La carretera parecía una herida negra entre los pinos, serpenteando hacia la profundidad de una región donde el eco de los lobos era más frecuente que el de las voces humanas. El pequeño Volkswagen Golf, repleto a su capacidad y más allá de los límites legales de ropa arrugada y botellas vacías, avanzaba bajo la luna llena como un bocado diminuto en la mandíbula del bosque. Laura conducía, crispada, con los dedos manchados de tabaco tamborileando sobre el volante. El GPS se había rendido varias millas atrás, jurando que conducían precisamente sobre el vacío. En el asiento del copiloto, Diego revisaba los mapas en el móvil, perdiendo la señal entre insultos ahogados dirigidos a la tecnología y a las malas decisiones que los habían guiado hasta aquel lugar.
—Te dije que Las Montañas Mansas era una gilipollez de nombre —masculló entre dientes su novia—. No hay nada manso aquí.
En el asiento trasero, Clara y Hugo se abrazaban como si su cariño pudiera protegerlos de cualquier cosa más allá de la ventisca de sus propias respiraciones. Llevaban peleándose medio viaje, pero en aquel rincón del mundo, el peligro no era la traición ni el despecho: era la soledad. O algo peor.
—¿Puedo fumar? —preguntó Clara, con voz baja.
—Nadie puede oler el humo por la ventana, al menos lo harás antes de que nos mate una manada de ciervos asesinos —contestó Laura, con una risa seca.
Las copas de los árboles inclinadas ocultaban la luna, trozos de luz plateada atravesaban el habitáculo como cuchillas. El asfalto empeoraba, y el coche saltaba en cada bache, haciendo repiquetear el equipaje suelto y los nervios de los pasajeros.
—¿Por qué no vamos a Marbella como cualquier persona normal? —preguntó Hugo, observando el brillo en los ojos de Clara, la chispa alimentada por la tensión.
—Porque tú querías aventuras, imbécil —respondió Clara medio en broma, medio odiándole de verdad.
El turismo rural extremo no era lo suyo, pero la cabaña, según el anuncio, prometía noches de chimenea y senderos secretos. Pronto comprobaron que las promesas del propietario eran tan fiables como un susurro durante un huracán.
Llegaron a la entrada del camino de tierra y el Golf apenas respondió. Avanzaron lentísimos, en silencio, hasta que distinguieron bajo la niebla y la maleza la silueta de la cabaña. Tenía las ventanas tapiadas con tablas carcomidas, y la puerta mostraba cicatrices de lo que parecían zarpazos de algún animal enorme. Una veleta oxidada giraba grotescamente sobre la chimenea, chirriando como un grito.
—Genial —Diego se bajó, encendiendo una linterna—. Estoy seguro de que no está maldita ni nada por el estilo.
El coche se detuvo para no avanzar más sobre el barro, y cada uno tomó su equipaje con prisa, como si así lograran eludir la sensación viscosa de que algo les observaba entre los árboles. La noche era un animal con mil ojos.
Abrieron la puerta tras forzar la cerradura —la llave estaba colgada de un clavo y era más vieja que el propio bosque—. Dentro olía a leña húmeda y algo más rancio, a pelusa y pelo de bestia. Todo estaba tal y como lo habían prometido las fotos del anuncio, pero las fotografías siempre mienten.
—No hay cobertura —anunció Hugo al entrar, nada más consultar el móvil.
—Eso es porque estamos en los años 80 —la voz de Clara tenían el filo agudo de los que no quieren mostrar miedo.
Laura encendió la luz. La lámpara colgaba de una cuerda, lanzando sombras retorcidas por las paredes cubiertas de cuadros: cazadores posando con mandíbulas chorreando sangre, perros atados con bozal metálico, cuerpos indistintos bajo la niebla.
—¿Estás segura de que esto era una buena idea? —susurró Diego, estoicamente.
—No, pero aquí estamos —contestó Laura.
***
El tiempo en la cabaña languideció. Prepararon la cena a la luz temblorosa de una chimenea que apenas lograba ahuyentar el frío. Afuera, la bruma se había tragado el sendero, la luna se asfixiaba tras un tenebroso altar de nubes. Nadie se atrevió a ventilar historias de miedo: la historia era la propia noche.
Sonó un aullido. Largo y desgarrado, parecía menos animal que humano, como una boca perdida en el dolor de estar viva.
—Seguro que es un lobo —dijo Clara, demasiado rápido.
—Hay osos también —murmuró Diego, acariciando el mango de un cuchillo de cocina—. Y cosas peores.
—No me jodas —protestó Hugo, cerrando las cortinas y atrancando la puerta.
Cuando se acostaron, la cabaña parecía latir con su propio pulso. Laura no durmió: vigiló la ventana, abrazada a un bate de madera encontrado bajo la cama. Creyó escuchar pasos. Arrastrándose.
A la mañana siguiente, Clara no estaba.
