Portada del relato La curva del diablo
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Fragmento:


Era viernes, y la nostalgia golpeaba más fuerte cuando los huesos de octubre hacían crujir la madera de las casas. La densa helada de otoño hacía gemir las ventanas, pero en el bar solitario se encendían murmullos y risas, una defensa torpe contra la oscuridad.

Duración: 08:43

La curva del diablo
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Texto de ajuste de pausa.

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Morris Hill era un pueblo pequeño, apenas un puñado de casas dispersas entre colinas suaves y árboles viejos que murmuraban cuando el viento pasaba. La carretera principal quebraba en una curva cerrada, la llamada “Curva del Diablo”, nombrada así desde que Miriam Jenner y su Chevrolet rojo terminaron allí su existencia contra un poste oxidado, veinte años atrás. Nadie había pintado el asfalto desde entonces; el cemento mostraba cicatrices, y el sauce enorme que torcía su tronco sobre la curva parecía custodiar un secreto del que nadie quería hablar.

Era viernes, y la nostalgia golpeaba más fuerte cuando los huesos de octubre hacían crujir la madera de las casas. La densa helada de otoño hacía gemir las ventanas, pero en el bar solitario se encendían murmullos y risas, una defensa torpe contra la oscuridad.

Las campanas de la iglesia, esas que según la leyenda callaban si la muerte se paseaba por el pueblo, no habían sonado en toda la semana. Nadie parecía notarlo, hasta que Timothy Gage, arrastrando su abrigo militar y el aluminio vacío de su soledad, lo preguntó:

—Padre O’Connell, ¿por qué las malditas campanas están calladas? —Su voz era un eco desafiante en el bar.

El sacerdote, delgado como un monja, titubeó con la copa temblorosa entre los dedos. Nadie contestó. Aquella noche era una entre muchas que olían a amenaza. Becca, la camarera, miró por la ventana hacia la oscuridad más densa, justo hacia la curva del diablo.

Horas después, Becca caminó a casa, la linterna temblando en su mano. Los grillos callaban; solo se oía el roce de sus zapatos contra las hojas muertas. Al pasar junto a la curva, creyó ver algo moviéndose bajo el sauce. Aceleró el paso, los pensamientos galopando; las historias de Miriam, del sauce, de la joven Ruthie Bartlett que desapareció en esa misma curva hacía dos inviernos. De pronto, el viento arrastró un chillido: no de animal, sino algo humano y roto.

El domingo amaneció con una niebla tan espesa que el sol parecía rendido. Gap, el anciano que barría la acera, encontró algo que se negó a describir, pero que lo llevó directo al silencio. A media tarde, el sheriff Barnes, con su uniforme descolorido, decidió recorrer la curva. Los cuervos revoloteaban inquietos por encima del sauce. En el barro húmedo, algo brillaba; era la hebilla del cinturón de Becca, manchada de sangre. A su lado, un rastro de huellas que no parecían humanas: espacios demasiado grandes, garras hundidas en la tierra blanda.

Barnes se sentó, mareado. Recordó, como un golpe, los relatos antiguos. Todos decían lo mismo: cada cierto tiempo, cuando las campanas callan y la helada es demasiado prematura, el sauce “despierta”. Pero ¿qué podría eso significar? Nadie, en voz alta, lo decía. Aun así, anotó en su libreta: “Algo acecha en la curva. No es humano”.

Esa noche, la plaza fue escenario de un rumor incontrolable. Algunos decían haber visto a Becca antes del amanecer, parada junto al poste donde murió Miriam, el cabello empapado de roja oscuridad, los ojos huecos. Otros aseguraban escuchar el arrastrar de cadenas desde la raíz del sauce. El miedo era un animal insaciable en el pueblo.

Mark y Rhonda, pareja de forasteros hospedados en el viejo hostal, rieron al escuchar las historias mientras el fuego crepitaba en la chimenea.

—Cuentos de pueblo, Rhonda, no te asustes —dijo Mark con suficiencia.

Rhonda, sin embargo, sentía una presión en el pecho imposible de ignorar. Cuando Mark se acercó para besarla, ella lo apartó, atenta a la ventana.

—Alguien está mirándonos.

Él se asomó. Afuera solo había niebla y el reflejo tembloroso de su propio rostro. Terminó la noche borracho sobre la alfombra, pero Rhonda escuchó algo raspar los postigos. Murmullos. Risas muy suaves. O tal vez eran sólo ratas entre las paredes.

