Portada del relato La última toma
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Fragmento:


La producción no se detuvo. El director no quiso. “Es un pirado, seguro ha ido por birras para gastar una broma,” dijo, y todos fingieron que le creían. Es lo que se espera de un rodaje: la fe compartida en que la máscara esconde algo inocuo. Siguieron filmando, y la atmósfera se espesó como nata rancia.

Duración: 12:19

La última toma
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Texto de ajuste de pausa.

El aire de la noche era espeso, casi tangible, y olía a madera húmeda y alcohol barato. Los focos se encendieron uno tras otro, haciendo que las sombras danzaran por todas partes, nerviosas y expectantes como el equipo técnico tras la llegada del productor. Una filmación en una vieja cabaña perdida entre colinas, rodeada de altos abetos y la negrura más allá: el cliché era tan grueso que sólo quedaba rendirse ante él con media sonrisa cínica mientras ajustabas el encuadre, revisando el guión por enésima vez, preguntándote si acaso el verdadero temor estaba en saber de antemano lo que vendría.

El guión era simple. Eso les habían dicho a los cinco actores reunidos en la planta baja, todos luciendo camisetas estampadas de grupos de rock y sonrisas un poco forzadas. Una pareja fogosa, el gracioso del grupo, la chica lista y la reservada, que en el tercer acto revelaría traumas de infancia. Ni el nombre del filme importaba ya, pues sería uno más entre docenas que saturarían la programación nocturna de un canal menor, pero el director insistía en rodar en orden cronológico y sobre todo, en rodar durante la noche. Más real, dijo. Más auténtico.

El rodaje empezó con el bullicio típico: chasquidos de claquetas, ecos de diálogos ensayados, y la tensa vacuidad de quienes conocen demasiado bien la frontera entre lo ficticio y el bochorno del ridículo. Sin embargo, la primera noche arrojó pequeñas heridas. La actriz de la pareja fogosa, Emma, juró que alguien la observaba desde la ventana durante una escena, aunque nadie encontró a nadie, y sólo los árboles se mecían afuera como un mar de cabezas oscuras, indiferentes. El director, un hombre de barba desordenada y temperamento circulante, bromeó: “La mejor extra es la que no se cobra,” y todos pretendieron reír.

El primer asesinato en el guión sucedía en el sótano: la gracia estaba en la luz inestable, los planos torcidos, las huellas de humedad subiendo por las paredes. Matías, el gracioso, debía bajar para buscar una linterna y tropezar con una figura encapuchada; luego, corte rápido a sangre empapando el suelo. “Hay que hacerlo en una sola toma,” dijo el director. “El terror no se repite.”

Bajaron a los cimientos. Era un sótano como todos, y sin embargo, distinto. Los muros rezumaban frío, y el aire olía a algo estancado, una mezcla de barro y la promesa de moho. El sonido reverberaba, devolviendo los susurros con una demora burlona. Matías estaba nervioso—no por el guión, sino por la sensación de que el espacio era más profundo por dentro de lo que parecía desde fuera.

“Recuerda mirar a la derecha antes de gritar,” le indicó el director.

Las cámaras rodaron. Matías bajó titubeando la escalera de madera carcomida. La figura apareció desde la nada, el encapuchado—uno de los asistentes, pensó Matías, había ensayado eso. Pero la mano que le cubrió la boca era demasiado firme, el cuchillo —¿era de utilería?— demasiado frío. Matías intentó zafarse y su propio grito le sonó extraño, casi auténtico, mientras el filo desgarraba a través de una camiseta que después recordaría haber elegido esa mañana.

Corte.

La sangre salpicó el suelo, y por un instante, retumbó entre los ladrillos del sótano una vibración sorda, metálica y nueva. Nadie se movió al principio. La cámara seguía grabando.

La escena fue aplaudida arriba, donde los demás, expectantes, miraban la reproducción en vídeo. Todo era perfecto. Demasiado perfecto: la sangre tenía el color justo, la agonía de Matías era tan real que arrancaba una mueca del mismísimo director. “Así, sí,” murmuró, calando la pipa como quien acaba de invocar una tempestad. La primera noche terminó con el equipo durmiendo en las habitaciones del piso superior y Matías, claro, fingiendo haberse esfumado para dar credibilidad a la historia, tal como marcaba el guión.

