Fragmento:
Esa madrugada, sin embargo, un elemento extraño se coló en la rutina: el tintineo apagado de un reloj. Venía desde el fondo, del pasillo 7B, el mismo donde años atrás se accedía a la sala de proyecciones para las filas de viajeros en tránsito. Era un reloj como los que ya no existen: uno con tic-tac audible, su sonido tan fuera de contexto en aquel santuario de pantallas digitales y anuncios luminosos.
Duración: 11:26
El cáustico olor a queroseno flotaba aún en el aire, como si la vida misma del aeropuerto radicara en ese aroma. Corrían las dos de la madrugada, y la terminal B, desierta y solo iluminada por hileras titilantes de luces de emergencia, se extendía ante mis pasos, larga y vacía. Por más que insistiera en verlo desde fuera, como si mirara una película con el sonido bajo, la ansiedad pegajosa seguía creciendo. A mi lado, la bata blanca del vigilante nocturno, Esteban, era lo único realmente humano en esa selva de sombras y cristal.
Mi turno comenzaba cuando el último avión despegaba y se prolongaba en agonía hasta que la luz pálida del amanecer recortaba los hangares en la distancia. Ese trabajo lo tomé tras perder el anterior, donde era proyeccionista en un cine en ruinas: allí, entre carretes de celuloide quemado y cabinas polvorientas, me acostumbré a mirar la vida como si la proyectara sobre una pantalla. Eso ayudaba aquí, donde las noches se estiraban casi irrealmente largas, asfixiantes de tiempo muerto.
Aquella noche, la radio en la garita soltó su típica letanía de interferencias y reportes de tráfico aéreo lejanos, mezclados con la voz de Esteban que me ponía al tanto de los pasillos que ya había revisado. Lo consideraba el protagonista de un film de terror barato: el guardia mayor, con la linterna como arma, y el talento, si acaso, de quedarse dormido en el peor momento posible.
Era imposible no pensar en “aquello” de nuevo: hacía un mes había ocurrido una serie de muertes en la zona restringida de los hangares viejos, justo donde la pista termina y solo el concreto agrietado sostiene la promesa de volar. No se supo nunca el motivo real; no dejaron acceso a nadie fuera del personal de seguridad. En los foros circulaban las teorías: un loco, una maldición, un ajuste de cuentas entre traficantes. Era fácil reírse leyendo "slasher aeroportuario" en medio de la rutina. Pero la risa no me acompañaba de verdad.
Esa madrugada, sin embargo, un elemento extraño se coló en la rutina: el tintineo apagado de un reloj. Venía desde el fondo, del pasillo 7B, el mismo donde años atrás se accedía a la sala de proyecciones para las filas de viajeros en tránsito. Era un reloj como los que ya no existen: uno con tic-tac audible, su sonido tan fuera de contexto en aquel santuario de pantallas digitales y anuncios luminosos.
Quise avisar a Esteban por radio, pero solo respondieron interferencias. Me dije que era el desgaste de la noche. ¿Ves?, susurró una voz maliciosa en mi cabeza, como si fuera un diálogo interno que la narrativa del miedo debe construir, tictac… tictac… Absurdo, claro: nada pasaría si iba a revisar. Como el público ansioso de una sala oscura que busca el siguiente susto, avancé por el corredor vacío, esperando no encontrar más que el olvido.
La fuente del reloj resultó estar en la cabina de proyección, abandonada desde hacía casi veinte años. Un bloque de paredes pintadas de negro, cerrado por una puerta corroída. No recordaba la última vez que sentí el tirón del pasado con tanta fuerza como entonces. Era imposible que quedara ahí un proyector, pero sentía que algo, desde las sombras, esperaba activarse si yo cruzaba el umbral. Como en las viejas películas mudas, los fotogramas parecían encajar para arrastrar al protagonista –yo– hacia un acto que, inevitablemente, solo podía salir mal.
