Portada del relato La máscara del abismo
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Fragmento:


Marta sonrió por cortesía y agradeció. Pero al internarse en el vestíbulo, no pudo evitar notar las viejas fotografías que cubrían las paredes. Todas las caras parecían haberse desvanecido bajo una niebla interna, pero en una esquina oscura, una figura con máscara de teatro Noh repetía su presencia en diferentes retratos. Siempre la misma máscara pálida de expresión neutra, sonriendo a medias, vestida con un kimono rojo oscuro. Sus ojos vacíos parecían seguirla.

Duración: 10:59

La máscara del abismo
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Texto de ajuste de pausa.

El sonido del tren se desvaneció entre los recovecos de la noche, hasta volverse un simple sueño auditivo. Marta pisó el andén semivacío de Fushisaka, con la única compañía de un farol intermitente y un viento que parecía gemir en un idioma antiguo. Era una parada perdida en la línea rural, donde la vegetación impenetrable parecía empeñada en recuperar para la tierra los pocos vestigios humanos. El reloj marcaba la medianoche exacta; la luna, hinchada como un párpado enfermo, descollaba sobre el valle.

Marta estaba de visita, invitada por su amiga Yumi, una colega de la universidad en Tokio. Yumi había insistido muchas veces en que conociera la casa de su abuela, envuelta en un bosque de cedros que según decía, tenía más historias de almas errantes que hojas en los árboles. Marta no creía demasiado en eso, aunque admitía que el aire rural tenía algo asfixiante, como si en vez de oxígeno soplara niebla densa por cada resquicio.

Avanzó por el camino de piedras, guiada por la linterna de su celular. A lo lejos, una silueta menuda agitaba la mano: Yumi, vestida con yukata clara, apenas distinguible salvo por sus largos cabellos oscilando como ramas. Marta apresuró el paso. A medida que se acercaba, el bosque parecía cerrarse detrás de sí, amurallándola en un pasillo verde y húmedo.

—Espero que no haya sido muy aterrador el trayecto —dijo Yumi, con voz repentinamente baja.

—Solo un poco, creo que mi cel no capta señal aquí. ¿Aún les funciona internet?

—A veces… —La mirada de Yumi pasó fugaz sobre el bosque a sus espaldas—. Pero estás aquí para una noche tradicional. Olvida el teléfono.

Atravesaron juntos el portón, construido con madera ennegrecida y el musgo trepando como dedos verdes. La casa era antigua y crujía bajo el peso de las décadas: tatamis desgastados, shōji apenas translúcidos, una lámpara de papel pigmentada por las manos del tiempo. Sin embargo, lo que llamaba la atención era el manto de silencio; ni los grillos se atrevían a romperlo.

La abuela de Yumi esperó en la puerta, encorvada y envuelta en varios kimonos superpuestos. Cuando le tomó la mano a Marta, la suya era fría y reseca, como un papel recién sacado del agua y dejado a secar. Los ojos, sin embargo, relampaguearon un instante.

—Debes tener mucho cuidado aquí —dijo, en un castellano aprendido quién sabe cómo—. Esta casa recuerda a los que no la respetan.

Marta sonrió por cortesía y agradeció. Pero al internarse en el vestíbulo, no pudo evitar notar las viejas fotografías que cubrían las paredes. Todas las caras parecían haberse desvanecido bajo una niebla interna, pero en una esquina oscura, una figura con máscara de teatro Noh repetía su presencia en diferentes retratos. Siempre la misma máscara pálida de expresión neutra, sonriendo a medias, vestida con un kimono rojo oscuro. Sus ojos vacíos parecían seguirla.

Cenaron en silencio. La abuela, en un murmullo, invocó bendiciones para los muertos. Yumi ignoró las rarezas, hablando sobre la vida en la ciudad con un humor casi forzado. A la medianoche exacta, el viento se coló por las rendijas y la luz tembló como una presa.

—Es la mejor hora para contar historias de terror —bromeó Yumi, aunque sus labios flaquearon.

