—¿Por qué siempre nos toca en mi casa? —preguntó Lucía, lanzando una risita nerviosa y fingiendo enfado mientras extendía su saco de dormir al pie del sofá.
—Porque tu sala es la más grande y suena menos la tele del viejo —le respondió de inmediato Estela, la que cada año traía dulces importados sin tener claro cómo conseguirlos.
La noche era sábado y marzo, noche húmeda, falsa promesa de lluvia en la capital, con el ruido lejano de un camión de la basura como rutina a las tres y media.
Eran cinco en total. Lucía, anfitriona; Estela con sus dulces; Miranda, que traía la peor actitud pero siempre organizaba cualquier cosa; Teresa, tímida y escéptica; y Sofía, la que a menudo dormía profundamente sin importarle si a su lado hablaban de demonios o de chicos.
Pusieron Netflix, pero no encontraron de inmediato nada bueno. Los celulares sobre la mesa, la luz del pasillo apagada hacía rato. Afuera, el ventanal miraba desde el piso doce al nudo de avenidas llenas de sombras, taxis y motos.
—¿Alguien quiere jugar algo? —propuso Miranda, sentada con las piernas cruzadas, hurgando en el bowl del popcorn ya frío.
Comentaron juegos de miedo, desafíos tontos, lo de siempre. Teresa, que casi nunca hablaba, fue la que masculló:
—¿Se acuerdan del caso aquél de la chica de Moratalaz? Que la mató un tipo en su propia casa, en una pijamada. Nadie oyó nada hasta que vieron la sangre por debajo de la puerta.
El silencio cayó con la rapidez de un vidrio roto. Lucía miró a Estela, esperando un golpe de risas. Pero Estela no sonrió, solo subió el volumen de la televisión. Nadie se atrevió a decir que todas recordaban, aunque solo vagamente, la historia inventada por gente oída por padres en la mesa durante las noches de los domingos.
Fuera, la sirena lejana de una ambulancia hizo un eco débil en el barrio.
—Ya, tía, ¿para qué lo sacas? —murmuró Miranda—. ¿Quieres dormir con las luces encendidas como cuando éramos crías?
Teresa se encogió de hombros. Sofía sonrió y bostezó:
—Yo sí duermo en cualquier parte.
Hubo una pausa, pesada como las mantas gruesas que robaban en sus casas de la infancia para juegos de miedo. La peli de fondo era algo de asesinatos, voces susurrantes, el tipo en la pantalla acechando a una chica con coleta que, claro, era la última de una fiesta.
Mientras la historia avanzaba, la imaginación fue llenando lagunas de aburrimiento. Pero fue Lucía la que empezó a notar el crujido, apenas audible, de la tarima del pasillo.
Primero pensó que era el calor o el enfriamiento de las tuberías. Pero luego escuchó dos notas distintivas: un crujido y después como un roce, casi un susurro. Se le erizó la piel.
No iba a decir nada, claro. Pero Sofía, la menos impresionable, murmuró justo entonces:
—¿Escucháis eso?
Se miraron. Silencio completo. El televisor quedaba atrás, al borde del letargo. Eso hizo que el brillo en los ojos de Miranda aumentara:
—Como sea un pavo, llamo a la poli antes de preguntar.
No se oía nada ya. Nada. Pero la tensión se había infiltrado.
— Igual era un vecino —musitó Estela.
— Aquí… piso doce… —replicó Teresa, luego se retractó—. Bueno, igual el viento da en la ventana.
Lucía tenía una sensación familiar e inquietante: ese momento en que, apenas perceptible, algo no encaja. Como si la noche fuera una charada, una broma que dentro de poco alguien iba a llevar demasiado lejos. Estela echó un vistazo a su móvil, como buscando refugio, la luz fría del whatsapp iluminando su mentón.
Durante el siguiente rato hablaron de exnovios, de películas, de la universidad. Rieron, incluso. Los nervios se apaciguaron. Sin embargo, cada vez que alguna callaba, el silencio parecía demasiado grueso, demasiado expectante.
A la una de la madrugada, Miranda se levantó al baño. Llevó su linterna de móvil para no encender todas las luces.
