Fragmento:
No se atrevió a preguntarle, en parte por miedo a lo que respondiera, y en parte porque ya conocía la respuesta. Era lo mismo que habían hallado los periodistas cuando visitaron la escena del primer crimen: habitaciones ordenadas, víctimas con heridas limpias y cortes quirúrgicos, testigos incapaces de recordar el rostro del agresor. Ninguna expresión de ira, ninguna huella de pasión ni locura. Sólo un vacío funcional, un propósito oscuro pero claro en ejecución.
Duración: 09:47
Es una ciudad, sí, pero ni siquiera aquellas gentes empapadas de rutina y neón la reconocen del todo ya. Algo bulle bajo el asfalto: las bocas de metro escupen formas deslavazadas, los ascensores suben vacíos —y a veces bajan ocupados—. Esto es conocido por muy pocos; es resistido o negado por la mayoría. Entre esos pocos está Clara, aunque sólo porque perder a alguien es siempre un primer paso hacia ver el horror con los propios ojos, sin intermediarios.
Aquella noche, la cuarta sin dormir, Clara caminaba deprisa bajo la lluvia. El semáforo del cruce parpadeaba en un espectáculo de azul y rojo, anunciando que algo venía hacia ella, aunque como cualquier otra advertencia sin dueño, nadie se detenía. Bajo la marquesina de un banco quebrado, había un charco: reflejaba una sombra sin dueña, una línea vertical, estática y macabra en mitad del agua sucia. Clara la vio, sabiendo ya que no debía mirar, pero mirando igual; tentación ineludible para quienes han perdido. Ribetes perlados de sangre flotaban en el contorno de esa silueta: no chorreaban, flotaban. El horror, ella lo sabía, no era la sangre sino la absurda calma en la que la sangre viajaba.
Una semana antes, cuando todavía lo tenía a él, una noticia había empezado a circular. Primero en foros clandestinos, luego en el correo basura, finalmente entre los titulares de noticieros locales con presentadores de traje triste: “El Contagio”, decían algunos. No era un virus, ni un parásito. Era una forma, una influencia, un comportamiento. ¿Qué podía contagiarse, sino la violencia? Pero no hablaban de crímenes normales. Hablaban, más bien, de algo que se pasaba de un cuerpo a otro con una simple mirada y que convertía al portador en un silencioso y metódico depredador. No, no en un asesino común; en algo más preciso, más constante, casi mecánico. Un exterminador con piel humana y sin poesía en la mirada.
Julián fue el primero en notarlo, al menos en su círculo. Llegó a casa una noche con unas tijeras carniceras en la mano derecha. No supo explicarlo. “Las recogí del suelo, en el portal”, fue todo lo que atinó a decir, y ni siquiera él se creyó la excusa. Su mirada se había endurecido, si acaso como la de alguien que acaba de comprender que el mundo se ha vuelto irremediablemente extraño y reconoce el cambio primero en sí mismo.
Las siguientes noches fueron terribles, aunque nada especialmente violento sucedió. Clara lo escuchaba caminar de madrugada, abrir la nevera, cerrar ventanas, limpiar cuchillos sin razón. Al tercer día despertó con un surco horizontal bajo la mejilla: Julián dormía a su lado, con las tijeras descansando sobre su pecho. La sangre que manchaba las sábanas parecía de otro universo; ni siquiera coagulaba del todo.
No se atrevió a preguntarle, en parte por miedo a lo que respondiera, y en parte porque ya conocía la respuesta. Era lo mismo que habían hallado los periodistas cuando visitaron la escena del primer crimen: habitaciones ordenadas, víctimas con heridas limpias y cortes quirúrgicos, testigos incapaces de recordar el rostro del agresor. Ninguna expresión de ira, ninguna huella de pasión ni locura. Sólo un vacío funcional, un propósito oscuro pero claro en ejecución.
Decidió marcharse aquella tarde en que Julián, preparado para salir, limpió el filo de las tijeras —tan despacio— y luego la miró con una sonrisa que ya no era suya. Se encerró en casa de una amiga, Cristina, y apagó todos los espejos, las pantallas y hasta la puerta del microondas. No soportaba su reflejo porque, quizá como le sucedió a Julián, comprendía que lo próximo podía ser ella. O tal vez, lo más terrorífico, que el contagio ya estaba adentro.
No hubo descanso ni cordura en esas horas; sólo una sucesión de crujidos, murmullos del edificio, y noticias granuladas: más muertes, más contagiados, el mapa de la ciudad cubriéndose de manchas rojas intermitentes al ritmo de titulares sensacionalistas. El patrón no era claro, pero algunos decían que bastaba una mirada. Otros, que era el contacto con la sangre. En cualquier caso, los cadáveres se apilaban y la policía —tan incapaz como los médicos o los sociólogos— sólo podía emitir comunicados: “No salgan de sus casas”, “Eviten el contacto visual prolongado”.
