Portada del relato La puerta entre las paredes
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Fragmento:


En lo más recóndito de la ciudad, apartado del bullicio y las muecas grotescas del día, había una casa de aspecto insalubre y aroma a madera envejecida, como el último suspiro de una garganta olvidada. Era curioso cómo la pesadez de los cimientos parecía absorber la luz diurna, impidiendo a los rayos solares acariciar, siquiera de manera piadosa, los polvorientos ventanales. Cuentan de ese lugar las lenguas largamente aposentadas a la intemperie que muchas miradas lo evitaron a conciencia, como si presentir pudieran la perversa satisfacción que lo habitaba.

Duración: 11:04

La puerta entre las paredes
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Texto de ajuste de pausa.

***

En lo más recóndito de la ciudad, apartado del bullicio y las muecas grotescas del día, había una casa de aspecto insalubre y aroma a madera envejecida, como el último suspiro de una garganta olvidada. Era curioso cómo la pesadez de los cimientos parecía absorber la luz diurna, impidiendo a los rayos solares acariciar, siquiera de manera piadosa, los polvorientos ventanales. Cuentan de ese lugar las lenguas largamente aposentadas a la intemperie que muchas miradas lo evitaron a conciencia, como si presentir pudieran la perversa satisfacción que lo habitaba.

Allí llegó, por designio incierto o extravío vital, Lisandro Escudero. Quizá su insomnio —ese exilio continuo de la plenitud del sueño— le había orillado, noche tras noche, hasta los límites mismos de la cordura. Su ocupación —corredor de seguros, fingidor diario de empatía hacia los miedos ajenos— pronto palideció en comparación con la verdadera amenaza: la tiranía de sus horas de vigilia. Fue, pues, en un rapto de desesperación que rentó cuartos en esa casa, a sabiendas de que el precio bajo encubría, como toda trampa, una deuda de otro tipo.

Lisandro contaba con un solo equipaje: una maleta de cuero con abolladuras que, como su portador, había perdido la nobleza de sus días. Al abrir la puerta chirriante, una oleada de aire viciado le envolvió; olía a flores muertas. Lo recibió la casera, una mujer encorvada, de andar escurridizo y voz tan baja que parecía temer oírse a sí misma nombrando los horrores que, sin duda, espiaban a través de las paredes.

“La habitación del fondo, caballero. Hace años que no se usa —dijo inclinando la cabeza en un saludo entrevisto—. Aquí no se escuchan los rumores de la ciudad ni el tictac del viejo reloj.” Sus últimas palabras, Lisandro lo notó demasiado tarde, estaban impregnadas de un rencor apenas disimulado, como si ese silencio con que vendía su casa fuera en realidad un tributo impuesto.

La estancia era estrecha, de muros altos y mobiliario escaso. Una cama de hierro fundido, de ornamentos oxidados como costras de sangre seca, dominaba el cuarto. Frente a ella, un espejo ovalado colgaba, perpetuamente cubierto por una sábana sepia. Sobre el velador, un reloj de cuerda, negado al movimiento desde hacía años, descansaba en la quietud de los condenados.

Lisandro, tan amante de la introspección —incluso al borde del abismo—, halló en aquellos primeros minutos una especie de resignación. “Tal vez aquí duerma”, pensó, afortunado de su ignorancia. No imaginaba aún que ese cuarto no era un refugio, sino un receptáculo dispuesto a cerrarse, inexorable, sobre cualquier huésped sin testigos.

Cayó la noche. El insomnio volvió a invadirle, aunque de otro modo; no con la agitación agónica de la mente escarbando en sí misma, sino con una calma aplastante, asfixiante, como si el propio aire del cuarto engendrara una resistencia ineluctable al paso del tiempo. El silencio era feroz, hostil, y ante él Lisandro descubrió, con cierta admiración desquiciada, que los minutos fluían con una lentitud inédita, de viscosidad intolerable.

Esa noche empezaron los ruidos.

