Fragmento:
Allí, en su antiguo cuarto, la luz de la linterna barrió una esquina y un momento pasado regresó con fiereza: la última vez que durmió en aquella cama, soñó con la Dama de la Cornisa. La figura que, decían, aparecía en noches de luna nueva y de la que hablaban en voz quedaba las mujeres del pueblo. Pero Montserrat la había visto. O creía haberla visto, al menos al borde del sueño, a medias entre vigilia y delirio, al límite de lo soportable.
Duración: 10:28
El crepúsculo vestía la Casa del Álamo con una luz enferma y azulada, como si el cielo ya hubiese dejado de respirar, y en ese exánime instante, la casa se tragaba los últimos sonidos de la tarde. Desde la vejez de su fachada, los álamos erizados susurraban secretos a los que querían escuchar, aunque en la región hacía tiempo que el pueblo los evitaba. Huían de esa mole de vigas torcidas y ventanas cojas como se huye del propio reflejo después de haber cometido un acto vergonzoso.
Montserrat lo supo nada más volver a poner un pie allí, tras veinte años de exilio voluntario. A esa casa pretendía huir, pero a esa casa, primero, había tratado de olvidarla. Aún era temprano, aunque en la aldea los relojes parecían no atreverse a señalar las horas, y su primo Jacint la esperaba en el exterior, nervioso, jugueteando con una linterna antigua. Había crecido mucho, ella lo vio enseguida, pero seguía arrastrando, sin quererlo, una sombra de miedo que le nublaba la mirada.
“Montse”, la saludó con un hilo de voz. “Has llegado como los pájaros en invierno.”
Ella solo asintió, buscando con la mirada los detalles del pasado: el ventanuco bajo el alero, la losa que crujía en la entrada, la herrumbre en el picaporte principal. Todo igual. Todo irreparable y lleno de un frío que no se debía solo a la meteorología. Entraron juntos.
El interior olía a moho, a cera derretida y a naftalina. Los muebles, cubiertos con sábanas, se alzaban como espectros erguidos y pacientes. Jacint encendió la linterna. El haz de luz, tembloroso, resbaló sobre los suelos de madera y las paredes desconchadas hasta alcanzar el corredor principal.
“¿Tienes la sensación de que ya no vivimos aquí?”, dijo él, como si buscase la complicidad de su prima.
Montserrat deslizó la yema de los dedos sobre la barandilla de la escalera, como quien acaricia una herida cicatrizada, y suspiró: “Sí. Pero yo tengo la sensación de que nunca nos fuimos, en realidad.”
En lo más hondo de la casa, bajo la bóveda de la escalera, el aire estaba quieto y tenso como la piel de un tambor. Subieron al primer piso y se dirigieron a la que había sido la habitación de Montserrat. El pasado resonaba en el eco de las pisadas, en los crujidos anhelantes de la madera.
Allí, en su antiguo cuarto, la luz de la linterna barrió una esquina y un momento pasado regresó con fiereza: la última vez que durmió en aquella cama, soñó con la Dama de la Cornisa. La figura que, decían, aparecía en noches de luna nueva y de la que hablaban en voz quedaba las mujeres del pueblo. Pero Montserrat la había visto. O creía haberla visto, al menos al borde del sueño, a medias entre vigilia y delirio, al límite de lo soportable.
La dejó atrás, en el costurero de los secretos de infancia, enterrada con el miedo que los adultos se obstinan en domesticar.
Jacint puso la linterna sobre la mesilla y se sentó al borde de la cama, removiendo el polvo con pesar.
“No tenía otro sitio al que ir”, murmuró Montserrat, casi para sí. “Sé que es peligroso quedarnos esta noche.”
Su primo se aclaró la garganta, cobijando las manos entre las rodillas. “No somos los únicos.”
La frase, dicha con ese susurro, contuvo algo más que advertencia. Montserrat sintió un escalofrío. Fuera, el viento agitaba los álamos; los postigos temblaban con la respiración temblorosa de quien contiene el llanto. El reloj del corredor sonó a lo lejos, repicando desde la entraña de la casa como un corazón lastimoso.
Tendrían que afrontar la noche, y con ella el peso de lo que aún permanecía en la Casa del Álamo.
Pero no estaban solos.
No lo estaban porque la memoria, en ese lugar, era una criatura viva y voraz que se alimentaba de temor.
Avanzada la madrugada, la casa pareció hincharse como un vientre lleno de presagios. Un crujido más tenso que los anteriores puso en vilo a Montserrat. El resplandor de la linterna se había atenuado, y ahora danzaba a la deriva por el corredor, como si alguien —o algo— lo hubiera empujado con dedos invisibles.
La puerta de la habitación de enfrente se entreabrió con un gemido húmedo. Durante un breve instante Montserrat creyó ver la sombra de una mujer, de pie, apenas perfilada entre la franja de luz y oscuridad. En su rostro no había rasgos, solo una máscara de niebla que dejaba traslucir ojos hundidos en una tristeza imposible. Todo era translúcido, sin substancia.
Se levantó de la cama, resuelta a liberar su propio extremo del miedo, y sujetó a Jacint por el codo. Le costó hablar. “¿La ves?”
A Jacint le temblaban las manos, y en su boca se dibujó el gesto sordo de quien no sabe si delirar o huir. “No… Sí… No puedo estar seguro.”
El espectro —la huella de antiguo dolor, mejor dicho— se deslizó en silencio hacia ellas. El frío, repentino y feroz, llenó la estancia. Montserrat dio un paso atrás: su mente intentaba darle una lógica, un adjetivo, pero solo encontró un vacío denso, el abismo de lo inexplicable.