Cristina temblaba tras la puerta. Comprendía tanto como Clara el alcance de la metamorfosis. Conocía la esterilidad del miedo ajeno cuando se vuelve propio. Desde la cocina, Clara podía oír el tintineo de cubiertos en la encimera, la forma en que los blandía Cristina, como si prepararse la cena fuera también armarse para un asalto improbable. El teléfono sonaba, pero nadie atendía; los mensajes se acumulaban, leídos a medias, deletreados como oraciones inútiles.
En la cuarta noche sin descanso, el timbre chirrió como un lamento. Por instinto —o por resignación— Clara lo abrió, y allí estaba Julián; no mojado, a pesar de la lluvia, ni cansado, a pesar del tiempo desaparecido. Su rostro se había sincerado: desaparecía la máscara del hombre que amó y sólo quedaba la ingeniería pura del cazador. Cruzaron miradas y en ese instante, Clara supo lo que decían los rumores: algo le trepaba desde la nuca, como una marea oscura, fría, una conciencia ajena expandiéndose en su propia mente.
Entonces todo se volvió cálculo. Clara pensó en cuchillos, en rutas de escape, evaluó distancias y torpezas de Cristina, reinventó la casa en una arquitectura letal. Lo más inmediato, y más horroroso, era pensar en cómo convertir una amistad en memoria: borrar, en un solo movimiento, los años de confidencias y risas por la mecánica de una tijera bien afilada. La mente invadida era, ante todo, una eficiencia monstruosa.
Pero fue Cristina la que gritó primero. Corrió al dormitorio, cerró la puerta; se oyó el estrépito de la cerámica rota y un sollozo, tan puro como un animal herido. Clara la siguió, no con la intención de matar, sino –y este era el verdadero terror– con la mente dividida por una racionalidad bestial. Así entendió al asesino slasher: no era odio; era método, era contagio puro, una maquinaria extendida a través del miedo y la memoria.
Julián entró tras Clara. El triángulo se cerró con el giro de la llave en la maleta, los muebles apoyados contra la puerta y el reloj colgando de la pared, marcando el ritmo de la respiración. Por un momento, la habitación se llenó de un hedor dulce, metálico, como si la sangre anterior ya anticipara la siguiente. Todo era silencio, salvo por la respiración superficial de Cristina, los pasos ligeros de Clara y el roce entre las tijeras y el estuche de terciopelo en el que Julián las había guardado.
“Recuerdas cuando te perdí en el metro”, dijo de repente Julián, la voz baja, inexpresiva. Clara asintió, y el recuerdo le arañó el pecho: dos niñas separadas por la multitud, el miedo de no volver a verse, la súplica muda que se instala con la ausencia. ¿No era así ahora? Los cuerpos podían estar próximos, pero lo que se había perdido era más fundamental, irrecuperable. Era la capa de humanidad que sostiene la empatía: el quicio donde el monstruo se cuela y anida.
“Por favor, no lo hagas.” Cristina lloraba sin cambiar de postura, las uñas apretadas a la madera. Así entendió Clara el último exceso del horror: que aún dentro, profunda y remota, la memoria propia grita en el pozo de la conciencia, mientras el cuerpo se prepara para cortar, para destruir, para multiplicar esa enfermedad.
Julián se acercó, tijera en mano. No corrió: esa prisa sólo pertenece a los humanos. Él era un algoritmo doloroso; midió el cuello de Cristina, calculó el ángulo, estudió la tensión de Clara, aguardó un suspiro, un descuido, la suma de todos los miedos. Luego, levantó el brazo.
La luminosa fuerza del instinto rompió la rigidez en Clara. Saltó, no para proteger, sino para destruir la imagen de Julián —o lo que quedara de él—, para desarmar la coreografía letal. El forcejeo fue breve. Un corte rápido en el antebrazo, una presión salvaje sobre la muñeca, las tijeras cayendo al suelo; la sangre brotó, roja y caliente, distinta de la quietud antigua. Julián se encogió, y en sus ojos asomó, por un parpadeo, la súplica humana: “Ayúdame”.
Pero el contagio ya no podía invertirse. Donde cayeron las gotas, se formaron, diminutas y brillantes, nuevas rutas de propagación. La sangre era el archivo, la historia perpetuando la transmisión de la violencia. Clara lo supo entonces: cada herida abría la puerta al siguiente huésped, y nadie podía estar seguro de dónde terminaba el monstruo y dónde comenzaba la persona.
Cristina, paralizada, sólo miraba. Clara recogió las tijeras, sintiendo ya la geometría negra extendiéndose desde la piel al corazón. La habitación —antes refugio, ahora celda— temblaba con la tensión de los cuerpos y la promesa de más sangre. Clara levantó la mano, miró a Cristina a los ojos, y en ese instante supieron ambas que ya era demasiado tarde.
Nadie gritó cuando Clara cruzó el límite. No hubo estrépito, ni histeria. Sólo el silencio plano de los dormitorios después de la medianoche, y la extraña, plácida certeza de que la violencia, una vez liberada, sólo conoce el camino de retorno a su origen. Lo monstruoso había encontrado su método. Y en las habitaciones cerradas, bajo la luz de neón y el runrún de la ciudad, el contagio seguiría su curso, lento, inexorable, como el filo que corta el último vínculo limpio entre los vivos.
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