“La puerta no se abre”, murmuré al viento. Casi deseé que la frase se imprimiera en la realidad, y que la puerta no se abriera en verdad. Pero la manija cedió atónita bajo mi tacto: dentro, la cabina olía al moho del encierro, mezclado con un hedor penetrante y afilado, casi metálico.
Había una silla giratoria, la luz de emergencia parpadeando desde el techo y un proyector enorme. El reloj –la fuente del tictac– estaba sobre la mesa, uno de esos relojes de péndulo diminuto, con esferas de latón debajo de una cúpula de cristal. Su pulso marcaba un ritmo inquietante, como un corazón encendido en mitad del olvido.
Ahí comenzó el juego, o eso pensé después, como si otro guionista hubieran tomado el control de mi historia, como si el verdadero protagonista aún estuviera fuera de foco y yo solo animara la escena inicial. Escapé por un instante de la ansiedad de la vida al dejarme arrastrar por esa corriente de miedo, casi reconfortante en su previsibilidad. Sin embargo, comprendí demasiado tarde que había cuerpos fuera de campo: en los fragmentos de oscuridad bajo la mesa, donde el polvo no se posaba, una mancha seca, como de sangre antigua, dibujaba un camino hacia la trampilla de mantenimiento.
No sé qué me movió a levantar la trampilla, quizá una fuerza similar a la que empuja al personaje tonto de toda película de terror a abrir la puerta equivocada. El hedor se hizo más intenso; mi linterna iluminó un pasadizo estrecho que descendía bajo la terminal. Era improbable que existiera: los planos decían que la torre de proyección estaba aislada del resto del edificio.
La radio chisporroteó con la voz recortada de Esteban: “¿Dónde… –chzz– …por el pasillo… –chzz– cuidado con…” Luego, solo más tic-tac y el murmullo de un motor lejano.
El descenso era inevitable, y yo obedecía como si el guion lo dictara: escalerillas de metal, paredes desconchadas, el eco de mis propias pisadas que parecían no pertenecerme del todo. Allí, en el fondo, el espacio se ensanchaba: una cámara circular, con paredes recubiertas de espejos polvorientos y líneas de tubos que, supuse, una vez sirvieron para la ventilación.
En el centro, colgado de un gancho, había un uniforme fluorescente de un operario, aún manchado de lo que parecía sangre vieja. Bajo él, una cámara de video enfocada hacia la trampilla; la luz del proyector, encendida desde la sala superior, lanzaba su cono blanquecino hacia el suelo, justo donde una figura –demasiado quieta, demasiado borrosa en el límite de la percepción– parecía aguardarme.
“Este es tu turno”, dijo una voz, proveniente de la figura, aunque la boca jamás se movió. El sonido parecía salir de la propia cámara, distorsionado por la estática, como si el audio proviniera del hilo tenso entre la ficción y la realidad.
Quise retroceder, pero la trampilla se cerró sola sobre mi cabeza. El aire se solidificó: la taquicardia del reloj invadía la cámara, rebotando en los espejos, multiplicándose en un millar de pulsos sincronizados. Me pregunté cuántos otros habían estado aquí, repitiendo los mismos pasos, el mismo descenso, participando en la misma escena como actores reemplazables para un público invisible que ansiaba carne y sangre.
La figura se movió, y noté que era un maniquí: la cara tallada en madera, pero los ojos –eso lo juro– eran auténticos, inyectados en sangre tras la máscara inerte. Todo el cuerpo pendía de cables que se perdían en la penumbra de los tubos.
“¿Lo sabes ya?”, preguntó la figura, escandiendo cada sílaba con el tic-tac, “Que eres cinematografía ajena, que el rato muerto entre vuelos suspende las reglas y aquí abajo todo sigue rodando, aunque nadie mire”. La cámara zumbaba, grabando mis reacciones, recomponiendo el horror tras una lógica siniestra, como una edición cuidada a la que no se le escapa un solo sobresalto.
