Fragmento:
Me reí solo, es natural. El juego metaficcional del fandom. Escritores muertos, lectores heridos. En alguna colección sombría debo haber dejado la puerta entreabierta. Pero nadie nunca, NUNCA, ha transcrito mi propia letra con tanto pulso enfermo. Sin embargo el papel temblaba entre mis manos, aunque no hubiera corriente.
Duración: 09:28
No hay mayor ironía que escribir tu propia muerte. Si nos fiamos de la intuición —ese sangriento y cálido escalofrío en la columna vertebral cuando algo en el mundo cambia de estación—, nadie preferiría que un monstruo enmascarado se le acerque con un cuchillo al tiempo que reproduce los rítmicos sonidos de las teclas. Pero, tras veinte años escribiendo historias censuradas por la propia mano, he comprobado que lo peor siempre ocurre al principio: cuando las palabras dejan de ser tuyas.
He deslizado los dedos tantas veces por la página en blanco como por la nuca de mis rivales, retorciendo frases, cortando párrafos. Me llamo Herbert, y sí, siempre he sentido ese retorcijón: una opresión que no se aclara ni en la oscuridad de una pieza de hotel ni bajo los brillantes tubos de neón de mi despacho decorado con portadas ensangrentadas. Uno no escribe terror durante media vida sin invocar sus propias sombras.
Todo comienza, claro, con la llegada de la carta. Un sobre amarillo viejo, el reverso manchado por algo que no es tinta —más oscura, más seca, ¿más viva?—. Ningún remitente, ningún matasellos reconocible. Tan solo mi nombre, HERBERT LAINE, troquelado con torpeza, casi como si se hubiera escrito con una navaja roma. Porque los mensajes importantes en el horror siempre sangran.
Me reí solo, es natural. El juego metaficcional del fandom. Escritores muertos, lectores heridos. En alguna colección sombría debo haber dejado la puerta entreabierta. Pero nadie nunca, NUNCA, ha transcrito mi propia letra con tanto pulso enfermo. Sin embargo el papel temblaba entre mis manos, aunque no hubiera corriente.
Estimado Herbert Laine,
¿Recuerdas el primer grito?
Esta noche, el papel terminará la historia.
No habrá páginas en blanco.
Firmado: TÚ
El último golpe de mi corazón debió coincidir con la rotura del silencio en la casa. Afuera, la tormenta. Dentro, el runrún del ventilador. Y sin embargo la carta era la pausa, el vacío, la sala de aire estancado donde mis personajes siempre imploran para no morir. Sabía, en el fondo, lo que sigue: el argumento clásico, el slasher de cepa, pero nadie se prepara para que lo usen contra uno.
Miré el reloj, las manos de mi muñeca todavía temblorosas. Medianoche. El teléfono, inerte: los cables cortados, pues en mis novelas así seguía la tensión, y la ironía del autocociente destello me hizo sonreír. Si hay una lógica en la autoconsciencia es que ninguna línea de diálogo es gratuita. Tampoco aquí.
Fui a la cocina. Dejé la carta a la vista, como si así pudiera exorcizarme de la amenaza. Miré mi propio reflejo en la ventana y durante un instante no me reconocí. La simetría fallida, la barba siempre desordenada, el pelo clareando en la coronilla. La mirada era otra. Desvié la vista y entonces lo escuché: un golpe en la planta alta, seco, deliberado.
Había jurado no volver a beber durante mis noches de escritura, pero la opresión en el pecho se parecía demasiado a la resaca o el presagio de algo peor. Cogí el cuchillo más grande del cajón, solo por la tradición; los escritores de terror tenemos nuestras armas favoritas, aunque rara vez podamos usarlas sin tinta.
La escalera crujía como si alguien más subiera conmigo. Cada peldaño era una frase no escrita. Arriba, el pasillo olía a sudor viejo y papel mohoso. La puerta del despacho estaba abierta. Supuse que era mi mente jugándome la última broma: los villanos siempre esperan al héroe en su asiento. Y allí, sentado, estaba yo.
No un reflejo, ni una sombra, ni una imitación burda. Era Yo. Mi cara, mis ojos hinchados, las mismas gotas de sudor brillante en la frente. El otro Herbert me observaba en silencio, con una sonrisa asimétrica y un brillo demente en la mirada, como el lector que sabe el final del capítulo.
—¿Vienes a matarme? —pregunté, la voz prestada, ajena de miedo—. ¿No sería eso el colmo de la metáfora?
El Herbert sentado alzó la mano y me señaló una hoja recién salpicada de sangre sobre el escritorio.
—Escribimos juntos esto —dijo él, la voz exactamente igual a la mía, pero con la certeza de quien se sabe narrador principal—. Pero tú nunca tienes el coraje de terminarlo. Te detienes en el final, no cierras la puerta, dejas que los monstruos sigan vivos en los márgenes.
