Fragmento:
Fue ahí, cuando se asomó, que sintió la punzada del miedo auténtico. Un rastro. No de sangre, ni barro: era como una huella en negativo, trozos blanqueados en la alfombra húmeda, restos de algo viscoso que no era simplemente nieve. Olía raro, acre, a desinfectante y muerte. El corazón le latía tan fuerte que casi olvidó quién era. O dónde. O en qué historia estaba.
Duración: 10:06
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La nieve caía con esa furia tibia del primer invierno en las montañas, hilillos blancos deslizándose en los cristales de la casa McKee. Era una casa demasiado grande para una sola familia, menos aún para un adolescente y sus padres, y mucho menos para uno solo. Pero ahí estaba Andrew, el chaval de 16 años, que consultaba la temperatura cada cinco minutos solo para asegurar que la tormenta de fuera era tan grave como decían las noticias.
Andrew tenía la inquietud de quien ha visto demasiadas películas de terror. Había escogido la casa más grande y vieja que pudo encontrar su madre a causa de una neurosis oculta: temían a los extraños, y tanto mejor si el vecino más cercano estaba a dos kilómetros. Esta noche, sin embargo, nadie podía acercarse. O al menos, eso le aseguraron sus padres antes de irse.
“Por si acaso, recuerda las trampas que viste en esas películas”, le dijeron riendo al salir con el equipaje.
Andrew rió. “Sí, claro, como si fuésemos a tener nuestro propio ‘Solo en casa’ en la vida real”. No sabían que esas palabras volverían para acecharle.
A las diez, la casa era un paraíso de soledad, Netflix y pizza congelada. Revisó que las puertas estuvieran cerradas, que el seguro de las ventanas siguiera ahí, y encendió las cámaras de seguridad, otro exceso preventivo que su madre había instalado y que él usaba solo cuando se sentía especialmente paranoico. La nieve ya tapaba la mitad de la puerta principal. Nadie podía salir. Nadie podía entrar. En teoría.
Una chispa de maldad adolescente le recorrió el cerebro. ¿Y si se entretenía imaginando qué trampas diseñaría para un invasor? Escribió en una libreta: “Aceite en el corredor... baldes en las puertas... cuchillas sobre los marcos de las ventanas... trampas para osos en la sala (ja, eso es exagerado)...”.
La idea le gustó tanto que se puso a materializarla. Tenía una réplica de machete de utilería, ceras, un par de cables viejos y salpicó el pasillo con detergente líquido. Quemaba su aburrimiento.
Un ruido sordo. Una vibración en el piso encima de su cuarto.
Andrew se congeló. El corazón galopaba. Volvió a mirar sus cámaras desde la app del móvil. Todas tenían la visión obstaculizada: la nieve y el hielo. Era perfecto para alguien más, si quisiese entrar. Por pura costumbre o por terror, pronunció en voz baja: “No tienes miedo. No hay nadie. Es solo tu cabeza.” Pero la frase tenía el tono patético de una excusa.
Entonces, en la clásica tradición del slasher, el móvil perdió la señal. Ni datos, ni llamadas. La pantalla: un agujero negro moderno. Andrew rió para sí, con esa risa autoconsciente de quien sabe los pasos del guion. “¿En serio, universo? ¿Esta noche, de todas?” se dijo en voz alta. El sonido sobre su cabeza se repitió. Pensó: "Si esto fuera una película, ahora bajaría alguien con máscara y me atravesaría el cráneo con algo poco higiénico".
Subió despacio las escaleras, machete en mano (de utilería, claro). Sabía que el peligro real debería estar tras él, en la cocina o el sótano, pero su mente ya se construía con los clichés del género. Nada. Puertas cerradas. Un viento aúlla en la buhardilla.
Andrew volvió a la planta baja y reparó en algo raro: una ventana del salón entreabierta. El aire entraba gélido. “O la deje mal cerrada… o me lo merezco por ser tan listo.” Se acercó, sintiendo cada paso como el eco de las películas que se había reído por la predecible estupidez de sus protagonistas.
Fue ahí, cuando se asomó, que sintió la punzada del miedo auténtico. Un rastro. No de sangre, ni barro: era como una huella en negativo, trozos blanqueados en la alfombra húmeda, restos de algo viscoso que no era simplemente nieve. Olía raro, acre, a desinfectante y muerte. El corazón le latía tan fuerte que casi olvidó quién era. O dónde. O en qué historia estaba.
Sacó valor para revisar la cocina. De inmediato, se detuvo. No estaba solo.
Un hombre alto, delgado, con una máscara de vendajes ensangrentados le daba la espalda, abriendo los cajones con manos enguantadas. El asesino perfecto para una función consciente de su propia ridiculez: ni hacha ni cuchillo, cargaba con una especie de instrumentación quirúrgica oxidada y manchas que no quería analizar. Giró la cabeza apenas en dirección a Andrew, como si supiera su localización exacta sin necesitar los ojos.
Para evitar gritar, Andrew se tapó la boca. Volvió hacia el pasillo a hurtadillas, mientras la comida de la noche formaba un nudo ácido en el estómago. Estaba en esa línea tan fina entre la parodia y el horror puro.
