Portada del relato Sombras en la Carpa Vacía
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Fragmento:


-Así que decidiste venir, Marcelo, -dijo una voz de garganta rota. Era Clara, su amiga de la infancia, y la segunda mitad de la investigación. Sus trenzas rubias recogidas firmemente bajo una gorra negra, el rostro pálido por la linterna que sujetaba. Sabía a lo que venían; fingir lo contrario sería insultar a las historias que amaban desde niños.

Duración: 10:30

Sombras en la Carpa Vacía
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Texto de ajuste de pausa.

***

Un chillido agudo rasgó la noche justo cuando la luna asomó tras la lona raída de la carpa. Probablemente habrías esperado que empezara así. Después de todo, ¿qué otra manera hay de abrir un cuento de horror ambientado en un circo abandonado?

Marcelo respiró hondo antes de acercarse a la carpa principal, la vieja “Carpa de los Mil Espejos”, donde una vez se celebraron espectáculos para pueblos enteros, risas y gritos de emoción desbordando como palomitas de maíz. Pero los gritos de ahora mantenían una nota más áspera —no de alegría, sino de pánico. De muerte.

Empujó con cuidado una de las solapas desvencijadas, sintiendo la humedad fría del plástico pegándosele a la piel. Esto es lo que llamarías preámbulo, pensó absurdamente. Una advertencia. El típico momento en el que la audiencia grita: “¡No entres ahí!” Pero si nadie entra, no hay historia, ¿verdad?

Por supuesto, sabía que no debía estar allí. Tenía treinta y uno, una carrera titubeante como periodista local, y la certeza razonable de que los rumores que cubría sobre el circo pintaban más para leyenda urbana que realidad. Pero también sabía que no debía ignorar la sensación de que algo lo observaba desde el rabillo del ojo, algo con nariz roja y sonrisa ancha, labios tan pintados que ocultaban lo que había debajo.

Metió la mano en el bolsillo: el móvil, la pequeña navaja suiza. Como si el acero y la tecnología pudieran contener lo que acecha en sitios olvidados. Se abrió paso entre lonas que crujían y dejaban pasar hilos de luz de luna sobre la arena, formando siluetas movedizas. Olía a maquillaje viejo, fécula de maíz, y sudor palmareseco.

-Así que decidiste venir, Marcelo, -dijo una voz de garganta rota. Era Clara, su amiga de la infancia, y la segunda mitad de la investigación. Sus trenzas rubias recogidas firmemente bajo una gorra negra, el rostro pálido por la linterna que sujetaba. Sabía a lo que venían; fingir lo contrario sería insultar a las historias que amaban desde niños.

Tal vez por eso fue Clara la que insistió que grabaran todo. Un poco por si volvían a publicarlo en su canal de true crime, pero sobre todo porque, si algo les pasaba, quería que al menos hubiese registro. Casi una garantía de realidad: si lo ves en pantalla, es cierto.

Avanzaron juntos, rodeando filas de asientos mohosos, los carteles coloridos desteñidos hasta parecer manchas de sangre entre risas congeladas de payasos. El atrio central estaba vacío. Todo parte del efecto, pensaron simultáneamente. Nadie pone los cadáveres a la vista desde la primera escena, ¿no?

Clara levantó el móvil para enfocar un espejo gigantesco en el fondo. El marco dorado estaba cubierto de huellas dactilares donde, decían, los artistas ensayaban sonrisas y trucos. El reflejo devolvía la imagen aumentada de ambos, pero algo parecía off. El reflejo de Marcelo movía la mano medio segundo antes que él, Clara tenía los ojos abiertos en exceso, y en la esquina inferior, una sombra roja oscilaba. Quisieron girarse, pero el reflejo se desmoronó: el cristal hizo un sonido como de acrílico agrietándose, y un payaso emergió tras ellos, deslizándose hacia adelante, a medio camino entre la realidad y la imagen.

-Bienvenidos al espectáculo final, -entonó, su voz un crujido entre carcajada y amenaza.

Marcelo giró sobre sí mismo, lo que el narrador de cualquier buen slasher describiría como “reacción instintiva de supervivencia”: echó a correr hacia la salida, pero las risas de otros payasos invisibles danzaban tras las cortinas. Clara grababa con manos temblorosas; dudó por un segundo. Lo justo para perder a Marcelo de vista entre las sombras.

-Por aquí, -gimió una voz. Habrías dicho que era el clásico cliché del “rescate fallecido”, y a veces acertarías; pero en el juego de espejos nada es seguro. Clara siguió el sonido, el móvil vibrando mientras la grabación tartamudeaba con destellos de luz turbia. Vio huellas en el polvo: pequeñas, trazos errantes. De niño, el payaso local solía dejar caramelos en un rastro igual. La infancia como una moneda arrojada, siempre cae del lado equivocado en estas historias.

Entonces lo sintió antes de verlo: el olor inconfundible de sangre, dulzor metálico entre capas de maquillaje. El payaso, alto, enfundado en un traje que olía a terciopelo podrido, se sostuvo lado a lado con una réplica exacta de Clara. No, no era su cuerpo; era su reflejo. Solo que este sonreía demasiado, los dientes manchados de negro.

-¿Quién es el público aquí, Clara? -chirrió la criatura. -¿Quién cuenta la historia cuando tú no tienes cámara?

Levantó una mano enguantada, y la piel retorcida por capas de pintura y cicatrices. El payaso extrajo un cuchillo. Con gestos teatrales trazó símbolos en el aire, como si cortara la pantalla misma de la grabación de Clara, de quien la estaba mirando y no de quien vivía.

