Portada del relato Alitas para los Cuervos
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Fragmento:


Un sonido seco, luego la televisión encendiéndose por sí sola en el comedor. Un spot: la cara granulada del Coronel Sanders, escalofriantemente sonriente, silabeando sin audio mientras tras él se recortaba una silueta encapuchada y con pico de gallo, llevando cuchillos largos en ambas manos.

Duración: 11:01

Alitas para los Cuervos
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Texto de ajuste de pausa.

La noche cayó sobre la carreterita sin nombre como una mano húmeda. Fuera del pueblo, sólo el resplandor rojo de un letrero de KFC peleaba contra la negrura, reflejándose fangoso sobre los charcos de lluvia estancada en el aparcamiento repleto de grietas. El local parecía una nave encallada en el olvido. Desde el gran ventanal de la fachada, la luz mortecina recortaba la figura de Jota, que limpiaba con desgano una mesa pegajosa, repasando mentalmente el guión de su próximo vídeo.

—Mejor que los de la competencia —susurró, imitando la voz chillona de un youtuber de comida rápida al que detestaba— “Pollo para los valientes, sabor que resucita a los muertos”.

La lluvia castigó el tejado metálico. Clic-clic-clic en la soledad. Jota se asomó al reloj, que marcaba las 22:37. Último turno. Era jueves, y aunque se suponía que tenían que cerrar a las once, el gerente —un tipo nervioso con olor a grasa rancia— insistía en apurar hasta el último cliente. Hoy, sin embargo, todo estaba vacío salvo por los huesos deshechos en bandejas apiladas, y los reflejos de rostros vaciados por las pantallas.

El móvil vibró junto a la caja registradora: una notificación de YouTube. Estando solo en la sala, Jota se permitió abrir la app y bajó el volumen hasta hacerlo inaudible. Una enésima sugerencia: "¡NO MIRES ESTO EN MEDIANOCHE! SÓLO PARA AUDACES! #SlasherReal". Jota rodó los ojos, deslizó el dedo y se volvió hacia la cocina abierta, donde se mecían tiras de pollo congelado en su ataúd metálico.

El monitor encima de la freidora parpadeó; ruido blanco, luego la imagen temblona de una cámara nocturna cayendo. Un foco iluminó el rostro de una chica de sonrisa descompuesta, bajo la leyenda: “Bienvenidos a La Última Comida”.

Una vibración más, esta vez distinta. Un mensaje anónimo:

¿EMITIRÁS EN VIVO ESTA NOCHE?

Jota tragó saliva. No tuvo tiempo de contestar. Un chirrido metálico se filtró desde la puerta trasera del local, un sonido inusual, el código del miedo en la sangre. La puerta del almacén, que juraría había cerrado, estaba entornada apenas una rendija.

El rumor del aceite caliente en la freidora hizo eco. Jota tomó una espátula a modo de defensa y caminó hacia la puerta. Lo que vio le paralizó: sobre el suelo reluciente, una hilera de huesos de pollo, pero no de esos pequeños, frágiles: eran densos y largos, como fémures humanos, blancos y mondos.

Alzó la vista, cuestiones ancestrales peleando con la razón. Sintió la presión de ser observado, esa pesadez pegajosa de la mirada en el cogote. Algo más allá, en la oscuridad, respiraba.

El móvil vibró de nuevo. En la pantalla: “NO ESTÁS SOLO. PULSA PARA INICIAR DIRECTO”.

Las luces de la cocina se apagaron. El fulgor rojizo del letrero KFC tembló a través del ventanal; su sombra proyectó en el piso un gallo monstruoso, muerte y hambre. Jota titubeó hacia el pasillo, espátula aún en mano y móvil en el bolsillo, sintiendo que debía grabar, porque era la única manera de no volverse loco o —peor aún— ser olvidado.

Un sonido seco, luego la televisión encendiéndose por sí sola en el comedor. Un spot: la cara granulada del Coronel Sanders, escalofriantemente sonriente, silabeando sin audio mientras tras él se recortaba una silueta encapuchada y con pico de gallo, llevando cuchillos largos en ambas manos.

La imagen dio un salto, un glitch: la figura estaba ahora de pie frente a la mesa más cercana, ensangrentando el suelo. El coronel desaparecía, la transmisión era ya de carne, y Jota sabía —sin lógica, sin consuelo— que ese vídeo le estaba mirando a él.

Otro mensaje, esta vez con una fotografía. La puerta trasera, entreabierta desde fuera, y una aparición roja que se filtraba, mitad hombre, mitad gallina desollada. Pico negro, ojos sin fondo. Sobre la foto, una frase escrita con salsa BBQ: “ESTÁS EN VIVO”.

Jota intentó gritar pero los sonidos no salieron. Corrió hacia la entrada principal, deseando que la cerradura aún resista. Al otro lado del ventanal, el parking se extendía bajo la lluvia. Un coche youtuberamente tuneado, de un rojo sucio, estaba estacionado donde antes no había nada. El parabrisas estaba empañado, pero algo se movió en el asiento trasero. Otro mensaje: “SÓLO QUEDA UN LIKE PARA EMPEZAR”.

La televisión mostró, a cámara lenta, a la chica del vídeo de antes. Esta vez la sangre chorreaba de su boca como si fuese salsa picante, y su lengua era un hueso afilado. La cámara giró y filmó en plano subjetivo, desde los ojos del Slasher-Gallo: el pico se alargaba, la cuchilla brillaba, y la chica extendía el cuello como perforada por la hambruna y la pantalla.

Afuera, la lluvia redobló. El letrero de KFC chisporroteó. Las puertas, ambas, se cerraron solas, bloqueando cualquier fuga. El picaporte de la cocina tintineó; luego, pasos pesados, como si garras tropezaran en el linóleo.

