Portada del relato Niebla en el Bajopuente
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Fragmento:


Entonces, en la mitad de esa medianoche resacosa, la niebla se deslizó bajo el puente. Sentí el vello erizarse en mis antebrazos —el tipo de niebla que parece surgir de las propias grietas del asfalto.

Duración: 10:10

Niebla en el Bajopuente
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Texto de ajuste de pausa.

El chillido del freno de un autobús descompuesto es la sinfonía secreta de los relatoristas que vagan. Así supe que era viernes: en el arcén de una carretera secundaria, bajo la sombra de un puente cuarteado por la lluvia y los años, supe que, ese viernes, yo también dejaría una historia al borde del asfalto.

La leyenda dice que toda buena historia de terror comienza en un sitio donde a nadie le gustaría pasar la noche. Tal vez sea porque, en tales sitios, el miedo no necesita esfuerzo para derramarse por el suelo. Yo he escrito relatos que empiezan así, y también los he vivido, al menos en parte: la trasera de un contenedor, el banco podrido de una estación abandonada, o la húmeda cueva que forman dos colchones apilados. Nunca esperé, sin embargo, que uno de esos sitios viniera a buscarme esa noche, cuando la ciudad celebraba su cumpleaños.

Lo del cumpleaños no es una metáfora. Era el aniversario de Fundación: cuatrocientos años de existencia para esa masa gris y anónima de edificios y gente. No era ajeno a la noción del júbilo colectivo: lo observaba desde mi rincón en la periferia mientras los fuegos artificiales dibujaban fracturas luminosas sobre la carpa que algún funcionario había montado para el evento. Véase: mundos aparte. En la garra del bajo-puente donde dormía, la fiesta llegaba solo en forma de ecos lejanos, sin los postres ni las sonrisas, apenas la certeza gaseosa de que, en otras partes, la existencia se celebra.

Esa noche, los otros vagabundos y yo nos reunimos a repartir vino barato y las sobras de una tarta de cumpleaños que alguien, por error o por culpa, había arrojado al contenedor de un ultramarinos. Estaba magullada, sí, pero seguía teniendo velas y algo que parecía nata petrificada. Por superstición, conservamos las velas apagadas; además, nadie tenía cerillas.

Matías, Lucía y El Mudo, tres de los habitantes habituales de nuestro refugio de cemento, se reían de una historia que Matías contaba sobre una vez que había confundido a un bolsa con alguien tirado en la acera. Yo no me reía, más por educación resignada que por tristeza; a los que pasan demasiado tiempo aquí lo humorístico apenas les roza.

Entonces, en la mitad de esa medianoche resacosa, la niebla se deslizó bajo el puente. Sentí el vello erizarse en mis antebrazos —el tipo de niebla que parece surgir de las propias grietas del asfalto.

En ese instante, noté la mirada de Lucía clavada en algo al otro extremo de nuestro campamento. Ni siquiera había terminado de girarme cuando un crujido, lívido y húmedo, quebró la calma. Sobre el final de la acera, entre los claros de niebla y basura, se erguía una figura con gorra de cumpleaños rota y un cuchillo largo, uno de esos de carnicero, reluciente de grasa y oxidado en los márgenes. Detrás de la máscara de cartulina pintada de pastel, sólo se adivinaban dos ojos brillantes como la viruta de un chicle aplastado.

—Todos tenemos derecho a un deseo —dijo esa especie de hombre, pero no lo dijo con la voz de los hombres. Era la voz de un narrador que rechaza quedarse fuera de la acción, una voz que resuena por encima del alcohol y la soledad.

El Mudo se levantó de un salto, como si lo hubieran encendido por dentro. El tirón del susto le borró la expresión y lo puso en fuga inmediata. Empujó la tarta de cumpleaños y las velas rodaron por el suelo, dejando rastros de cera como lágrimas de fantasma.

Quise pensar que era una broma, una crueldad de algún insomne puesto a asustar a los locos. Pero el tipo avanzó, arrastrando el cuchillo sobre las costillas de metal oxidado que formaban el esqueleto del puente. La niebla lamía sus pies como si los celebrara.

Matías soltó una risotada nerviosa.

—Buen disfraz, colega… el desfile es más abajo, ¿vale?

Nadie se reía. Lucía agarró una botella vacía y reculó; yo, aunque quería, no logré moverme. Hay terrores que sólo existen de cerca, hasta que los miras a los ojos hechos de celofán y entiendes que tras esa careta sólo hay relato.

El primer golpe fue rápido. La botella de Lucía se quebró en su mano y la sangre saltó junto al chillido. El tipo de la máscara la empujó contra los neumáticos apilados donde dormimos a veces, y el filo del cuchillo resbaló por la tela de su abrigo, dejando una flor roja a la altura del esternón.

Grité, aunque el grito se perdió entre ruidos de motores y música distante. Quise correr, pero la niebla había tejido una alfombra pegajosa y el suelo era un mosaico de restos, envases, huesos de pollos antiguos y zapatillas sin dueño. Matías se escabulló por la rampa hacia arriba, pero el tipo lo alcanzó —recuerdo el sonido, no la imagen. Carne, hueso, latas vacías, todo suena casi igual cuando lo parte una hoja sin compasión.

Intenté razonar, gritar ayuda, cuando me di cuenta de que, más que oyentes, necesitaba lectores. Había sentido antes ese tipo de horror: el miedo a ser escrito por alguien que no eras tú, a ser marioneta de una crueldad ajena.