La cama estaba revuelta, las sábanas caídas como estalactitas. Una ventana estaba abierta de par en par; bajo ella, un rastro de barro mezclado con algo oscuro guiaba hasta el bosque.
—¡CLARA! —gritó Laura, sabiendo que no habría respuesta.
Salieron en su busca, cada cual blandiendo un arma improvisada: hachas, palos, cuchillos. El bosque ardía de silencio, sólo roto por las pisadas y ese leve rumor bajo la maleza, como si cuerpos invisibles los rodearan burlándose. Siguieron el rastro hasta donde el barro se volvía rojo y, de pronto, sólo había silencio.
El grito de Hugo retumbó bajo los árboles, como un disparo.
Una mano colgaba de una rama, blanca, aún con uñas pintadas. Era la mano de Clara. Alguien —o algo— la había cortado de un solo tajo. No había el menor rastro del resto de su cuerpo.
Laura vomitó. Diego se cubrió la boca, los ojos desorbitados de terror.
—Eso no es un animal —susurró—. Nadie arrancaría la mano de alguien con tanta precisión. Ni un animal ni un hombre.
Laura asintió, el aire congelándose en sus pulmones.
Volvieron a la cabaña, pero la cabaña ya no era refugio: era tumba. El día avanzó lleno de jadeos y miradas hacia las esquinas. Al caer la noche, Hugo, incapaz de soportarlo, decidió escapar, corriendo hacia el coche.
—¡Vuelve, Hugo, por Dios! —gritó Diego.
Pero Hugo era un animal herido huyendo de la trampa. Corrió, tropezando entre raíces, hasta alcanzar el Golf. Las ventanillas estaban empañadas por dentro. El motor no arrancaba. Algo se movía en el asiento de atrás. Hugo gritó pero un brazo salió de la sombra, encharcado de sangre. Un destello de colmillos, ojos de azufre y la luna llena se reflejando en la mandíbula abierta.
El aullido de Hugo fue breve, ahogado. El demonio enterró sus dientes en su cuello, arrancando carne y esperanza.
Laura y Diego oyeron el motor, primero el intento de arrancar, luego el silencio. Más tarde, un aullido. Un gemido de muerte tan humano que heló la sangre.
—No es posible —murmuró Diego—, no es posible, no es posible...
Laura le abrazó instintivamente, sabiendo que estaban solos. La cabaña era un ataúd. Las ventanas parecían aún más pequeñas, y la tormenta que comenzaba a rugir convertía la noche en el interior en un vientre oscuro, asfixiante.
Entonces algo arañó la puerta. Primero suave, luego más fuerte. Laura alzó el bate. Diego le agarró el brazo, temblando.
—No... no le abras. No le mires. Sea lo que sea, no le mires.
El sonido se desplazó hacia una ventana, pronto hubo otra mano —esta vez no humana, alargada, peluda— golpeando, arañando los tablones. La cosa olía a sangre y a vicio antiguo, a podredumbre y colmillos.
Laura, ciega de miedo, se abalanzó sobre la puerta antes de que Diego pudiera detenerla. Lanzó una patada: la puerta se abrió de golpe, la luna bañó el umbral. Una figura se dibujaba en la silueta, enorme, encorvada, con músculos de pesadilla tensados bajo el pelaje gris. Los ojos: humanos, animales, aberrantes, lo abarcaban todo.
Era un hombre-lobo, pero no uno nacido de cuento: tenía cara de persona, pero la boca era una trampa de huesos y cuchillas, el hocico escurría la baba de la noche. Llevaba la camiseta de Clara, manchada de sangre.
Laura gritó, blandió el bate, pero la bestia se abalanzó sobre ella, empujándola contra la pared. En su dolor brutal, Laura se sintió como aire entre las garras del monstruo. Diego intentó clavarle el cuchillo, pero el hombre-lobo lo cogió por la garganta y partió el hueso como si fuera de papel, entrecortando un grito inhumano.
Laura, medio inconsciente, vio por última vez el brillo de la luna sobre el lomo de la criatura, y escuchó en su delirio el susurro de una voz mezclada con guturales notas animales.
—Tú tienes suerte —gruñó el monstruo, ya completamente convertido, la voz entre humana y abismal—, aún no ha empezado la verdadera cacería.
Lo último que vio antes de caer en la negrura fue la bestia abriendo de par en par la puerta de la cabaña, la niebla lamiendo el umbral como una lengua viva.
***
Nunca encontraron los cuerpos. Algunos días después, un agente rural halló las puertas abiertas, y supo por el hedor que los muertos guardan secretos. Nadie mencionó al monstruo. Nadie se atrevió a hablar sobre el falso turismo rural en las Montañas Mansas, donde los aullidos de la noche siguen buscando bocas humanas para completarse.
La cabaña, dicen, aún espera.
Y la luna, cada mes, sube teñida de rojo.
Porque hay noches que son para aullar. Pero sólo algunos regresan para terminar el grito.
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