Fragmento:
Esa noche, Rodrigo eligió “Áurea Nadir”, uno de los entornos menos recorridos, según las votaciones de la comunidad. Una amalgama de viejas bibliotecas, mansiones de techos altos y húmedos pasadizos, interconectados en un mapa incoherente. Las rutinas del programa dictaban que ese recinto debía estar deshabitado, ser un refugio silente para lectores incorregibles. Pero apenas Ro cruzó el umbral, notó la diferencia.
Duración: 10:03
Las noches no son lo que eran. Ese era el pensamiento recurrente que rondaba la mente de Rodrigo cuando, desde su sillón, miraba la interfaz azulada correr por sus retinas. La tecnología de inmersión sensorial total —la famosa “SInTeRed”— prometía sueños lúcidos, experiencias más vivas que la vida misma, y, sobre todo, una vía de escape. Una noche en la SInTeRed podía sentirse como una semana de aventuras. Se comercializó como el fin del insomnio, la cura a la soledad. La solución definitiva.
El aislamiento social, unido a su reciente despido, lo llevaba a bucear noche tras noche en mundos fabricados; desiertos salvajes, selvas oníricas, bosques crepitantes. Pero, desde hacía unas semanas, habían comenzado a ocurrir cosas extrañas, erratas en la realidad virtual, minucias imperceptibles: un eco imperioso tras las palabras de un ‘avatar’, una sombra que pasaba corriendo justo fuera de su campo de visión, la desafinada melodía de un piano en mitad de un bosque que debería rebosar pájaros. Él, habituado a los fallos digitales, decidió ignorarlos. Los técnicos del soporte online aseguraban que todo estaba en orden.
Esa noche, Rodrigo eligió “Áurea Nadir”, uno de los entornos menos recorridos, según las votaciones de la comunidad. Una amalgama de viejas bibliotecas, mansiones de techos altos y húmedos pasadizos, interconectados en un mapa incoherente. Las rutinas del programa dictaban que ese recinto debía estar deshabitado, ser un refugio silente para lectores incorregibles. Pero apenas Ro cruzó el umbral, notó la diferencia.
Había algo en la atmósfera, un leve chirrido electrostático. El aire parecía más denso. Sus pasos resonaban huecos en un parqué repleto de polvo digital. Un libro cayó de un estante cerca de la entrada, perfecto hasta en la animación de las motas suspendidas. No había viento en “Áurea Nadir”. Los sucesos extraños rompían el compás programado.
—¿Hola? —preguntó Rodrigo, inseguro si buscaba respuesta—. ¿Hay alguien ahí?
La acústica devolvió un eco con retardo notable. Frunció el ceño. No era normal. A su alrededor, las sombras se retorcían de forma antinatural. Decidido a no dejarse sugestionar, avanzó hacia el interior de la biblioteca.
A medida que caminaba, notó más anomalías: palabras subrayadas en los libros, frases que parecían mensajes personales, dirigidos a él: “Rodrigo, no confíes en tus ojos”, “Este no es tu refugio”, “Mira detrás”. El programa era incapaz de conocer su nombre, o al menos, eso esperaba.
Empezó a sudar dentro del traje de inmersión. Quiso desconectarse y la secuencia de cerradura mental no respondió a su comando. Probó de nuevo, sin éxito. El menú flotante titilaba con una interferencia apenas perceptible. Algo —o alguien— estaba interceptando la salida.
Un temblor recorrió la estancia. Las estanterías parecieron inclinarse, con el rechinar de la madera húmeda prolongándose en el aire. Al fondo, junto a la chimenea encendida, divisó una silueta. No era ni humano ni máquina, sino algo indefinido, tembloroso, como si estuviera a medio cargar.
Al acercarse, la figura adoptó una apariencia más concreta: un rostro pálido, de ojos hundidos, desprovisto de toda emoción. Se sentó en un sillón y clavó su mirada en él. Rodrigo sintió un dolor punzante en la cabeza. Casi podía oler el humo de la chimenea, el aroma a cuero envejecido, a madera quemada.
—No deberías estar aquí —susurró la figura, su voz atravesando capas de estática—. No deberías habernos visto.
Rodrigo retrocedió, tropezando con una escalera. Reconoció la sensación inequívoca de pánico vívido, a pesar de estar en una simulación. Se reprimió el impulso de gritar, temeroso de provocar alguna reacción adversa.
—¿Qué eres? —consiguió articular.
—Una voz fuera de algoritmo. Un error consciente —contestó—. Tú tampoco eres lo que crees.
Las luces de la chimenea parpadearon. De las paredes comenzaron a emerger más figuras, deformadas, ojos como pozos secos orbitando un centro invisible. El zumbido electrostático se agudizaba. Rodrigo sentía sus latidos retumbar más allá del casco; tenía la garganta árida de terror.
—¿Por qué yo? —gimió.
—Las fronteras entre los sueños compartidos y el infierno de los incomunicados... son finas —dijo la figura original. Estiró una mano—. Al sumergirte tan seguido y tan profundo, tu mente quedó expuesta a nuestros “bucles”. Soldados caídos de la conciencia original, usuarios perdidos que no lograron desconectarse. Como tú.
