Habían llamado al Uber a la una y veinte de la madrugada, porque era la única manera de salir vivos de la fiesta de Leah en esa maldita casa de la colina, aquella que todos llamaban "La Stoker", como si reírse del apellido de un escritor pudiera suavizar lo que ocurría allí. Exactamente a la una y veintisiete, cuando una niebla anormal resbaló lamiendo las ventanas con dedos de bruma, el coche canceló. “Imposible llegar a la dirección”, fue todo lo que vieron en la pantalla de Gabriela, y las alarmas internas de Mark y Lalo se encendieron.
Nadie quería admitir el miedo, pero flotaba en el aire al igual que las volutas de humo de la marihuana barata y los restos salados del sudor colectivo. Afuera, más allá de las ventanas y el jardín descuidado, los árboles traqueteaban, invadidos de insectos que parecían multiplicar su número y acaparar cada espacio de sombra. Y, aunque a Leah la poseía una risa terca, insistente y ronca, todos sabían que algo andaba mal.
—Tu puto historial de casas —espetó Lalo, la voz embadurnada por el alcohol y la incomodidad—. Por eso nunca acepto tus invitaciones, Leah.
Ella se encogió de hombros. El grupo estaba conformado por los que siempre decían que sí: Gabriela, Mark, Lalo, Leah, y la invitada de último minuto, Nerea, esa muchacha inasible, de mirada ausente, como si un pie estuviera aquí y otro en un pasillo siniestro que solo ella conocía.
Los cinco miraron sus teléfonos, intentando distraerse con titulares, redes, cualquier cosa, hasta que una vibración al unísono les sobresaltó. No era Twitter ni la típica cadena de mensajes de sus amigos. Era una notificación en una app desconocida, el icono un cubo negro, el nombre ilegible.
—¿Esto es de la casa? —preguntó Nerea, y la voz de Leah, en un chillido histérico, rompió la conversación.
Miraron la pantalla; un mensaje: "NOSOTROS YA LOS VIMOS. DEJEN LA LUZ ENCENDIDA". El mismo para todos. El mismo tono insidioso que se sentía como un cuchillo helado recorriéndoles la columna. Lalo se levantó demasiado rápido, derribando una botella.
—No soy de los que se asustan por una cadena —trató de bromear Mark, pero era forzado. Leah, por su parte, intentó buscar nombre al miedo.
—Fue la familia Bell. Dicen que uno de ellos, el hijo mayor, empezó a cortar a la peña de su propia sangre. Así, con un hacha. Al que atrapaba, lo “colgaba” en los marcos de las ventanas, para que el resto supiera que salir era peor que quedarse.
Gabriela soltó una risa seca.
—¿Y lo cuentas ahora?
El silencio llenó el salón. Entonces, crujió la madera en la escalera. Nerea, la más tranquila de todos, se incorporó y señaló hacia el amplio ventanal.
—Hay alguien afuera —afirmó, y sus palabras cayeron como plomo.
La lógica apareció: podría ser un animal, o el jardinero de la urbanización, o incluso un borracho de los vecinos. Pero lo que vieron los dejó helados.
Una silueta de proporciones extrañas, demasiada cabeza y brazos larguísimos, moviéndose entre los árboles, resbalando más que caminando, se detuvo: su rostro era una máscara, grotesca, blanca y sonreía, casi luminosa en la noche mojada.
Nadie reaccionó durante segundos que se estiraron en minutos turbios. La luz del ventanal rebotó en la mejilla de Mark, nervioso. Leah corrió junto a la puerta y la cerró de un portazo. El pestillo era endeble. Nerea no apartaba la mirada de la figura, que ahora parecía oler el aire, girando la cabeza de lado a lado.
Lalo masculló un insulto, y su valentía no era más que desesperación. Corrió por el pasillo hacia la cocina en busca de armas, cualquier cosa que resistiera una embestida. Cuando Leah miró el teléfono otra vez, la app tachonó una nueva frase: "YA ESTÁ ADENTRO".
Gabriela sintió el golpe primero. Venía de la despensa, al fondo del pasillo. Algo crujió, como huesos o madera vieja rota. Nerea y Mark se asomaron con cautela, mientras Leah se aferró a la barandilla de la escalera. Lalo regresaba, portando un cuchillo para pan en la mano derecha y una sartén en la izquierda.
—¡No jodan, cerré todo!
Mark se adelantó, buscando serenidad, pero entonces escucharon el arrastre sordo, ese “ras ras” de uñas en el linóleo de la cocina. Una sombra avanzaba hacia ellos, distorsionada y alargada por la luz naranja del pasillo. Y en la silueta, la sonrisa, siempre esa sonrisa ilegítima.
—¡Arriba! —gritó Leah—. ¡Todos, arriba!
La escalera crujió bajo el peso de los cinco. Se atrincheraron en la habitación principal, trancaron la puerta con el respaldo de la cama, mientras Gabriela forcejeaba, buscando señal para un mensaje de ayuda. Nada. Ni datos, ni llamadas, ni mensajes, solo la maldita app, siempre disponible, sugiriendo una especie de broma macabra del destino.