Al principio fue tan solo un leve crujido, apenas perceptible, como el roce de una uña sobre madera vieja. Luego vinieron los golpes sordos, irregulares, seguidos del susurro de pasos detrás de la pared, o tal vez entre dos paredes, en una hendidura que solo existía para impacientar a los nervios exhaustos de quien luchaba, inútilmente, por dormir. Los relojes del mundo entero parecían haberse conjurado para detener toda medida reconocible de la realidad; no había campanadas, ni repicar alguno en el pueblo. Solo los propios latidos de Lisandro le recordaban el paso del tiempo, y aún esos, inevitables, parecían cada vez más distantes, más artificiales.

Pensó inicialmente en ratas, quizá algún gato extraviado en el laberinto de conductos; después, la transición fue tan furtiva que no supo discernir cuándo la lógica cedió espacio a la sospecha de algo diferente, sobrenatural quizá, o más profundamente humano. El insomnio le empujaba, enfermo de vigilia, a pasear los dedos por la superficie del muro, buscando un hueco, una hendidura. Descubrió, así, una suave corriente de aire cerca del zócalo, invisible a simple vista, que ascendía por la tapicería como el aliento de un cadáver exhumado.

Las noches siguientes, el rumor se hizo más constante. Un murmullo arrastrado, fragmentos de un idioma sepultado, parecía elevarse bajo el piso o en el eco de los tablones. La casera no respondía a sus preguntas. Sonreía con sus labios delgados y repetía, casi mecánicamente: “La habitación es tranquila, como el sueño profundo.”

La paranoia, compañera inseparable del insomnio, creció como hiedra venenosa. Lisandro empezó a recorrer el cuarto a la luz de la vela, arrastrando los pies para no romper el hechizo del silencio impuesto. Notó que las sombras tomaban formas inquietantes sobre la pared; había figuras que se deslizaban detrás de su reflejo, amenazadoras, como queriendo insinuar que la distribución del mobiliario encubría otra lógica interna, un plano arquitectónico secundario.

Una noche, agotado por la vigilia, sintió desvanecerse por fin. Se entregó al sueño con la ansiedad de un condenado al aplazamiento. Pero entonces un estrépito seco lo devolvió al terror consciente. El reloj —que nunca había dado señales de vida— dejó caer de súbito su tapa de cristal; el segundero, herrumbroso, comenzó a avanzar lentamente, cada clic resonando como el golpeteo de un clavo en la madera de un ataúd.

A menudo pensamos que el horror es mayor en la penumbra, pero Lisandro descubrió en la claridad de sus ojos abiertos algo mucho más pavoroso: el miedo absoluto al sinsentido, a la repetición sin cauce, a la encarnación de la rutina que nunca acaba. Imaginó que ese cuarto, otrora refugio, era en realidad el rostro de un laberinto cuyo centro era él mismo, y de cuyo desenlace no podía escapar a fuerza de lógica o bravura.

Desesperado, planeó la fuga. Esperaría el alba —si acaso el alba existía en ese rincón de la ciudad— y abandonaría el reducto. Empacó sus escasas pertenencias, con el tamborileo de los pasos siempre regresando detrás de la pared. No consiguió cerrar los ojos ni un instante, y cuando el resplandor trémulo del día se insinuó entre las grietas del postigo, se apresuró a abrir la puerta.

Fue imposible: aunque el pestillo giraba con facilidad, la hoja no cedía; como si la madera estuviera sujeta por dentro, por una presión más allá de lo entendible. Golpeó, gritó, pidió ayuda. Solo la casera acudió, del otro lado, su voz amortiguada por siglos de polvo:

—No hay por qué tener miedo. El insomnio es una forma de vida aquí —murmuró, y sus palabras se enroscaron en la herida abierta del entendimiento de Lisandro, tan heladas que la puerta pareció escarcharse en su marco.

