Fragmento:
Caminamos hacia el almacén de herramientas, linternas en mano, tropezando con raíces que parecían crecer a nuestros pies. Al llegar, hallamos el cuerpo de Ernesto Barreto, abierto desde el esternón hasta la cintura, como si algo inmenso y cruel hubiera decidido explorar su interior. Aquello no ayudó mi estómago, pero más imposible fue ignorar lo imposible: Ernesto estaba colgado a tres metros del suelo, suspenso por ganchos clavados en troncos altos, y la sangre no seguía el curso natural, sino que fluía lenta, absorbida de inmediato por la corteza rugosa del árbol.
Duración: 09:24
No todos los caminos llevan de regreso a casa. Hay senderos que se abren únicamente cuando el sol ha abandonado cualquier esperanza de retorno, y el aire se vuelve turbio como agua removida. Yo crecí en Carcaj, un rincón entre el pestilente río Caimán y un bosque que nunca aprendió a ser hospitalario. Escribo esto como registro y advertencia, aunque dudo que alguien sensato se aventure a buscar la verdad en estos parajes. Una vez, un forastero preguntó: “¿Por qué nunca talan siquiera los bordes del bosque?” La respuesta es sencilla: algunos árboles sangran.
La noche en que empezaron los asesinatos fue la más calurosa de aquel verano olvidado. La humedad era tan espesa que cortarla parecía posible. Yo tenía entonces treinta y tres años y me ocupaba de mantener en funcionamiento la vieja cantera, una herida abierta que nunca terminó de sangrar polvo y piedra. Mi equipo lo componían gente de pocas palabras: El Chueco Salazar, la Tía Marta, los hermanos Barreto, y mi primo Segundo, quien me acompañaba desde los días en que pensábamos que el bosque era un reino de duendes inofensivos.
A esa altura, la cantera sólo sobrevivía gracias a contratos ruinosos y mano de obra barata. Un pueblo moribundo para una cantera moribunda. Esa noche debíamos terminar un pedido urgente para el viejo Don Teófilo, dueño de medio pueblo y tres cuartas partes de las almas en venta. Los Barreto volvían del primer turno cuando lo oímos: un estruendo seco, algo entre un hachazo y un disparo, seguido de un alarido tan animal que heló la sangre de todos los presentes. Al principio creí que algún desgraciado se había seccionado una mano mientras manipulaba la maquinaria, no sería la primera vez ni la última.
Caminamos hacia el almacén de herramientas, linternas en mano, tropezando con raíces que parecían crecer a nuestros pies. Al llegar, hallamos el cuerpo de Ernesto Barreto, abierto desde el esternón hasta la cintura, como si algo inmenso y cruel hubiera decidido explorar su interior. Aquello no ayudó mi estómago, pero más imposible fue ignorar lo imposible: Ernesto estaba colgado a tres metros del suelo, suspenso por ganchos clavados en troncos altos, y la sangre no seguía el curso natural, sino que fluía lenta, absorbida de inmediato por la corteza rugosa del árbol.
La Tía Marta rezó, los demás sólo retrocedimos, tropezando con nuestras propias piernas, atónitos. El miedo verdadero no es grito ni llanto, sino parálisis. Nadie intentó descolgar el cadáver. Segundo me susurró: “Han vuelto”. No pregunté quiénes. En Carcaj, los viejos hablaban de sombras y ritos, de cazadores que alimentaban la tierra para que los muertos nunca olvidaran su hambre.
Esa fue la primera muerte.
En las horas siguiente tratamos de llamar a la policía del condado, pero la lluvia empezó súbitamente, convirtiendo los caminos de tierra en brea. Los postes telefónicos, devorados de líquenes y óxido, murieron con el primer trueno. Empezamos a juntar a los hombres, a cerrar las puertas con barricadas improvisadas mientras la Tía Marta se hacía cargo de los Barreto restantes, ciegos de horror y rabia. Nadie tenía intención de abandonar la cantera, y menos aún los hermanos del muerto.
Cayó la noche. No tardamos en notar formas merodeando cerca del lindero, moviéndose en la línea donde el bosque se rehúsa a ceder su secreto. Faros, linternas, veladoras: ninguno bastaba para perforar ese velo harto de vapor y neblina.
Pasadas las dos de la mañana, escuchamos el gemido testarudo del ganado; creímos ver llamaradas en dirección al establo. El Chueco y yo fuimos los primeros en correr hacia allá, él armado con una barra de metal y yo con una escopeta oxidada de mi abuelo. Chueco me preguntó, balbuceando: “¿No viste algo entre los árboles? Eso no era un hombre...”
En la penumbra, el establo era una jaula de gritos. Entramos a toda prisa y nos encontramos con la escena más grotesca hasta ese momento: animales partidos, como si una fuerza monstruosa los hubiera rebanado en dos sin esfuerzo. Pero lo peor fue el cadáver de uno de los Barreto, el menor. Su cabeza, con una expresión de horror tan vívida que juré verlo parpadear, estaba clavada sacando la lengua una estaca en el centro del corral. A su lado, marcas en la madera y el suelo: símbolos que ninguno de los presentes pudo reconocer de inmediato, pero que Segundo más tarde me confesaría haber visto en libros antiguos, de los que nadie sensato conserva en casa.
