Portada del relato El Vendimiador
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Fragmento:


El viento arrastraba el olor pútrido de los mostos olvidados aquel octubre demasiado cálido, un olor dulzón mezclado con algo turbio, algo a lo que los aldeanos ya no querían poner nombre. Las parras de la finca Benimol narigoneaban colgajos de uvas podridas, y ese año, más que nunca, el espantapájaros alzaba su silueta magra contra el horizonte encarnado del atardecer.

Duración: 12:58

El Vendimiador
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Texto de ajuste de pausa.

El viento arrastraba el olor pútrido de los mostos olvidados aquel octubre demasiado cálido, un olor dulzón mezclado con algo turbio, algo a lo que los aldeanos ya no querían poner nombre. Las parras de la finca Benimol narigoneaban colgajos de uvas podridas, y ese año, más que nunca, el espantapájaros alzaba su silueta magra contra el horizonte encarnado del atardecer.

A nadie le gustaba pasar por Benimol desde que la desgracia de los hermanos Burgos: la prensa local lo llamó «Almas exprimidas», una mueca maldita bajo la sonrisa de un redactor con resaca. Los Burgos aparecieron picados en la tolva, la maquinaria atascada por los zarcillos de la carne y los jirones de lo que antaño fueron risas en esas noches de vendimia, cuando la juventud se olvida de la muerte hasta que la muerte escupe su nombre.

El rumor crecía año tras año, al tiempo que las enredaderas de la vieja viña parecían curvarse hacia la casona central. Decían, los que aún bebían por la noche en el Otoñal, que de madrugada, si estabas lo bastante borracho, podías oír entre los viñedos un silbido ahogado, como de hilos cortados entre dientes mohosos. Y tras el silbido, pasaban dos cosas: o alguien se perdía y no volvía nunca, o volvía tan blanco que mudaba el color de los ojos y los cabellos, que nunca más podía hablar de lo visto.

Así iban quedando vacíos los campos, despoblados los invernaderos y cada vez menos camas calientes en la aldea de Fontelacre, porque cada año, al acabar septiembre, la sombra del Vendimiador se arrastraba entre los surcos, hurgando para recoger su cuota de carne.

La noche de Todos los Santos, el aire se volvía pastoso y el silencio tenía un peso denso sobre los tejados. Sin embargo hubo un grupo, como siempre ocurre, que no supo o no quiso hacer caso: cuatro amigos que la rutina había ido separando, y a los que solo los borrachos pretextos y las viejas leyendas logró reunir, de nuevo, sin saberlo, en la boca del lobo.

Dionisia era la única que aún vivía en Fontelacre, en la misma casa baja que sus abuelos usaron durante la guerra. A sus treinta y siete años era huesuda como una raíz y su rostro estaba cruzado por pequeñas cicatrices invisibles que nadie sabía muy bien de dónde le venían. Llevaba meses empujando a los otros tres: vieja amistad o pacto suicida, nadie podría decirlo. Les urgió a reencontrarse la noche en que todos los perros del pueblo aullaron antes del anochecer.

—Será la primera vez que no llueva este día —dijo Hugo, el ingeniero, cuando llegaron al umbral de Benimol. La linterna bailaba sobre su camisa planchada, bajo la cual un corazón de niño seguía temblando.

—Los puercos se tumban cuando hay luna roja —respondió Dionisia—. Pero aquí no quedan ni puercos ni cerdos. Solo el hambre del campo.

Eran casi las diez y, de no ser por la luz extraña que exhalaba la tierra, el grupo habría jurado que caía medianoche. Se adentraron entre las parras muertas, el aire enfriándose a bocados de catacumba. El alcohol bullía apenas en el estómago, incapaz de calentar los temblores de Jara, que rizaba las manos en los bolsillos de su abrigo granate.

—Dionisia, ¿a qué coño venimos aquí? —preguntó Jara, que odiaba más que ninguna la idea de estar de vuelta en ese pueblo, de volver a encontrarse con lo que nunca reconoció haber temido tanto.

—A ver si hay fantasmas. O si solo hay vino y mierda, como siempre —dijo Aníbal, con una media sonrisa que no conseguía borrar la sombra de, quizá, sinceridad, repitiendo en voz baja el nombre: fantasmas, fantasmas, fantasmas.

La puerta principal de la casona era una tabla podrida a punto de ceder. Nadie fue tan tonto como para sugerir entrar, pero el silencio fue aún más torpe cuando ninguno tuvo huevos para marcharse. Así que rodearon el edificio de mampostería. El farol de Hugo sólo iluminaba el miedo, la viña parecía un ejército de dedos articulados bajo la tierra.