La abuela dejó caer sus palabras como una sentencia:

—Hay una leyenda aquí… “Kamen-no-kurai”, el Huésped de la Máscara. Nadie duerme tranquilo cuando lo invocan.

Marta se rió, queriendo ocultar el escalofrío. Yumi le tomó la mano, haciéndole señas para que subieran al piso superior.

La habitación de huéspedes olía a madera vieja y alcanfor. Pasaron unos minutos desempacando. Fue entonces cuando el silencio se quebró con un grito leve y apagado que pareció llegar desde lo profundo de la casa. Marta e Yumi se miraron.

—¿Quizás fue el viento? —aventuró Marta.

—Aquí nunca es solo el viento… —admitió Yumi, apagando la lámpara de papel—. Es mejor dormirnos.

La oscuridad era total. Afuera, el bosque parecía susurrar nombres. Marta sintió el peso de la casa justo sobre su pecho, dificultándole la respiración. Se deslizó en sueños torcidos en que la máscara de los retratos caminaba a través de los tabiques, y sus ojos se pegaban al panel de papel, observándolas.

Algo la despertó dos horas después. Un ruido de pasos, lentos y suavemente arrastrados, cruzando el corredor en dirección a su cuarto. Marta se sentó, observe la pantalla negra del celular —sin batería—, y escuchó. Los pasos cesaron justo frente a la puerta.

Un golpe apenas audible. Luego, un rasguño en la madera.

—Yumi —susurró, cerca del temblor—, ¿oíste eso…?

Pero Yumi dormía profundamente. Marta tragó saliva, se sumió en un temblor adolescente, y en un impulso, se acercó silenciosa a la puerta para mirar por la rendija.

Al principio solo vio oscuridad. Luego, al acostumbrarse sus ojos, notó una figura inmóvil: una silueta vestida de kimono rojo oscuro, una máscara blanca de sonrisa neutra, los brazos colgando con la rigidez del muerto. La figura en los retratos. El susurro empezó entonces, no como voz, sino como mil arañazos juntos: “Sal… sal… juguemos…”

Sentía el sudor helado descendiendo por su columna. Quiso moverse, pero el terror la paralizaba. Apartó la vista y musitó a Yumi que despertara: “Hay alguien afuera”.

Yumi se removió, sin despertar realmente. En ese instante, la puerta se corrió apenas tres centímetros. Un ojo oscuro de la máscara quedó alineado con el de Marta. Algo —quizá neblina, quizá una membrana viscosa— intentó deslizarse bajo la madera.

Actuando por puro terror, cerró la puerta de golpe. Yumi despertó sobresaltada.

—¡¿Qué haces?! —susurró enojada.

—Hay alguien ahí —jadeó Marta, ahogada por el miedo—. Con una máscara.

Llamaron varias veces a la abuela, pero nadie respondió. El silencio se adensó durante eternos minutos. Cuando finalmente decidieron salir, Marta se armó con una linterna manual.

El pasillo se extendía como un túnel entre dos mundos, interrumpido solo por las sombras. Siguieron los pasos hasta la sala del altar. La abuela yacía en el piso de tatami, con la cabeza ladeada, los ojos abiertos en lo que parecía terror absoluto. No había signos de violencia, salvo un leve reguero de tierra negra que salía de su boca.

—¡Abuela! —gritó Yumi, pero el cuerpo estaba frío, tieso, imposible de revivir.

Se sintió un cambio en la tensión del aire. A lo lejos, la puerta principal crujió, abriéndose con una lentitud exasperante. La silueta de la máscara se asomó, avanzando arrastrando los pies.

Fue entonces cuando Marta notó que la figura sangraba. No sangre roja, sino una savia oscura que caía gota a gota formando símbolos extraños sobre el piso. La máscara seguía con esa sonrisa incompleta, pero sus ojos eran ahora dos cámaras vacías, devorando la poca luz.

