Fragmento:
Todos sabían lo que Trisha anhelaba. No era suficiente investigar la leyenda del Acechador de Montclair, ese cazador cuya existencia se repite en foros y susurros de los bloqueados. Se buscaba una gloria oscura, una marca para siempre.
Duración: 09:28
La noche cayó sobre la ciudad como una cortina de terciopelo enmohecido, tan pesada que parecía absorber la poca luz que quedaba en las farolas de la vieja Calle Montclair. Bajo ese telón, un sudor frío permanecía pegajoso en la piel de los cinco que atravesaban el asfalto, prestos a alcanzar el abandono y la soledad detrás de los bloques industriales. Nadie reconocía que tenían miedo, pero la noche era esa criatura inabarcable que siempre observa desde la esquina de los sueños y los suburbios.
El grupo caminaba a pasos desganados entre risas forzadas y chistes antiguos sobre lo que podía esconderse tras las tapias corroídas de la fábrica Dalmar—un coloso putrefacto, con ventanas como bocas y sombra de cuerpo caído, que aún impregnaba de químicos el aire. Trisha, la voz radiofónica del pequeño grupo, lideraba, con su chaqueta de cuero y su móvil grabando en vertical. Detrás iba Alberto, sonriendo, pero con los dedos crispados; luego, Reggie, la fuerza, cuyas manos solían proteger más de lo que golpeaban. Al fondo, asidos, dos figuras más: Ravi, el escéptico, y Sonya, encantadoramente frágil cuando no reía.
“Este sitio es perfecto para la historia,” murmuró Trisha, girando la cámara hacia sí misma. La pantalla del móvil era el único faro del grupo, azotando las tinieblas con una luz moribunda. “Diario número trece. Dentro de la bestia, buscamos respuesta: ¿realidad o mito?”
Todos sabían lo que Trisha anhelaba. No era suficiente investigar la leyenda del Acechador de Montclair, ese cazador cuya existencia se repite en foros y susurros de los bloqueados. Se buscaba una gloria oscura, una marca para siempre.
Cruzaron la puerta principal, cediendo bajo el peso de la herrumbre y el abandono. El aire olía a cables quemados y papel marchito. Algunos pasos retumbaron bajo los techos desconchados, disparando ecos en direcciones imposibles.
“Cuidado con los charcos de ácido, eh,” bromeó Alberto, pero la risa se desvaneció antes de nacer. El móvil de Trisha parpadeaba entre el polvo; cada fotograma parecía devorar parte de la realidad. Ella narraba: “Aquí es donde encontraron los dibujos, las marcas. Y las partes...”
Hay un arte asfixiante en lo desconocido, pensó Reggie, y la fábrica tenía mucho de eso: pasillos inclinados y rincones donde la arquitectura se enrosca, haciéndose imposible de cartografiar con la mente. Sonya se arrimó a Ravi, hasta que una garra invisible de humedad les aferró los tobillos. Caminaron entre ruinas distorsionadas, guiados por la promesa de una sala, un corazón, detrás de los muros mutilados.
Fue Ravi quien primero vio las marcas. Fragmentos de ropa vieja clavados con fragmentos de metal. Cada pieza estaba dispuesta como si hubiese sido ofrecida, o descartada, como juguetes a los dioses de lo perverso. No reconocían los colores ni los tejidos; todo era antiguo y ajeno, empapado en ese hálito sobrenatural que te obliga a callar.
“Hay algo ahí arriba, lo juro,” murmuró Sonya, consciente de un cosquilleo inconfundible en la espalda, como si telas de araña colgaran del techo. Trisha giró la cámara. “Nuestro primer rastro del Acechador. ¿O alguien jugando con el pasado?”
Avanzaron. Y entonces, la luz del móvil murió, absorbida de repente, como si la noche se la hubiese bebido. Gritos ahogados. El pánico brotó en la oscuridad: sonidos lejanos, una cadencia, un gorgorito antinatural, mezcla de lucha y gozo. La fábrica vibraba con las pulsaciones de algo que acechaba entre las paredes.
La linterna de Reggie se encendió—y hacia donde apuntó, el pasillo se abría como la garganta de un animal. Algo se movía más allá del haz; una silueta oscura, delgada, coronada por viejas piezas de máquinas, cada una como un símbolo o trofeo. Sus ojos refulgían, no reflejando la luz, sino bebiéndola y devolviéndola carcomida. Los parpadeos de la criatura eran como flashes de un álbum de pesadilla: instantáneas de muertes, gritos, una cronología sin sentido salpicada de sangre.
Y entonces la criatura habló, o mejor dicho, rezumó, como filtrándose por entre los ladrillos hinchados y las palabras humanas. Cada sonido era una cuchilla barnizada de promesas y recuerdos inconfesables.
Ven.
Lo primero fue veloz. Un brazo más largo de lo que habría permitido cualquier esqueleto humano se lanzó y atrapó a Alberto, que apenas pudo girarse antes de ser arrastrado en un chasquido elástico. Ningún grito rompió el aire, porque la mano de la criatura poseía la gracia antinatural de lo irremediable.