Los pasos detrás de él, intercalados con el siseo húmedo del extraño. Andrew recordaba todas las reglas: primero, no ir al sótano. Segundo: no dividirte en habitaciones. Tercero: arma aunque sea falsa, que confunda. Sacó el machete y tiró el detergente tras de sí: al menos, el villano debía resbalar. Corrió, tropezó, cayó. Hubo una risa inhumana, como un graznido enlatado que no encajaba en la garganta humana.
Andrew pataleó hacia la despensa. Metió el pestillo. Silencio. La sombra del hombre en la puerta, manos ensangrentadas contra la rendija.
—Sal —dijo una voz extrañamente plana, como si la articulase de memoria.
El adolescente tragó saliva. “¿Y si esto es un delirio, un sueño? O peor, ¿Y si la historia está siendo escrita por un autor que necesita que muera para que la trama avance?”
Respiró hondo. Racionó el tiempo. Sabía que no podía quedarse ahí para siempre. Lo que fuese que andaba en la casa, eso era tan físico como los muebles rotos tras las pisadas. Alguien, o algo, se estaba divirtiendo.
Empezó a manipular los envases en la despensa: sprays, harinas, botes y botellas. Con saliva y pólvora improvisada, urdió una trampa. Roció la puerta desde adentro con aceite vegetal. Cuando el visitante empujara, toda la superficie se convertiría en una pista de patinaje. Tendría, quizás, tres segundos.
El hombre entró. Los dedos, armados con ganchos, resbalaron al suelo, arrancando gemidos guturales que parecían rodar por una garganta podrida. Andrew aprovechó para lanzarse al despacho, cerrar y bloquear la puerta con una silla de oficina. Gritó:
—¿QUÉ QUIERES?
Silencio. Luego, el susurro:
—No quiero. El narrador quiere.
Andrew notó que el aire olía peor. Una mezcla a podrido, viejo y químico. Los marcos de las ventanas temblaban. Esas frases, lanzadas como línea de guion, estaban fuera de lugar. Más aún, la figura del asesino tenía la consistencia poco definida de un personaje injusto, desdibujado, una marioneta cortada de trama en trama.
—¡No soy real tampoco, idiota! —gritó Andrew, el miedo entremezclado con una lucidez amarga—. Ni tú. Ni nada aquí. Solo somos material de otro chiste.
Un hachazo revienta la madera, el sonido tan real que las astillas le cortan la mejilla. Andrew se encoge tras la mesa.
—Nadie sale vivo. El autor debe decidir.
Claridad. El adolescente se puso a buscar más trampas. Armó una lluvia de libros pesados conectados con una cuerda al picaporte: apenas se abriese, caería una avalancha. Si la historia quería matarlo, al menos haría las cosas interesantes, pensó.
El monstruo empujó la puerta, desencadenando la catarata de papel y tapa dura. Andrew salió disparado por la ventana lateral al patio, a pesar de la cortina de nieve. Dolía el aire, dolía respirar. Un minuto. La sombra venía con la lentitud mecánica de los psicópatas inmortales.
La alarma del móvil vibró: una notificación automática, imposible sin señal. Decía: “HUYE. NO ERES EL PROTAGONISTA. ERES LA TRAMPA”.
Andrew se congeló. ¿La trampa? ¿De quién? ¿Para quién? Retrocedió, tropezando con la huella viscosa. El asesino ya no se veía. Pero dentro de la casa, el ruido de pasos multiplicados. Voces que repetían:
—Ecos. Ecos. El narrador debe abrir más puertas...
Andrew se rió, al borde de la histeria. “Esto es demasiado ‘Plaga’.” La casa era ahora una trampa perfecta e imposible: el horror mutaba con cada movimiento, cada cliché era una celda, y los corredores respiraban con la ansiedad de las novelas que él mismo había leído.
Abrió la puerta del garaje y allí otro Andrew, una copia suya, pálida y destrozada, lo observaba desde un rincón.
—No debiste dejarme aquí —murmuró—. Nunca debiste romper la cuarta pared.
Todo era un ciclo. Un guion indistinguible de la vida misma, ensamblado por un narrador al que poco le importaba el destino real de nadie, solo que la historia avanzara. Andrew (el que seguía vivo, o creía serlo) subió las escaleras del garaje, despacio, perseguido por las risas del asesino, las suyas propias, y los ecos de la casa. Y cada escalón volvía a empezar, clavándolo en una trampa infinita: las escenas repetidas, los sustos ya sabidos, las salidas rotas.
Cerró los ojos y apretó los dientes cuando la sombra final lo alcanzó, uniendo en su grito el terror de todas las historias que él había soñado escribir o protagonizar. Al abrirlos, la nieve se había derretido, el móvil sonaba con mensajes de texto: “Todo bien, hijo. Regresamos al amanecer”.
Pero en la cocina, la trampa seguía abierta. Y sobre la mesa, un paquete envuelto cuidadosamente. Era un manuscrito. El título: "Casa con vistas al abismo". Firmado: “Tu autor”.
Mientras empezaba a leer, la casa entera rió, y la nieve volvió a caer, eternamente, afuera.
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