Portada del relato La rosa de Abernath
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Fragmento:


Richard Ayres, un poeta errante, había sido el único en arrodillarse ante ella con el fuego delirante de la juventud. Su pasión fue clandestina: cartas y promesas, pequeños frascos de perfume ocultos bajo la almohada, y aquel peculiar anillo de amatista que Clarissa lucía, siempre cubierto por el encaje de los guantes hasta que nadie pudiera verlo. La muerte de Ayres, desangrado a la orilla del río bajo la luna llena, llevó a la aldea al límite de la histeria. Nadie supo jamás si fue suicidio, castigo, o venganza de los viejos dioses. Lady Clarissa no se pronunció, y desde entonces recorría los corredores de la mansión con la dignidad ajada de quien se sabe acechada por los fantasmas.

Duración: 08:17

La rosa de Abernath
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Texto de ajuste de pausa.

Las sombras caían como un terciopelo carmesí sobre los muros devastados del Priorato de Dunham. No quedaba monje alguno en sus estancias, más el eco de sus oraciones —no menos espectrales— aún reptaba, con fauces abiertas, entre los restos salpicados de ladrillo y musgo. Fue allí, un crepúsculo de aquellos interminables otoños del norte, cuando lady Clarissa Vane —la más bella y trágica de las hijas de la vieja Inglaterra— recurrió al silencio en busca de consuelo, ignorante aún de la cuerda de horca que tejían los remordimientos y las pasiones desenfrenadas, retorcidas en sus adentros.

Lady Clarissa era amada por su hermosura, pero temida por la austeridad de sus lutos permanentes y la helada firmeza de sus maneras. Su marido, Edward Vane, señor del condado, jamás fue visto en compañía de amigos; no desposó a Clarissa por amor, sino por un pacto sórdido con su padre, un hombre cuya sombra seguía pesando, muchos años después de su muerte, en la mansión familiar como un sudario sin nombre.

Esa noche Clarissa acudía al priorato arrastrando el rumor de un secreto inadmisible. Llevaba en su regazo una rosa negra, todavía perlada por las últimas gotas del rocío, y en sus labios marchitos temblaba el nombre de su amante, muerto hacía apenas un mes en circunstancias tan funestas como inciertas.

Richard Ayres, un poeta errante, había sido el único en arrodillarse ante ella con el fuego delirante de la juventud. Su pasión fue clandestina: cartas y promesas, pequeños frascos de perfume ocultos bajo la almohada, y aquel peculiar anillo de amatista que Clarissa lucía, siempre cubierto por el encaje de los guantes hasta que nadie pudiera verlo. La muerte de Ayres, desangrado a la orilla del río bajo la luna llena, llevó a la aldea al límite de la histeria. Nadie supo jamás si fue suicidio, castigo, o venganza de los viejos dioses. Lady Clarissa no se pronunció, y desde entonces recorría los corredores de la mansión con la dignidad ajada de quien se sabe acechada por los fantasmas.

Aquella tarde, sin embargo, sentía algo distinto bajo la piel. Una punzada, como un frío venido del más profundo de los sepulcros, le obligaba a avanzar aún más, traspasando el portón destartalado del Priorato y sus criptas llenas de líquenes. Había en el aire un rumor de aves nocturnas, apenas contenido por el retumbar sordo del viento entre las losas.

Se adentró sola, con la rosa negra apretada contra el pecho. Su respiración era un hilo húmedo. Al llegar al extremo más oscuro, donde la capilla principal se elevaba entre columnas rotas y querubines cegados por la erosión, sintió el roce de una sombra. No era del todo humana. Las lámparas de los muertos —aquel fenómeno que algunos aseguraban ver, pequeñas lenguas azules bailando sobre las tumbas— se encendieron de improviso, como atraídas por la desdicha encarnada de la dama.

Allí, en el centro del recinto, la esperaban dos figuras. Una, alta, vestida con un hábito monacal podrido y arañada hasta la médula por las ratas del tiempo. La otra, pecaminosamente familiar: un rostro surgido de los sueños febriles, los cabellos aún manchados con la sangre del último desgarro.

—Clarissa —dijo Richard Ayres, con los labios transidos pero tersos, la voz quebrada como si cruzara océanos de polvo—. No debiste venir.

La dama clavó las uñas en la piel de la rosa, dejando que una gota de su propia sangre alimentara sus pétalos sedientos.

—He venido a entregarte lo que dejé en mi pecho —murmuró—. La vida perdió sentido desde que sólo puedo hablarle a tu tumba en las horas muertas.