— En serio, tenemos treinta años y seguimos haciendo pijamadas —se burló por última vez antes de irse.
La puerta del baño se cerró. Esperaron los ruidos habituales: el chorrito del grifo, papel desenrollado, el sutil eco del inodoro. Pero después de un minuto no escucharon nada.
— Seguro está mirando el muro de Instagram, se distrae —bostezó Lucía, rebuscando entre los cojines una manta.
El silencio siguió. Nada. Ni el agua ni el grifo ni el rumor de nada.
Sofía, visiblemente inquieta, se encogió en su saco:
— ¿Miranda? ¿Todo bien?
Ninguna respuesta. Solo, por primera vez, el ruido de la puerta del baño abriéndose y después un sonido húmedo, sordo. Parecía un trapo cayendo sobre suelo mojado. Fue tan breve y tan extraño que por un segundo dudaron si lo habían imaginado.
Lucía se fue a la puerta del pasillo.
— Mira, boba, si te escondes me va a dar un ataque —llamó.
Siguió sin oírse respuesta. Solo una brisa gélida cuando, seguramente, la puerta del pasillo se quedó entreabierta, provocada por el vacío tras una ventana mal cerrada en otra parte del edificio.
Lucía avanzó, despacio, pisando con cuidado las tablas rechinantes que siempre evitaba por costumbre. Vio la luz titilante de la pantalla de Miranda sobre una esquina del suelo. El móvil iluminaba la baldosa húmeda. No se veía a Miranda.
Llamó:
— Miranda…
Del baño salía un olor fuerte, a hierro y químico. El hedor de la sangre nunca lo habían olido en la vida real, pero Lucía supo en el fondo qué era lo que le llegaba. Se acercó al vano de la puerta. Cuando encendió la luz, de un golpe, la escena la derribó.
Miranda estaba sentada, con la espalda torcida, cabeza caída, los brazos extendidos como si se hubiera apoyado buscando estabilidad. Pero la cara estaba oscurecida; de por sí la sangre y el pelo le cubrían la boca y el cuello, y apenas un surco le desdibujaba la comisura. No gritó. Solo dejó caer el móvil y retrocedió tropezo con la pared.
No supo cuánto tardó en volver a la sala. El tiempo se distorsiona en la pesadilla. Las demás, al ver su semblante, entendieron incluso antes de oír la boca de Lucía, que solía controlarse —Murió… Miranda… La han matado. Hay sangre… mucha sangre… —
Teresa, pálida como el yeso, no pudo contenerse:
— ¿Cómo? ¿Qué dices? Aquí no entra nadie, estamos todas…
Miraron el ventanal del fondo, las ventanas de la cocina, las puertas. Todo cerrado. Solo la puerta del pasillo quedaba abierta como la herida que acababa de desgarrar la realidad.
Estela fue la primera en salir corriendo — hacia el ascensor, la puerta de entrada, lo que fuera. Pero el seguro estaba echado, y la llave… ya no estaba en la mesita.
Lucía, tambaleándose, intentó llamar al 112, pero notó la línea muerta. Como si el cable hubieran sido cortado por fuera.
— Había algo, alguien, en el baño —sollozó Lucía—, ¿o fue ella misma…? No, no puede…
Se quedaron las cuatro apiñadas en la sala. Alguien gimoteó:
— Hay que salir por el balcón…
Pero la caída de doce pisos no era opción. Sofía se acercó a la gran ventana, buscando la posibilidad de trepar. El frío desde la calle subía como un hálito extraño, densificado por la noche.
— Alguien está aquí —Teresa escupió, mirando debajo de la mesa, tras los muebles, como una niña convencida de que los monstruos acechan en los rincones—. No puede haber entrado nadie. Nadie.
La televisión seguía encendida, proyectando una escena de la película donde el asesino acechaba a un grupo asustado en una casa suburbana. El eco entre la ficción y la pesadilla era tan real que ninguna se atrevió a apagar el televisor.
Un nuevo sonido. Desde la cocina. Algo tropezó. Un cuchillo cayó. Se miraron, en pánico. Estela lloró sin control, tapándose la boca.