La ventana tampoco cedía. Un velo grueso y negruzco bloqueaba el paso, no sabía si era polvo, hollín o la condensación de las horas muertas que el insomnio había destilado en esa pregunta sin respuesta.

Mientras los días (¿días?) avanzaban, Lisandro fue perdiendo el juicio. Se convirtió en algo que ya no sentía hambre ni sed; sólo esa despiadada claridad que viene de la privación eterna de descanso. Empujaba el reloj, lo giraba, trataba de hacer que la hora corriera y, quizás, el tiempo junto a ella. Solo consiguió que la aguja avanzara a trompicones, para luego caer de nuevo en la inmovilidad más siniestra.

En la textura rugosa del papel tapiz, Lisandro descubrió que alguien había trazado antes que él incontables líneas contadas —como las marcas de un prisionero enterrado en vida—. Ninguna línea llegaba a sumar un ciclo completo; todas se suspendían, a mitad del conteo, como si la cordura de quienes las hicieran hubiera sido devorada a medias.

Con los días, el murmullo arreció, hasta que distinguió en él pronombres, palabras... y de pronto, su propio nombre, balbucido en fracciones, repitiéndose desde el interior de la pared:

“Lisandro, ¿duermes? Lisandro, despierta, Lisandro, es hora de mirar...”

Corrió hacia el espejo, arrancó la tela que lo cubría y se enfrentó a su doble: la imagen le devolvió una mueca decrépita, y detrás de su semblante encorvado, en el reflejo, vio cómo el muro se abría y miles de miradas sombrías lo espiaban —rostros pálidos, ojerosos, de antiguos huéspedes, de hombres y mujeres consumidos por noches que nunca fueron interrumpidas por la misericordia del sueño.

Intentó romper el cristal; sus nudillos sangraron, pero el vidrio se mantenía intacto, como si protegiese la última frontera entre la vigilia y el grito.

El insomnio cobró otra forma: ahora Lisandro ya no luchaba. Se resignó a la vigilia ininterrumpida; empezó a caminar en círculos, rumiando palabras que escuchaba en las paredes. A veces pensaba que si lograba alcanzar la vigilia absoluta, entonces la trampa se abriría bajo sus pies y podría dormir, pero el cuarto —animal hambriento— necesitaba que su presa estuviera siempre consciente, siempre tentando la locura.

Cuando las fuerzas le abandonaron y los músculos se tensaron como alambres, cayó sobre la cama de hierro. El reloj, por primera vez, dio una campanada. Justo entonces, la puerta al fin se abrió sola.

Al otro lado encontró a la casera, ahora recta y con los ojos enrojecidos, quien lo miró con una mezcla de compasión y burla. Junto a ella, un grupo de huéspedes con rostros inexpresivos, mirada perdida… y uno de ellos, con la maleta idéntica a la suya.

“La casa necesita vigías —susurró la casera mientras las luces temblaban y el aire olía más intensamente a flores muertas—. Nadie duerme aquí porque el sueño es la única fuga… y ese privilegio no se concede sin precio.”

Lisandro intentó hablar, pero su voz era polvo. Comprendió que estaba atrapado, convertido en parte de ese rebaño de despiertos perpetuos, eternamente de pie —vigías exiliados del reino de Morfeo— cuyas huellas y susurros alimentarían, noche tras noche, la trampa mortal de la casa.

Ahora, cuando alguien se instala en la habitación del fondo, escucha pasos y respiraciones al otro lado de la pared. Los nuevos inquilinos, como Lisandro antes de ellos, creen que solo luchan contra el insomnio. Pero luchan, en realidad, por no ser devorados por la cuidadosa y amorosa trampa del tiempo y el silencio.

Si alguna vez la ciudad recobra el valor y observa con atención la vieja mansión de las ventanas opacas, escuchará, entre el crepitar de los tablones y el aroma dulzón de la muerte, una letanía de voces insomnes, condenadas a nunca hallar descanso.

Y será tarde para rezar.

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