Portada del relato Cuaderno de Pedidos
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Fragmento:


Justo cuando giraba para regresar, un sonido corto y preciso—como el de una cuchara cayendo en la porcelana—le hizo detenerse. Durante un momento, creyó haberlo imaginado. Pero volvió a sonar, desde el parque.

Duración: 10:26

Cuaderno de Pedidos
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Texto de ajuste de pausa.

Por la tarde, el cielo era de un gris inquietante, con nubes que reflejaban el cobre de un atardecer desigual y bajo. En la ventanilla del Starbucks, las luces parecían una promesa de calor y compañía: listas de espera, baristas con delantales, el delicado silbido de la máquina de café cortando el silencio. Pero más allá de los cristales empañados y la hilera de autos esperando en la fila del drive-thru, yacía la forma recortada del parque Anderson, cerrado desde el accidente hace dos veranos. Nadie miraba en esa dirección, excepto Bruno.

Si pudiera, se preguntó Bruno a menudo, elegiría no ser el «chico que cierra». No por miedo a la noche, mucho menos al parque: simplemente, la soledad de las últimas horas tenía un tipo especial de opresión, una pesadez que no provenía solo de los sacos de café que arrastraba fuera de la bodega, ni del mueble bajo la barra donde se apilaban los cubos de leche. Había algo en el aire nocturno, algo que silbaba desde el vacío parque, que parecía preguntarle por su nombre.

Esa noche, tras un lluvioso e inusual martes, el gerente apareció inesperadamente antes de marcharse. «Recuerda dejar la basura afuera», le dijo, depositando una bolsa en la mano enguantada de Bruno, «el camión pasa a las dos, y mejor que la saques ahora. Ah, y cierra bien la puerta trasera: anoche quedó abierta».

Bruno asintió sin alzar la mirada, sintiendo el peso viscoso de las bolsas y de la frase colgando entre ambos. Sí, la puerta trasera: justo la que daba al breve sendero que alguna vez conectó el Starbucks con el parque Anderson. No se molestó en responder: sabía que el olor a leche agria y café quemado sería lo primero que lo recordaría en cuanto saliese. Pero aceptó su destino con cierta resignación.

El parque era una silueta apenas perceptible: juegos oxidados, el tapete plástico de la resbaladilla pintarrajeado por el moho, columpios torcidos por el viento que ocasionalmente azotaba la cerca metálica. Pero más allá de este parque lúgubre, había una historia. No exactamente una leyenda, más bien una media verdad que los clientes contaban entre sí cuando alguien preguntaba por el parque abandonado en lugar del menú navideño. El accidente fue televisado, las ambulancias llenaron la zona durante horas, y después simplemente dejaron de ir. Del niño muerto no se habló demasiado; los empleados, con sus delantales verdes, evitaban mencionar el asunto. Se decía que solo era una tontería, que los ruidos de la noche eran gatos, el eco de la autopista, pero nadie quería comprobarlo. Ni siquiera el gerente.

Esa noche, Bruno empujó la puerta trasera con la cadera y lanzó las bolsas en el contenedor exterior. El aire era denso y la luna, apenas un corte desafilado sobre el horizonte sombrío. Sus tenis crujieron sobre el asfalto húmedo, y algún pájaro sin sueño graznó entre los árboles negruzcos. El Starbucks era una isla de luz, demasiado brillante para lo que rodeaba; el parque, una mancha ciega.

Justo cuando giraba para regresar, un sonido corto y preciso—como el de una cuchara cayendo en la porcelana—le hizo detenerse. Durante un momento, creyó haberlo imaginado. Pero volvió a sonar, desde el parque.

«Vamos, idiota», se susurró, pero la curiosidad era una jarra que se derrama solo una vez. Cruzó el pequeño estacionamiento, sintiendo la temblorosa vibración de cada paso, y se asomó entre la cerca. La resbaladilla, la estructura que mató al niño (o eso decían), parecía normal, lúgubre pero inofensiva. Nada se movía, excepto un columpio que chillaba apaciblemente en la brisa. Bruno rió nervioso.

Justo cuando se giraba otra vez, una voz irrumpió en el aire, cercana, chirriante pero articulada:

—¿Macchiato doble para Bruno?

Se detuvo en seco. El frío ya no era una sensación física; era como si cada célula supiera que debía esperar. La voz—alta, mecánica, como de altavoz defectuoso—salía directamente de la oscuridad bajo la resbaladilla.

Otra vez:

—¿Macchiato doble para Bruno?

Nada en el entrenamiento de Starbucks lo había preparado para esto. Sabía preparar siete tipos de latte, leía los nombres en los vasos con la paciencia de un monje y tenía una sonrisa automática ante sugerencias y quejas. Pero nadie le dijo qué hacer si una voz pedía su propio café desde un abismo negro. Un pensamiento absurdo cruzó por su mente: ¿llevaría delantal, el que llama mi nombre?

Pero entonces—y esto, Bruno jamás podría explicarlo, ni siquiera a sí mismo—la voz cambió.

—Quédate, Bruno. Falta espuma.

La tontería de la frase sólo volvía a la situación aún más grotesca. La figura emergió poco a poco, primero como una mancha más densa que la sombra, y luego, con movimientos crujientes, se sentó en el columpio. La luna reflejó dos ojos de animal muerto, y un rastro de espuma blanca se deslizaba de su barbilla.