— ¡Vamos a la terraza comunitaria! —propuso Sofía—. Tiene reja, podemos encerrarnos ahí hasta que venga alguien.
Pero al llegar a la puerta de la cocina, vieron la luz encendida. El cuchillo de cortar pan estaba en el suelo, manchado de sangre reciente junto a una huella de pie, apenas ensangrentada, que se perdía hacia la despensa.
El estertor de una respiración en el interior. Fría, contenida, como si alguien luchara por no dejarse oír.
Nadie se movía. Nadie podía moverse. El miedo era parálisis.
Fue Lucía quien decidió que quedarse era morir lento. Tomó una lámpara de pie y la blandió como si pudiera defenderse. Entró la primera. El hedor era peor que antes, el metal y algo más profundo, indefinible.
Entre las sombras, vieron la figura: un hombre, no muy alto, con la cara cubierta por una máscara improvisada de bolsas plásticas y cinta americana, los ojos tristes, inexpresivos, se asomaban apenas entre las rendijas. El chasquido de una hoja al desplegarse, la mano extendida con un cutter plateado.
Gritaron a una, la rabia y el pánico mezcladas. Teresa salió disparada, Sofía y Estela detrás. Lucía, en un acto de desesperación, arrojó la lámpara, que se estrelló contra la cabeza del hombre. Un golpe sordo, nada más.
El atacante trastabilló, retrocedió, se estrelló contra la nevera. Un segundo de desconcierto absoluto. Suficiente para que Sofía agarrara la puerta del lavadero que daba al cuarto de servicio y todas, en desbandada, se encerraran allí. Empujaron el mueble más pesado contra la puerta.
Desde dentro, escucharon los golpes. El cuchillo arrastrándose, el ventanal temblando bajo los ruidos inhumanos de quien está dispuesto a todo.
El tiempo se llenó de respiraciones, lágrimas, balbuceos. Teresa, sangrando desde la mano donde un trozo de vidrio se había incrustado durante la carrera hasta el lavadero, sollozaba en silencio.
Pensaron cada minuto en saltar, en romper la ventana. Pero la caída era muerte segura.
Fuera, el hombre no hacía ruido por minutos eternos. Solo el eco del televisor, la música chillona, el comentario absurdo de un presentador.
Entonces, otra vez: el roce del metal sobre la madera, el crujido lento de la puerta, y la presión. El mueble, cediendo centímetro a centímetro.
Sofía, entonces, viendo que el móvil aún tenía batería, marcó a lo loco todos los contactos posibles. Sólo el silencio como respuesta. No había señal. Aislados de todo, como si la ciudad entera hubiera desaparecido fuera de esas paredes.
Sabían que tarde o temprano la puerta caería.
Lucía, temblando, tanteó en la penumbra hasta encontrar un palo de escoba, se lo pasó a Teresa, quien lo recibió sin mucho ánimo. Estela lloraba con la cabeza entre las rodillas. Sofía buscaba algo, cualquier cosa, en los cestos de la colada: encontró gasolina para la limpieza y pensó en usarla como arma.
— Si entra, lo matamos —dijo con falsa determinación.
El sudor les recorría la espalda. El ruido de la puerta cesó de repente. La tensión era insostenible.
Esperaron. Oyeron, finalmente, la sirena de la policía bajando por la avenida. Un vecino, muchos pisos más abajo, había llamado al ver la silueta recortada en la ventana de la cocina, el brillo inusual del cuchillo bajo la luz de la calle.
Cuando al fin la policía derribó la puerta principal, todo enmudeció. El hombre había huido por la escalera de incendios. Habían encontrado a Miranda y el pasillo convertido en una pesadilla de rojo.
Nadie supo nunca quién fue. Nadie averiguó cómo entró. Nadie encontró la máscara, ni el cutter, ni las huellas más allá del rellano, allí donde la ciudad no se detiene ni para el terror.
Esa fiesta de pijama terminó para siempre. Después, ninguna de ellas volvió a dormir fuera de casa.
La luz azul de la ventana alta, por las noches, siguió encendiéndose por años, como una vigilia muda para todos los que alguna vez habían sentido el susurro ajeno, helado, tras la cortina.
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