El Chueco no aguantó: vomitó tras el granero y corrió hacia el sendero, después escuchamos sus gritos ser degollados por la misma oscuridad. Cuando corrimos tras él, sólo hallamos un rastro de sangre y unas huellas profundas, como si pies desnudos y gigantescos pisaran sobre lodo y astillas... pero, no eran huellas humanas. Demasiados dedos, demasiada distancia, demasiado... deformes.
En ese instante supe que moriríamos allí. Que la cantera, el pueblo, la tierra misma se negaban a salvarnos.
Regresamos a la choza principal, donde la Tía Marta murmuraba oraciones de una letanía desconocida. Supe, por su forma de mirar la puerta, que esperaba la llegada de algo mucho peor de lo que cualquiera pudiera imaginar. La lluvia martillaba ahora el techo como uñas, la madera crujía y, aunque encendimos todas las luces posibles, la oscuridad se apoderaba de los rincones como un animal astuto, mordiéndonos la razón.
La siguiente muerte fue menos dramática, más cruel en su silencio. Segundo desapareció cuando fue a buscar agua. Apenas gritaron su nombre cuando encontramos la jarra vacía, fracturada en el suelo y, cerca de la puerta trasera, una figura tallada en hueso: un hombre con cabeza de ciervo, portando dos hachas cruzadas hechas de piedra. La Tía Marta se horrorizó: “Los Hijos del Árbol Loco,” balbuceó. “No debimos romper la tierra profunda, no debimos molestar sus raíces.”
Recuerdo que le pregunté a la Tía quiénes eran esos hijos, y lo que contó fue un eco de pesadillas antiguas: guardianes aberrantes, ni vivos ni muertos, nacidos del dolor de la tierra herida. Los ancestros ofrecieron sangre y carne a cambio de protección, pero cada generación olvidó un poco, hasta que la cantera escarbó más de lo permitido. Segundo era sólo una ofrenda más, junto con los demás.
Aquella noche, nadie durmió. Sobrevivimos acurrucados, armas en mano, sin esperanza real. No puedo explicar lo que siguió; el tiempo colapsó en pesadilla y delirio. Vi rostros en la ventana, garras arañando el vidrio, el aroma de la madera fresca y la podredumbre mezclándose. Lo siguiente sucedió a la vez demasiado rápido y grotescamente lento.
A eso de las tres y media, sentimos un temblor bajo nuestros pies, un latido profundo que sacudía la casa entera. De improviso, una de las paredes crujió y se abrió como si el mismísimo bosque la reclamara. A través del boquete llegó una ráfaga de aire frío y una sombra. No puedo describirla con honestidad, pero intentaré: parecía deforme, alta como un hombre en zancos, la cabeza coronada de astas nudosas, los ojos vacíos y húmedos como pozos. Blandía dos hachas, una negra de piedra, otra roja de metal oxidado. El monstruo avanzó balanceándose, sin hacer ruido, pero su sombra parecía arrastrar chirridos y chillidos de miles de insectos.
Los Barreto dispararon y golpearon, inútilmente. El aire se congeló y las balas se hundieron como en barro. El monstruo los abatió sin ansia, como si rematara bestias dormidas. Chispas de carne y sangre salpicaron las tablas, y cada grito duró menos que el anterior. Vi a la Tía Marta correr hacia la figura, cuchillo en mano y oraciones en lengua muerta. La criatura la levantó de un brazo, le cruzó la garganta con la hoja roja, y el cuerpo colapsó desparramando vapor y silencio.
Yo quedé solo. No sentí miedo, sino una certeza helada: estaba presenciando la limpieza de un antiguo ciclo. Aquello era justicia para la cantera, los bosques, la tierra herida. El monstruo se giró hacia mí, sus ojos espejos en negro, y alzó las hachas. Caí de rodillas y recé, eso que nunca antes había hecho. Esperé el golpe... pero no llegó.
En su lugar, la figura se detuvo, me miró tan detenidamente que sentí que leía mi vida entera. Olvidé respirar. Tras lo que pareció una eternidad, la criatura bajó las hachas y me señaló la puerta abierta por la tormenta. Caminé, guiado por rachas de viento que apestaban a hierro y tierra húmeda; atrás de mí los gritos disminuían, y el alba insinuaba una pálida luz sobre la devastación.
Llegué al borde del pueblo sin recordar cómo. Nadie volvió a verme igual. Las autoridades hablaron de accidente, de animales salvajes, de locura colectiva. Pero yo escribo esto para que alguien sepa: antes de la cantera, antes del pueblo, este bosque tenía sus dueños. No todos los caminos llevan de regreso a casa. Algunos sólo conducen a la boca de una pesadilla insaciable, esperando a quienes creen tener derecho a horadar la carne del mundo.
Yo me fui de Carcaj, pero a veces, en las noches de calor y tormenta, escucho el eco de hachas en la distancia. Sé que, al final, todos regresamos en sueños a ese bosque, y que el monstruo que acecha en la frontera entre los hombres y sus pecados aguarda, paciente, para recordarnos que no somos más que huéspedes de paso sobre un suelo tan hambriento como antiguo. Si algún día veo los árboles sangrar de nuevo, no miraré atrás. Y recomiendo que tú tampoco lo hagas.
FIN
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