Portada del relato Aquella víspera de lo inefable
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Fragmento:


—¿A quién buscas? —logró articular.

Duración: 08:12

Aquella víspera de lo inefable
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Texto de ajuste de pausa.

El cielo, hostil y hostigado por nubes de panza amoratada, presagiaba tormenta cuando Ismael la vio por primera vez, al pie de la lápida que nadie en el pueblo recordaba. Era la hija menor del médico, una silueta envuelta en dosel de luto y escarcha anticipada. El cementerio de Darsevine yacía al borde entre bosque y abismo, frecuentado sólo por los cuervos y el viento, pero ella, esa noche de octubre persiguiendo su último aliento, era excepción y enigma.

Su nombre era Lisbeth, aunque pocos se atrevían a pronunciarlo fuera de las paredes de la rectoría. El pasado de su familia estaba marcado por los susurros de los ancianos, una narrativa cuyas ramas se desbordaron en tragedias: una madre desvanecida tras el parto, un hermano devorado por la fiebre, un padre que susurraba diagnósticos a las llamas de la chimenea y abría, con sus manos largas y manchadas, pequeños ataúdes blancos.

La vio, sí. Y aún hoy, en sus años de paria, recordaría cómo la mortaja del crepúsculo la abrazaba y cómo, desde la bruma, le devolvió la mirada. Ismael se escondía entre dos figuras desgastadas de ángel, pues recolectar historias tristes era su único empleo, dado que en su infancia nadie le enseñó otra forma de ganarse el sustento que no fuera narrar el dolor ajeno.

Nadie, salvo ella, visitaba jamás la tumba sello de la colina noroeste: una losa negra, irregular, sin nombre ni fecha. Algunos decían que la habían traído hombres encapuchados desde el viejo continente, otros que era un capricho mineral emergido de la propia tierra, para señalar la herida abierta de un crimen nunca expiado. El pueblo sabía que las babas violetas trepaban sus bordes después de la medianoche y que los ciegos podían orientarse allí por el frío que parecía brotar de la piedra.

Esa noche Ismael observó cómo Lisbeth, arrodillada ante la losa, sacó del bolsillo interior de su capa una pequeña ánfora. Era de arcilla oscura, agrietada y sellada con cera roja. Sacó un punzón y lo hincó en la costra, murmurando palabras en ese idioma que la abuela de Ismael usaba sólo cuando temía al olvido o al trueno. Dejó escurrir un hilo alquitranado de líquido directamente sobre el umbral de la lápida, trazando símbolos que palpitaban y se desvanecían apenas rozados por el rocío.

Los gorriones que aún no dormían en las copas huyeron en bandada contenida, como si un silbido invisible los convocara dentro de la bóveda del cementerio. Ismael se atrevió entonces a dar un paso, la grava crujió y Lisbeth, en vez de sobresaltarse, dejó la cabeza ladeada, como si escuchara otra música.

—No digas nada —susurró sin volverse—. Lo que aquí sucede es ajeno al idioma; sólo el lamento sirve.

Ismael observó impotente cómo la losa sudaba oscuridad, como si un aceite antiguo y maligno empapara el entorno. Lisbeth, con sus delgados dedos, hizo un gesto de invitación. “Ven”, decían sus manos, aunque el corazón de Ismael repicaba como aldaba de bronce. Dio otro paso.

—¿A quién buscas? —logró articular.

Lisbeth sonrió, y fue como si una grieta se abriera en la carne del mundo.

—No a quién, sino a qué. ¿No sentiste nunca el vacío, ese frío bajo la costilla al caer la tarde?... Hay nombres que duermen bajo nombres, Ismael, y hay puertas que sólo se abren cuando la vejez del universo susurra nuestra lengua.

El pueblo de Darsevine arrastraba una herida perpetua, pero nadie tan hondo, ni tan honda, como Lisbeth.

Ismael miró la jarra vacía y el charco negruzco a los pies de la lápida. Algo, un eco de aire muerto, se filtraba. Pensó en la abuela, en los cuentos de huesos que los niños debían escuchar para no acercarse al bosque por la noche. Pensó en la vieja canción: “Calla, niño, la luna sangrará si miras largo a la tumba sin dueño".

—¿Por qué lo haces? —insistió.

La joven sacó un espejo diminuto de bolsillo, lo sostuvo ante el fluido sobre la losa, y en el reflejo no vio su rostro sino la silueta desenfocada de algo que ni el génesis se atrevería a nombrar. El mismo reflejo mordió entonces el corazón de Ismael; sintió un sudor helado, una súplica desde la médula.

