Portada del relato La noche de los espejos rotos
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Fragmento:


No son las palabras lo que inquieta a Sheila, sino el eco que generan. Como si la frase ya hubiera sido dicha antes, aquí, por alguien más. Y ese alguien no haya terminado bien. El patrón de los guiones de terror se repite, lo nota incluso en la melodía del viento entre los árboles, en el chirrido rítmico de las maderas bajo sus pasos. Un claroscuro anticipatorio.

Duración: 09:36

La noche de los espejos rotos
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Texto de ajuste de pausa.

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Hay una cinta VHS sobre la mesa, una de esas negras y toscas que rara vez existen ya fuera del inquietante mundo del coleccionismo. En la carátula alguien ha escrito con letra infantil, en tinta azul desteñida: “Fin de guión”. Quizá por eso Sheila, sentada en el sofá polvoriento de la cabaña, siente que nada de lo que pasa entre esas cuatro paredes llega a ser real —aunque, claro, el dolor cuando se pincha con una de las astillas de la mesa le grita lo contrario. Apenas han pasado veinticuatro horas desde su llegada, y ya su perspectiva de la realidad se resquebraja, como los espejos que cubren la pared del antiguo dormitorio.

Es la última semana de octubre y ni ella ni sus cuatro compañeros deberían estar ahí. La cabaña —oculta entre la maleza, aislada en una curva imprecisa de la carretera secundaria— nunca figura en el GPS, y menos en las recomendaciones de casas rurales fiables. Está donde no deberían hallarse: un interludio. Atrapados en un margen. Y a ratos, Sheila siente que todos ellos, con sus tópicos casi ridículos —la rubia sarcástica, el nerd metido en su móvil, el atlético con camisetas ajustadas, la morena misteriosa y ella, la “final girl” sin saberlo— no son más que líneas escritas por una mano invisible, personajes descartados de algún guión. Nadie lo verbaliza, cada cual se aferra a su papel.

La primera noche, tras repartir habitaciones, encienden la televisión del rincón, sólo para descubrir que, pese a los años —o quizá justo por eso—, la pantalla parpadea en estática. Lucas, el “nerd”, saca su colección portátil de videojuegos y pone a cargar la consola. Encerrados entre paredes con olor a hongo, la diversión parece un espejismo.

Entonces, la electricidad vacila y muere. Oscuridad. Silencio, salvo por el zumbido prematuro en los oídos. Al tantear la entrada con una linterna, encuentran el generador fuera, inhóspito e inútil.

—Genial, una broma muy original —dice Alba, la rubia, aunque nadie ha bromeado.

No son las palabras lo que inquieta a Sheila, sino el eco que generan. Como si la frase ya hubiera sido dicha antes, aquí, por alguien más. Y ese alguien no haya terminado bien. El patrón de los guiones de terror se repite, lo nota incluso en la melodía del viento entre los árboles, en el chirrido rítmico de las maderas bajo sus pasos. Un claroscuro anticipatorio.

En la cena, improvisada cansinamente con latas de estofado tibio, comienzan los juegos de “verdad o reto”. El tópico se refuerza, no saben salir del círculo. “¿Te atreverías a mirar sola en el altillo?” —“¿Quién llamarías si ahora se apagara la linterna para siempre?” Absurdo, ridículo, pero una vibración les recorre al decirlo. El miedo es primero impostado, después latente.

La madrugada los sorprende con la luna colgada en el centro exacto del tragaluz. Es entonces cuando la mirilla de la puerta principal parpadea. Lucas es el primero en acercarse, atraído por el juego. Cuando mira, tropieza hacia atrás, pálido, como si a través del agujero sólo hubiera encontrado su propio reflejo difuminado pero distorsionado: la cara de un hombre, desconocida y pálida, justo tras él, mirándole desde dentro.

El grito de Lucas reverbera por varios segundos antes de ahogarse. Los demás corren y, por supuesto, la puerta se cierra a sus espaldas, separándolos: Lucas queda fuera. Dicen su nombre, primero fuerte, después en susurros, y luego el silencio gotea alrededor, como una mancha de aceite.

El móvil de Alba parpadea. Un mensaje aparece: “Ahora es tu escena”. Nadie reconoce el número y todos se miran, la incomodidad tiñéndose de algo peor, más denso. Sheila pestañea: está segura de que en su bolso no había ninguna cinta VHS al llegar, pero ahora la ve sobre la mesa del salón, con su etiqueta azul titilante.

—¿Qué mierda es esto? —murmura Alba, palideciendo mientras lee en voz alta.

El texto cambia: “No corras, aún no”.

Las cámaras de seguridad —unas pequeñas, inalámbricas, extrañamente modernas para una cabaña polvorienta— no estaban allí la tarde anterior. Una apunta al pasillo principal. Otra a la cocina. Un ojo muerto que gira y se detiene, alineándose directo con los movimientos de Sheila. Siente que alguien —no, algo— reescribe el guión a cada instante, ampliando los cauces del terror, forzando el relato a desarrollarse acorde a las reglas.