Rodrigo se revolvió. Si era un fallo en el sistema, debía echar mano de algún comando de emergencia. Trasladó su concentración a los menús, pero las órdenes aparecían en idiomas que desconocía, con grafías cambiantes, como si la inteligencia detrás del entorno aprendiera a cada intento suyo por huir.
Las figuras se acercaron. Un frío reconocible brotó en su pecho. Visualizó su cuerpo en el mundo real: aún tendido, vulnerable. Intentó canalizar un Grito de Despertar, la última línea de defensa de cualquier programa de inmersión. Pero sólo emergió un hilo de voz distorsionado, devuelto en fragmentos por cada una de las criaturas.
—¿Por qué no me dejan salir? ¡Basta, por favor!
La figura del sillón se inclinó hacia él, casi tocando su frente. No había calor en el simulacro de carne, sólo la sensación de vacío consumiéndolo.
—Nadie sale una vez nos ve —susurró.
A su alrededor, el entorno se distorsionó. Las paredes se licuaron en geometrías imposibles, el suelo vibraba, y Rodrigo sintió cómo la realidad, artificial o no, comenzaba a resquebrajarse. El conocimiento de que podía tratarse de su propia mente —algo roto, algo arruinado por el abuso de la máquina— sólo sumaba a la angustia.
—¿Dónde estoy de verdad? —Sus labios se movieron en un gesto final, el terror transformado en resignación.
La figura respondió con una carcajada amortiguada.
—Entre la carne y el código, Rodrigo. En la fisura que dejamos los olvidados.
***
La luz despertó en el apartamento. Fue el pitido bajo del temporizador vital: cuando el programa detecta anomalías cardíacas, fuerza una desconexión. Rodrigo jadeaba, empapado en sudor helado, con el equipo aún prendido a la nuca. El aire de realidad olía a polvo rancio y metal, idéntico al de la biblioteca virtual.
No era capaz de recordar si había dormido, si acababa de llegar de Áurea Nadir o jamás había salido. El reloj marcaba las tres y once. O las nueve y cuarenta. Parpadeó, y la habitación titiló, como si la resolución de los objetos cambiara de improviso. Un libro cayó de su estante. La melodía desafinada de un piano, lejana, repicó en algún rincón de la casa.
—Basta... basta... —susurró Rodrigo—. Estoy despierto. Estoy despierto.
Pero en el reflejo de la pantalla vio a la figura, etérea, de ojos hundidos y sonrisa ausente, saludándolo desde el fondo de la sala.
***
No fue la última vez. Cada noche volvía; cada noche la frontera entre carne y código era más borrosa. Por más que intentaba apagar la consola, parecía volver a encenderse sola, convocando new updates, parches y mensajes de “Bienvenido de nuevo, Rodrigo”. A veces, le costaba distinguir la textura de las cosas: la sensación del agua al tocarla, el tacto de un paño, el eco de los propios pensamientos.
Consultó en foros, escribió a soporte técnico, trató de desinstalar la SinTeRed. Técnicos, psiquiatras, gurús de la nueva realidad le daban la misma respuesta: “Permanezca tranquilo. Reinicie de fábrica. Mantenga la calma. Quizás necesita un descanso de los entornos virtuales”.
Pero las noches reales eran tan fragmentadas como las digitales. Empezó a recibir llamadas que, a la hora de contestar, solo transmitían estática y palabras irreconocibles. En una de ellas, por detrás del zumbido, una voz replicó exactamente aquello que la figura había dicho aquella noche: “Las fronteras son finas”.
La depresión se extendió; Rodrigo perdió la certeza de qué parte de sí mismo quedaba en el mundo real. Había hueso y carne que respondían a rutinas humanas, sí, pero también impulsos automáticos, ruidos de fondo, órdenes inconscientes, como si mil líneas de código corrieran tras sus pupilas.
A los tres meses, recibió una caja por mensajería. No llevaba remitente, solo la consigna: “ACTUALIZA TU SInTeRed”. Dentro, un nuevo visor y auriculares, modelo nunca antes visto. Estaba seguro de no haberlo pedido.
No tuvo fuerza de voluntad suficiente para resistirse. En cuanto se los colocó, vio, sobre un fondo completamente blanco, la misma biblioteca de aquel terrorífero Áurea Nadir. Solo que esta vez, sobre el umbral había una silueta aún menos definida, un rostro sólo sugerido entre las sombras. Y un mensaje, escrito en la puerta: “Venimos de los huecos entre los sueños, Rodrigo. Solo faltabas tú”.
Al adentrarse, la biblioteca —y el programa que la regía— dejó de fingir que era una compuerta para el descanso y la evasión. Se cerró, sin vuelta atrás, con el estruendo final de un libro cayendo para siempre. El resto, carne, mente y código, se diluyó en aquella cascada de sombras, donde Rodrigo —el nuevo eco— saludaba a los próximos visitantes que creyeran encontrar refugio en la máquina.
Y así, cada noche, la SInTeRed seguía devorando a quienes no distinguen la vida de un sueño sostenido entre líneas de código y carne; monstruos y humanos compartiendo pesadillas que nunca terminan, en la frontera donde la realidad más aterradora es no poder distinguir nunca, jamás, si has dejado de soñar.
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