Ahora, en este punto, cualquier persona razonable habría huido hacia la cálida luz del Starbucks, habría llamado a la policía, o incluso inventado alguna excusa para no volver nunca más. Pero Bruno, acaso por los años soportando órdenes y la rutina asesina de la hospitalidad forzada, se encontró contestando:

—¿Quién eres?

El columpio chirrió. El ser levantó una mano: dedos extrañamente alargados, temblorosos, uñas negras como la noche, goteando una sustancia indeterminada, mitad leche, mitad algo peor.

—Solo pido lo que siempre piden, Bruno. Solo hago cola. Solo espero mi nombre.

Tal vez fue la frase, o la forma en que el aire pareció echarse hacia atrás, lo que le forzó a temblar. Observó la figura balancearse, y cada empuje la traía más cerca de la cerca.

Bruno retrocedió, pero la voz volvió a sonar, más aguda, más ansiosa:

—¿No me llamas? ¿No apuntas mi nombre? Tengo turno. Espero. Como todos.

Ahora el miedo era líquido, helado y dulzón. Quizá una mente normal habría intentado descifrar el sinsentido de esas palabras, pero la mente de Bruno simplemente buscó el punto rojo de la alarma tras la puerta del Starbucks, y corrió.

Entró presuroso, cerrando la puerta de un golpe, y fue directo a la barra. El local estaba vacío, las luces, demasiado blancas y punzantes. Por costumbre, miró el cuaderno de pedidos: una hoja arrugada, nombres garabateados, uno mal borrado, bebida y hora. Por impulso, escribió: «Cliente anónimo—Macchiato doble—nunca».

La puerta vibró, como si alguien la golpeara con las palmas abiertas. Una, dos, tres veces. Bruno, con la piel electrificada, buscó su celular, pero en la pantalla solo danzaban nombres de clientes, recordatorios, pedidos pendientes—ningún número para el gerente, ningún botón de emergencia.

La siguiente hora se estiró como el fondo de un vaso de latte: lenta, viscosa, imposible de vaciar del todo. Si miraba por la ventana, la figura aún se balanceaba en el columpio, ya no a la sombra, sino en la luz pálida del foco del estacionamiento. Nunca dejaba de mirarlo. La cola era silenciosa.

A medianoche exacta, el recibo de la última venta parpadeó en la impresora, aunque no había nadie. El papel apareció casi en blanco, sólo con una palabra: «Nombre».

Bruno intentó llamar a alguien, pero las palabras salieron corridas; la señal de su teléfono era un murmullo podrido. Buscó en los estantes una respuesta: ¿podría un cuchillo afilado cortar lo que estaba fuera—o lo que estaba ya dentro?

Recordó, entonces, la historia del niño muerto en el parque. Nadie conocía su nombre original. Nadie reclamó el cuerpo. Algunos decían que aún pedía para llevar, que deambulaba por los parques vacíos, esperando que alguien escribiera su nombre. Que era un error en el sistema: un pedido nunca completado.

Pensó entonces en todos los clientes que llegaban tan tarde. ¿Y si la lista de Starbucks no era una rutina, sino un conjuro? ¿Y si escribir el nombre era una forma de atar algo a este mundo? ¿Por qué los nombres borrados quedaban tan feos en la hoja, borrones que nunca desaparecían del todo?

La figura golpeó de nuevo la puerta, con más fuerza. Esta vez, y solo esta vez, Bruno escuchó nuevos nombres en la voz:

—¿Alguien pidió para llevar?

—¿Isabel? ¿Manuel? ¿Lucy? ¿Bruno?

Enumeraba nombres, cada vez más rápido. Los nombres de los empleados, los de los clientes regulares, los del gerente. «Solo pido lo que siempre piden», repetía. Era la letanía de un barista muerto de aburrimiento, o de un alma perdida en la cola interminable del más allá.

Algo en la máquina de espresso chisporroteó—no había nadie preparándola. La pantalla mostró el mensaje: «Nombre no reconocido. Repita pedido».

Bruno ya no supo distinguir si estaba despierto. La secuencia de luces, la repetición de nombres, el olor a leche quemada: todo era un eco. Se preguntaba, entonces, si alguna noche él mismo se había vuelto solo un nombre en un vaso, un garabato mal escrito, esperando en la cola de pedidos que nadie reclamaba.

El amanecer llegó arrastrando la luz con sordidez. El gerente entró, bostezando, le hizo una seña con la llave. Encontró a Bruno sentado detrás del mostrador, ojos abiertos y mudos, cerca del cuaderno de pedidos.

La única anotación nueva era:

«No queda espuma»

El gerente resopló, sin prestarle demasiada atención. Lanzó el cuaderno a la basura y fue a revisar el drive-thru. Afuera, el parque seguía vacío, pero en la resbaladilla, los columpios se mecían, incansables, como si alguien esperara. Dentro del contenedor de basura, entre bolsas rasgadas y filtros usados, emergía de vez en cuando, como un resorte, un vaso de cartón.

Sobre él, bien claro, un nombre que nadie recordaba haber escrito. Y debajo, en la base del vaso dibujada con espuma, una sonrisa torcida. Porque a veces, cuando uno pide para llevar en la noche, jamás sabe si el barista recordará llamar tu nombre. O si tal vez, el siguiente en la lista seas tú.

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