Pasa media hora. Un ruido en el altillo. El grito de Lucas. O lo que podría haber sido Lucas, distorsionado, apenas humano. Un plano rápido, como si la muerte estuviera esperando en el entreacto, agazapada.

El hacha que encuentran al pie de la escalera tiene sangre seca en la hoja, mucha más de la que podría acumularse por accidente. Nadie dice nada —ni el atlético, ni la misteriosa, ni la rubia sarcástica. Sheila es la única que lo coge con manos temblorosas, sintiéndose aún más marioneta. ¿Quién decide ahora lo que pasa?

La televisión revive, como animada por algo externo. La imagen es irregular, como un eco de una vieja película de terror en blanco y negro. Pero no es ninguna película conocida: son ellos, en directo. Sheila ve, en angustia, cómo una toma los muestra a todos sentados, y otra sigue a Lucas, o a lo que queda de él, caminando pesadamente hacia la cabaña, la cabeza casi colgando, los ojos vacíos.

El atlético —Miguel— intenta salir por la ventana, pero cada vez que lo hace la imagen retrocede en la pantalla, reiniciando el intento en un bucle imposible. No pueden escapar de la habitación: alguien corta y pega las piezas del espacio. El pasillo se estira y contrae, como una esponja.

Es Alba quien se rompe primero. Risueña, intenta huir al baño, pero la puerta se cierra tras ella, el pestillo baja solo. Un chillido, luego golpes, luego silencio. El móvil cae al suelo. Un ping. Mensaje: “Ahora tú, morena”.

Marta —la morena— tiembla, pero no corre. Se sienta frente a la televisión; busca algún mando, alguna conexión racional. Detrás de ella, la silla se arrastra sola. Su sombra baila en la pared.

—¡Nos quieren muertos! —grita.

—¡No! Es peor. Quieren que actuemos —articula Sheila, comprendiendo de golpe el alcance del horror.

No es un asesino normal ni una maldición simple. Es una conciencia perversa: un guionista tras la tela, hilando cada decisión, forzando a los supervivientes a encarnar sus papeles de forma tan repetida que se funden con la cinta misma. La imagen en la pantalla cambia, mostrando docenas de ellos, en diferentes combinaciones, muriendo y repitiendo cada noche la misma escena. Una matrioska de horrores, cada uno una variación. Ninguna termina diferente.

El aire huele a plástico quemado. La cámara de pasillo apunta ahora únicamente a Sheila.

—Final girl… —murmura la voz invisible, a través de la televisión.

—No pienso… —balbucea Sheila.

Pero el hacha pesa en su mano. Todo está escrito, pero ella— por primera vez— siente que podría desviarse del guión. Golpea la televisión, astilla tras astilla, vidrios por todas partes. Rebobina la cinta en la VHS, esperando poder borrarse, deshacer la historia.

La pantalla parpadea y, como si la sangre pudiera fluir de un mundo a otro, brota una mancha oscura de entre los circuitos y se expande por la moqueta.

El atlético ya no se mueve. En la cámara, la reiteración se vuelve pura crueldad: la muerte una y otra vez, bajo focos distintos, con las risas enlatadas de una audiencia inexistente.

Sheila busca a los demás, pero sólo encuentra vacíos tras las puertas. Un cuarto convertido en sótano, con la VHS reproduciéndose eternamente el momento del miedo. La morena, petrificada, ahora forma parte de la imagen estática.

Fuera, la linterna alumbra una última vez la lejanía. Alguien, además de ellos, observa desde el árbol más alto. En la grabación —esa que no debería existir— se oye al guionista tararear una melodía de infancia y, con un guiño a la cámara, pulsa “Rec”.

—¿Por qué nosotros? —grita Sheila, apretando el hacha, sintiéndose parte y espectadora.

La voz responde desde la televisión, su eco reptando por la estancia.

—Porque eligieron la cabaña. Porque leyeron la historia. Porque alguien, en algún sitio, le dio al play.

El hacha golpea, la pantalla chisporrotea a blanco y negro. Dentro, fuera, nada se distingue. En la mesa, la cinta VHS destella en azul: otro nombre escrito. Otro guion listo para usarse de nuevo.

A la mañana siguiente, un coche se detiene ante la cabaña, muebles cubiertos de polvo. Un grupo se baja, ríe, bromea con tópicos de películas de terror. Uno levanta una vieja cinta VHS con una etiqueta: “Empieza aquí”. La cámara —la cámara que nunca muere— parpadea de nuevo, lista para rodar la historia.

La puerta se cierra sola. Una voz, apenas audible, ríe con ternura y disgusto.

Y un espectador, lejos de allí, observa el resultado, preguntándose si ellos sabrán alguna vez que el guión no fue nunca suyo.

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