“¿Qué quieres?”, susurró, forzándose a recordar las palabras que murmuraban las abuelas como plegarias contra los espectros.
Lo que ocurrió entonces le pareció una alucinación. La figura de la mujer se detuvo y, desde esa quietud densa, algo como un susurro o un relincho de dolor se estampó en sus pensamientos. Durante un instante, comprendió que no era solo un fantasma. Era el recuerdo brutal de una pérdida, la repetición de una escena silenciada y fatal.
Una imagen, brutal como un fogonazo, atravesó la mente de Montserrat: la Dama de la Cornisa, sola bajo la lluvia, con el rostro hundido en lágrimas y el cuerpo balanceándose sobre el vacío. El pueblo contaba la historia: una mujer que, traicionada y desesperada, se lanzó desde la cornisa de la vieja casa. Nadie halló su cuerpo, pero las noches de tormenta, los niños juraban ver su silueta balanceándose bajo el rayo. Era una herida que nunca dejó de supurar en la memoria colectiva.
Se envalentonó. “¿Eres tú la que viene cada noche a buscar venganza?”
Por toda respuesta, la figura vibró y se desvaneció. El frío fue reemplazado de inmediato por un silencio todavía más monstruoso, un silencio gobernado no por la paz, sino por la espera feroz que todo lo aplasta. Jacint encendió una cerilla, que chisporroteó, proyectando sombras grotescas en las paredes. Pero la estancia volvió a llenarse de oscuridad y de ese olor a humedad antigua y desesperada.
Las horas siguientes fueron un suplicio de vigilancia y sobresaltos. Había un rumor constante de pasos que no eran los suyos; la madera gemía demasiado, como si cediera bajo el peso de pies invisibles. Otras veces, la linterna parecía quedarse sin pilas sin explicación lógica, y solo en la penumbra Montserrat creyó reconocer la silueta de la Dama de la Cornisa en cada movimiento de cortina, en cada reflejo improbable.
“Ella no se fue nunca”, musitó Jacint en un momento de lucidez. “Fue la casa la que decidió conservar su dolor.”
Montserrat asintió. “Este lugar es la herida, no la tumba.”
La amanecida llegó como un parto lento y sucio. La luz del alba, tímida y sin color, no trajo consuelo. El aire seguía viciado de tragedia, y el silencio se hacía más espeso después de cada pregunta no respondida. Bajaron a la cocina, arrastrándose como náufragos, con los ojos tumbados, casi poseídos por una fatiga que parecía anterior incluso a su nacimiento.
Sobre la mesa de la cocina encontraron las marcas de un vaso de agua que nadie había puesto ahí, y un pañuelo bordado con iniciales ajenas. En la superficie polvorienta del mantel reposaba una migaja de algo que parecía haber sido pan, pan tan masticado y mustio que se deshacía solo al mirarlo.
La memoria de Montserrat regresó entonces con brutalidad: su abuela hablando de la Dama, de cómo la casa apenas soportaba los recuerdos de quienes la habitaron. “Si has amado mucho aquí, te quedarás; si has odiado mucho, también”, solía recitar, con voz frágil pero convencida.
El pueblo, obviamente, sabía demasiado. Por eso rehuían la casa. Por eso nadie quería hablar de la Dama, ni de los niños que, hace años, desparecieron jugando al escondite en torno a la cornisa, ni de la mujer que tejía pañuelos mientras esperaba a un esposo que jamás regresó de la guerra.
El espectro era la suma de todas esas historias, y no se limitaría a aquella noche. Montserrat lo sabía. La idea le dio vértigo: la casa no tenía leyenda, era la leyenda lo que tenía casa propia.
Quisieron marcharse al mediodía, pero el sol mismo parecía rehuir la Casa del Álamo. El auto de Jacint, aparcado bajo los álamos, se negó a arrancar sin razón. Durante horas, mientras reparaban cables y bromeaban forzadamente, la silueta de una figura agazapada tras la ventana del desván los vigiló sin apartar la mirada.
Finalmente, con un gruñido del motor lastimero, lograron dejar atrás la casa. El pueblo, en la distancia, era solo un puñado de tejados heridos por el viento. Nadie los despidió. Nadie preguntó nada.
Tiempo después, Montserrat soñó con la casa cada noche. No con el interior, sino con la cornisa. Ya no era la niña que huía de la Dama y su tristeza, sino la mujer que observa, desde la intemperie, cómo una figura se suma a la hilera de espectros que se arremolinan en el filo del tejado. Alguien nuevo, alguien demasiado parecido a sí misma, al borde de saltar o de quedarse atrapada enlooped la pena para siempre.
Nunca volvió a la Casa del Álamo. Nadie lo hizo. Pero, cada vez que el viento sacude los álamos, y la lluvia golpea las cornisas de todo el valle, puede sentirse aún el rumor del llanto —recién ahora Montserrat lo comprende— no de una, sino de todas aquellas almas que, antes de saltar, aún esperan una razón para quedarse.
En los espejos de algunas noches, mientras la vigía del insomnio la mantiene despierta, Montserrat distingue, al fondo de la habitación, una figura en penumbra. No hace falta preguntarse quién es. Lo sabe y con esa certeza fría se abandona al sueño, recordando que hay casas donde el tiempo se queda, donde la pena se palpa, y donde la leyenda —si es lo bastante honda— escoge perpetuarse en la memoria.
Y bajo la cornisa, el eco de los pasos en la nieve.
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