El silencio de los árboles está roto por el eco de una canción de moda, como un bisturí cortando la noche. Lucy, la de cabello azul eléctrico, golpea con el pie la lata vacía para marcar el ritmo. Está sentada sobre el capó del coche abandonado, flanqueada por cuatro compañeros que parecen caricaturas de ellos mismos, todos con una lata barata en la mano. A su alrededor, la oscuridad del bosque acecha; no la natural, sino la fabricada por la mente adolescente: el miedo al qué dirán, el temor a no encajar, pintados sobre el lienzo de hojas y ramas.
En la distancia, una farola parpadea como si estuviera a punto de delatar un crimen. Jonás, alto y pálido como si nunca hubiera visto la luz del sol, la señala. “¿Sabéis por qué siempre acaba mal ir a beber a un bosque?” pregunta, voz de trailer de terror. Nadie responde, pero todos esperan el remate: es el guionista de sus propias desgracias.
Sara, que no se separa del móvil ni para mear, graba todo. “Has visto demasiadas pelis,” le dice, sin apartar la vista de la pantalla. Transmite en directo: “Aquí estamos, chicos. Quinta noche del desafío #FindeEnElLímite. Si desaparecemos, ya sabéis a quién buscar, ¿ok?” Un corazón sube por la pantalla. No sabe si alguien mira.
El grupo se ríe, pero el sonido se siente fuera de lugar, forzado, como una pista insertada en un montaje chapucero. Marcos, el deportista, mira a su alrededor, inquieto. La cerveza resbala entre sus dedos húmedos. Se le notan las ganas de huir, de volver a la seguridad tibia de la civilización. Sabe que la muerte no está en las sombras: está aquí, entre ellos.
Rebeca, la de los labios pintados de negro, coge aire y dice: “Esto está súper visto, chicos. Siempre es igual. Unos chavales, el bosque, alguien suelta una gilipollez... Y pum, cuchillo en la cara.” Lo dice como si leyera el guion. Justo entonces, un sonido rompe el aire: un crujido, nítido, como huesos reventando bajo carroña. Se quedan en silencio, midiendo el pánico en respiraciones cortas.
Nadie lo dice, pero todos lo piensan: han llegado a la parte en la que alguien debe morir.
Lucy recoge la linterna y la mueve en círculos, creando halos de inseguridad. “Hay algo raro,” dice. “Como si… nos estuvieran mirando.” Sara apunta el móvil: en la pantalla, se ven ellos y, a la izquierda, un reflejo distorsionado, breve pero cruel. Rebobina. “¿Lo veis? ¡Mierda! Hay alguien detrás.”
En otra noche, tal vez habría sido una broma. Pero todos han sentido la fisura: algo ha entrado en escena, algo que entiende demasiado bien el papel que debe cumplir.
Jonás se levanta, sobreactuando valentía. “¿Deberíamos hacer la lista? ¿Quién muere primero? Por estadística…” Intenta seguir otra línea de diálogo, pero la linterna se apaga. Solo quedan los móviles y el temblor de sus voces.
De la oscuridad surge una figura: encapuchada, sólo visible cuando la luz la elige al azar. Lleva una máscara porosa, desgastada, como si hubiera tragado siglos de gritos. No corre. Camina, confiada, rodando sus dedos sobre algo metálico. Hay sangre en la tela, pero no parece fresca.
“¿Cuál es tu motivación?” le pregunta Jonás, y se siente ridículo al instante, como si esa pregunta pudiera hacer retroceder el filo de un cuchillo.
La figura se detiene, observa a los cinco. “La vuestra,” responde con una voz que parece salida de una grabadora estropeada. No es ni hombre ni mujer, sino una tonalidad impresa sobre el miedo. Marcos lanza una piedra. Rebota contra la máscara y se aleja rebotando entre las ramas.
Sara sigue grabando, desesperada. “Esto no puede estar pasando. Esto no es real.” Pero sigue grabando. Y al hacerlo, no lo sabe, participa en el ritual: si una muerte se capta en vídeo, se hace eterna.
La figura se acerca a Rebeca, que se encoge, paralizada. “No eres nadie,” susurra, “si nadie te ve morir.” Levanta su mano. El cuchillo reluce bajo el débil resplandor de la farola extendida en la distancia. La hoja corta el aire y busca carne.
Pero Rebeca no grita, lanza una risotada desquiciada: “¿Eso es todo? ¿Ni siquiera tienes diálogo pegadizo?” Y eso, más que el cuchillo, corta la tensión. Todos miran a la figura. La máscara se ladea, confundida.
