Portada del relato La Noche del Cemento
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Fragmento:


—¿Hay alguien ahí? —inquirió, la voz vibrando en la amplitud hueca del centro comercial.

Duración: 08:08

La Noche del Cemento
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Texto de ajuste de pausa.

Era el tipo de noche que podría haberse fingido lluviosa. El asfalto, sucio de una semana de constantes aguaceros, brillaba bajo la luz anémica de las farolas, como si sudara, como si aquellos que se aventuraban por sus líneas y surcos dejaran no sólo huellas, sino restos esenciales de ellos mismos. Dicen que en la ciudad uno aprende a distinguir entre los sonidos naturales y los generados por la amenaza. Pero esa noche los sonidos se mezclaban en una masa informe, sin jerarquías; pasos, zumbidos de electricidad dañada, algún grito estallando lejos, amortiguado ya antes de nacer, y el rumor continuo de las máquinas adentrándose en los cuerpos de los edificios como dientes en un animal dormido.

Eduardo lo olió antes de escucharlo. Trabajaba como guardia de seguridad nocturno en un centro comercial en decadencia, un cuerpo macilento de cinco pisos, invadido por polvo, promesas de descuentos y esquinas donde la penumbra nunca había pedido permiso ni explicación. Lo olió: un perfume barato, dulzón y rancio, propio del sudor mezclado con las sombras profundas del miedo o el deseo reprimido. Más tarde pensaría que esa fue la primera señal de la noche, pero ahora, en el momento, solo se limitó a arrugar la nariz y seguir su ronda.

Las cámaras, si alguna vez funcionaron correctamente, eran espejos ciegos. El sistema de altavoces emitía estática y ecos muertos, vestigios de anuncios viejos que nadie actualizaba ya. Las tiendas, la mayoría cerradas, mostraban sus interiores como bocas rotas; donde antes había perfumes y ropa, ahora habitaban ratas y soplos de polvo. Eduardo tenía, de tanto en tanto, que golpear con la linterna a la nada, sólo para sentir que el bulto perfilado en la esquina no era sino un maniquí, víctima también de la resignada espera.

A las dos menos veinte, sintió los pasos. No era raro oír alguno: travestis buscando cobijo, chicos sin techo, ladrones malos e improvisados. Pero lo que destacaba era el ritmo: no era ni temeroso ni furtivo, sino absolutamente regular, como si un metrónomo secreto los guiara. Eduardo se detuvo, tragando saliva. El perfume otra vez, más fuerte.

—¿Hay alguien ahí? —inquirió, la voz vibrando en la amplitud hueca del centro comercial.

Nadie respondió, aunque los pasos cesaron. Recordó las instrucciones: “No enfrentarse. Llamar a la central.” Pero la radio estaba muda desde medianoche, porque la batería se negaba. Eduardo, sin otra salida, avanzó hacia el sector de los antiguos cines, planta superior, donde los pasos parecían haberse disuelto.

La cartelería desgarrada, los nombres de sagas y superhéroes evaporados, parecían apuntar todos a una sola taquilla rota, aún iluminada por una lámpara que malvivía. Al acercarse, Eduardo eligió mentalmente entre dos opciones: o era un vagabundo, uno más, o algo peor.

Entonces, entre los asientos arrasados de la vieja sala uno, vio una figura erguida. Casi no parecía real: alta, demasiado delgada, envuelta en una gabardina delgada, las mejillas chupadas, las cuencas de los ojos profundas, dos oscuridades líquidas. El perfume lo inundó. La boca de esa figura, enorme, roja, sonrió apenas. No era nadie que reconociera de los habituales.

—¿Algún problema aquí señor? —Eduardo preguntó, intentando que la voz no le temblara.

Un silencio fluido. La figura ladeó la cabeza. La luz mostraba brevemente dientes, pero también sangre seca en el mentón.

—Busco la salida —musitó. La voz era como una grabación vieja pasada al revés.

—La puerta principal está cerrada. Tengo que escoltarlo afuera —balbuceó Eduardo.

La figura echó a andar, casi deslizándose. Los pasos, comprendió Eduardo, eran perfectamente iguales porque ni el miedo ni la ansiedad parecían alterarlos.