—¿Quién está ahí? —murmuró Jota con voz quebrada. El eco se tragó la pregunta.

La figura surgió de la sombra, tan alta que la cabeza rozaba el techo. Un disfraz grotesco de pollo, pero vivo y palpitante, la piel a tiras, y en la mano dos cuchillos tan afilados que ni la grasa podía adherirse. Los ojos sin pupilas, sólo vacíos negros con el reflejo inconfundible de la pantalla de inicio de YouTube.

La figura hablaba, pero no con voz humana. Era un rugido grave que vibraba en los ventanales y hacía saltar motas de polvo del neón. Acompañaba el ritmo golpeando sus cuchillos uno contra otro. En su pechera, una etiqueta amarilla: SUBSCRÍBETE.

El móvil cayó al suelo, la pantalla rota sangrando píxeles rojos. Un puño de garras y plumas lo alzó y, con habilidad monstruosa, enfocó la cámara hacia el rostro aterrorizado de Jota. Una luz, como la de los streams en directo, encendió su cara sudorosa y pálida.

—¡No...! —intentó exclamar, pero la figura le tapó la boca con una mano viscosa, dura como la encía de un animal.

—¿Te gustan los retos virales? —zumbó el monstruo, y su voz ya era humanoide, distorsionada y eléctrica, la voz de un streamer.

—No, por favor… —sollocó Jota, luchando por zafarse del agarre.

—Vamos a hacer uno —gruñó El Gallo—. “El Reto de la Medianoche. Pollo hombre, vida corta”.

Un pitido agudo inundó el local. El monitor mostraba un contador de espectadores, subiendo a toda velocidad, decenas, cientos, miles. El móvil, que aún grababa, tenía abierto un chat voraz: la gente pedía sangre.

Sin pensar, Jota lanzó la espátula al monstruo y corrió hacia la cocina, patinando en aceite derramado. El Gallo cortó el aire con un cuchillo, llevándose consigo el codo de una silla como si fuese mantequilla. La puerta de la despensa se abrió sola, ofreciéndose como refugio. Jota se arrojó dentro y apoyó el cuerpo tembloroso contra los sacos de harina.

Desde la rendija miró: el Slasher-gallo bailaba entre las mesas, haciendo gestos teatrales, saludando a la cámara como si la audiencia virtual importase más que la niña muerta de antes o la carne humana. El contador de espectadores siguió subiendo.

En el chat:

#SANGREFRITA

#JOTAMUERDE

#COMIDAPARALOSCUERVOS

Jota sintió los nudillos reventar el sudor frío. Marte, su exnovia, aparece en el chat, preguntando: “¿Estás bien? ¿Esto es broma?” No podía contestar. El móvil, ahora en poder del monstruo, giraba mostrando el local como maqueta de carnicería.

El Gallo, cada vez más grande, cada vez más real, lanzó el cuchillo contra la despensa. Un golpe en la puerta, un chillido.

—Comida rápida, muerte rápida —zurzió la voz, esta vez humana y digital al mismo tiempo—. ¡LIKE si quieres que lo haga frito!

El móvil parpadeó. La cámara se acercó a la mirilla de la despensa hasta que el ojo de Jota se reflejó en ella, enmarcado como un thumbnail.

Por fuera, la carnicería continuó. Sillas arrojadas por el aire; el eco de huesos, aros de cebolla triturados bajo garras, el rugido del extractor ahogando los lamentos. Jota, prisionero en el cuartucho, encontró entre los sacos un antiguo teléfono fijo —milagro anacrónico—, pero la línea daba sólo estática y, en vez de ringtone, la risa granulada del Coronel Sanders.

El monstruo se fue, pero la imagen en la pantalla quedó. En el monitor, el propio rostro de Jota ahora, filmado desde arriba, agónico y encorvado, la imagen distorsionada y pixelada, igual que tantos vídeos de reacción viral.

El móvil expuso en bucle los comentarios:

“¡Huye!”

“¡Mételo en el aceite!”

“Como en el creepypasta ese.”

“Esto no puede ser real”.

Jota supo que no había escape. El monstruo, lo mismo un influencer endemoniado que una bestia antigua, alimentaba sus cuchillas con la atención, tallando cada crimen en la leyenda de la web.

Contó hasta tres, repasó su último guión:

—“¿Qué prefieres: alitas, muslos… o miedo?”

Cuando la puerta de la despensa crujió y el olor de plumas quemadas llenó el aire, Jota saltó sobre el monstruo, empujando ambos hacia la freidora gigante. El aceite rugió como bestia reconocida. El monstruo se disolvió en gritos y vapor, pero la cámara, enfocada desde un ángulo imposible, registró todo: el cuchillo, la carne, la grasa, el grito viral, la ronda final.

Luego el silencio, sólo interrumpido por el pitido continuo y sin alma del directo. Una última línea de chat, automática:

“¿Quieres volver a ver la emisión? Suscríbete para no perderte ningún asesinato.”

El sol nunca amaneció sobre el local. Lo encontraron una semana después, con la freidora hedionda y la pantalla del móvil eternamente en directo, enfriando los vaivenes rojos de las luces. El vídeo, intocado por manos humanas, seguía generando visitas y likes, tan eternos y voraces como el monstruo que había nacido de la grasa, la carne y la interminable hambre de la audiencia.

Si alguna vez cruzas esa carreterita sin nombre y ves el letrero maldito encenderse a medianoche, recuerda apagar la cámara y no contestes mensajes anónimos. Porque el menú del Gallo Slasher sólo tiene un especial:

El último en directo.

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