Fragmento:
Pero Eufrasia me observó en silencio, la mirada dilatada, como si escuchara en mí el eco de sus sombras. Así dieron inicio esas noches interminables en que, poseída por una mezcla de terror y esperanza, la señora y yo nos sentábamos junto a la chimenea a discutir sus percepciones.
Duración: 10:32
En la mansión de los Cartwright, la noche había caído como un sudario. Las lámparas de gas titilaban en los corredores, reflejando sobre las paredes altas las sombras danzantes de los retratos familiares, cuyos ojos parecían seguir a toda figura errante. Hacía apenas un mes que la viuda Eufrasia Cartwright se había instalado en su nueva residencia tras la muerte de su esposo, pero la atmósfera pesada de ventanas enteladas y cortinajes tupidos parecía más propia de un teatro encantado que de un hogar. Las habitaciones olían a violetas marchitas y a ese perfume almizclado que parece emanar de los papeles viejos y los secretos.
Yo mismo, Christopher Meston, fui convocado a petición de la señora Cartwright, llamada por todos “la Dama Blanca” a causa de su lustrosa palidez y ese vestido perpetuamente níveo. “Hay algo en la casa que no logro definir”, me escribió. “A veces siento un frío abisal en la nuca. Otras, escucho un resonar de pasos, aunque siempre estoy sola. Pero, sobre todo, he visto una mano que no pertenece a nadie, flotando por los salones en la penumbra.” Dediqué la primera semana a recorrer la mansión, de sótano a boardilla, examinando cada pasillo, cada falso fondo de armario, cada columna ahogada en polvo.
—Son ilusiones —afirmé—. La mente vive de recuerdos y temores.
Pero Eufrasia me observó en silencio, la mirada dilatada, como si escuchara en mí el eco de sus sombras. Así dieron inicio esas noches interminables en que, poseída por una mezcla de terror y esperanza, la señora y yo nos sentábamos junto a la chimenea a discutir sus percepciones.
La noche del diecinueve de marzo se presentó especialmente cruda. El viento martillaba las ventanas y el fuego crepitaba sin calor. Fue en ese clima que ella me relató sus encuentros con la “mano espectral.”
—No es una visión casual —susurró—. La veo… cada noche, alrededor de la medianoche. Se escurre entre las cortinas como un animal sin cuerpo… La vi sobre el piano, rozando las teclas; luego junto al florerroto, donde dejó caídas las dalias de mi boda. Me observa, doctor, pero no veo más que esa mano.
Intentando tranquilizarla, le indiqué que todo podía deberse a reminiscencias sensoriales, a la luz titilante, o al efecto de un duelo prolongado. Sin embargo, en mi fuero interno, admito que el relato de Eufrasia había comenzado a mellar mis certezas. Recordé antiguos tratados de mesmerismo que atribuían a ciertas personas la capacidad de proyectar sus angustias en formas quasi-reales, y dormí aquella noche con la inquietud pegada al pecho.
La curiosidad y el deber profesional me llevaron a instigar cierto experimento. La siguiente noche localicé el estudio, apagando todas las velas salvo una. Cubrí los espejos y cerré las persianas. Llevaba un reloj de bolsillo, y cuando el minutero tocó la fatídica hora, Eufrasia y yo nos dispusimos a esperar. Los minutos se arrastraron espesos, y, en ese umbral de silencio, el corazón me latía como nunca. Tras un rato, creí ver una débil iridiscencia flotar junto al ventanal: una sombra borrosa, modelada toscamente como una mano de dedos largos, translúcida, que ondulaba en el aire perversamente.
Eufrasia gimió.
No era la primera vez que la ilusión se cebaba conmigo, pero ninguna forma eidética me había parecido tan clara, tan dotada de propósito. Observé y, durante un par de segundos, no me atreví a moverme ni a parpadear.
—¿Lo ve… ahora? —musitó ella, clavando sus uñas en mi brazo.
No respondí. La figura pareció girar, como si cambiara de objetivo, y, en vez de disiparse, se acercó. Un dedo —¿pude llamarlo así, dado lo informe de la materia vaporosa?— flotó a centímetros de mi frente. Una presión gélida subió por mi mejilla, y un escalofrío me taladró el cráneo.
Todo terminó en un instante. La chimenea pareció aspirar la sombra, el candil tembló y Eufrasia desfalleció. Acudí a su lado, y, tras un rato, recuperó la compostura. Su mirada era lánguida, vidriosa.
—La vio usted también… —preguntó, suplicante.
—Sí… —confesé.
No dormí esa noche. Mi biblioteca portátil me tentó con antiguos volúmenes: débiles teorías fantasmagóricas, tratados de “ilusiones materiales” o “corrientes ectoplásmicas” que la ciencia aún no osaba calificar de manifiestamente absurdas. El devenir de los días siguientes se perfumó con una expectativa malsana: aguardábamos, temblorosos y perversamente fascinados, el regreso de la mano espectral.
Aquel fenómeno —fuera alucinación compartida, manifestación histérica o un vértigo de los sentidos— no remitió. Cada noche, la mano, a veces más definida, a veces meramente un borboteo lumínico, apareció ante nosotros. La obsesión crecía. Eufrasia, siempre solitaria durante el día, abandonó sus paseos, perdió el apetito y hasta el sueño. Yo, a su vez, fui devorado por sueños turbios: visiones de habitaciones repletas de manos incorpóreas que intentaban escribirme mensajes en el vaho de los espejos.
