperceptible, el tintinear de cristales. El maniquí tras el vidrio, caído con la cabeza girada de forma imposible, parecía rogar ayuda. Lucía tomó una foto, y en el instante del flash algo saltó a nuestra conciencia: por un segundo, una figura oscura detrás de los cristales; borrosa, apenas un manchón en la esquina de la imagen.
Daniel bufó. “Perfecto, qué original: un fantasma de maniquí.” Y pateó uno de los fragmentos del vidrio. El trozo rebotó en la acera y fue a parar entre unas bolsas de basura. Lo seguimos, con el corazón bombeando una alarma muda.
El eco de un chillido. Alguien muy lejos, una mujer tal vez, gritando en la noche. O quizá solo el ruido de la ciudad cambiando de piel. Nadie quiso admitirlo, pero todos apretamos el paso, hasta toparnos con el callejón donde las sombras parecían espesar el aire. Había un olor amargo, mezcla de lejía y humedad. Las paredes, tapizadas de ladrillos podridos y manchas negras, parecían cerrarse como fauces.
Matthieu fue el primero en ver lo que estaba en el suelo: un charco de sangre y, clavado en él, un fragmento grande de cristal. Sobre él palpitaba una luz oscilante, roja, lanzando reflejos por todos lados. No había cuerpo, solo sangre, y la idea absurda de que el objeto había caído ahí en ese momento.
El “accidente”, supusimos. Alguien se cortó y se largó. Helena sugirió llamar a la policía. Opiné que sería mejor seguir andando, pero Lucía insistió en mirar. Siempre había amado las escenas forenses de las series. Era, según ella, “la atracción del abismo”.
Nos acercamos, uno a uno, y entonces fue Ruy el que los vio. Reflejos diminutos: ojos, bocas distorsionadas, caras espectrales en cada trozo de cristal, más allá del nuestro. Las imágenes parecían moverse con vida propia.
“El espejo está… mostrando gente. No somos nosotros.” Su voz, hundida en asco, estupefacción y miedo, flotó en el aire helado.
La sombra detrás del cristal, y luego otra, y otra. Lucía se agachó para enfocar con el móvil, el flash parpadeó y todos vimos: una figura, con una máscara de fragmentos de espejo, parado justo detrás nuestro – pero no en la vida real, sólo en los reflejos.
“Ya basta.” Daniel estalló. Caminó de vuelta hacia la esquina. Y entonces, como salido de un truco de feria infame, el reflejo lo anticipó: la figura del cristal se abalanzó primero, y Daniel se congeló en seco.
El grito: un sonido agudo, animal. Daniel trotaba, mirando para todos lados, hasta que una mano lo agarró desde la oscuridad. Yo corrí con Lucía, tratando de alejarme del lugar. Y entonces lo escuchamos: un golpe seco, como un costillar contra la madera, y después el chillido del vidrio rupturando carne.
Corrí más, sentí su mano en la mía. Ruy corrió en otra dirección; los franceses se alejaron hacia la calle principal, paralizados por la incredulidad más absoluta.
Estábamos en pánico. Nos refugiamos detrás de unos contenedores, haciendo lo imposible por aplacar el sonido de nuestras respiraciones. Helena susurraba oraciones en voz baja. Tras un minuto interminable, creí que lo peor había pasado.
“¿Y Daniel?” musitó Lucía.
Lo encontramos boca abajo, a metros del charco. Su espalda estaba abierta, una masa roja atravesada por astillas de espejo, como si alguien hubiera arrojado los trozos con fuerza brutal, haciéndolos penetrar piel y músculo con precisión despiadada. Lo que se reflejaba en cada filo: una y otra vez, su rostro congelado en un rictus de horror y sorpresa, multiplicado hasta el infinito.
No hubo tiempo para duelo. De las sombras emergió la figura: alta, encapuchada, el rostro cubierto de decenas de fragmentos de espejo ensamblados con cuerda, cobre y sangre seca. El asesino (el monstruo) se movía con un sigilo irreal, cada paso emitiendo el delicado tintinear de vidrios colgando.
