Portada del relato Las voces de los muros
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Fragmento:


No sabría decir el instante preciso en que supe que algo había cambiado en la oficina, porque no fue un acontecimiento, ni una visión estridente de locura: fue una sensación que se deslizó en mi mente como el humo bajo la puerta, persistente y asfixiante. Trabajo en el Departamento de Evaluación y Supervisión de la Central, un cubículo dentro del gran entramado administrativo del gobierno. No diré qué gobierno, ni de qué país, porque sospecho que esas distinciones son irrelevantes en el fondo de la conspiración.

Duración: 10:20

Las voces de los muros
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Texto de ajuste de pausa.

No sabría decir el instante preciso en que supe que algo había cambiado en la oficina, porque no fue un acontecimiento, ni una visión estridente de locura: fue una sensación que se deslizó en mi mente como el humo bajo la puerta, persistente y asfixiante. Trabajo en el Departamento de Evaluación y Supervisión de la Central, un cubículo dentro del gran entramado administrativo del gobierno. No diré qué gobierno, ni de qué país, porque sospecho que esas distinciones son irrelevantes en el fondo de la conspiración.

Al principio, pensé que era el cansancio. Las noches interminables revisando expedientes, los cafés aguados, las cuentas por pagar. Pensé que la sensación de ser observado formaba parte del paquete estándar de mi vida gris. Pero después de que Robinson desapareció, todo comenzó a parecer distinto.

Robinson era mi colega más cercano, aunque nuestro trato nunca fue realmente amistoso. Compartíamos, eso sí, cierta desconfianza mutua. Lo vi por última vez la noche antes de que su puesto quedara vacío: estaba pálido, parpadeando a cada ruido, y tenía el aspecto de un hombre que espera una sentencia.

“Tú también lo ves, ¿verdad?”, murmuró mientras limpiaba un polvo invisible de su escritorio. Cuando le pregunté a qué se refería, clavó los ojos en los míos y se echó a reír, un sonido breve y quebradizo, como el chasquido de una rama seca. Después se marchó, y a la mañana siguiente su silla estaba vacía, su taza de té aún tibia, su ordenador bloqueado por una contraseña que nadie supo descifrar.

Nadie quiso hablar de Robinson. En la Central, la mejor forma de desaparecer era hacer preguntas. Pero la paranoia crecía entre nosotros; se sentía en la manera casi neuronal en que los ojos de los supervisores se desplazaban por los ventanales, en la tensión que atenazaba las mandíbulas durante los controles aleatorios. Empecé a notar detalles insignificantes que me ponían los pelos de punta.

Por ejemplo: el comedor del piso tres. Desde la desaparición de Robinson, nadie utilizaba esa sala. Los empleados bajaban a la cafetería del vestíbulo, o comían en sus escritorios. Pero si uno subía al piso tres –cosa que prontamente me empeñé en hacer, cada vez que necesitaba despejar la cabeza– hallaba la gran mesa blanca, reluciente, perfectamente dispuesta con bandejas impolutas y oscuros cubiertos alineados, una frialdad inhumana, y sobre todo, un extraño silencio, un vaho químico flotando en el aire que invadía la garganta de una forma nauseabunda.

No era sólo ese comedor. Aquellos días comencé a percibir los símbolos. Sellos diminutos, grabados en la madera de los umbrales, en los marcos de las ventanas, en los propios muros. Imágenes geométricas apenas perceptibles, a menudo tapadas por la pintura, como signos codificados. Eran: círculos truncados, líneas doblemente paralelas, cruces invertidas y arcos. La primera vez que rocé uno con el dedo me corté; la sangre dibujó un nuevo segmento en lo que parecía una letra que no debería existir.

Intenté indagar. Mi acceso a los archivos internos del Departamento era suficiente para saber cuándo alguien había sido trasladado, jubilado o despedido. Pero ni una palabra acerca del paradero de Robinson. Y no sólo eso: su nombre mismo fue borrándose de los listados. Cada vez que digitaba la “R” en el sistema, la máquina zumbaba, se quedaba inerte, y una advertencia sorda bloqueaba la pantalla: “Acceso denegado”.

A esas alturas ya apenas dormía. Empecé a llevar mi propio termo de café envenenado de ansiedad y paranoia, pasando las horas muertas observando a mi alrededor, tomando anotaciones mentales, husmeando donde no debía. Me volví adicto al absurdo juego de buscar patrones en los sellos, en la disposición de los escritorios, en los giros de las cámaras de vigilancia (siempre había una que, momentáneamente, se desviaba hacia el comedor del piso tres).

A veces creí oír, tras esos muros llenos de símbolos, algo más que el sordo latido de las tuberías: era como susurros, voces conjuradas en un idioma malsano. Un rumor como de cuchillos repasando un hueso, una letanía ululante y fragmentada. Mi secretaria, la pragmática Sandoval, me sorprendió una mañana demasiado atento a la pared.

–Algo interesante ahí, jefe? –Su voz retumbó como un golpe de nudillos en mi cráneo.

–Nada –mentí sin quitar la mano del sello tallado–. Solo soñando despierto.

Sandoval me escrutó.

–Debe dejar de venir tan temprano. Últimamente, los que abren la Central cargan demasiados fantasmas.