—No… no puede ser real —dijo Yumi con un hilo de voz quebrada.

—¡Corre! —Marta la empujó hacia la escalera trasera.

Subieron por la trampa de servicio, oyendo tras de sí el roce persistente de la figura. La casa, de pronto, parecía estirar sus corredizos, imposibilitando la salida. Las puertas no llevaban a donde deberían, las ventanas sólo daban a paisajes oscuros de más selva y más ramas.

Se internaron en el ático, cubierto de polvo y cajas apolilladas, escuchando el eco de los pasos ascendiendo la escalera con una parsimonia malévola. Marta rebuscó en los cajones y encontró una vieja katana ceremonial. Era pesada, oxidada, pero inspiraba una precaria sensación de seguridad.

—¿Qué es eso? —preguntó, señalando una caja de muñecas viejas vestidas igual que la figura, todas con caras blancas y sonrisas idénticas.

En la tapa había una inscripción: “TODO HUÉSPED DEBE PONERSE LA MÁSCARA UNA VEZ”.

Un golpe seco sacudió la puerta del ático. La máscara del abismo apareció en la fisura, brillando inmóvil como una antorcha sobre un cadáver.

El filo de la katana tembló en manos de Marta. La figura avanzó, y la temperatura bajó de golpe: el vaho de sus bocas era nubes en la oscuridad. Yumi tropezó, cayó sobre las muñecas, sembrando cabezas y extremidades por todas partes.

La máscara pronunció entonces, con una voz rasposa y oscura:

—No hay salida. Esta casa es mi cuerpo. Cada miedo, mi sangre. Cada terror, mi alimento.

Marta atacó. La hoja rozó el kimono, pero fue como cortar humo. La máscara se abrió en una mueca ancha, grotesca, y una mano espectral la sujetó por el cuello, aferrándola con la fuerza de un abismo.

Yumi arrojó una de las máscaras de muñeca sobre el pecho de la figura. Un relámpago de dolor cruzó el rostro de la aparición, que soltó a Marta apenas un segundo, pero bastó para que ambas corrieran a la trampilla que daba a un balcón.

La caída fue brutal. Rodaron sobre el barro y hojas caídas, bajo el ojo pálido de la luna. La casa, detrás, simplemente se tragó la sombra. La ventana se cerró sola. Una carcajada baja y gutural vibró en la corteza de los árboles.

Corrieron, sin rumbo, ciegas. Los caminos nunca llegaban a ningún lado, sólo donde la niebla era cada vez más opaca y los árboles más antiguos. Finalmente llegaron al borde de un claro. Al centro, sin explicación, se encontraba un altar de piedra cubierto de exvotos: decenas de máscaras, todas llenas de hendiduras, manchas oscuras y huecos donde deberían estar las bocas.

El susurro regresó, multiplicado: “Ponte la máscara. Sé mi huésped…”

Yumi, aterrada, empezó a llorar. Marta, comprendiendo el terrible designio, sujetó una máscara y le gritó a lo invisible:

—¿Esto es lo que quieres? ¿Nuestra cara? ¡Llévatela!

Se la arrojó al suelo. Se rompió en mil fragmentos. El viento se alzó de repente, de un modo brutal, arrastrando tierra y hojas en una espiral que las separó.

Cuando el remolino cedió, Marta estaba sola. Llamó a gritos a Yumi. La niebla devolvía sus palabras deformadas. Caminó hasta el altar y encontró una máscara nueva: era el rostro de Yumi, frío y perfectamente moldeado en porcelana.

El suelo tembló bajo sus pies. A sus espaldas, una nueva figura con kimono rojo emergió, portando la máscara del abismo. Los ojos eran azules ahora, como los de su amiga.

—Siempre hay un huésped nuevo… susurró la máscara, antes de lanzarse sobre ella.

La noche se cerró como una herida, y la casa, silenciosa entre los cedros, esperó otro año, hasta que alguien más tocara a su puerta, bajo la luz enferma de la luna.

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