Helena gritó como si esa sola acción la pudiera salvar. Corrimos, sabiendo que la dirección daba igual. Eran los callejones viejos, los que se doblan sin lógica y terminan en paredes ciegas o patios sin salida. Ruy tropezó, perdió el equilibrio, y Lucía y yo seguimos de largo. Detrás, el sonido del vidrio vibrando y una voz baja, gutural, susurrando palabras incomprensibles.
No sé cuánto tiempo corrimos. La ciudad parecía haberse esfumado. Los comercios, cerrados como tumbas; las luces, una sucesión de fuegos fatuos. Con Lucía encontramos refugio cuando, en medio del frenesí, dimos con un bar abierto. Seguros. O eso pensábamos.
Dentro, la música y el bullicio nos golpearon como una ola caliente y pegajosa. Pedimos ayuda, balbuceando nombres y horror. Nadie nos creyó, y aún así la policía vino. Un par de agentes adormilados nos hicieron preguntas, revisaron el callejón y encontraron a Daniel. No hallaron al monstruo de los espejos. El informe: “Ataque con extrema violencia, un solo atacante, sin testigos fiables.” Supe entonces que la ciudad no tenía tiempo para sangrías nocturnas. La policía tomó notas, miró a Lucía con escepticismo, nos mandó a casa. “No vuelvan por esa zona.” Era todo.
Y sin embargo, algo se quedó conmigo. No solo la pérdida, no solo el miedo. Era el reflejo: cada vidrio roto, cada escaparate astillado, cada charco de agua sucia reflejando los restos torturados de la noche. Los ojos que miraban, inhumanos, desde esos trozos de realidad fragmentada.
Esa noche, dormí con las luces encendidas. Lucía también. Aunque al principio hablábamos todo el tiempo, buscando sentido, al pasar los días fuimos volviéndonos extraños, evitando cualquier superficie reflectante. No tardó mucho para que las muertes salieran en el periódico: un vagabundo acuchillado, una pareja de estudiantes hallados en posición fetal, con puñaladas limpias causadas por esquirlas. Todos, decían, reflejados en los trozos dispersos de una ventana rota. Nadie ató cabos.
El asesino, decían los medios, era un tipo demente, sin rostro, invisible para la ciudad. Lo imaginaban ordinario, alguien que se movía entre nosotros con absoluta invisibilidad. Pero yo sabía que no era invisible. Estaba ahí, en el mundo roto del reflejo, al acecho tras cada cristal fragmentado.
Ruy nunca volvió a escribir, aunque dicen que lo vieron deambular por el hospital, con los ojos vacíos, sin reconocer a nadie. Helena se mudó, dejó la ciudad sin despedirse. Los franceses nunca regresaron por sus cosas.
Y yo… yo no salgo por las noches. Puedo oír el tintineo. Lo escuchas también, si prestas atención: cuando la ciudad duerme y la calle está sola, el susurro de fragmentos chocando y rozando la realidad.
El otro día, mientras cerraba la puerta de mi departamento, noté un destello en la mirilla. Allí, claramente, se veía la calle y, entre mi reflejo distorsionado, un rostro envuelto en fragmentos astillados. No era el mío. Y desde entonces he tapeado los espejos, tapado los cristales con papel. Pero igual, el monstruo espera. Porque el reflejo no sólo muestra lo que hay frente a ti, sino aquello que nunca debiste ver.
No importa si crees o no. Lo único que necesitas es cruzar tu propio reflejo en una superficie rota para darte cuenta de que algo te acecha… justo allí, del otro lado del vidrio. ¿Recuerdas cuando niño te dijeron que no rompas espejos? No era superstición. Era advertencia. Porque a veces, cuando una ciudad se fragmenta hasta el alma, los monstruos salen. Y sólo los puedes ver en el espejo.
Esta es mi historia. Tienes derecho a no creerla, pero ni se te ocurra pasar esta noche por un callejón donde el suelo brilla con fragmentos de vidrio. ¿Escuchaste ese tintineo? Cierra los ojos. Vuelve a casa. No mires atrás. Si lo haces… serás tú el que aparezca, multiplicado, una y otra vez, en esas astillas infinitas donde ya nadie puede rescatarte.
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