La figura encapuchada alzó la mano. Los pliegues de su hábito flotaron, revelando dedos que eran hueso y descomposición, pero también ojos: ojos tan negros como la desdicha. Del interior de su túnica brotó un murmullo, una letanía que parecía arrastrar en cada sílaba el peso de todos los pecados de la carne y la memoria. Richard retrocedió, pegando la espalda al altar derruido.

—No soy yo quien espera —susurró—. El priorato tiene hambre, y tú la has alimentado.

Clarissa sintió un temblor en las rodillas. Quiso huir, pero el aire era tan denso, tan ajeno a los pulmones vivos, que apenas podía mover los pies. El monje espectral extendió la mano en dirección a la rosa negra, que parecía estremecerse y alzarse de su regazo por sí sola. El tallo se enroscó en aire, y un polvillo helado llenó el ambiente con el olor nauseabundo de la tumba abierta.

De pronto, la atmósfera cambió. No era más noche, sino un abismo de negrura sanguinolenta. Clarissa vio, donde antes estaban las losas del suelo, una infinidad de rostros, algunos devorados por gusanos, otros congelados en la agonía de su último suspiro. Creyó ver a su padre, a su marido, incluso a sí misma. Los ojos la acusaban: todos sabían del anillo oculto, de las noches de traición, del pacto sellado en el lecho funesto del poeta muerto.

Richard lloraba en silencio. Una lágrima de ceniza rodó por su mejilla.

—No fui yo quien te traicionó —dijo, y el eco reverberó como un trueno sordo en la capilla.

Ahora el monje avanzaba hacia Clarissa. Le susurraba en lenguas olvidadas, con palabras que arrastraban presagios de otra vida: “Para todo amor profanado sólo cabe el abismo. Ningún llanto podrá purificar la pasión sellada con la roja sangre de los culpables.”

La dama cayó de rodillas, los dedos hundidos en el frío de la piedra, el rostro empapado de sudor y lágrimas.

—¡Déjame —gritó—, déjame aún una noche más soñarlo todo de nuevo! ¡Deja que la rosa sangre, deja que lo imposible se repita...!

Pero la voz del monje era inexorable.

—El amor es alimento de la muerte. Lo que la caricia excava, la tumba reclama.

Los últimos suspiros de Clarissa se mezclaron con el silbido de las lámparas espirituales. Sintió cómo la rosa se incrustaba en su pecho, devorando, ramificándose por el laberinto de su corazón con el veneno blanco de la desesperación. Vio, al límite de la conciencia, cómo Richard desaparecía, absorbido dentro de una grieta dimensional donde el tiempo y el dolor se perpetuaban sin sentido.

Fue entonces cuando recordó la noche en que su padre la forzó a contraer matrimonio con Edward, la repugnancia de los besos sin amor, la culpa de los pequeños envenenamientos que daban un tinte azulado a las encías de su marido, la manera en que la pasión por el poeta había sido, más que una salvación, el eco fatal de su propia corrupción.

La rosa atravesó toda carne, todo pensamiento, todo vestigio de piedad. Clarissa supo, mientras era absorbida en el abrazo cruel del monje espectral, que había sido elegida: no por su pureza, sino por la infinita amplitud de su deseo insatisfecho. Ahora sería una más entre los espíritus anhelantes del priorato. Sus palabras serían remolino de viento, su sombra una mancha sobre los sepulcros, su dolor un banquete para las criaturas que acechan, hambrientas, en el límite de la noche.

El priorato de Dunham nunca volvió a ser visitado. Las gentes de la aldea hablaban, con trémulo respeto, de una nueva dama vestida de niebla, que arrastraba sus túnicas anegadas de rosas muertas donde el aire se volvía helado. Basta entrar al recinto en las primeras horas del crepúsculo para oír el batir de sus alas espectrales, y, si uno es insensato y murmura en voz alta el nombre de Clarissa Vane, sentirá un temblor antiguo y ya irremediable en la médula de los huesos.

Ninguna doncella volvió a llevar rosas negras a los cementerios. En las noches de tormenta, el priorato retumba con risas apagadas y lamentos sin carne, y quienes tienen el corazón enfermo de amor juran que, al soñar con la dama de Dunham, a la mañana siguiente encuentran sangre en sus sábanas, y un tallo reseco, cubierto de espinas, bajo la almohada.

Entre las ruinas, la rosa negra creció, cada vez más grandes y sombríos sus pétalos, alimentando su fulgor imposible con las angustias y remordimientos que arañan, noche tras noche, el fondo de los corazones humanos. Allí, donde la pasión y la muerte se confunden para siempre, la leyenda de Clarissa continúa, perpetuando el círculo oscuro de la culpa y el deseo, como un perfume venenoso que ninguna brisa puede disipar.

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