Mark desapareció antes del desayuno. El hostal tenía una puerta principal, y, sin embargo, la cerradura estaba intacta. La pista de huellas extrañas, esas marcas profundas, arrancaba de debajo de la ventana y apuntaba hacia la carretera, hacia el sauce y la curva. La Sheriff revisó los alrededores, la linterna lanzando dientes de luz hacia la bruma. En la base del árbol, halló marcas de sangre, como si algo, o alguien, hubiese sido arrastrado hasta la raíz hinchada del sauce.

Esa noche, el viento trajo un hedor dulzón al pueblo. Un vecino juró ver a Becca sudando sangre, arrastrándose por el barro, arrastrando un cuerpo sin cabeza. Otros la vieron de pie, en mitad del camino, esperando sin moverse frente a un camión que apenas logró frenar a tiempo. El conductor, joven e inexperto, cayó desmayado entre el volante y la bocina, y cuando logró reponerse, repetía sin cesar: “No tenía ojos… Solo agujeros”.

Las campanas de la iglesia seguían mudas, y un deje de psicosis se apoderó de la gente. Al tercer día, comenzaron a irse. La señora Foster empacó a sus seis nietos y salió sin mirar atrás. El gasolinero cerró y desapareció. Los pocos que quedaron se atrincheraron en casa, recordando el olor a miedo y sangre antigua.

En la casa del cura, Barnes, exhausto, repasaba mapas viejos y notas de desapariciones, tratando de encontrar lógica o patrón. Entre las páginas, cayó un sobre olvidado. Era una carta de hace casi un siglo:

“El sauce está maldito. No es árbol, sino puerta. Fue Miriam quien lo alimentó primero, y desde entonces, cada veinte años, reclama sangre fresca. Debe marcharse antes que la raíz lo encuentre, o será carne para el sauce”.

El sheriff apretó la carta entre los dientes, maldiciendo en voz baja. No había “solución racional”. Solo palabras absurdas: “El sauce pide carne”.

Aquella noche, el pueblo era apenas un puñado de luces rubias bajo la negritud. Barnes y el cura caminaron con linternas hasta la curva. Llevaban agua bendita y crucifijos, como si los cuentos pudieran enterrar el terror. No hubo palabras. Caminaban sobre los rastros antiguos, sintiendo cómo la niebla parecía más espesa y el aire, difícil de respirar.

A veinte metros del árbol, Barnes detuvo al cura.

—Escucha —susurró.

No era viento. No era animal. Un arrullo súbito, húmedo, fibroso, como si madera y carne se fusionaran en un lamento. De la base del sauce emergía una silueta arrastrada, como parida del fango. Ojos vacíos, boca enorme, piel de barro y ramas. Era Becca. O lo que quedaba de ella; la carne colgaba, la mandíbula desencajada, las manos convertidas en raíces afiladas. Caminaba hacia ellos despacio, mientras detrás, al cobijo del tronco, se agitaban más figuras: Mark, la niña Ruthie, otras sombras cuyos rostros eran apenas un recuerdo podrido.

El cura comenzó a rezar, pero las palabras se deshilachaban en el frío. Barnes alzó la pistola. Disparó y disparó, pero el eco se perdió entre las raíces. La criatura no titubeó. Avanzaba, guiando su desfile de carne muerta.

De pronto, la tierra se abrió bajo sus pies. Dedos húmedos, fríos, se enroscaron en los tobillos de Barnes, hundiéndolo, llevándolo hacia una oscuridad terrosa donde eco de risas y gritos se fundían. Miró hacia arriba: el cura se perdía entre un manto de ramas y, por un instante, distinguió los ojos de Becca brillando en la corteza.

Barnes sintió cómo la tierra entraba en su boca, los pulmones llenos de barro, y en ese instante último entendió: la curva no era solo un punto peligroso en el camino. Era un sacrificio perpetuo. El sauce, raíz de males antiguos, absorbía la memoria de quienes lo desafiaban.

Despertó, o creyó hacerlo, colgado entre las raíces húmedas. Abajo, otras caras, otras manos entrelazadas en la madera sangrienta. Arriba, la noche continuaba. Era parte del sauce, del suelo. Solo podía mirar, incapaz de gritar.

Días después, el pueblo quedó en silencio. Nadie se atrevía a nombrar la curva del diablo. Los críos lanzaban piedras desde lejos. El sauce se veía un poco más grande. En las noches, si uno escuchaba con detenimiento, podía oír voces susurrando bajo la tierra. Nadie volvió a buscar a los desaparecidos.

Solo las campanas, después de semanas, sonaron de madrugada, tañendo un aviso que ya nadie entendía, porque no había nadie para escuchar.

FIN

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