Fragmento:
El guion, sin embargo, cambia sobre la marcha. Hay márgenes tachoneados, notas al margen ("NO OLVIDAR: HACERLA LLORAR MÁS"). Alguien —quizá tú misma, quizá un guionista invisible— introduce nuevas líneas. Pequeños halos de violencia crepitan en el aire, electrizando las sombras.
Duración: 09:46
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La casa está vacía, como la hoja que, después de tanto trabajo y sangre, no ha contenido nunca una historia verdadera. No es una casa —no queda ninguna duda de ello—. Es un plató, estructura de tablones y fachada de cartón-piedra, con habitaciones descartadas tras la última reescritura y un sótano oscuro cuya existencia sólo puede justificarse por la mecánica de la trama.
Tú estás aquí porque te escribieron así.
El director —llamémoslo Isaac, porque cualquier otro nombre sería demasiado cercano a la piel— ha dejado instrucciones claras: no abandones aún la cocina; todavía no. Te atan reglas inquebrantables, horrores de celuloide, sustos calibrados para golpear como martillo envuelto en terciopelo. Lo sabes. Es la ley del género y, mientras habites este guion, ningún grito tuyo traspasará la pantalla.
No eres la víctima… todavía. Pero ruedas, en círculo, esperando el ruido del cuchillo rasgando no solo carne, sino texto. Hay una cámara sobre el frigorífico, otra encajonada tras el trinchante de los cuchillos. Pantallas invisibles, aparentemente inertes, hasta que el punto óptimo de terror —ese rincón entre la certeza del peligro y la ignorancia de dónde acecha— presione el obturador.
Déjame decirte qué ocurre aquí, realmente. La sangre será artificial, sí. Pero el miedo será auténtico. Te lo prometo.
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Llevas casi una hora revisando el texto. Entras a la cocina, no porque tengas sed, sino porque el guion lo requiere. Has leído el libreto: página 48, debajo del encabezado "INT. COCINA – NOCHE", te esperan. Unas líneas más allá, las marcas escarlata apuntan: “GEMIDO FUERA DE CAMPO. PROTAGONISTA PALIDECE.” Eres la protagonista, claro. Ni el vestuario escogido por la figurinista ni la caracterización de vulnerabilidad —pocas luces, camisa rota, gotas simuladas de sudor— consiguen ocultar que tú ya has sobrevivido a este horror antes —en otras historias, bajo otros títulos.
Y sin embargo, cada vuelta de la rueda, cada versión del desastre, es peor, más interna, cada vez más cercana a lo que podría ser real. El asesino —el Slasher, como insisten en denominarlo los guionistas—, está en alguna parte del decorado, aguardando no al personaje, sino a quien se atreva a cuestionar su existencia. Tienes la sospecha amarga de que no eres tú la protagonista esta vez. Tal vez no haya nadie en absoluto.
Detrás de la cámara, Isaac observa. Las instrucciones llegan por auriculares internos: “Siente el miedo. Más real. Esto no es actuación.” Súbita, la sospecha: ¿qué ocurriría si te negaras a avanzar? Trasgredir la página, resistir la marea del relato, desviar el futuro predicho por los storyboards.
Te plantas en las baldosas frías. Nada sucede. El reloj de utilería, siempre detenido a las 11:43 —hora de la primera muerte en algún lugar de la película—, marca el compás. Tomas un cuchillo de cocina. Sientes su peso, demasiado ligero, como si fuera solo una idea, y no metal.
¿Puedes salir de este texto?
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Las reglas del Slasher están claras: la sangre joven muere primero. El sexo y el tabaco son sentencia de muerte. Solo la “final girl” puede trascender la pesadilla —si la deja marcada, más viva pero menos real. Tú, pese a todo, eres (¿fuiste?) la protagonista designada. Quizá la narradora. ¿Y si esta vez es diferente?
El guion, sin embargo, cambia sobre la marcha. Hay márgenes tachoneados, notas al margen ("NO OLVIDAR: HACERLA LLORAR MÁS"). Alguien —quizá tú misma, quizá un guionista invisible— introduce nuevas líneas. Pequeños halos de violencia crepitan en el aire, electrizando las sombras.
Claro que sabes lo que pasa aquí. Te han leído, te han reinventado, te han matado una y otra vez en festivales, cines y pesadillas privadas.
Pero lo que nadie sospecha es que has leído también el texto de ÉL. No el asesino ficcional, sino Isaac. Esas páginas no están hechas de celulosa: destilan desprecio y cansancio. Frustración por la falta de realismo. Ganas de traspasar la barrera, inyectar una porción de verdad. ¿Hasta dónde llega la ficción? ¿Dónde está el filo real?