—Porque mi linaje debe mantener sellada la grieta, aunque la grieta nos arañe el alma cada generación. Porque si olvido, o si la ceremonia falla, no será sólo mi familia la desangrada por la memoria, sino todo Darsevine, los vivos y los muertos.

Se oyó entonces un rumor que no era del viento ni de garganta humana. El lamento fue creciendo, ronco primero, luego agudo y múltiple, hasta que cada huevo de musgo crujió bajo una presión invisible. El aire supuraba angustia. Lisbeth guardó el espejo y la jarra y se incorporó con dificultad, como si mil hilos invisibles la retuvieran.

—¿Vendrás mañana? —preguntó—. Algunos rituales requieren testigo, y los ángeles de piedra están cansados.

Ismael respondió con un asentimiento, porque su lengua se había pegado al paladar.

Durante la noche siguiente, no pudo dormir. Oyó pasos en el tejado, susurros entre la leña, y una vez hasta pensó que una sombra se inclinaba sobre el marco de su puerta. Recordó la sonrisa agrietada de Lisbeth y el rumor que ascendía de la losa.

A la tarde siguiente, de nuevo bajo cielo encapotado —esa vez cargado con la amenaza de una tormenta eléctrica—, Ismael volvió al cementerio, empujado por una voluntad que no reconocía como suya. El pueblo le dio la espalda; nadie salía cuando la tempestad anunciaba su puño.

Lisbeth lo esperaba, tan pálida que parecía estar hecha de encajes polvorientos y promesas deshechas. A sus pies, la lápida marcaba la confluencia de una negrura aún más pronunciada. En sus manos llevaba ahora dos candelabros chapeados, cada uno con una vela negra y torcida.

—¿Por qué yo? ¿Por qué no uno de los tuyos? —se atrevió a preguntar Ismael.

—Porque los míos están muertos, en cuerpo o en mente o en espíritu. Porque tú nada debes, y sólo quienes nada deben pueden mirar sin adquirir deudas nuevas.

Encendieron juntos las velas. El viento quiso apagarlas, pero un aliento antinatural las sostuvo. Lisbeth entonó su letanía en la lengua gutural y ajada de los ancestros, mientras Ismael sostenía los candelabros con pulso de naufrago. Los símbolos del día anterior resurgieron en la piedra húmeda, y del interior de la losa comenzó a manar un vapor sílfide, acre como orín y dulce como anisados de funeral.

Una mano —no de carne, sino de niebla— se alzó desde la fisura. Los dedos no tenían uñas, ni losas, ni piedad.

—Ahora —musitó Lisbeth—. Si me amas, si algún lugar de ti ha aprendido a amarme esta última noche, no mires atrás cuando acabe.

El terror de Ismael no era el de los libros de la niñez, ni el de la carne cortada de las leyendas. Era el terror antiguo, ese que sólo conocen los testigos del horror rotundo: que la verdad no tiene piedad, y no distingue corazón ni historia ni razón.

El brazo espectral giró hacia Lisbeth, suplicando. Lisbeth tomó la mano incorpórea con la suya, y una luz sanguinolenta bañó ambas figuras. La losa tembló, el vapor se condensó y, con un crujido de sepulcro hambriento, se cerró sobre sí, tragando a Lisbeth entera, apenas dejando caer, a los pies de Ismael, el candelabro que ella sujetaba.

El silencio volvió, pero ahora era un silencio pleno, sin aliento ni siquiera de los cuervos. Los árboles dejaron de inclinarse, la tierra retuvo el pulso.

Ismael salió del cementerio al despuntar el alba, llevando en la mano el candelabro retorcido y quemado, como una prueba que nadie pidió y que nadie en Darsevine se atrevió jamás a mirar demasiado tiempo.

No contó la historia. No podría, ni aunque el desenfado lo guiara o la culpa lo obligara, pues la lengua de las lápidas no se pronuncia dos veces. Comprendió, sin embargo —más allá de la lógica o la superstición—, que, en la próxima noche de candelabros rotos, alguien pondría sobre la losa negra una ánfora de arcilla, y otro testigo sería necesario, porque siempre hay puertas nuevas y grietas que la tierra reniega y los hombres olvidan.

Pero las grietas son pacientes.

Las grietas tienen hambre.

Las grietas recuerdan los nombres de todos.

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