—Agarraos de la mano —bromeó Jara— y cantad para que no se nos lleven los muertos.

El viento agitó de repente un sonido largo y arrastrado, como el crujido de los sarmientos demasiado secos en una prensa olvidada. Aníbal dirigió el haz hacia el cúmulo de sombras a la derecha: había algo en el espantapájaros. El sombrero de paja, deshilachado, parecía inclinarse hacia ellos.

—Otra vez los niños de la puta escuela han plantado muñecos —gruñó Dionisia, pero el muñeco tenía una cosa rara, algo robado de los sueños, la curva ciega de la boca cosida con alambre de espino. Los brazos estaban articulados, terminados en herramientas antiguas: aquí una hoz oxidada, allá una tijera de podar quebrada, y, en vez de pies, dos raíces entrelazadas con gotas de una sustancia negra todavía fresca.

Hugo se detuvo tan cerca que casi rozó la pernera del espantapájaros, y la linterna parpadeó. La cosida boca, que nadie recordaba así, apretó el hilo oxidado en un gesto torcido. De pronto, el silbido llegó como un cuchillo: un sonido intenso, animal, la cuerda del aire cortada en seco.

Algo se movió dentro del espantapájaros. De los costados, entre los harapos apolillados, brotó una especie de brazo nuevo, largo, negro y cubierto de medias lunas de uvas podridas. De su punta colgaba una hoja de podadora, aún sangrante.

—¡La hostia! —gritó Hugo mientras caía hacia atrás. El brazo leonino se disparó con velocidad innatural y le cortó el tobillo por la mitad; un chorro arterial manchó las raíces podridas a sus pies.

Aníbal tartamudeó una oración mientras Dionisia le lanzaba el haz de la linterna: la luz descubrió algo grisáceo y viscoso filtrándose desde dentro del espantapájaros, como si la sangre de las vides lo animara, como si la carne engendrara una raíz oscura capaz de reventar la muerte.

Jara no gritó. A Jara el miedo le brotó en los ojos, corrió tan rápido como pudo, pero cada parra se curvaba hacia ella como un gancho de ossario, cada hoja crujía como dientes apretados detrás de la lengua. Tropezó, cayó entre los sarmientos, y sobre ella se cernió la sombra del Vendimiador. No era un hombre; era una silueta hecha de tejidos apretados, de piel tan tensa que la carne parecía tallada a golpes. Los ojos, sin globos oculares, vomitaban un resplandor pardo y podrido, mientras de la boca (más bien la herida de la boca) colgaban hélices de alambre de espino.

Intentó gatear bajo el peso de la sombra, pero la podadora descendió con una lentitud casi ceremonial, cortándola justo por encima de la clavícula. No hubo grito, solo el súbito sabor caliente de la sangre en la lengua, y un gemido ronco que embadurnó la viña.

Dionisia y Aníbal lo vieron todo. Freezeados por una culpa antigua, observaron cómo el Vendimiador recogía la cabeza de Jara como si fuese un racimo, se la llevaba a la herida en su pecho y la absorbía como un sumidero vegetal.

El monstruo se giró, como si oliese sus miedos. Avanzó a través de los surcos, las parras temblando y apartándose a su paso, y los dos últimos sobrevivientes huyeron en dirección contraria. Aníbal, el más rápido, echó a correr hacia la carretera, pero los caminos cambiaban sin razón: una vez entre las filas de la viña, sólo había más fila, más sombra, más podredumbre.

Tropezaron con las viejas cubas de fermentación. Redondas y enormes, como viejos barriles de madera llenos de vapor. El olor a mosto podrido era nauseabundo. Hugo quedó atrás, arrastrándose, dejando un rastro de sangre, cantando una tonada infantil con voz afónica de moribundo.

Aníbal intentó llamar al 112 con el móvil, pero la pantalla sólo mostraba líneas de estaticidad blanca: encima de la pantalla, una mancha de decoloración en forma de hoja retorcida se extendía mientras los píxeles gemían. Dionisia, aún sujetando la linterna, miró hacia atrás: ni rastro del monstruo, solo el viento y el rumor de sarmientos agitados.

—¿Qué hacemos? —preguntó Aníbal al borde del llanto.

—No lo sé. Quedarnos juntos.

Pero el Vendimiador se escurría ya detrás de las cubas, y eso lo supo Dionisia antes de verlo; lo presintió en el frío que le subió desde las plantas de los pies hasta los dientes, en el silencio. Cuando por fin se hizo visible, lo hizo a una distancia imposible de cubrir en tan poco tiempo, de pie sobre una mesa de vendimia, con los brazos extendidos, goteando vino negro desde la punta de los dedos.