La linterna cayó. Clara cerró los ojos, pero el chirrido del metal fue reemplazado por un crujido eléctrico: su móvil explotó en luz y estática, la imagen distorsionándose como la memoria de un sueño.

Marcelo, encerrado en algún recodo de la carpa, sentía las paredes latir. La lona cada vez más ajustada, los rugidos del exterior disipándose en ecos. Pensó en gritar, pero sabía lo que eso provocaría. En estas historias, los que gritan mueren primero. Era mejor quedarse inmóvil, intentar ser invisible al guion que parece ya ir escribiéndose sin su consentimiento.

Un interludio; imagina (¿o adivina?) la carpa por dentro, como una pesadilla compartida por cientos de espectadores anonadados. No te lo imagines demasiado fácil; necesitas incomodidad. Sillas que se mecen por sí solas, serpentinas que parecen vísceras colgando.

Marcelo buscó en vano una salida. Encontró solo más espejos, y en cada uno su reflejo más desfigurado, más payaso. Había leído una vez que en la ficción de terror, cuanto más luchas contra el monstruo, más te conviertes en él. ¿Era eso lo que le estaba pasando ahora, con los labios pintados figuradamente por la narrativa?

Entonces, el maestro de ceremonias apareció, pero no en carne y hueso: en las pantallas de los móviles, en los reflejos curvados, en un antiguo televisor olvidado entre cajas.

-Señoras y señores, niños y niñas —chirrió su voz, cada sílaba como un afilador de cuchillos—, bienvenidos al último acto, donde incluso el miedo es un acto reciclado.

El rostro pintado giraba, multiplicándose en pixeles, cada vez con sonrisas que no lograban esconder los ojos ensagrentados.

Clara, entre tanto, deambulaba en una especie de trance. La corta marcha por la pasarela de las pérdidas: recuerdos de cumpleaños infantiles tersos y payasos amigables convertidos en guiñapos desfigurados. El móvil seguía grabando, aunque no estaba segura de si la cámara funcionaba aún o si era su mirada la que reproducía los horrores.

Cuando el payaso la alcanzó, olía a rímel y miedo.

-Tú siempre quisiste la historia, ¿verdad? —le murmuró, la voz hueca dentro de la máscara.

-No a este precio, —respondió Clara, la voz rota por algo más que terror—. No así.

-Pero aquí estamos. ¿Listos para el giro final?

Marcelo, desesperado, intentó romper uno de los espejos. Chispazos, astillas saltaron y por un segundo vio, en los fragmentos, cientos de versiones de sí mismos siendo atacados bajo una lluvia de plumas y risas mohosas. Algunos sobrevivían, otros no. Algunos nunca se habían adentrado en la carpa, y otros nunca se atreverían a salir.

Una voz de CRONISTA pareció colarse en la lona, una entidad que escribía sobre ellos a la vez que los observaba:

“En este punto, el lector puede pensar que todo es una elaborada farsa. Pero el horror metaficcional no se limita a lo representado; se inyecta, gotea, en la percepción de quien lo recrea. Quien lee esto ya está dentro de la carpa, aunque cierre el libro.”

Los payasos, cada vez más grotescos, rodearon el centro de la pista, con Clara y Marcelo atrapados. Cada uno tenía su propia máscara, su propio cuchillo, y cada oración que pronunciaban parecía arrancada de un guion invisible.

-No es sólo por el miedo —se rió uno, la voz careciendo por completo de ilusión—. Es por el acto mismo de contar. El terror sólo existe cuando se comparte, ¿no es cierto? Ustedes, narradores de lo macabro... ¿no estaban ansiando un final?

Marcelo sintió que los límites de su cuerpo empezaban a emborronarse bajo la mirada de los payasos. ¿Te das cuenta? En algún punto de estas historias, uno se pregunta si es personaje o espectador. Si las intenciones del autor dictan el fatal desenlace, o si, por el contrario, hay algo más primitivo y peor: que nadie tiene el control y la narración sigue porque así debe ser.

Clara dio un paso atrás y, extendiendo el móvil hacia uno de los payasos, pulsó “transmitir en vivo”. La imagen de grano tembloroso cubrió brevemente una docena de pantallas, haciendo eco de miles de ojos mirando: tal vez la única defensa es multiplicarse, que la historia no pueda matarte si hay demasiados testigos.

Pero la pantalla se llenó de estática, y una risa electrónica retumbó en los oídos de todos los conectados, hasta de quienes veían desde la seguridad de sus casas.

“¿Valoraste alguna vez la experiencia de observar desde lejos?” preguntó el narrador-payaso. “¿O te preguntaste qué sucede cuando la historia te mira a ti?”

Crujiendo, los espejos cayeron, mostrando breves flashes de cada oyente, cada lector, todos reflejados en una carpa lejana, encajonados en un asiento vacío, máscaras a medio poner. Marcelo y Clara sintieron sus cuerpos eclipsarse en la ola final de reflejos, y en un suspiro con sabor a caramelo amargo y grasa de escenario, comprendieron: aquí yacía el final, y también el principio de otra función. Porque la historia no termina cuando cierras el libro. O apagas la pantalla. O paras de leer.

Sino cuando el payaso que narra deja de reír.

Así, al cierre del último telón, la carpa queda en silencio y los espectadores salen, llevándose a casa la sospecha de que la próxima vez que vean su reflejo, tal vez —solo tal vez— encuentren una sonrisa nueva, demasiado amplia, y una sombra de payaso riendo justo detrás de ellos.

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