—¿Qué coño quieres? —logré decir, aunque la boca me temblaba de frío y de miedo.

La máscara de cumpleaños giró hacia mí. El tipo ladeó la cabeza, como un perro curioso.

—El miedo te hace real. Yo existo gracias a ti —dijo. No sé cómo, pero era mi voz la que retumbaba bajo el puente.

Recordé, entonces, esos relatos de terror en los que el narrador acaba siendo el monstruo. El slasher sueña con cuchillos y sangre, pero lo que realmente quiere es respirar dentro del relato, romper la frontera y agarrarte la muñeca con dedos fríos.

El tipo se abalanzó hacia mí, pero en ese instante algo cambió: las luces del carnaval, esas ráfagas lejanas, comenzaron a iluminar la niebla. Pude ver, entre el vapor de alcohol y pasta de cumpleaños, que su máscara se iba deshaciéndose —como si la humedad absorbiese la ficción misma del personaje. Pegué un tirón hacia atrás, me caí sobre el montón de mantas y cartón, y la tarta se aplastó bajo mi codo; la nata vieja me embadurnó la camisa.

El asesino se detuvo un segundo, tal vez saboreando el momento, tal vez recordando cómo éramos los dos partes de la misma historia.

—No eres más que páginas sueltas —dijo—. Páginas mojadas y andrajosas.

Miré alrededor. El Mudo había desaparecido. Lucía apenas respiraba y Matías era ya sólo una mancha en el asfalto. Pero yo, yo entendí lo que estaba pasando. El tipo no mataba cuerpos, sino relatos: acababa con los datos adjuntos, con las historias ya empezadas. No buscaba sobrevivientes, sino la oportunidad de cerrar el libro y dejar que la noche cayera sin testigos.

Retrocedí al borde del campo de luz de la carpa, mientras la fiesta continuaba imperturbable a unos cientos de metros: niños lanzando serpentinas, borrachos con antifaces baratos, fuegos artificiales que partían el aire. Pensé en pedir ayuda, pero ¿cómo explicar una sombra que sólo existe en la narrativa? ¿Cómo advertirles, si los personajes no pueden salir del papel que les han asignado?

Me dolía la cabeza, me ardía el costado. Recordé los cuentos que Matías leía antes de que le faltaran dientes y esperanza. Recordé los relatos de terror, las páginas sucias, los vagabundos que, como yo, temían salir del margen. No porque amaran su vida, sino porque la alternativa era peor: ser escritos por otros, acabar sangrando tinta ajena.

El asesino dio un paso más, blandió el cuchillo en el aire pesado, y entonces la ficción se rompió. Lo vi: por un parpadeo, sus ojos cambiaron. Eran mis ojos, los del narrador. Se deshizo en neblina y reapareció tras de mí. Giré, intentando atraparlo a palabras.

—No eres real —le dije—. Sólo eres miedo. Miedo contado, miedo archivado mientras haya quién lo lea.

Pero la risa de la máscara era un ruido sin eco. Lo intenté: corrí entre los coches aparcados al lado del puente, salté sobre charcos negros, llegué hasta donde la carpa del cumpleañero lanzaba chorros de luz sobre el gris. Apreté mi mochila, con el único cuaderno de tapas blandas donde a veces escribo mentiras.

En la frontera entre la luz y las sombras, lo sentía acercarse: el filo del relato venía por mí. Sabía que si caía, lo haría para siempre, sin otro epitafio que un par de frases ambiguas flotando en la memoria de alguien. Quise pedir permiso para salir, pero el narrador no da respiro a los personajes que huelen a final.

Apreté los puños y recité mentalmente mis propias palabras:

Hoy cumplo años en la intemperie, y si he de morir, que no sea sólo para alimentar un cuento más.

El asesino no dudó. Se abalanzó, y sentí el filo rozar mi costado, traspasar la camisa mugrienta y hervir la sangre. Petrificado, miré cómo la máscara caía al asfalto, cómo sus rasgos eran una mezcla de mis rostros, de todos los que hemos dormido bajo este puente. El terror era nuestro; la cuchilla, también.

Desperté embarrado en nata y vómito, solo en el bajo-puente, al borde de la fiesta. Los cuerpos habían desaparecido, y ni la botella de Lucía, ni los huesos de Matías, ni el Mudo dejaron más rastro que un eco seco en la memoria.

En mi bolsillo, encontré la máscara de cumpleaños. Tenía manchas de sangre seca y letras escritas a bolígrafo:

Felicidades, querido narrador. Te toca pedir un deseo.

Nunca supe si aquello fue sueño, relato o resaca; si alguna vez existieron mis compañeros bajo ese puente, o si todo fue una variación decadente del horror. Pero a partir de esa noche, dejó de importarme la frontera entre narrar y vivir: ahora sé que el carnaval te busca si dejas las velas apagadas.

Porque toda historia de slasher vive para celebrarse, y todo cuento espera su cumpleaños para devorarse a sí mismo. Si alguna vez cruzas bajo ese puente, no escuches la risa en la niebla. No recojas la tarta caída, ni te atrevas a escribir justo en la línea donde la luz de la fiesta y la oscuridad del asfalto se confunden.

Pide un deseo y corre. Siempre hay alguien esperando a conjugarte en pasado.

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