Pero cuando la mañana llegó y Matías no emergió ni al desayuno ni tras tres llamadas a gritos, la incomodidad empezó a arrastrarse entre los pasillos. El asistente encargado de utilería bajó al sótano y olió lo mismo que todos los demás la noche anterior: un sudor ferroso, recién parido. Buscó en el rincón donde Matías debía haberse escondido, tirándole mensajes directos que nunca fueron respondidos. Encontró sólo un guante y una huella roja húmeda sobre una de las piedras.

La producción no se detuvo. El director no quiso. “Es un pirado, seguro ha ido por birras para gastar una broma,” dijo, y todos fingieron que le creían. Es lo que se espera de un rodaje: la fe compartida en que la máscara esconde algo inocuo. Siguieron filmando, y la atmósfera se espesó como nata rancia.

La escena siguiente exigía a Emma tropezar en la cocina, sola. El asesino debía acechar desde las sombras e, improvisando, la actriz debía escapar lisiada hasta la puerta principal. Pero cuando la luz explotó y el grito de Emma se ahogó en un golpe húmedo y sordo, nadie pudo del todo decir si lo que estaban viendo era interpretación o algo peor. Para cuando llegaron, Emma yacía con los ojos muy abiertos, un filamento delgado de sangre le escapaba por la boca, y el director murmuraba una oración incoherente o acaso una remembranza de los tiempos en que sólo dirigía documentales sobre batracios.

“Corten. Corten,” repetía el productor, ciego ante lo que sus ojos testificaban.

Ahora empezó a cundir el pánico. Las puertas estaban trabadas. La cabaña, una construcción centenaria, tenía herrumbres en las bisagras y una cerradura principal que ninguno pudo abrir aunque la golpearon hasta sangrarse los nudillos. Los móviles no tenían cobertura, la batería de los walkie-talkies estaba drenada. Aislados, comenzaron a recurrir al humor, como quien le tira piedras al abismo para ver si responde.

La chica lista, Ana, empezó a sospechar: “Tal vez esto es parte de la película. Ustedes dos están actuando. Esto es como ese truco de fin de rodaje en que el director quiere sustos genuinos.”

La risotada fue breve, nerviosa y oxidada.

El guión, dejado abierto sobre la mesa del comedor, ahora parecía tener más páginas de las que recordaban. Cada vez que alguien lo hojeaba, una nueva acotación o diálogo surgía en tinta casi fresca: “La siguiente víctima correrá hasta el sótano, buscando refugio, sólo para descubrir…”. Siempre rotundamente impersonal: “La siguiente víctima”. Nunca nombres, nunca destinos.

El equipo empezó a sospechar de sí mismo. El asistente de cámara, un joven de ausente bigote y ropa deportiva, se parapetó tras la puerta de la despensa con un cuchillo, jurando que no saldría si antes no veía a Matías y Emma regresar. El productor escudriñó cada rincón buscando cámaras ocultas, micrófonos ilegales, pensando en un reality extremo organizado por algún genio del marketing. Nada. “Esto no es parte del guión” exclamó, y su voz traqueteó en la madera como una promesa incumplida.

La noche llegó otra vez, impune y absoluta. Alguien propuso barricarse, pero las ventanas enrejadas no ofrecieron salida. El sótano, ese epicentro maldito, parecía ahora latir bajo el suelo de toda la cabaña, y cada paso retumbaba en las tablas como tambores de guerra. Nadie se atrevía ya a pronunciar el nombre de Matías o Emma. Había una idea, amorfa y viscosa, que nadie podía expulsar del todo: estaban siendo observados, sí, pero el observador no estaba ni entre ellos ni en los árboles. Estaba en el relato mismo, el encuadre desde lo alto. La cámara que seguía encendida, aun cuando nadie osaba acercarse a apagarla.