El silencio se apoderó del despacho. El sonido de la tormenta allá fuera distorsionaba la lógica, hacía de la habitación una cápsula irreal, tan ficticia como lo que escribía.
—Nadie termina una historia entera —dije, con el cuchillo temblando en mi mano.
El otro Herbert rió, un sonido triste y antiguo. Sacó de su bolsillo un bolígrafo: una estilográfica vieja, de punta afilada y brillante.
—¿No has sentido nunca su filo? —susurró—. Escribir duele, Herbert, pero no sabes cuánto, hasta que la carne y la tinta se confunden.
Me acerqué, el cuchillo adelantado, el terror hecho carne. Sentí que me miraba desde un espejo histórico, tan real que si yo parpadeaba, él podía seguir viéndome. El otro Herbert desenrolló la manga, mostró el antebrazo: líneas rojas, paralelas, incisiones frescas. Textos cortados a sangre, palabras no pronunciadas.
—Tú me creaste —dijo, mientras olía el aire entre nosotros como si recogiera el miedo en un tarro invisible—. Soy tu versión sin censura, la que piensa cada bestialidad, la que atraviesa el umbral del buen gusto.
—No eres real —musité—, sólo eres mi ansiedad, la pulsión de escribir algo que no debo.
Se encogió de hombros y sonrió de nuevo, dejando ver los dientes afilados, irreales.
—Esta noche tienes que elegir: O reconoces la oscuridad y dejas que nazca, o mueren ambos aquí, en este despacho. Los personajes abortados regresan, Herbert. El papel jamás queda en blanco.
En ese momento todas las palabras gritaron en mis oídos. Recordé a quién había matado entre líneas, los cuerpos ocultos bajo metáforas, los finales trágicos impuestos para complacer a los editores. Nada se pierde, todo encuentra salida. Apreté el cuchillo hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¿Cómo terminó tu historia más brutal? —me rogó él, mirándome a los ojos—. Haz memoria: ¿qué hacías mientras tu villano mataba a la protagonista? ¿Disfrutabas el dolor, o sólo dabas órdenes desde la trinchera del narrador?
Sentí la culpa atravesar mi pecho, una punción helada. Me acerqué a la mesa y leí la hoja manchada de sangre donde el otro Herbert escribía aún. Las palabras cambiaban a medida que avanzaba la noche:
“El escritor sintió el cuchillo en la mano, pero el clon lo desarmó con un silbido de pluma. La hoja, una y otra vez, entró en la carne…”.
Me aparté de la mesa.
—¿Qué quieres de mí? —pregunté, la voz hecha eco—. ¿Un sacrificio? ¿Un final?
Él se irguió de la silla, el rostro en sombras.
—Quiero que reconozcas que todos tus personajes, todos los cadáveres de tus relatos, viven aquí —se señaló a sí mismo, sonriendo aún—. Que tu horror no viene de monstruos exteriores, sino del miedo a escribir lo que realmente deseas.
Me di cuenta entonces del giro último: que yo era el slasher de mis historias, el verdugo autoconsciente, y este clon —nacido de mi miedo, del deseo accidentado de traspasar las normas— solo pedía nacer de verdad.
Cogí la pluma. No sabía si era para escribir un final o una confesión. La sangre dejaba ya un charco lento sobre el escritorio, pero no sentí dolor, sólo un alivio desplazándose bajo la piel, como un personaje liberado al fin de la trama.
—Entonces, ¿qué sigue? —pregunté, mirando al otro Herbert, que ahora era más pálido, más transparente.
—Ahora eliges —susurró, con una voz trémula, inhumana.
**
Podría mentir y decir que me desperté al amanecer, y la casa era normal. Pero los escritores son más sinceros en sus relatos que en la vida. El amanecer llegó, sí, y la puerta del despacho seguía abierta. Pero yo estaba solo, con la piel cruzada de cortes deliberados, y el texto aún fresco bajo la luz mortecina.
El clon asesino —el yo irreprimible, imperfecto y feroz— había desaparecido.
O quizás no. Porque escucho cada madrugada el runrún de las teclas en la habitación contigua: historias que no escribo, cadáveres que no reconozco, finales que temen nacer. La hoja nunca está del todo en blanco.
Y ahora tú, lector, has leído esto. Sabrás el final cuando sientas de noche la presencia a tu espalda, una respiración igual a la tuya, un latido duplicado, la sensación incuestionable de que alguien quiere acabar la historia exacta donde tú existes.
A veces hay que escribir con sangre para que algo nazca. A veces, para que no muera. Aquí, en la frontera borrosa de la ficción y la carne, sólo existe la violencia de contarnos.
La última línea te pertenece. ¿La escribirás, o dejarás que otra mano lo haga, con hambre, desde el otro lado?
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