Portada del relato El Velo de la Desconfianza
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Fragmento:


—Algo está despertando. Empieza en los espejos. No mire mucho. No hable mucho. Entre más sepa, menos dirán en voz alta los demás. Solo confíe en el instinto antiguo: cuando las cámaras callan, los ojos humanos recogen el eco de todo lo que no debe saberse.

Duración: 11:35

El Velo de la Desconfianza
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Texto de ajuste de pausa.

El hombre sentado en la quinta fila del salón de conferencias parecía reconocerme. O quizá solo se me antojaba, pues esa era la sensación que venía persiguiéndome en los últimos días: la paranoia suave, casi etérea, de que todos, absolutamente todos, ocultaban un pequeño saber sobre mí. Sobre nosotros. El congreso de conspiraciones y tecnologías de vigilancia se celebraba en un edificio moderno, todo de cristal y metal, cuyos ventanales parecían ojos inexpresivos observando nuestra civilizada desesperación.

Había llegado a la ciudad dos días antes. Me recibió una noche húmeda, los adoquines resbaladizos en la avenida y la bruma enjugando los escaparates. El hotel, anodino y pulcro, albergaba figuras solitarias que huían de los espejos de los ascensores. En la recepción, una mujer de cabello cano me sonrió con profesional reserva. No preguntó por mi procedencia, pero no pude dejar de observar que sus dedos temblaban mientras marcaba las teclas. Sospeché, tras entrar en la pequeña habitación, que la tumultuosa energía era común aquí: se respiraba algo eléctrico, suspendido en cada conversación.

Esa primera noche salí a merodear. Pasé por puentes de metal blanco, sobre canales lentos, y llegue a una plaza donde una estatua sin rostro parecía velar por los paseantes nocturnos. Supe entonces, sin lugar a dudas, que alguien me seguía: sombras mudas, pasos en el distante empedrado. Apuré el regreso. Me dormí sin soñar.

En el congreso, el auditorio se llenó de murmullos nerviosos y una luz opaca. Los ponentes se alternaban en el escenario proyectando gráficos sobresaturados, imágenes de redes, cebras y navajas. La palabra clave de la mañana era “algoritmo”. Tras una charla sobre los riesgos de la hiperconectividad, un hombre de barba gris se sentó a mi lado. Me miró y dijo, como si retomasen una conversación pendiente: “Ya sabe que existen treinta y tres niveles de acceso. Hasta el doce no se le considerará peligroso.”

Tuve miedo, pero fingí indiferencia. Reí suavemente, como quien escucha una excentricidad académica. Él abrió la chaqueta, mostrando un pequeño pin dorado, no más grande que una uña. Tenía la forma de un ojo inscrito dentro de un triángulo invertido. Me lo ofreció.

—Lo necesitará —susurró, antes de desaparecer en la multitud.

Hasta bien pasada la media tarde no salí del salón. El programa proseguía, pero yo daba vueltas en los pasillos, sintiendo el diminuto pin ardiendo en mi bolsillo. Cada vez que alguien cruzaba mi camino, contenía el impulso de mirar si también lo portaban, si también formaban parte de aquella célula secreta o se encontraban, como yo, a medio camino entre la incredulidad y el pánico.

En la pequeña cafetería del edificio, una mujer de pelo negro y labios morados hojeaba un ejemplar del Corriere della Sera. Al verme, marcó algo en el margen superior de la hoja y cerró el periódico dando un golpecito. Me preguntó cuál era mi nombre. Inventé uno. Ella sonrió, me indicó la silla frente a la suya.

—¿Sabe qué tienen en común la paranoia y la conspiración? —murmuró—. Ambas descansan sobre la posibilidad de que nadie más que usted posea la verdad.

No supe contestar. Un temblor delicado atravesó mi columna. Miré el reloj. Pronto oscurecería. Quise marcharme, pero ella insistió con la mirada: debía escuchar eso que no se dice nunca en voz alta.

—¿Qué quiere usted decirme? —pregunté, la voz ronca.

—Algo está despertando. Empieza en los espejos. No mire mucho. No hable mucho. Entre más sepa, menos dirán en voz alta los demás. Solo confíe en el instinto antiguo: cuando las cámaras callan, los ojos humanos recogen el eco de todo lo que no debe saberse.

Me incliné hacia adelante, tragando saliva.

—¿Los espejos? ¿Un símbolo?

Ella negó despacio.

—Un canal. Usted esta invitado esta noche. Pregunte en el vestíbulo por el Club de los Ojos Velados.

Supe entonces, de manera irrefutable, que mi destino se entrelazaba con el de gente para quienes la paranoia era un arte —y la conspiración, su lienzo.

Esa noche, tras la última ponencia, volví al hotel. Subí en el ascensor, sintiendo la familiar ansiedad de observar mi imagen reflejada. Pero había algo extraño, un leve desajuste: en el espejo, mi chaqueta parecía abotonada de otro modo, mis ojos viraban un matiz más oscuro, y al fondo, una sombra permanecía quieta. No podía decir que fuese mi sombra: era más densa, más definida. Cerré los ojos. Al abrirlos, todo había vuelto a la normalidad.

En la planta baja, pregunté en la recepción por el Club de los Ojos Velados. La recepcionista alzó la vista —unos ojos claros, excesivamente redondos— y me indicó una puerta al final de un trémulo pasillo. Allí, esperaban seis personas. Nadie habló. Me condujeron a una sala abarrotada de espejos cubiertos con paños de terciopelo. Nos sentamos. El hombre de barba gris presenció mi arribo, asintiendo apenas.

—Ahora verá —dijo.

