Fragmento:
Cuando llegué, el acceso estaba vigilado por un par de drones policiales y un técnico que bostezaba mientras registraba el ingreso y egreso de empleados de limpieza virtual –limpiadores del entorno, no del edificio, porque los usuarios raramente salían de sus cabinas selladas. El pasillo del bloque olía a cables quemados y orines viejos. Al fondo, la reja de acceso al habitáculo 43, pegajosa, cubierta de óxido naranja-rojizo. Al tocarla, varios trozos se quedaron pegados en mi guante. Cosas del abandono.
Duración: 10:24
Era una ciudad como cualquier otra. Tal vez más grande, menos verde, más sucia. O quizás, vista desde el asfalto quemado de las avenidas desiertas, era sólo la suma de los miedos que la habitaban. Pero eso no importaba, porque lo cierto era que ya casi nadie la recorría. El mundo, para todos los efectos prácticos, se había mudado a las realidades virtuales, a esos universos diseñados para simular el vértigo y el vértigo a salvo, la violencia sin consecuencias. Yo, Andrés Barreiro, seguía siendo policía en el plano físico. Un dinosaurio con placa, decían mis colegas antes de pedir su baja voluntaria y perderse en la bruma de las conexiones permanentes.
Los delitos que me tocaban ahora eran otros: el robo de maquinaria vieja, incursiones desesperadas para robar conectores, traficantes de hardware usado. El crimen vivía afuera sólo si no conseguía meterse adentro. Pero hace unos días, llegó al cuartel un reporte distinto. Marta, la recepcionista, lo leyó con la voz seca de quien ya no le importa la ley. “Ataque en entorno cerrado VR. Sospecha de intervención criminal. Usuario con daño cerebral irreversible. Zona: Bloque L, habitáculo 43”.
No parecía diferente de otros casos de “inmersión extrema”. Gente precipitada por su propio miedo o deseo hasta el colapso. Pero la dirección me llamó la atención: el Bloque L era uno de los complejos antiguos, laberintos de cemento y metal olvidado, donde la humedad filtraba recuerdos y el óxido devoraba lo poco que quedaba fuera de la red. Decidí asumir el caso. No porque creyera que podría arreglar algo, sino porque, aunque estaba harto de ser policía, aún no había aprendido a dejar de serlo.
Cuando llegué, el acceso estaba vigilado por un par de drones policiales y un técnico que bostezaba mientras registraba el ingreso y egreso de empleados de limpieza virtual –limpiadores del entorno, no del edificio, porque los usuarios raramente salían de sus cabinas selladas. El pasillo del bloque olía a cables quemados y orines viejos. Al fondo, la reja de acceso al habitáculo 43, pegajosa, cubierta de óxido naranja-rojizo. Al tocarla, varios trozos se quedaron pegados en mi guante. Cosas del abandono.
El interior del habitáculo era poco más que un sarcófago vertical. La mujer estaba aún dentro, inmóvil, con el visor y los electrodos insertados. El paramédico me informó: “Encéfalo prácticamente destruido, ninguna actividad.” Bajé la mirada. La piel de la paciente, cuarteada por horas de exposición al aire cerrado, contrastaba con el metal brillante de la diadema VR. Una versión vieja, con remaches visibles, no el modelo moderno de casco líquido. Alrededor, restos de comida, toallas mugrientas, una cadena para cerrar la cabina desde dentro. Sobre todo, la reja oxidada que separaba la cápsula del corredor. Una protección simbólica, porque quien quiere entrar, entra.
Pedí los registros del entorno virtual. Cuando me los cargaron en una tableta portátil vi de inmediato que no se trataba de un host genérico, uno de esos entornos-prehechos. Era una simulación personalizada: “La Cárcel”. La víctima había pagado por vivir, durante ocho horas, la experiencia penitenciaria extrema, con elementos de miedo y paranoia crecientes. Un juego mental para los solitarios. La descripción se parecía sospechosamente a la publicidad de la empresa constructora del complejo: “Para experimentar el aislamiento en sus formas más puras, sin riegos para la psique...” Una ironía cruel, visto el resultado.
Decidí sumergirme en esa realidad. Cualquiera diría que era negligente, arriesgando mi propia mente por un caso que ya estaba cerrado –la víctima no se recuperaría, los responsables serían difíciles de encontrar, la burocracia ocupada en temas más importantes, como actualizar su software de evasión de responsabilidad. Pero para mí era esencial saber. Había visto suficientes cadáveres en vida como para dejar pasar uno más.
Las precauciones eran mínimas: un asistente autómata para cortar mi enlace si no respondía a las claves de salida, sensores de pulso y sonda de glucosa. La máquina conectada a la cápsula emitía un breve chasquido. Cerré los ojos y repasé mentalmente las vías de escape. Una vez dentro, todo se parecía a... estar dentro.
Los recuerdos del inicio son brumosos, como sucede siempre que uno entra en un entorno hiperrealista. Fui maleante, fui reo, fui voyeur. Las paredes de la celda eran húmedas y descascaradas, la luz azul y sucia, filtrada por barrotes pesados. Nadie venía a verme excepto el carcelero –un avatar difuso, su voz distorsionada recordando a los matones con cargo de los años previos al gran aislamiento.