Los otros corrieron. Lo que restaba de seguridad se desgarró, y en su lugar, una compulsión brutal los forzó a avanzar por corredores donde el tiempo apestaba a repeticiones infernales. El Acechador surgía y desaparecía por techos y respiraderos, siempre más cerca de lo posible, pero nunca tan lejos de ser una alucinación inducida por el ambiente. Su naturaleza era un susurro: robaba el presente, destrozando cada segundo.
“De aquí no se sale,” jadeó Ravi. La sangre resbalaba desde su cabello arrastrado por un golpe del Acechador mientras intentaban tapar una herida imposible. El monstruo no mataba rápidamente: jugaba, estudiaba, obligaba a los cuerpos a retorcerse hasta aprender el último y más amargo de los gritos.
“Trisha, ¿sigues grabando?” gimió Sonya.
Trisha había recobrado su móvil. En la pantalla—bien por accidente, bien por algún cruel milagro tecnológico—aparecían rostros y fragmentos de carne donde no había nadie, como si hubiera abierto una transmisión a través del tejido de las víctimas pasadas y futuras de la fábrica. Sonya y Reggie, abalanzados contra los restos de una máquina de ensamblaje, trataron de sellar una salida trasera con una barra oxidada.
Un golpe. Dos. El Acechador, más alto y más deformado que antes, estaba tras la plancha de acero. Sus uñas, largas como bisturíes, arañaban el metal en un ritmo de espera. De cerca, la criatura olía a cadáver completamente sumergido en licor ácido: dulzón, pesado, nauseabundo.
“Nos observa desde antes de que llegáramos,” murmuró Trisha. “En este diario, no somos los autores. Somos las páginas que arrancan.”
Cuando el Acechador finalmente irrumpió, el mundo perdió coordenadas. Sonya cayó la primera, el cuchillo-fémur de la bestia resquebrajando su brazo antes de alzarla en el aire para mostrar la blancura enceguecedora de lo que había detrás de sus ojos. Ravi fue arrastrado. Unos gritos, cada vez más diminutos por la distancia y la distorsión, hasta que sólo quedaron zumbidos y espasmos grabados en la cámara.
Reggie, luchador hasta la negación, sostuvo una tubería y logró encajarla en el costado acorazado de la criatura. La reacción fue inmediata: un chorro de sangre negra y una euforia terrible del monstruo, como si el dolor fuera una bendición. Hizo añicos el cráneo de Reggie contra el muro, dejando una marca roja en la que, si uno miraba lo suficiente, podía ver reflejarse a sí mismo, distorsionado y humillado.
Ya sólo Trisha quedó consciente, encajonada por la maquinaria que zumbaba débilmente, aún alimentada por alguna batería interna o magia primitiva. La cámara titilaba sobre el cemento salpicado de miembros y órganos. El Acechador se plantó frente a ella, y en sus ojos absorbentes, vacíos de misericordia, Trisha vio la historia completa: no una criatura, sino una fuerza, una lógica sin forma, fabricada de los múltiples asesinados bajo ese techo por décadas. No tenía un origen; su nacimiento era un ciclo. Los predadores humanos y posthumanos, depredadores de carne e historia, todos fueron comidas y reciclados en la forma acechante de la pesadilla.
“Me vas a dejar vivir, ¿verdad?” suplicó. Su voz apenas era un eco.
Hubo un silencio, prolongado y ulcerante. El monstruo extendió su mano, no en amenaza, sino con una deliberación que solo era comprensible a esas horas en que la esperanza se agota. Tomó la cámara, lentamente, y la sostuvo a la altura de los ojos.
La grabación seguía. La pantalla del móvil mostró únicamente negrura, luego vibraciones, un lenguaje de golpes y garras. Voces imposibles llenaron el aire. Una oración formada por huesos y cicatrices: “Todos somos el Acechador, si la fábrica decide recordarnos”.
En algún rincón del ciberespacio, el vídeo apareció unos días más tarde. Pero lo que se veía no era un testimonio humano. Las imágenes irrumpían y se retorcían, como si el Acechador usara la tecnología para seguir cazando desde la distancia. Quienes miraban, sentían miradas detrás de cada pantalla, manos huesudas reptando debajo del escritorio, garras apretando el cuello por la noche.
A veces, entre una imagen y otra, el rostro de Trisha asomaba, distorsionado hasta la irreconocibilidad. Otros creían ver, por el rabillo del ojo, figuras moviéndose tras los reflejos de la pantalla, susurrando la misma promesa: tú también estás grabado, y aún no eres ni autor ni espectador.
La fábrica sigue allí, hinchándose de mitos, más llena ahora que nunca de visitantes y garras, y cada noche, alrededor de la misma, el Acechador sale a buscar no cuerpos, sino recuerdos, vivencias, y diarios inconclusos. Afuera, la noche nunca termina. No hay amanecer posible cuando el cazador es también quien escribe las páginas.
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