Esa madrugada, mientras el asistente de cámara temblaba detrás de la despensa, algo entró por la trampilla del suelo. No fue el asesino —no una figura tangible— sino un rumor, una sombra viscosa que parecía arrastrarse de frase en frase, como si el guionista se permitiera un desliz ominoso en mitad de la narración. El joven brincó, cayó al suelo y la linterna rodó, cortando la oscuridad en hendijas delirantes. Juró ver en el haz de luz una silueta desdoblada, compuesta de palabras, fragmentos de acotaciones, un rostro sin rasgos pero con la forma líquida del lenguaje en llamas. El grito se succionó hacia los cimientos, y cuando los demás llegaron sólo quedaron las migajas de la linterna y una página nueva del guión, donde se describía con minucia la desaparición del asistente “mientras buscaba refugio junto a su última esperanza”.

Ana y el productor ya no podían fingir; incluso intentaron prender fuego a la cabaña, pero la madera sólo humeó despacio, como si sopesara la dignidad de arder en una historia que aún no había terminado de escribirse. Afuera la noche era pura negrura compacta, un abismo sin estrellas ni grillos. El director fue el primero en perder la cabeza. En alguna parte del segundo piso, balbuceó frente a la cámara encendida: “Esto no es ficción. No es…” Las últimas palabras fueron ininteligibles, aunque los subtítulos en la pantalla —nadie recordaba haberlos activado— decían: “El director acepta su fracaso y paga el precio de la incredulidad”.

Ahora sólo quedaban Ana y el productor, quien por fin se sinceró: “Este guión nunca fue uno cualquiera. Lo encontré en un mercadillo, escrito a mano. La vendedora dijo que era imposible robarle detalles, que se completaría solo.” Ana lo miró como si ya no importara. Juntos, se encerraron en el dormitorio más pequeño, donde inspeccionaron el guión una vez más. Las páginas ya no eran de papel, sino de carne pulposa, y las letras brotaban como venas cuando ambos trataban de arrancarlas.

—Si el último capítulo no se lee, tal vez logremos que esto acabe —propuso Ana al borde de la histeria.

Pero en ese instante, la puerta se abrió sola, como guiada por una dirección de cámara invisible. Entró el asesino, una silueta de proporciones temblorosas, glosada de manchas de tinta y sangre. No caminaba, sino que se deslizaba dejando rastros tajantes sobre el suelo. Tenía en la mano el cuchillo del rodaje y en la otra, un fragmento del guión arrancado y sangrante.

El productor, tembloroso, atinó a gritarle como quien reprende a un actor indisciplinado: “¡Corten! ¡Esto no estaba en el guión!”

La figura se detuvo. La máscara —no era una máscara— parecía girar hacia él, y una voz respondió, grave y doble, repitiendo en eco distante: “El guión soy yo. No cortes donde aún hay historia.”

Ana intentó huir, pero fue —en términos narrativos— inútil: unas manos invisibles la retuvieron mientras la figura hundía el cuchillo en la garganta del productor, quien se deshizo en líneas y párrafos, gritando palabras ininteligibles, hasta desaparecer por completo dentro de la página siguiente.

El último plano, la última toma: Ana, sola en la habitación, el sonido de su propia respiración amplificado por los muros ahora cargados de voces. Comprendió, como todos los que ven una película y perciben su propio reflejo pegado a la pantalla, que el terror real era vivir en una narración escrita por una mano desconocida e insaciable. Corrió al sótano, el destino último, traspasando las escaleras, la humedad, el aire denso y húmedo.

Allí, en el centro, la cámara seguía encendida. El monitor mostraba texto en vez de imagen. Las palabras se escribían solas:

“Ana desciende al sótano, sabiendo que aquí todo es escena y todo es verdad.”

Cerró los ojos. Podía oler la sangre, la tinta, el miedo. Ya no quedaba guión que temer: ahora sólo era personaje, carne ofrecida al monstruo que nunca aparece del todo, escrito por el lector, construido en el margen.

Entonces, en el rincón más oscuro, la voz imposible del asesino susurró su última línea, inusual y definitiva:

“La historia acaba cuando tú dejes de leer.”

Y si usted, lector, se ha asomado hasta aquí, cierre el libro, apague la pantalla. Antes de que sea usted el próximo personaje en saber que las palabras matan.

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