Portada del relato La casa junto al lago
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Fragmento:


En una mañana de septiembre, cuando la niebla aún reptaba en el lomo de la tierra, llegó al pueblo la señora Elisabeth von Dorn, viuda reciente, acompañada por su doncella y su melancolía insomne. Elisabeth buscaba refugio en el hastío; quería perderse en el olvido de las provincias, lejos de la sociedad que la miraba con reticencia y piedad. No buscaba más compañía que la penumbra de las estancias deshabitadas y el murmullo de sus pensamientos, ni más calor que la memoria agria de su amante muerto.

Duración: 10:12

La casa junto al lago
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

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En el confín de un pequeño pueblo europeo, pegadas las casas unas a otras como si temiesen el viento áspero del invierno, se erigía una mansión apartada, cuyo nombre se susurraba apenas entre los habitantes a orillas del café humeante: la casa junto al lago. Nadie había vuelto a cruzar sus portones de hierro oxidado desde que, décadas atrás, desapareció en ella un joven de deseo y figura inconfesable. Crecían en el oscurecido jardín helechos y dedaleras, y de noche el reflejo de las ramas se quebraba en las aguas quietas del lago. Incluso los niños que se atrevían a saltar la verja al atardecer, salían siempre corriendo, con una risa falsa pegada a la boca y el temor real clavado entre los omóplatos.

En una mañana de septiembre, cuando la niebla aún reptaba en el lomo de la tierra, llegó al pueblo la señora Elisabeth von Dorn, viuda reciente, acompañada por su doncella y su melancolía insomne. Elisabeth buscaba refugio en el hastío; quería perderse en el olvido de las provincias, lejos de la sociedad que la miraba con reticencia y piedad. No buscaba más compañía que la penumbra de las estancias deshabitadas y el murmullo de sus pensamientos, ni más calor que la memoria agria de su amante muerto.

Descubrió la mansión en un paseo, empapada por la brisa resinosa y el canto de un mirlo triste. El portón carcomido parecía un reto; la fachada, blanca y amarillenta, suplicaba compañía como una cara anciana en el crepúsculo. Elisabeth la alquiló al notario, a quien bastó un leve sobresalto en la mirada de ella para entregar las llaves, sin explicaciones ni advertencias. La doncella, Greta, balbució objeciones; “esa casa, señora, es…”, pero calló bajo el peso del salario y la memoria de su propio hijo enfermo, a quien tenía que mantener.

Al instalarse, Elisabeth notó la atmósfera: el frío no era del aire sino de las paredes, como si la piedra recordara secretos impíos; la luz se evaporaba apenas cruzaba el umbral, y cada sombra era un espejo torcido de sus pensamientos más sórdidos. El lago a pocos pasos, tras un seto de rosales marchitos, ejercía sobre ella un magnetismo inquietante. De noche creía escuchar agria la voz de su marido muerto en el eco de las olas pequeñas, aunque sabía que era imposible y cruel.

La primera semana transcurrió entre maletas y sollozos reprimidos. Greta, que conocía las supersticiones del pueblo, evitaba recorrer los pasillos a solas y se santiguaba cada vez que una puerta chirriaba con el viento. Elisabeth, por su parte, pasaba largas horas en el invernadero cubierto de polvo, bajo la verja de enredaderas secas, leyendo los diarios amarillentos que habían dejado los antiguos propietarios. Encontró allí, bajo una baldosa floja, una carta. El sobre sin remitente, la caligrafía retorcida.

La carta, fechada medio siglo atrás, comenzaba:

“Mi amado,

toda mi carne arde por ti hasta el suplicio. Las noches se encrespan en insomnios y esperanzas y la casa, esta casa, murmura tu nombre en cada objeto. Ven, porque me disuelvo en la desesperación…”

Elisabeth, turbada sin quererlo, sintió que la tinta estaba aún húmeda en la frase final. Dudó en mostrarle el hallazgo a Greta; en vez de ello la guardó en el bolsillo de su bata y decidió dejar abierta esa puerta interior que daba al centro del viejo invernadero. Había en la atmósfera un perfume extraño, mezcla de tierra, resina y algo más denso, que al aspirarlo enloquecía solo un poco.

Una tarde, paseando al borde del lago, vio una figura en la otra orilla. Un hombre de cabellos oscuros, rostro pálido y chaqueta anticuada. Los ojos de Elisabeth se fijaron en él, preguntándose si algún vecino curioso la observaba, pero al regresar la mirada vio que la niebla lo sepultaba, como absorbiéndolo. Sintió un escalofrío que ascendió por su espalda y la empujó de vuelta a casa.

“¿Lo has visto, Greta?”, murmuró a media voz, mientras la doncella doblaba la mesa de la cena.

“¿A quién, señora?”, respondió, la mirada hundida.

“El hombre. Allá, junto al lago.”

“Quizá es el señor Pieter, el cuidador.” Pero el temblor sutil en su voz la delató.

Aquella noche comenzó el horror. Se despertó a medianoche, sobresaltada por un rumor: no era viento, sino música. Un clavicordio resonaba en la casa. Elisabeth no recordaba haber visto ningún instrumento durante sus recorridos, pero la melodía, triste y envolvente, arrancaba de alguna parte del piso de arriba. Se cubrió con un chal y, descalza, subió los escalones alfombrados en musgo.