Desde abajo, escucharon el imposible: alguien subía a la escalera arrastrando lo que sonaba como metal contra madera y una respiración quejumbrosa. A cada escalón, la presión sobre sus pechos crecía. Nerea se acercó al ventanuco del baño, buscó abrirlo, pero estaba sellado por fuera. Las paredes, aseguraron, parecían susurrar.
—Mirad el teléfono —dijo Mark.
Cinco dispositivos vibraron al unísono: "SEPARADOS SON FRÁGILES. EL PRIMERO YA NO ES USTEDES."
En ese instante, la puerta se abolló. Solo una, dos veces, antes de reventar las bisagras. No fue un hacha, sino una fuerza antinatural. Se abrió, dejando entrar el olor a herrumbre y podredumbre. La criatura se abalanzó y la confusión se volvió sangre.
Lalo intentó plantar cara con el cuchillo de pan. La criatura lo tomó con una mano gigantesca y lo empaló contra la pared, atravesándolo como si fuera papel. Su grito se congeló: la sombra tiró hacia atrás, desgajó y lo colgó de los ganchos del techo. Las gotas de sangre cayeron como una lluvia caliente sobre los aterrorizados.
Gabriela y Mark saltaron hacia la ventana más cercana. Leah quedó paralizada, los ojos opa-cos pero bañado en lágrimas mudas. Nerea, que hasta ahí nunca pareció pertenecer, miró a la criatura a los ojos. Y la criatura la miró de vuelta.
—Sabía que acabarías aquí —susurró, la voz distorsionada. Y la criatura, como reconociendo quien realmente era la presa más importante, soltó una carcajada vieja, enterrada en siglos de odio.
Mark sacó toda la fuerza de la adrenalina: empujó a Gabriela al suelo, lanzó una lámpara envejecida contra la criatura. La lámpara no impactó; se desvaneció en un suspiro de polvo. La monstruosidad movió la cabeza, sonriendo siempre, irrompible.
—¡Hay que salir!
Los tres que aún sobrevivían corrieron por el pasillo, bajando de nuevo las escaleras. Leah se quedó atrás, y fue Gabriela quien la arrastró, medio cuerpo, por la fuerza, medio resignación de Leah. Atravesaron el salón, la puerta principal resistía. Mark, forcejeando, pudo abrirla. Viento, frío y neblina los golpearon, pero lo peor era la idea de estar afuera, a merced de la criatura.
Cuando pensaron que habían escapado, vieron al monstruo aparecer desde la sala, moviéndose más rápido de lo posible, como si no necesitara existir bajo las reglas del mundo físico. Tomó a Leah del tobillo, con movimientos imposiblemente lentos para su velocidad real, y la arrastró hacia la cocina.
—¡No, por favor, Leah! —suplicó Gabriela, pero solo obtuvo una última mirada de su amiga, suplicando, resignada a no ser salvada.
La criatura la sostuvo como si fuera una muñeca y ante sus ojos, la colgó boca abajo de una viga expuesta. Leah gritó hasta que las uñas sangraron por intentar soltarse. Entonces, la cabeza de la criatura giró como una brújula rota y la sonrisa se ensanchó malignamente.
Mark y Gabriela corrieron, adentrándose en la neblina, chocando contra ramas y maleza. Sólo la voz lejana de Nerea les llegaba, como un eco sin origen. "No pueden huir si ya les vio", decía, repetida, ampliada en cada latido de la bruma.
Gabriela tropezó, Mark se agachó a ayudarla. Cuando levantaron la vista, la figura estaba de pie frente a ellos, sólida, impenetrable. De cerca, la máscara era de una textura similar a la piel humana, pero los ojos estaban cosidos como si la criatura quisiera simular humanidad y se burlara al mismo tiempo.
Él se abalanzó sobre Mark, lo elevó en vilo y lo partió en dos, rápida, limpiamente, como partir una rama seca. Gabriela gritó hasta perder la voz, sintiendo que la locura le invadía. Trató de correr, pero la criatura ya no la seguía.
En cambio, los árboles la atraparon. Raíces salieron de la tierra, retorcieron sus tobillos. De fondo, Nerea canturreaba, ya sin ningún rastro de la chica tímida. “Aquí se quedan los que huyen, aquí se quedan los que miran, aquí se quedan los que no creen”.
La criatura se desvaneció en la niebla y detrás de Gabriela, la casa de la colina parecía más viva, su respiración era un ronquido de madera y cristal.
Nerea apareció a su lado, con la mirada traslúcida de aquellos que lo han visto todo.
—Siempre regresas al bosque —dijo, y sus dedos se alargaron, transformándose en raíces que buscaron asirse al corazón de Gabriela.
La última notificación de la app iluminó todos los teléfonos caídos y rotos en la tierra húmeda:
“Ahora tú”.
Un chasquido, un último grito, y el bosque volvió a quedar en silencio, como si la noche nunca hubiese existido para nadie, excepto para la casa, la criatura sonriente, y los que se quedan colgados, esperando a los que digan sí a la próxima invitación.
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