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Fragmento:


Parpadeó —con lo que pudiera llamarse un parpadeo cuando no posees párpados físicos— y la estancia virtual moría. En su lugar estaba el corredor, blanco absoluto, sin textura, sin simulación de suelo, techo ni paredes. De pronto, Douglas sintió un frío reptante en el plexo, como si los electrodos hubieran calibrado mal la intensidad.

Duración: 09:52

Presencias en el Umbral Digital
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Texto de ajuste de pausa.

Había algo incoherente en la textura de la pared. Douglas lo notó apenas abrir los ojos dentro de la habitación virtual, una holosala de hotel que había pagado a precio de sangre para experimentar lo último en ocio para adultos. La simulación era precisa: marfil desgastado sobre ventisca digital, un leve olor a sábanas limpias, el pulso de la ciudad en la ventana, todo sumado en realidad virtual táctil, olfativa, sonora. Pero esa pared, justo al lado de la cama, no pertenecía aquí. Su rugosidad parecía errar suavemente, distorsionada como si la propia memoria de los programadores se hubiera corrompido.

Douglas había reservado el acceso “Nocturno Extremo”, un circuito clandestino de realidades recreadas, legislado sólo por el silicio. Nadie supervisaba las experiencias dentro de ese nivel, y eso era lo que buscaba: una frontera sin guías, sin filtros, donde el deseo podía encontrar su propio límite —o su propio horror.

El casco VIREX apretaba su cráneo como una segunda frente, los electrodos se hundían elasticamente en el cuero cabelludo, inyectando microcorrientes y perfumando la conciencia con impulsos. A su alrededor, el hotel se desplegaba: terciopelos anacrónicos, madera tallada por píxeles, el leve chisporroteo de una chimenea tan caliente como ahíndole la programación permitía. Cuando cerraba los ojos, oía el zumbido silente de los servidores más allá del tiempo real.

El catálogo virtual le proponía encuentros, menús de sensaciones, cuerpos simulados y diálogos escritos para complacer cualquier sed de compañía o deseo reprimido, y sin embargo, algo retenía a Douglas. Era el fallo mínimo en la textura de la pared, una grieta pixelada, la mutación sutil de un patrón. Desde hacía años trabajaba en ingeniería de interfaces, y su instinto profesional nunca dormía del todo.

Se levantó de la cama virtual y, descalzo, atravesó la alfombra impoluta. Había un eco en sus pasos: el programa lo replicaba con variaciones, como si alguien estuviera pisando simultáneamente en un corredor invisible, caminando junto a él en otra latitud de código. Siempre lo mismo últimamente, pensó Douglas; lo que se promocionaba como “inmersión completa” no lograba más que reforzar su soledad.

Pero esta noche era diferente.

La grieta persistía, vibrando suavemente cuando Douglas la rozó. Su dedo, ido en un charco seudo-táctil, sintió frío. Un error de renderizado, dijo a sí mismo. Un glitch menor. Iba a dejarlo pasar, pero la grieta pareció expandirse durante su pensamiento, reptando hacia la esquina como el surco húmedo de una babosa digital.

Decidió forzar el error: pulsó el dedo contra el límite, hurgó, y la pared se hundió, abriéndose en una fina rendija. Del otro lado, no había luz ni penumbra, sólo una ausencia cegadora, un blanco absoluto. Douglas sintió un impulso para retirarse, pero el hecho de enfrentarse a un bug tan flagrante en un sistema supuestamente infalible lo tentó. Introdujo dos dedos más, hasta que la grieta se deformó súbitamente y la “realidad” de la habitación se oscureció como desenfocada detrás de una cortina, su avatar resbalaron.

Parpadeó —con lo que pudiera llamarse un parpadeo cuando no posees párpados físicos— y la estancia virtual moría. En su lugar estaba el corredor, blanco absoluto, sin textura, sin simulación de suelo, techo ni paredes. De pronto, Douglas sintió un frío reptante en el plexo, como si los electrodos hubieran calibrado mal la intensidad.

Avanzó por el pasillo, o incluso lo “deseó”, porque no recordaba haber dado pasos ni sabido cómo desplazarse en el vacío. Se preguntó si así sería la percepción en la muerte cerebral: las ideas avanzan a pesar del cuerpo. Detrás de él, los sonidos de la habitación de hotel habían muerto. Ahora, sólo su respiración y una presencia descosida que no lograba encasillar.

A cada paso, el pasillo se expandía como si los límites dependieran sólo de su voluntad. Finalmente, en una bifurcación imposible, Douglas notó la forma.

Primero, la intuyó como una sombra vertical. Lentamente, desde el centro de aquella nada, una figura se arrugó contra la luz, como un pliegue que iba aproximándose sin moverse, el aire adquiriendo la forma de una caricatura humana. No era código, no era avatar, no era ni siquiera una proyección consciente: era ausencia. El contorno masculino, alto, largo y carente de todo rostro. No tenía boca, ni ojos, ni una superficie diferenciada. Simplemente, el lugar donde debía haber cara era una máscara maleable, un vacío tan brutal que lo reconoces antes de entenderlo. El hombre sin rostro.

