Portada del relato Noche de lápidas rotas
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Fragmento:


El portón rechinó cuando lo empujó. Adentro había apenas un par de faroles alimentados por la red eléctrica municipal. La luz temblaba entre las lápidas, dibujando espectros sobre las cruces carcomidas, dejando algunos nombres visibles y otros borrosos: Garrick, Valdés, Rojas...

Duración: 08:35

Noche de lápidas rotas
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Texto de ajuste de pausa.

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La mano de Nolan tembló sobre el teclado. Observó la pantalla, la hoja en blanco iluminando el apartamento en penumbras. Afuera, la lluvia resbalaba en las ventanas dejando heridas largas y llorosas, mientras una sirena lejana —o quizá sólo era su imaginación— iba y venía como un grito repetido al infinito. Llevaba cuatro noches despierto, escribiendo, borrando, reescribiendo. El editor quería algo más… “autoconsciente”, había dicho, sonriendo como si la palabra fuese una daga nueva, aún sin estrenar.

Nolan odiaba el término. Los relatos de terror no debían saberse relatos. Estaba convencido de que esa era la única manera de que funcionaran: el cuchillo debía esconderse en el pan, la sombra vestir la piel de tus sueños. Sin embargo, había aceptado. No le quedaba otra. La renta, la comida y el eco creciente del fracaso.

Cerró los ojos, tecleó una frase, luego la borró. Afuera, el viento ululó. O tal vez fue alguien. Una carcajada se coló por la rendija de la puerta, húmeda, deslizante. Nolan la oyó, pero no quiso mirar. Se obligó a continuar.

“Estás leyendo esto porque piensas que no va contigo”, escribió. “Tal vez ya sabes lo que viene. Tal vez crees que puedes cerrar el libro, apagar el monitor, dejar de prestarme atención. No es así. El miedo que sientes no le pertenece a un guión, ni a un autor. Es tuyo, y yo —tu narrador— sólo lo desentierro.”

El cursor quedó parpadeando, y Nolan sintió que el aire se volvía más espeso, lodoso; cada exhalación era como sacarse tierra de la garganta. “Un buen comienzo”, murmuró. Quiso encender otra luz, pero la lámpara parpadeó y murió. El resplandor azul de la pantalla era ahora todo lo que existía.

Decidió que necesitaba salir. Un café, un cigarro, algo para recordar que había un mundo allá afuera, con gente viva. La lluvia, por supuesto, seguía sobre la ciudad como un sudario. Cruzó la calle, llegó hasta el cementerio. Era absurdo, lo sabía. Pero algo lo atraía, una suerte de tirón magnético. El cementerio era viejo, tapiado en tres costados por edificios vetustos que temblaban cada vez que un tren pasaba al fondo de la madrugada.

El portón rechinó cuando lo empujó. Adentro había apenas un par de faroles alimentados por la red eléctrica municipal. La luz temblaba entre las lápidas, dibujando espectros sobre las cruces carcomidas, dejando algunos nombres visibles y otros borrosos: Garrick, Valdés, Rojas...

En su bolsillo vibró el celular. Era un mensaje de su editor.

¿Tienes algo digno de asustar hasta a los muertos?

Nolan rio, una risa que casi dolía. Guardó el teléfono sin contestar. No advirtió la figura detrás del ángel de granito, ni el brillo acerado que pareció saltar y desaparecer justo cuando giró la cabeza. Sin embargo, sintió el escalofrío.

Avanzó por el sendero principal, empujado por un ansia inexplicable. Se detuvo en una tumba anónima, sin flores ni fechas, apenas una losa agrietada sobre la que algún borracho había vuelto a orinar. Dejó escapar una bocanada de vapor, preguntándose si podría escribir sobre esto: una presencia en el cementerio, un escritor perdido, y un cuchillo, siempre un cuchillo.

A sus espaldas, los pasos se hicieron eco de los suyos. Rápidos. Silenciosos. Luego, la voz.

—¿Qué escribes ahora, Nolan?

Se volvió bruscamente. Nadie. Silencio absoluto. Se dijo que era parte del miedo, que el verdadero horror era interno. Así había mandado los primeros borradores: una chica en una fiesta de Halloween, un asesino escondido entre los invitados, alguien dejando notas en los rincones que decían: “Tú no eres real”.