Pude correr, claro. Pero las piernas no respondían: quería mirar atrás, buscar el ojo de pez de la cámara de seguridad, la esquina de la pantalla donde podría existir una salida alternativa. Solo fui capaz de observar mientras la figura comenzaba su monólogo, mezclando líneas de antiguos proyeccionistas con frases de pilotos grabadas en cajas negras rescatadas tras accidentes.
“Se repite siempre, igual que la cinta que se rebobina. En este aeropuerto, los muertos se repasan y exhiben; el asesino juega con los detalles, mejora los ángulos…”
Durante segundos, sentí la certeza de que todo el horror era una coreografía con espectadores: que algo, o alguien, necesitaba que ocurriera el asesinato, que la sangre empapara el uniforme, para conjurar un sentido a la eternidad del lugar. Como si desde aquel accidente antiguo, la cinta nunca se hubiera rebobinado del todo.
Intenté resistir, buscar un pie forzado, una frase cliché que pudiera disolver el nudo narrativo. Pero la cámara centelleó y la figura se deslizó –movida por cables invisibles– hasta mi lado. Un filo surgió de uno de sus brazos, de manufactura improvisada, hoja arrancada quizá de una hélice caída. Jugueteó en el aire, reflejando las luces intermitentes, como el cuchillo de toda película de terror.
“¿Quién ve esta escena?”, pregunté, mi voz como un susurro necio en la sala cerrada.
“Todos y nadie. El perímetro está sellado para el mundo real. Aquí, solo importa el muerto de esta noche”, respondió la figura, acentuando cada palabra con un deceptivo tono de desaliento.
Reviví –como cronista de mi propio terror– cada rumor de empleados desaparecidos, cada historia de bultos arrastrados, cada nota al margen encontrada en reportes de mantenimiento ya olvidados: “No mirar debajo de la cabina después del cambio de turno.”
El acero rozó mi barbilla. Al mirar por encima de mi hombro, noté el reflejo de mi cara en uno de los espejos: los ojos eran los míos, pero bajo la superficie emergía otra expresión, como si otro hubiera tomado el control, midiendo el momento justo del grito.
La figura comenzó a silbar una melodía de los años 30, quizá grabada en alguna cinta de carrete que aún rondaba la sala superior. El lenguaje era ambiguo; la intención, sin embargo, era clara: matar y dejar que el siguiente salga a escena. Una performance para los fantasmas del aeropuerto, para las cámaras de vigilancia sin operadores, para el tiempo detenido entre relojes que jamás dejan de sonar.
No recuerdo cómo se sintió el filo. Solo que la sangre salía tibia, y el reloj, inclemente, marcaba las 03:13.
Cuando la escena terminó, vi –como a través de un proyector defectuoso– cómo el cuerpo era arrastrado fuera de la cámara, cómo la figura colgaba otro uniforme, cómo desde la cabina superior otro reloj reiniciaba su ciclo de tictac. Afuera, en la terminal abandonada, los anuncios luminosos resplandecían como cicatrices sobre el cristal ennegrecido.
Y entonces, ya no supe quién narraba: si el asesinado, el asesino, el espectador o el propio aeropuerto. Todo volvía a empezar, una y otra vez, con variaciones mínimas. Así como el aeropuerto sólo existe de noche, el terror vive en los lugares donde el tiempo no acaba nunca, donde cada muerte es una proyección que pide a gritos una nueva función.
A las seis, Esteban encontró la cabina cerrada, la trampilla asegurada; no había rastro de mí, solo una grabación muda en un circuito cerrado y el lento tictac de un reloj detenido en 03:13. Las cámaras no grabaron nada ese turno. Solo el eco cíclico de la muerte, atrapado en bucle entre la realidad y la ficción, aguardando que el siguiente turno nocturno active la función de nuevo.
Allí, entre concreto y sombras, la historia se reescribe sola, una y otra vez, para nunca dejar ir a los que alguna vez creímos estar a salvo de la película de la que, sin saberlo, ya hacíamos parte.
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