Marcos aprovecha para abalanzarse, chocando contra el asesino. Cae sobre él y ambos ruedan, forcejeando. Marcos grita a los otros: “¡Corred!”. Lucy y Jonás titubean. Sara sigue grabando.
La figura se revuelca, sorprendentemente ágil. De un tirón, apuñala a Marcos. Silencio, después borbotones de sangre. Marcos gime, el grito perdido en la espesura. La figura se pone en pie lentamente, con la dignidad fúnebre de un actor clásico que reanuda su texto.
Sara se tapa la boca, ojos abiertos como ventanas de emergencia. “¿Pero por qué matarnos?” solloza, enfocando la cámara en la máscara. La figura saca el móvil de la mano de Sara y se graba debajo de la máscara. Los ojos tras las rendijas no parpadean.
“Nadie sale de esto vivo. O por lo menos, no igual. Vosotros lo pedisteis, ¿no? Desafío nocturno, experiencia límite. Ninguno sería viral si se quedan en casa.” Voz hueca y artificial, como si hablara reproduciendo su propio eco.
Lucy tiembla. “¡Basta! ¡Nadie nos obligó a esto!”
La figura ríe, y la risa se deshace en los bordes del bosque. “Os tragáis cualquier mierda. Las reglas, los roles, las muertes. Creéis que alguien os está grabando, pero solo os grabáis a vosotros mismos tropezando con el género. ¿Queréis el siguiente giro?”
Levanta el cuchillo contra Sara. No lo baja—todavía.
Jonás avanza un paso, la rabia prendiendo en su voz: “¿Qué eres?” La figura se encoge de hombros: “Un canal más.”
La violencia, entonces, se desata según la coreografía habitual: carreras a trompicones, gritos, la cámara cayendo, un móvil grabando en vertical la imagen de Sara siendo arrastrada por el suelo. Se resisten, claro; luchan, patalean, pero el bosque está diseñado para el laberinto, para el embudo y la trampa.
Lucy, jadeando, se esconde en una cabaña oculta por la maleza. Respira entre lágrimas, con la certeza de que está haciendo justo lo que haría la superviviente final. Examina sus heridas: no está sangrando, sólo le duele un tobillo. Recuerda todas esas películas y sabe qué viene después.
En el bosque, Jonás es alcanzado, como si la cámara buscara su muerte desde hace horas. El cuchillo lo atraviesa de lado a lado, y por último, el asesino se detiene a limpiar la hoja en la camiseta de Jonás antes de seguir.
En la cabaña, Lucy encuentra un espejo viejo. Está manchado, fragmentado en líneas como cicatrices. Al mirarse, no ve a una superviviente; ve a sí misma, maquillada de miedo, forzando una valentía que no siente. Se pregunta: si sobrevive, ¿quién la verá? ¿Quién va a dar “me gusta” a su historia?
La figura abre la puerta de golpe. Luz de linterna de frente. Lucy, acorralada, finalmente grita. El asesino la apunta con el móvil. La cámara en modo selfie. “Dilo,” ordena.
Ella pregunta temblorosa: “¿El qué?”.
“Tu última línea.”
Lucy suelta: “No lo verás venir. No lo verán venir.” Pero el asesino responde: “Eso es lo que todos dicen.” Se acerca. El filo se aproxima a la piel justo en el momento en que Lucy, casi por instinto, recoge un trozo de madera astillado.
Ataca a ciegas y acierta: el asesino tropieza, cae hacia atrás. Lucy corre por la puerta trasera, tropezando con raíces y huesos de animales. Corre hasta el camino, hasta la farola que parpadea. Llega a ella y por un instante cree que ha escapado, se convence de que el guion todavía puede cambiar.
Entonces la farola se apaga.
Los gritos ahora suenan distantes, como si fueran de otra película. Lucy mira a su alrededor; la figura está ahí, sillenciosa y reconstituida, como si nunca hubiese caído. Lucy cae de rodillas, exhausta.
La figura levanta la máscara. No hay un rostro definido, sólo una superficie reflectante, negra y líquida. Lucy ve su propio rostro: pálido, sucio, insomne. El asesino sólo es el reflejo. No una persona, sino el eco multiplicado de cada miedo, cada noche grabada, cada desafío viral.
“No hay escape,” murmura el reflejo. “Esto continuará mientras alguien lo mire. Y siempre hay alguien mirando.”
La cámara, caída junto al cadáver de Sara, sigue grabando a Lucy arrodillada bajo la negrura. Un último corazón sube por la pantalla—alguien, en algún sitio, nunca dejará de mirar.
En el claro, los cadáveres se apilan como argumentos agotados.
La figura, el reflejo, o lo quequiera que sea, levanta la cámara una vez más y susurra al objetivo: “Corten.”
FIN
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