Portada del relato El Susurro de la Mascara
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Fragmento:


Los parroquianos lo buscaron en cada rincón, hasta en el sótano de cerveza. La única huella era una línea húmeda de barro que se perdía en la puerta del patio trasero. Marjorie, sintiendo la presión de decenas de ojos, fue la primera en salir a la negrura, sóla alumbrada por la linterna de gas.

Duración: 09:25

El Susurro de la Mascara
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Texto de ajuste de pausa.

Ciertamente, una noche de otoño en Greystone, un pueblo olvidado entre el aullido de los brezales y los abedules retorcidos, puede trastornar el ánimo más firme. Tras la ventana, el viento estrellaba hojas contra el cristal con una furia que parecía maldecir a la poca vida que aún se arrastraba por las veredas desiertas a medianoche. Era la época en que las sombras se alargan y la niebla se cuela, traicionera, hasta los rincones donde la esperanza muere lenta, mordisqueada por los recuerdos.

Marjorie Bell, viuda reciente y dueña del pub "The Mossy Fox", cerraba las cortinas cuando oyó el ulular de la ventisca. Pensó en su marido, sepultado hacía apenas dos semanas bajo una lápida torcida en la colina de la iglesia, y sintió que algo invisible y frío le rozaba la espalda. No era raro sentirse observado en Greystone estas noches. El pueblo llevaba semanas despoblándose: primero los animales, después los niños, luego los silenciosos.

Pero sólo los desesperados se atrevían a hablar del Guardabosques, ese viejo delirio de cazadores borrachos: un ser que caminaba entre la niebla envuelto en una zamarra desgajada, con la cara velada por una máscara de hueso de venado, portando una azada mellada que arrastraba como si aún abriera fosas para los olvidados. Contaban que el Guardabosques era el espíritu burlado de quien fue enterrador y verdugo en los siglos de la fiebre negra, encargado de limpiar las miserias de Greystone a golpe de pala. Decían los labios viejos que cada generación, cuando el pueblo se enfriaba y la cosecha era escasa, el Guardabosques volvía en busca de su próxima ofrenda.

Marjorie creía que eran patrañas, aunque nada la sorprendía después de que la hubieran encontrado de rodillas en la tumba de su esposo, con la carne de los brazos desgarrada y la boca llena de tierra húmeda. Ella no recordaba nada de aquella noche, sólo los susurros, el rumor de la azada raspando piedra, y la certeza de que algo inhumano la contemplaba desde el límite del cementerio.

Aquella noche, la tercera tras la muerte de George, siete parroquianos pernoctaban en el pub, embutidos entre la penumbra y el vaho de las cervezas. Entre ellos, Jasper Finch, el joven dependiente de la tienda, cuyo nerviosismo crecía conforme el reloj masticaba los minutos. Se levantó para ir al retrete. Nadie lo vio volver.

Los parroquianos lo buscaron en cada rincón, hasta en el sótano de cerveza. La única huella era una línea húmeda de barro que se perdía en la puerta del patio trasero. Marjorie, sintiendo la presión de decenas de ojos, fue la primera en salir a la negrura, sóla alumbrada por la linterna de gas.

Se adentró en el jardín apenas cultivado, siguiendo las leves pisadas hacia una mancha de niebla que bullía sobre la verja. Entonces, escuchó el crujido de las ramas y el susurrar. Apenas perceptibles, las palabras parecían provenir de la tierra misma:

"Dame carne. Dame memoria."

La linterna osciló. Una figura, imposible de definir, emergía y se retiraba en el filo de lo irreal. Era alto, anómalo, enredado en raíces y trapos. Marjorie retrocedió, tropezando con la maceta rota. Cayó sobre el barro, pero la figura ya se desvanecía.

Al regresar dentro, con la linterna apagada y las rodillas temblando, halló a los demás discutiendo. Nadie sabía nada, excepto el viejo Richard, que mascullaba refranes: "No hay paz para el que cava tumbas, ni sosiego para el que olvida."

Las horas se arrastraron. Jasper no regresó. Al amanecer se organizó la búsqueda en los bosques de Greystone.

La policía local, cansada de los cuentos del pueblo, sólo pudo confirmar el hallazgo de una pisada humana y otra, mucho mayor, cuyos dedos parecían garras. Marjorie, contra la incredulidad de todos, se atrevió a hablar:

"Él se lo llevó—aquél de la máscara de huesos."

Las risas burlonas no lograron aplacar el escalofrío que recorrió la sala cuando desde el bosque llegó el sonido inconfundible de metal hiriendo piedra.

Con la caída del crepúsculo, el pueblo quedó suspendido en una atmósfera de pánico sofocado. Los niños no salían de sus casas, los hombres montaban guardia armados de garrotes y faroles. Nadie pensó en buscar a Jasper hasta el mediodía siguiente, cuando la niebla se retiró al fin y una senda, antes bloqueada por zarzas, apareció abierta junto al cementerio.

Fue el tartamudo Sam quien la siguió primero, arrastrando los pies, hasta encontrar en un claro el cuerpo de Jasper, con la piel mortecina y un agujero del tamaño de una pala justo en la sien, como si le hubieran extraído parte del cráneo. A su lado, marcas de garras y un trozo de máscara de hueso ensangrentado. El horror del momento se eternizó en susurros y gritos. Nadie durmió esa noche en Greystone.