Avanzó caminando sobre el aire, como si la tierra misma aflojase las leyes para su paso. Cada zancada suya mareaba el paisaje: cubas salpicadas de carne, parras que se pudrían al instante, piedras que sangraban un mosto negrísimo.

—¡Vete a tu puta tumba, monstruo! —gritó Dionisia, y agarró un trozo de caña de las que se usaban para las espalderas. Intentó golpearle, pero el palote se deshizo al contacto, devorado por humedades imposibles. El ser continuó su camino, y Aníbal, paralizado, sólo atinó a rezar.

El silbido reventó otra vez: una melodía invertida, carente de esperanza, como el último suspiro de una viña moribunda. Los nudillos del Vendimiador crujieron, y sus brazos se multiplicaron: cada uno llevaba un instrumento diferente, todos eran de siega o de poda, todos oxidaban saliva oscura.

Dionisia supo en ese instante que sólo quedaban dos salidas: luchar o volverse pare de la viña, perderse en la raíz común de los olvidados. Dio una zancada y, con energía terminal, arrastró a Aníbal hacia el centro de las parras.

—¡A la bodega! —susurró, el último cordel de importancia atado a la vida.

Atravesaron la puerta desvencijada del sótano. Dentro, las barricas goteaban un mosto de color rubí. Las paredes estaban cubiertas de arañazos y símbolos: cruces invertidas, racimos de uvas colgando boca abajo, marcas que nadie recordaba haber tallado.

Aníbal, llorando, dejó que Dionisia cerrara la trampilla. El temblor de sus cuerpos era igual al de las cañas azotadas en el exterior.

—No va a funcionar —gimoteó él—, está dentro de la tierra, de la cosa viva, de la raíz… lo oigo dentro de mi cabeza.

Dionisia le tapó la boca. Los sonidos del exterior cambiaron: primero, el viento que se tragaba los llantos; después, el latido somnoliento del campo, luego un golpe sordo, seguido de millones de crujidos, como si la finca entera floreciera y muriese bajo sus pies.

Hubo un momento de silencio puro. Tanto, que Aníbal ni siquiera escuchó la caída de la trampilla. La bodega se tragaba la luz, el frío crecía desde el suelo hasta colarse en los tuétanos.

Y entonces, un pitido oscuro. No un silbido, sino el lamento de raíces abiertas. Una sombra reptó por las paredes: la cabeza hueca de Hugo, sin rostro, colgando como una lámpara pervertida del tiempo.

La bodega se llenó del susurro del Vendimiador formado de tierra, humo y hambre antigua. Entró sin puertas, su forma destilando racimos de ojos, carne de uva, zarcillos de piel cortada. Dionisia reculó hacia el fondo, donde sólo aguardaba un sumidero de vino inacabado.

El monstruo extendió frente a ellos una de sus herramientas: una vieja tijera, oxidada y enorme como la luna derramada, y empezó a cortar el aire. Cada tijeretazo desgarraba la sala con gasas invisibles, descosiendo la realidad hasta que el terrón del mundo fue solo una costra que colapsa ante el paso de la podredumbre.

Aníbal perdió el juicio cuando la tijera alcanzó sus piernas. Cayó, la sangre brotando a borbotones, retorciéndose hasta que sólo pudo arder de dolor. Dionisia, sin aire, intentó luchar, intentó clavarle una estaca al inmortal, pero la madera se hizo mosto y resbaló inútil en el vientre vegetal.

El Vendimiador, al fin, los abrazó a ambos, los absorbió bajo su torso descompuesto, haciendo de la bodega un vientre de vidrio, tierra y carne, hasta que ya no hubo voces, ni manos, ni viña. Solo el rumor eterno de la vendimia y el ciclo de la muerte, rodando, una y otra vez, en la raíz ensangrentada de Benimol.

Al día siguiente, nadie los buscó. Ni la policía ni la prensa ni la memoria. La viña, agradecida por el tributo, dio brotes nuevos, uvas de piel tan fina que cortaban los labios, y al último perro que merodeó junto al espantapájaros lo encontraron trepado en un poste, con la mirada blanca y la boca llena de alambre oxidado.

En Fontelacre se vaciaron tres casas más ese invierno. Nadie volvió a mencionar la finca, ni a los chicos, ni al nombre maldito del Vendimiador. Solo el olor a mosto y sangre persistía bajo el suelo, advirtiendo a quienes quisieran oír que la tierra nunca se sacia, que toda cosecha reclama deuda, y que siempre, cuando el viento silba entre las parras, alguien volverá a la raíz.

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