Empiezas a notar la diferencia. La atmósfera cambia. No suena nada en el exterior: ni grillos, ni coches en la calle falsa, ni equipo de producción. El silencio es absoluto, antinatural. Ni siquiera sabes si la película sigue rodando.
Cuchillo en mano, decides improvisar. Dejas caer el objeto sobre la encimera; suena como golpeando madera hueca. Un eco. Lo que sugiere que hay algo debajo, un espacio nuevo no contemplado en el primer borrador.
No hay manera de escapar por aquí, pero sí de descender.
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El sótano no existe en el guion original. Es la trampa oculta del género: todo exceso, toda desviación, merece ser castigada. El asesino espera abajo, lo sabes. Pero también tienes la certeza inversa: cuanto más consciente eres de las normas, más posible se hace torcerlas.
Desciendes. Los peldaños crujen. El sótano está iluminado solo por un tubo fluorescente que oscila sobre tu cabeza. En las paredes, retratos a carboncillo: rostros de actrices pasadas, protagonistas de otros slashers, que sonríen con la tristeza premonitoria del cadáver.
El asesino está allí, en la penumbra, pero no avanza. Lleva la máscara característica, una sonrisa irónica que es calavera y gesto estudiado. Pero sus ojos —demasiado humanos, demasiado cansados— te suplican con la mirada.
“No encaja”, murmura. “Esto no estaba en el guion.”
“¿Qué quieres, entonces?” preguntas. La voz sale firme, aunque el miedo es auténtico. “¿Que muera para perpetuar una fórmula?”
El asesino ríe, pero suena truculento, pidiendo ayuda: “Quiero salir de aquí igual que tú, igual que cualquiera. Nadie recuerda al asesino cuando termina la película. Solo la ‘final girl’ vive, marcada.”
Un largo silencio.
Podrías atacar, cumplir la coreografía, sobrevivir. Pero el cuchillo nunca estuvo afilado. La violencia nunca fue “real”.
El TERROR verdadero es otro: la sospecha de que tampoco fuera del set hay “realidad”, sólo otras escenas, otras máscaras, más capítulos inacabados.
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En la superficie, Isaac presiona el auricular: “Improvisa más. ESTO es lo que quiero.”
Pero, en el sótano, tú y el asesino conversan. Las líneas desaparecen de la página; ya no hay anotaciones posibles. El guion ha cedido lugar a algo indeterminado: una tierra de nadie entre el horror representado y el que, cuando nadie mira, es plenamente vivido.
“¿Y si dejamos de jugar?” propone él. “¿Y si reescribimos esto?”
Al principio, la idea resulta absurda. Pero las paredes palpitan y el espacio parece agrandarse. Los retratos de las actrices se animan, mirándoles, suplicando silencio, o quizá cambio.
No puedes salir del género, pero puedes arrastrar sus grilletes y cambiar la danza. Te acercas al asesino, quitas su máscara. Debajo hay un rostro idéntico al tuyo, sólo invertido, sólo un poco más cansado.
Vuelves a la luz.
***
En el plató, Isaac grita: “¡Corten! ¡Esto no tiene sentido! ¿Dónde están las instrucciones? ¿Quién está escribiendo esto ahora?”
El decorado tiembla, como si la historia se desmoronara por dentro. Él, furioso, baja corriendo al sótano, cámara en mano, para restaurar la narración rota.
Pero el sótano ya no es sótano. Hay un pasillo infinito de puertas, cada una marcada con un título distinto, nombres de otras películas o relatos o pesadillas aún no filmadas. Tras cada puerta, un eco, una versión alterna del mismo horror: las víctimas son los directores; los asesinos son los personajes secundarios; el plató es la casa de la infancia de Isaac, muy real y muy vacía.
Te giras hacia él —tú, la protagonista, la asesina, la guionista, la máscara y la cara intercambiadas—. Nada queda del guion. Sólo una verdad cruda: cada miedo escrito debe pagarse, cada horror debe ser habitado.
Isaac, en un suspiro, comprende lo que has hecho. No hay salida. El horror deja de ser una ficción, deja de obedecer a quien lo dirige. Aquí, por primera vez, el asesino y la víctima han pactado.
“Esto no se puede filmar”, murmura él.
“Pero puede vivirse”, respondes.
Cierras la puerta tras él.
***
La historia sigue, adentro, en las grietas. Nuevos guionistas, directores, espectadores, intentarán recrearla. Y cada vez, el horror se desenfoca, se deshace, toma la forma de aquel que más se resiste a aceptarlo.
Aquí termina la función, pero el relato sigue: cada vez que veas a una chica bajar al sótano, piensa que quizá esta vez no quiere sobrevivir, sino que sólo busca una forma de salir, o entrar, en el texto. Y al director, tenle miedo. Pues en algún rincón del guion, todos los monstruos han aprendido a escribir su propia versión de la pesadilla.
Fin.
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