Era sólo el inicio.

Días después, el carnicero del pueblo desapareció. Hallaron su delantal colgado de un abedul desgarrado, y la palabra "Ofrenda" tallada en la corteza con uñas negras. La paranoia creció. La iglesia se llenó de oraciones, pero ni el crucifijo ni los cirios lograban disipar la certidumbre de que Greystone estaba condenado.

Marjorie comenzó a tener sueños vívidos, en los que siempre se encontraba bajo la tierra húmeda, mirando hacia arriba a través de la madera podrida de un ataúd. El Guardabosques la contemplaba desde el otro lado, con los ojos brillando en la oscuridad de la máscara, y le ofrecía la azada. "Ahora cavas tú", decía la voz como el estrépito de la tierra movida. "Ahora eres tú quien alimenta la tierra."

Cada mañana despertaba con las uñas negras de tierra, incapaz de recordar cómo había llegado hasta el umbral del cementerio.

Una noche, incapaz de soportar más la opresión y el miedo, Marjorie decidió desafiar a la criatura, poseída por la certeza de que algo la unía al Guardabosques y que sólo enfrentándolo podría liberarse. Llevo una lámpara minera, una pala y una botella de whisky a modo de última comida.

Se adentró sola en el brezal. Detrás, como pálidos fantasmas, dos vecinos la seguían, pero al notar la densidad de la niebla y los susurros esquizofrénicos del viento, se detuvieron.

Sola, Marjorie llegó al claro donde los hombres habían encontrado a Jasper. La tierra estaba removida, como si algo hubiera salido de abajo la noche anterior. Allí, la niebla descendió, palpable, viscosa, hasta sumirse en una oscuridad casi completa. De pronto, delante de ella apareció el Guardabosques.

Era peor de lo que jamás había imaginado: alto como un sauce, la máscara de huesos de ciervo apenas contenía el horror de un rostro indescriptible; los ojos eran agujeros sin fondo, y la boca, una mueca hendida en las sombras. La azada centelleaba infecciosa en la penumbra, y a cada paso, la tierra a sus pies florecía momentáneamente con hongos y raíces muertas que se retorcían y morían a su paso.

Sin saber cómo, Marjorie se encontró arrodillada, incapaz de apartar la mirada. El Guardabosques se inclinó sobre ella, los dedos huesudos rozando su frente con fría ternura.

"Tu pena sabe a tierra fresca", murmuró aquella voz subterránea, "pero aún no basta."

Entonces, la azada descendió, pero en lugar de golpear, la apoyó en su hombro. Un torbellino de imágenes llenó la mente de Marjorie: las generaciones de enterradores y torturados, la memoria de Greystone sepultada en los huesos del brezal. Vio el rostro macilento de su marido, la carne pudriéndose bajo la tierra, llamándola con desesperación.

La azada cambió de manos.

"Debes elegir", susurró la máscara. "O te unes a la tierra, o nos das nueva vida."

Marjorie entendió al fin lo que debía hacer. El ciclo. El sacrificio. Los muertos alimentan a los vivos, siempre. Se puso de pie, con la mirada fija en los ojos vacíos de la máscara.

Regresó al pueblo al amanecer, la ropa manchada de barro y sangre, las huellas del brezal marcadas en sus piernas. Nadie se atrevió a preguntarle. Durante la semana siguiente, desaparecieron dos más: el policía y el posadero rival. Las búsquedas sólo encontraron montículos frescos en el cementerio, y extraños símbolos tallados en la corteza de los árboles, siempre junto a manchas oscuras y tramas de huesos roídos.

Marjorie dejó de soñar. En los días, atendía el pub en silencio, sirviendo a los pocos que se atrevían a salir después del crepúsculo. En las noches, caminaba hacia el cementerio, siempre llevando la azada oxidada y la máscara medio rota del Guardabosques. A veces, se detenía a mirar la luna, preguntándose cuánto tiempo podría resistir antes de cavar su propia tumba.

Pero, una semana después de la última desaparición, un forastero llegó en coche hasta Greystone, ignorante de la historia y del miedo coagulado en las casas. Preguntó por alojamiento en "The Mossy Fox". Marjorie le sonrió con una calidez mortecina, le llenó el vaso de cerveza y le indicó un dormitorio vacío.

Esa noche la niebla fue más densa, y el susurro de la azada, más cercano.

Quizá Greystone estaba salvada, pensó Marjorie antes de entrar al cementerio, azada al hombro, la sombra del Guardabosques flotando tras de ella como un mal recuerdo encarnado. Nunca más volverían a hallar cuerpos, sólo túmulos frescos y símbolos en la corteza, porque Greystone había aprendido la lección eterna: la tierra reclama, y los que cavan siempre terminan bajo la tierra.

En la penumbra del alba, el Guardabosques observó, satisfecho. La máscara cayó sobre la tumba abierta. Y Marjorie, ahora con los ojos vacíos de la tierra, sonrió ante la promesa de otra noche en el brezal.

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