Al llegar al vestíbulo, las puertas estaban abiertas. Eduardo sintió el primer escalofrío verdadero: no las había abierto, y recordaba claramente haber colocado el cerrojo una hora antes. De golpe, el hombre —si era un hombre— se detuvo.

—¿Hay alguien más aquí esta noche? —preguntó.

—No. Solo yo —respondió Eduardo, sintiendo la futilidad de la frase.

La figura lo miró con una lástima oscura y apretó los labios, como un niño al que acaban de revelar un truco.

—No importa —dijo, y salió, pero no hacia la calle. Empujó la puerta que daba al antiguo almacén de materiales de limpieza, aquel que sólo usaban los empleados primero y que nadie había pisado en meses. Eduardo, por un motivo que no comprendía entonces, simplemente siguió.

Un olor a químico viejo y orines elevados impregnaba el aire. Nadie andaba por ahí, juró. La luz del teléfono bastaba apenas, hasta que una ráfaga ciega lo cegó: la figura encendió de algún modo la luz fluorescente, que parpadeó revelando rayas rojas secas en las paredes, como si hubieran intentado limpiar algo que no podía borrarse del todo.

—¿Por qué? —preguntó Eduardo, pero la pregunta no era para la figura, sino para esa sala.

Entonces comenzaron los gritos. Muy lejos, tal vez en el estacionamiento, o quizás solo en su cabeza, agudos, incesantes, cortos como cuchilladas de sonido. Eduardo se giró. No vio nada. Pero cuando miró hacia la figura, esta sostenía entre las manos un cuchillo viejo, de hoja dentada hasta lo grotesco. Lo movía arriba y abajo, como afinando un instrumento.

—Hay que mantenerlas limpias —musitó el ser—. Mantenerlas perfectas. Pero la ciudad nunca deja de ensuciarse.

Eduardo retrocedió. La figura avanzó, y cada paso era seguido de un hilo rojizo que caía de la hoja restaurada. La luz parpadeaba, y por un segundo creyó ver no solo a uno, sino a varias figuras, todas con la cara cortada en esa sonrisa grotesca, brotando de las paredes, del suelo, de la misma linterna, de las sombras proyectadas sobre los envases de cloro y escobillas.

Corrió, el instinto superando a la razón. Tropezó varias veces con mopas, trapos endurecidos y charcos que no obedecían a razón alguna. Por un momento creyó escuchar su nombre, distorsionado en la reverberación de los gritos que se alzaban, ahora no sólo de lejos sino justo por detrás de él. Al salir del cuarto, la figura había desaparecido, aunque el cuchillo seguía moviéndose, solo en el aire, con ese vaivén que siguió oyendo cada vez que cerraba los ojos.

La radio, milagrosamente, volvió a funcionar cuando ya había amanecido. No supo nunca si fue real el encuentro, porque al revisar las cámaras descubrió que todas mostraban a un Eduardo solitario hablando al aire o golpeando inútilmente puertas cerradas. Pero esa noche comprendió que el terror no es una excepción en la ciudad, sino su estado más puro, que espera desalojar a sus habitantes uno por uno, cuando ya no haya más vida en las avenidas ni ojos tras los cristales.

Eduardo no volvió nunca más. El centro comercial fue demolido meses después, y nadie mencionó nunca a la figura de la gabardina. Pero el rumor de la hoja arando el aire, de los pasos perfectos y del perfume pestilente, aún recorre las veredas. Dicen que, a veces, en la grieta húmeda de los edificios derruidos, se filtra un eco que no es el viento, ni el recuerdo, sino el horror haciendo su ronda, esperando a quien le toque esa noche abrir el portón de la ciudad y descubrir lo que realmente significa estar a solas en la oscuridad.

Porque en la urbe nunca estamos solos. Ni siquiera cuando el último edificio se apaga. Afuera, adentro, bajo el cemento o sobre él, algo espera, paciente, para recordarnos cuán fina es la capa que divide lo real de lo imposible, lo seguro del pánico absoluto. Y entonces, todos los caminos, incluso los marcados para la huida, llevan al mismo miserable destino: encontrarse cara a cara con aquello que, en el fondo, uno ha temido desde la primera vez que la ciudad le susurró su auténtico nombre.

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