En el recibidor del segundo piso, que sólo iluminaba la tibia luna, distinguió a la figura de un hombre ante un viejo clavicordio. La música cesó. La figura giró el rostro: era el hombre del lago, pálido, con los ojos huecos de una tristeza antigua. Elisabeth retrocedió, conteniendo un grito, pero él solo extendió una mano, invitándola al silencio. El rostro era bello y terrible; el aire se tornó gélido.

“Aquí me esperabas”, susurró él, aunque Elisabeth no recordaba haber esperado a nadie tan desesperadamente.

“¿Quién eres?”, murmuró ella, pero al instante su garganta quedó presa de una emoción viscosa y no pudo decir palabra.

“La casa recuerda, como recuerda el lago. Cada amor insatisfecho se queda atrapado en estos muros, cada deseo negado se transforma…”

La voz del espectro era apenas un hilo de aire, fresco y corto. Elisabeth intentó retroceder, pero no pudo: la presencia la atraía, la anclaba en un estado de deseo punzante, mezcla de repulsión y fascinación. Por un segundo, deseó que ese hombre –ese espectro– la abrazara, que la arrastrara en su condena.

“¿Por qué, por qué yo?”, alcanzó a decir finalmente cuando el frío pareció estrangularle la garganta.

“Porque has amado al margen de la vida”, respondió él, acercándose casi hasta rozar su mejilla.

Elisabeth se desmayó ahí mismo.

La mañana la encontró acurrucada en la alfombra. Greta la halló pálida, temblorosa, con una expresión nunca antes dibujada en su semblante; ni las pérdidas, ni el luto habían dejado esa huella. Elisabeth no dijo nada sobre la visión; solo volvió a leer la carta hallada en el invernadero, percibiendo una relación entre la obsesión de la carta y la aparición espectral. Junto a la carta, encontró otra, breve y aún más amarga: “Nada mitiga el deseo. Ni siquiera la muerte.”

Sin confesar a Greta sus temores, la noche siguiente Elisabeth volvió a escuchar el clavicordio. Esta vez, se limitó a cubrirse y temblar de deseo y miedo en su cama. Pero la música no se detuvo hasta el amanecer. Al tercer día, el terror se tornó en adicción: ansiaba escuchar la música, aunque sintiera un pánico líquido anidar bajo sus costillas. Bajó al lago; la figura masculina se manifestaba a la distancia, caminando sobre las aguas grises. Elisabeth sintió, al borde de la demencia, que el lago la llamaba, que un siniestro lazo engarzaba su espíritu a ese extraño amante y a la angustia de los muertos.

Greta, cada vez más inquieta, propuso marcharse.

“Señora, la mansión no es para mujeres solas. Hay cosas… cosas que no pueden acometerse sino con hombres presentes.” Y sus ojos, bajos, no se atrevieron a sostener la mirada de su patrona.

Elisabeth, enardecida por una mezcla de furia y desesperación, la despidió esa misma tarde. Quiso quedarse sola. Greta salió a toda prisa, lanzando discretamente unas hojas de ruda al umbral, en un vano gesto de protección. Ahora sólo quedaban Elisabeth, el lago, la casa y el espectro.

La siguiente noche, la más oscura de septiembre, la música del clavicordio fue más melancólica, más irresistible. Elisabeth bajó las escaleras, aturdida. En el salón principal encontró otra carta, sobre la mesa, recién escrita, con tinta fresca. Sus manos temblaban al abrir el sobre.

“Amada mía,

ya casi eres mía. Bébete tu propia soledad. El deseo es un pozo que la carne nunca colma. La unión que buscas sólo se concreta en la negación, en el límite de la muerte. Si puedes resistir, vuelve sobre tus pasos. Pero si eres como yo, deja que el lago te abrace. Allí, entre las raíces podridas, donde el agua nunca olvida, te espero.”

Al leer la última palabra, una ráfaga helada recorrió el cuarto. Elisabeth, en trance, salió al jardín, cruzó el seto de los rosales y caminó con los pies desnudos hasta la orilla oscurecida del lago. La figura la esperaba, extendiendo los brazos. Ella vaciló. El agua le lamió los tobillos. El lago, en su reflejo, le devolvía una imagen rota: su propio rostro, envejecido y vacío, como si vislumbrara el cadáver que pronto sería.

El espectro se acercó. Sus labios temblaban, urgían. Elisabeth dejó caer la carta en el agua; fue absorbida de inmediato. El hombre tendió la mano y ella, sin poder resistirse, la tomó.

Sintió primero un frío abrupto, después un dolor familiar –la pérdida, el amor no correspondido, el deseo nunca satisfecho– y, finalmente, una dulzura atroz, animal, que la inmovilizó. El lago era una cama, un sudario que la ataba y la envolvía. Sus últimas palabras fueron para su amante perdido: “Ven conmigo”, susurró al abismo, y el rostro del espectro se desvaneció en la bruma.

Al amanecer, el pueblo despertó con una noticia sorda: la señora von Dorn había desaparecido sin dejar rastro. Encontraron solo una zapatilla de tafilete, húmeda, en la orilla. Greta regresó, presa del remordimiento, y la vio en sueños una noche: sentada ante el clavicordio, junto al espectro de su amante, tocando eternamente una melodía oscura, llena de deseo y maldad.

Los lugareños volvieron a temer la mansión. Desde entonces, por las noches quietas, si uno pasa junto al lago, puede oír la música oscura en la penumbra: y sabrá que cada amor insatisfecho en la muerte busca su unión, su eco en la soledad perpetua de la casa junto al lago.

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