Pero el editor quería más. “Haz que el lector SIENTA que puede ser la próxima víctima. Hazlo parte del cuento.” Era el tipo de guionismo barato que Nolan despreciaba, pero la cuenta del banco y los gritos en el pasillo no entendían de orgullo.

La noche parecía apretarse a su alrededor mientras volvía sobre sus pasos hasta la salida. Pero el portón estaba ahora cerrado. Cerrado por dentro. Nolan juró que lo había dejado abierto, pero el miedo es un mentiroso eficiente. Lo intentó una y otra vez. El chirrido metálico se volvió un alarido oxidado, y la lluvia crecía como una promesa rota.

“Estás aquí porque te lo mereces. Porque sabores el terror igual que el resto.”

La voz otra vez, tan cerca que creyó sentir su aliento. Nolan comenzó a correr, tropezando con las lápidas, resbalando en la hierba mojada. No podía ser real, pero la sangre del pánico le llenaba la boca.

“¿No quieres un cuento que asesine a quien lo lea, Nolan? ¿No buscas el gancho definitivo?”

Un relámpago partió el jardín en dos, revelando una silueta encapuchada, rostro oculto, cuchillo en mano. El cliché más odioso, pensó Nolan. Sin embargo, sentía algo más allá del desdén. El filo reflejó la luz como una lengua. El asesino avanzó, los pasos crujían sobre el barro y los huesos.

Hay un modo correcto de gritar, pensó Nolan. Uno que sólo los que han estado verdaderamente cerca de la muerte conocen, un grito sin palabras, sólo respiración, pulmón abierto, como un animal. El asesino levantó el arma y el tiempo se partió en dos: ficción y miedo real, miedo antiguo, miedo de cementerio.

En algún lugar, el narrador decía: “La primera regla para sobrevivir a esta historia es no dejar de leer. El cuchillo sólo corta a los distraídos, a los que buscan cerrar el libro antes de tiempo.”

Nolan lo oyó. Alguien lo oyó. Sentía que el relato le atravesaba primero la piel, luego las venas. La figura encapuchada era él mismo, con una media sonrisa torcida.

“No puedes salir del margen”, murmuró la figura —o fue Nolan, o fue una tercera voz, la del lector, la tuya—. “Aquí todos somos personajes de alguien.”

Se abalanzó, el cuchillo relampagueando. Nolan gritó. El mundo se volvió oscuro y apenas quedó un reguero caliente sobre la tierra.

Despertó en su escritorio. El cursor titilaba sobre la pantalla en blanco. Afuera, la lluvia.

No estaba seguro de si se había dormido o se había desmayado del miedo. Tiritó. Miró el documento: no había palabras, sólo manchas de humedad, y en un rincón, escrita con negrita roja, la pregunta:

¿Quién es el autor y quién es el asesino?

Nolan se levantó. Trastabilló hasta el baño, se echó agua en la cara. En el espejo, vio una silueta parada detrás de él, igual a la del cementerio. Cuando se giró, la puerta golpeó con fuerza el marco, pero no había nadie.

Volvió al texto. Tecleó, casi sin mirar, como si alguien estuviese dictándole, pulsando cada tecla con un ansia lejana. Ahora el relato, escribió, comienza desde aquí, con un lector sentado en algún lugar, asustado, sabiendo demasiado. Un lector que siente una presencia detrás del monitor, la respiración apenas un soplo entre sus pensamientos.

Era como si el relato exigiera la víctima siguiente.

En algún rincón del mundo, mientras lees esto, la noche es larga, y la lluvia pesa. Sientes los ojos cansarse, el pestillo cruje. Puede que estés solo, o al menos eso crees.

La voz del asesino —o la tuya, o la de todos— susurra:

“Solo sobrevive el que no deja que el miedo entre.”

Afuera, Nolan juró ver una figura pasar entre las lápidas del cementerio, cuchillo en mano, buscando el siguiente nombre, el próximo lector.

El Asesino sabe que hay miles de historias y un solo miedo verdadero.

Ahora que ya lo sabes, no cierres esta página todavía.

No te detengas a mirar por la ventana.

No pienses en la puerta que cruje por las noches.

Quizá esta historia jamás termine porque, en realidad, eres tú quien la sigue escribiendo...

Y cuando llegue tu turno, oigas tu propio grito lejano. Uno que nadie podrá poner en palabras.

Porque todos los cementerios están llenos de tumbas sin nombre, y todos los relatos de miedo buscan un lector que los reclame con su sangre.

El cuchillo sólo espera su momento.

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