Por la noche, cuando toda Central quedaba desierta y solo quedábamos los adictos al insomnio o los prisioneros de un deadline imposible, los pasillos parecían retorcerse y estirarse hacia direcciones imposibles. Juraría que, en esas horas, la Central aumentaba de tamaño, agregando corredores, puertas, incluso salas enteras que nadie recordaba durante el día. Una vez, antes de medianoche, vi pasar una sombra tras la cristalera del comedor del piso tres; me acerqué deprisa, pero la sala estaba vacía, la mesa perfectamente lista, aunque en uno de los platos se veía la huella reciente de una mano húmeda.

Alguien –o algo– estaba comiendo allí por las noches.

Al principio fui el único que lo notó. Pero una tarde, durante una revisión rutinaria, el joven Fitzpatrick irrumpió en mi oficina. Tenía el color pastel de la leche cortada y sostenía una bandeja del comedor del piso tres.

–¿Usted sabe qué es esto? ¿Quién lo dejó ahí?

La bandeja estaba cubierta con una cúpula de acero. Fitpatrick la levantó con tiritones. Dentro, entre una maraña de servilletas negras yacía algo que a simple vista parecía carne quemada, pero un olor frío, yodado, se esparció en la habitación, haciéndome retroceder.

–Ahí no hay nada que deba preocuparlo, Fitzpatrick –improvisé, mientras sentía repulsión por el hedor–. Deje eso en la basura y no vuelva a tocar nada del piso tres.

El muchacho asintió, pero sus ojos no se despegaron del contenido de la bandeja, como si los restos carbonizados formaran figuras reconocibles, pequeños cuerpos, letras quebradas.

Esa noche, llamé a mi casa y le pedí a mi mujer que no me esperara despierta. No podía irme; tenía que ver quién usaba ese comedor. Pero descubrí que yo mismo era incapaz de entrar cuando las luces titilaban, muy de noche, y las cámaras de seguridad, como delatando un pacto secreto, giraban todas hacia el pasillo.

Quizá por eso, cuando Sandoval desapareció, yo no me sorprendí. Ocurrió una semana después de Fitzpatrick y su bandeja. Encontré el escritorio de Sandoval vacío, y sobre su silla, una carpeta marcada con uno de aquellos sellos, esta vez grabado en tinta fresca, casi líquida.

Abrí la carpeta. Solo contenía una hoja: “LISTA DE LOS QUE OBSERVAN”. El resto era una retahíla de nombres, casi todos tachados, excepto el mío y el de alguien –o algo– llamado “El Comensal”.

Fue entonces cuando oí claro, tras el muro colindante, el crujir de cubiertos: la mesa servida al otro lado, el rumor de un banquete invisible. Mi nombre, arrastrado en la letanía acompañando al de El Comensal, recitado como en un ritual nutricio.

Ahí fue cuando la lógica se descosió. Uno comienza a preguntarse: ¿de quién es la conspiración, y quién forma parte de la cena?, ¿qué se alimenta detrás de estos sellos, y cuáles son sus verdaderos ingredientes?

Las noches siguientes observé, desde las ranuras de la puerta, cómo la mesa era ocupada, pero los ocupantes nunca quedaban grabados en mis recuerdos; había risas, murmullos, y la aparición difusa de figuras que trasnochaban en la Central, devorando algo que ya no parecía comida, sino pequeñas partes humanas: dedos, ojos, sellos de carne y letra. Luego todo quedaba pulcro otra vez, lavado de sangre y memoria.

Decidí entonces reunir pruebas. Instalé una pequeña cámara, hurtada de la sala de seguridad. Grabé durante tres noches el comedor. Siempre, a la mañana siguiente, la memoria de la cámara era borrada, excepto por un único fotograma: el de mi propio rostro, desfigurado en mitad de un grito silencioso, como si yo mismo formara parte del banquete ahora.

Salí huyendo la noche siguiente. Pero afuera, las calles parecían extendidas y retorcidas igual que los corredores. Cada paso lejos de la Central era un regreso; volví, sin saber cómo, tres veces al edificio, como si los sellos estuvieran grabados no solo en las paredes, sino en mis propios pies.

Los días se fueron reduciendo a una secuencia recurrente de insomnio, fobia y atención vigilante: alguien seguía desapareciendo cada semana, y los que quedábamos fingíamos no percibir todo aquello para no tener que enfrentarlo. Una vez creí ver a Fitzpatrick, pálido, asomado en la esquina opuesta del comedor, y supe que algo, en su interior, había cambiado: sus ojos eran abismos, su boca ya no hablaba, solo masticaba.

No puedo contar más. La lista que encontré en el último cajón de mi escritorio solo tiene dos nombres sin tachar. El mío, aún. Y el del Comensal. Esta noche hay comida servida a la una, y la figura del Comensal, a quien no sé ponerle rostro, está aguardando en el extremo de la mesa.

Los sellos arden en los muros, la carne salta y tiembla en los platos; los desaparecidos susurran en el aire reciclado por las rejillas del edificio. Supongo que no sobreviviré esta noche, aunque algo de mí –un residuo– puede que siga deambulando aquí, repitiendo gestos prefijados, pasando nombres a la lista, lavando platos, arreglando sellos con mi propia sangre.

Si tú, lector, encuentras este relato, no busques el comedor del piso tres. No intentes imitar los símbolos, ni preguntas a los viejos de la Central. Porque, en ese instante, atraerás la atención de aquello que cena tras los sellos. Y serás añadido a la lista. O peor aún: podrías ser invitado a sentarte en la silla vacía, frente a El Comensal, sabiendo que el plato eres tú.

Y en el eco de las paredes, mientras masticas y masticas, entenderás demasiado tarde que el complot nunca fue para devorarte desde fuera, sino para dejarte vacío desde dentro, parte del banquete que jamás termina.

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