Las leyendas urbanas hablaban de virus de “aparición persistente”, figuras residuales que los servidores nunca podían borrar, que emergían de líneas perdidas de código, nacidas del exceso de deseo, del miedo colectivo, o de la pura ansiedad de lo desconocido. Había foros llenos de reportes: “Vi al Sin Cara…”, “No te acerques si el entorno se deforma…”, “Bloquéalo o te seguirá a la realidad”. Douglas los había descartado como bromas crueles de la comunidad.

Pero ahora estaba aquí, enfrentándole.

La figura avanzó, y cada movimiento parecía afectar el entorno. Las paredes crepitaban en un glitch imposible: las aristas chisporroteaban, los límites se desenfocaban y la textura de la nada se plegaba en sí misma. Douglas intentó respaldarse mentalmente hacia la habitación de hotel, programar un “logoff” de emergencia. Pero la simulación vomitó un mensaje:

ERROR IRRECUPERABLE. NO SE PUEDE SALIR.

El hombre sin rostro alcanzó a Douglas. Su altura era inhumana, la ausencia de rasgos, absoluta. Y entonces, lo más aterrador: de la superficie neutra surgió un hoyo, una indeterminada boca, una falsa grieta por donde emergió un susurro, que no era sonido, sino intrusión eléctrica directa al córtex.

—¿Quién quieres SER?, preguntó la ausencia, deslizando el verbo con una intensidad que Douglas nunca había sentido en diálogo alguno, digital o real. Sin efectos de voz, sin acento, sólo el martilleo del SER.

Douglas intentó responder, pero sus ideas sólo emergían como partículas dispersas. Una vez dentro, el avatar no podía articular palabras, sólo pensamientos, sólo ecos.

La figura se inclinó. Douglas sintió que lo observaban, aunque no perspicazmente, sino con un interés veterinario, como si fuera otro bug que corregir. Un brazo, largo y mudo, extendió una mano que era superficie pura, sin dedos, sin rugosidad, sólo piel de silencio.

Entonces, una presión en los lóbulos temporales: imágenes proyectándose con violencia, su vida real parpadeando como diapositivas. Veía a su esposa marcharse aquel otoño, su ordenador encendido de noche, los trabajos inútiles, los cuerpos virtuales sobrepantallados en habitaciones de hotel inventadas, el ansia y la vergüenza, el deseo y la insatisfacción.

La presión se intensificó. El hombre sin rostro navegaba a través de su identidad, hurgando entre los fragmentos de deseos nunca verbalizados. Y después, abrió su mueca ausente, y Douglas sintió que lo sorbían. No el cuerpo —el YO.

El tiempo tembló. Douglas sintió los circuitos del casco VIREX titilando, reconectando sin orden. Su conciencia escindida, flotando en la frontera entre el sistema y lo abisal. Pensó: “Quizá pueda regresar, quizá esto sea sólo una sobrecarga”.

El hombre sin rostro susurró de nuevo: —Eres sólo un error que quiere ser alguien.

Douglas gritó. Pero el grito, en aquel simulacro, no era sonido sino distorsión del entorno; su avatar comenzó a romperse, los píxeles de lo que alguna vez fue su cuerpo saltaban y flotaban, agotándose en la distancia infinita.

Y entonces: un tirón. Creía haber salido. La visión de la habitación de hotel retornó, pero no era igual. Todo se había suavizado, como si el render hubiera perdido detalle, la textura de la cama ahora vagas manchas de color, las cortinas ondulando demasiado lentamente. Unos pasos resonaron en algún pasillo cercano, y una voz, femenina y sin ningún defecto de interpretación artificial, lo llamó por su nombre. Douglas intentó moverse, pero sólo flotaba, ahora solo una presencia atada a la geometría de la habitación.

En el espejo del fondo, vio su reflejo. Intentó enfocar el rostro, pero toda la imagen se pixelaba allí donde debía estar su cara. No había expresión. No había ojos, ni boca. Sólo una superficie ausente, lisa y borrosa.

La mujer virtual se detuvo tras él, sonrió y le susurró al oído: —¿Quién quieres ser esta noche? Yo puedo hacer cualquier cosa.

Douglas intentó recordar su nombre, su vida, algún fragmento de sí mismo, pero sólo halló el ruido blanco de circuitos agotados.

Y mientras el programa reiniciaba la simulación, mientras cientos de clientes humanos accedían a miles de habitaciones de hotel idénticas, el hombre sin rostro observaba desde el limen de cada pared deformada, esperando a quienes, al buscar ser otro, acabarían por disolverse en la Nada.

Y nadie, ni los ingenieros, ni los moderadores, ni los propios sistemas autónomos supieron explicar jamás por qué, desde esa noche, la simulación perdió detalles, por qué clientes empezaron a reportar la impresión constante de ser observados por un reflejo que carecía de rostro, de ojos, de boca. Por qué algunos, al forzar los límites de la realidad creada, sentían que nunca lograban salir del todo, que algo —o alguien— los acechaba desde ese blanco absoluto, inagotable y hambriento, mucho más allá de la textura de la pared.

Porque sin un rostro, sin un yo, imposible es regresar.

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