Un hilo de miedo empezó a martillear cuando escuché los primeros ruidos. Al principio eran parte de la simulación: pasos a lo lejos, goteo incesante de agua, voces murmurando tras los muros. Pero con el paso de los minutos, se amplificaron, se descompusieron. Mi presión aumentaba, sentía el sudor bajo la frente, la incomodidad de lo desconocido rozándome la piel, a pesar de saber que era irreal.
De repente, una figura apareció al otro lado de los barrotes. No uno de los personajes estándar de la simulación, sino otra cosa: alta, delgada, sin rostro, cubierta por un uniforme policial hecho de nubes heridas. Estaba de pie, junto a la reja virtual, oxidada casi hasta ser polvo, y de la que caían virutas con cada movimiento, igual que la real, afuera de la cabina en la que mi cuerpo yacía.
No respondió a mis preguntas. Se mantuvo callada. La sensación de amenaza era intensa, obsesiva, impersonal. Intenté recordar el protocolo de desconexión: “Sal, sal, sal”, recité. El avatar no reaccionó. Sentí que debía combatirlo, de alguna forma; era la manifestación de un fallo, un error en el entorno, una corrupción en la programación. O tal vez era algo externo, algo que se había colado desde fuera, aprovechando las grietas en el código obsoleto.
Por un instante, tuve la impresión de que la figura replicaba mis propios gestos. Si levantaba la mano, él (ella, eso) alzaba la suya; si me alejaba al fondo de la celda, él se acercaba, hundiendo las manos espectrales en la reja oxidada hasta hacerla vibrar. Se me ocurrió entonces algo absurdo, una memoria fugaz: un caso archivado años atrás, sobre asesinatos en cárceles de baja seguridad. El sospechoso principal nunca fue capturado; al final se perdió en la revolución tecnológica, desapareciendo junto con centenares de crímenes sin resolver.
Lo siguiente fue una sucesión de escenarios cada vez más asfixiantes. Me despertaba en la misma celda, con pequeñas variaciones: sangre en la almohada, marcas en mi propio cuerpo, la sombra al otro lado de los barrotes, difusa al inicio, cada vez más nítida conforme pasaban los ciclos. Una voz, robótica y profunda, se filtraba a través del metal, susurrando mi nombre, exigiendo mi confesión. “Andrés, Andrés, ¿recuerdas el óxido?” “Tú abriste la reja.”
Busqué compulsivamente las claves de escape, pero el entorno se volvía más viscoso, denso, como una pesadilla de la que las salidas han sido quitadas. En la simulación, sabía que era solo un jugador, pero sentía que el miedo era real, aterrador, hasta las lágrimas. Decidí enfrentar a la figura. Avancé, miré a través de los barrotes a sus ojos vacíos, y grité.
Nada. El avatar permanecía quieto, más allá del alcance de mi voluntad. Entonces me di cuenta: el entorno no era un simple juego, sino una réplica, y la reja oxidada una compresión simbólica. “Por aquí pasa lo peor de ti –por aquí te quedas si te descuidas.” Miles de usuarios como yo habían rozado su límite y pocos regresaron intactos. Quizá la mujer a la que investigaba había encontrado algo, alguna verdad oculta bajo la oxidación de la frontera entre real y virtual.
El ciclo se repetía. Celdas cambiantes, guardias cada vez más monstruosos, pero siempre la misma reja, siempre el mismo óxido. Empecé a perder la noción del tiempo, a dudar de si todavía tenía cuerpo fuera del servidor. Tal vez estaba atrapado. Una angustia viscosa reptaba por mis huesos, me paralizaba. Tal vez alguien, en el mundo exterior, me observaba con la misma indiferencia con que yo había mirado a la primera víctima.
Al tercer día (¿hora?), mi asistente autómata finalmente logró forzar una desconexión. Me arranqué el casco empapado de sudor, jadeando como quien escapa de la horca a último momento. Vomité en la esquina del habitáculo –esperando no encontrar sangre, esperando no ver mis propias marcas. Pero estaba entero. Solamente, ahora, era otro.
Intenté escribir el reporte. Palabras y oraciones venían deformadas, maleadas por el miedo húmedo de las pesadillas. Expliqué lo esencial: sistema infectado, posible intromisión maliciosa, el entorno representaba peligro para personas solitarias o con historial psiquiátrico. Pero omití la parte importante: lo que vi, lo que sentí, esa “presencia policial” que no era ni vigilante ni salvadora, sino un reflejo de los pecados propios, multiplicado por el abandono, la tecnología desbocada y el metal roído.
Días después, visité la cápsula de la mujer por última vez. Afuera, la reja oxidada seguía allí, resistiendo tiempos, mortaja de lo que alguna vez protegió. Apoyé los dedos en el hierro rugoso. Pensé en todas las barreras que separan a los vivos de los muertos, a los soñadores de los naufragados, a los que aún creen en la ley de quienes han desistido de toda esperanza.
Supe entonces que el caso seguiría repitiéndose. Que la frontera entre real y virtual es sólo una capa más de óxido en la reja de las pesadillas. Que los cadáveres seguirán apareciendo, y los policías –dentro o fuera del servidor– servirán apenas como sombras para enjugar la culpa de un mundo que ya no sabe despertar.
Tal vez, pensé, el horror es sólo darse cuenta de que, cierres la reja o no, siempre habrá algo acechando del otro lado. Y que lo peor de todo… es no saber en qué lado te encuentras.
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