Una noche, sin embargo, la experiencia transgredió el umbral de la locura. Eufrasia, presa de una excitación febril, exigió encontrar el origen de la mano.
—Bastará con tocarla —dijo—. Todo fantasma teme a la carne.
Al sonar la campanada de las doce, la aparición se hizo más fuerte que nunca: una mano blanca, inhumana, flotando a medio metro del suelo, avanzó hacia nosotros desde el vestíbulo. Eufrasia, con una mezcla de horror y determinación, se levantó, extendiendo su brazo trémulo. En cuanto la punta de sus dedos rozó la cosa, la estancia entera se cubrió de escarcha. Mi aliento se hizo humo, y cada lámpara emitió una luz azulada, sobrenatural.
La mano, en lugar de esfumarse, se retorció rabiosa. De su “muñeca” surgió un filamento como de niebla viscosa, que ascendió trepando el brazo de Eufrasia hasta perderse entre los pliegues de su vestido. Ella gritó, un grito que estalló en la garganta antes de volverse eco sordo. Se desplomó entre mis brazos, y creí percibir, entonces, una carcajada, apagada, como allá en el fondo de la escaleras.
Los días siguientes fueron una agonía. Eufrasia no despertó. Un médico fue llamado, diagnosticando un extrañísimo letargo, una suerte de catalepsia sin causa aparente. Mientras tanto, la mano espectral no se dignaba ya a aparecer —como si hubiese agotado su ansia, o se hubiese “fundido” de algún modo a la víctima. Yo mismo sentía que la casa me expulsaba con su silencio, con sus ecos amortiguados y su luz antipática.
El trance de Eufrasia parecía perfecto, pero yo, escéptico aún, busqué pistas. No tardé en hallar, tras uno de los tapices del estudio, un antiguo abanico, pintado con extraños arabescos y figuras que, al mirarlas detenidamente, parecía a veces burlescas, a veces bestiales. Una inscripción, en francés, recorría el borde: “Les larmes de la nuit se fondent en mains avides.” Las lágrimas de la noche se funden en manos ávidas.
¿Era entonces el abanico una suerte de fetiche? ¿Un canal para fuerzas que la mente no puede o no quiere entender? Volqué mi atención a los testimonios previos de la viuda: su reciente llegada de una estancia en París, las largas horas dedicadas a consultar a espiritistas y mesmeristas que prometían devolver a los vivos a sus muertos… Comprendí, o al menos así me lo figuré, que el objeto había servido para abrir una brecha.
Empecé a notar detalles nuevos: sombras fugaces ahí donde uno desviaba la mirada, una brisa glacial subiendo por la escalera principal, como si el ambiente mismo hubiera extraído del trance de Eufrasia un caudal inagotable de energía.
Aquella semana, y motivado por la impaciencia y terror, tomé la determinación de destruir el abanico. A medianoche, descendí al estudio con un atizador encendido. Colocando el objeto en las ascuas, sentí de inmediato un estremecimiento inhumano recorrer la casa: las paredes crujieron, la madera pareció gemir. El abanico se resistía a arder —el fuego lamía sus varillas de nácar sin dañarlas— cuando sobrevino la manifestación más abyecta.
La mano espectral surgió justo frente a mí, retorciéndose furiosa, extendiendo sus dedos vaporosos hacia mi garganta. Me congelé de espanto: experimenté la presión, real y helada, en torno a mi cuello. En un instante de desesperación, recité en voz alta la vieja inscripción. La mano vibró, disolviéndose parcialmente en tornasolados jirones, pero endureció aún más su agarre. Un dolor punzante me obligó a soltar el atizador… pero, en ese momento, una ráfaga de viento sopló desde la chimenea y el abanico prendió finalmente.
Creí enloquecer: la mano se contrajo, perdiendo definición, empezó a girar en una espiral frenética y, al llegar al centro del brasero, se extinguió para siempre, dejando atrás sólo una estela de cenizas en el aire. Me desplomé sobre la alfombra, sin sentido.
Al despertar, encontré a Eufrasia sentada a mi lado, envuelta en su bata blanca. Su rostro exhibía una serenidad marmórea, aunque sus ojos, ahora de un gris opalino, nunca volvieron a mirar como antes.
Algunos juraban después ver una mano espectral en los brillos de las ventanas o en el vapor matinal que escapaba por los desagües. Pero desde aquel día, Eufrasia nunca volvió a mencionar la presencia. Tampoco yo.
Muchos años después, la mansión Cartwright cayó en el abandono, devorada por el musgo y por la leyenda. Algunos dicen que, en noches en que la bruma se adueña de la colina, una mano blanca aparece curvando la hierba, como una señal de advertencia para quienes, por curiosidad o necedad, decidan desafiar los límites que separan la razón de la locura.
Y así es como, aún hoy, la ilusión y la realidad continúan danzando juntas bajo el mismo techo, separadas apenas por el fino velo de nuestro escepticismo.
Porque hay cosas —créame, querido lector— que nunca deben ser tocadas, ni por nuestros ojos ni por nuestras manos. Cosas que existen sólo para tentarnos a cruzar el umbral y descubrir, demasiado tarde, que tras el velo… nada es lo que parece.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.