Apagaron todas las luces. Solo una lámpara, suspendida del centro, proyectaba un cono de claridad blanquecina. Sonó una grabación antigua: una voz mascula y vibrante, en un idioma irreconocible. Alcé la vista. Los asistentes descubrieron un espejo, revelando solo uno ante nosotros. Vi mi reflejo rodeado de sombras ajenas, caras más pálidas de lo usual, ojos dilatados.

La mujer del Corriere murmuró unas palabras al hombre de la barba gris. Entonces, algo cambió en el aire: una vibración sutil, casi musical, expandiéndose como mareas bajo la piel. Y, de pronto, alguien —quizá yo mismo— empezó a notar el movimiento en el espejo. Era sutil, pero inequívoco: detrás de nosotros, un enjambre de formas, figuras borrosas, asomaban y se retiraban, como si la propia realidad se disolviera y reconstruyera con cada parpadeo.

La paranoia dejó de ser un susurro y se convirtió en certeza.

Las presencias dialogaban con nosotros a través del reflejo, deletreando gestos, mimando nuestros ademanes, retorciendo la imagen. El hombre de la barba gris se levantó y habló:

—Verán, ustedes creen que la vigilancia es tecnológica. Pero está incrustada en el tejido de la percepción, en la textura del realismo compartido. Los que nos observan, lo hacen entre las fracturas de nuestra coherencia. Y juegan, o quizá cazan.

Una sombra se proyectó sobre mi propio rostro reflejado. Una mano negra, translúcida, me tocaba la mejilla.

Sentí frío, pánico puro, una niebla lenta ascendiendo por mi pecho. Apenas osaba respirar.

—Estamos siendo cartografiados —prosiguió la mujer de los labios morados—. No por gobiernos, sino por entidades que aprendieron el truco del espejo. De vez en cuando, algún curioso logra pasar al otro lado. Nadie regresa igual.

Quise gritar, pero nadie aparentaba horror: estaban rendidos a la fascinación. Solo yo sentí la certeza de que —por alguna caprichosa razón— acababan de elegirme a mí.

La ceremonia se prolongó por minutos que parecieron horas. Cuando el hombre de la barba gris cubrió de nuevo el espejo, la sala respiró aliviada. Salimos en fila, cada quien devorado por sus pensamientos.

En el pasillo, la mujer del Corriere me tomó del brazo.

—No le mire a los ojos. Si le busca en un espejo, no le devuelva la mirada. Esas presencias son ancestrales, pero se han adaptado. La vigilancia ahora es simultánea: somos espejos los unos de los otros.

Quise negarlo todo, pero mi espíritu estaba quebrado.

Aquella madrugada, desvelado, escribí compulsivamente en un cuaderno de tapas azules:

“Ellos saben. Ellos han estado aquí desde siempre. El complot es el parapeto de lo real: lo que tememos es solo el anzuelo. Lo auténticamente aterrador es la calma, el modo en que penetran en nosotros a través de los reflejos. Estamos compartiendo nuestra mirada, nuestro rostro, con algo que no entiende de límites, ni de privacidad.”

Al día siguiente, durante una mesa redonda, un nuevo conferenciante —joven, recientemente incorporado al programa— tomó la palabra. Llevaba el mismo pin dorado en la solapa. Sus ojos eran opalescentes, sin brillo. Habló de la historia oculta de los sistemas de vigilancia, pero su voz era fría, pregrabada, y no respondía a ninguna pregunta con exactitud.

Me involucré en la conversación, pregunté sobre la psicología del vigilado. Él, sin mirarme, respondió:

—Conocernos es cartografiarnos. Pero lo interesante es cuando el mapa deja de tener sentido.

Una alarma se disparó en los altavoces. Hubo un breve revuelo. La gente salió con orden, sin gritos, pero en sus rostros flotaba un residuo de terror.

En el vestíbulo, vi a la mujer del Corriere en la distancia. Trató de alcanzarme, pero algo la detuvo: alguien la sujetó del brazo y la arrastró a una oficina lateral. Me acerqué lo suficiente para ver que quien la dirigía era el hombre de la barba gris. Él me miró una sola vez, luego echó el cerrojo.

Regresé a mi hotel, solitario y trastornado. Mientras cerraba la puerta de mi habitación, sentí la pulsación del pin en mi chaqueta. Dudé. Di la vuelta al espejo del baño y lo cubrí con una toalla.

Esa noche, tuve pesadillas. Me veía en corredores infinitos, parado entre puertas idénticas. En cada puerta, un ojo pintado —abierto, expectante—. Sabía intuitivamente que era observado desde dentro. En la vigilia, cuando desperté, tenía la impresión de que mi respiración era duplicada, replicada en un rincón oscuro de la habitación, donde la sombra parecía más densa y extendida.

Durante el desayuno, en la mesa de esquina, la recepcionista se me acercó.

—Nos vamos pronto —dijo, en voz baja—. Cuando terminen los talleres, el club se muda. Cierre bien los espejos, guarde el pin. No acepte invitaciones extrañas. Hay cosas que no pueden seguirle si no les da usted su reflejo.

Comprendí que no era un consejo, sino una advertencia. No me atreví a preguntar más.

El congreso terminó aquella tarde. Al salir, sentí el impulso de mirar una última vez el vestíbulo vacío, pero resistí. En el taxi al aeropuerto, casi a punto de abandonar la ciudad, creí ver, en el retrovisor, unos ojos brillando en el asiento trasero, donde nadie se sentaba. Y supe ya para siempre que la vigilancia no era un aparato, ni una política de Estado, sino una simetría oscura, un eco de nuestra incredulidad ante lo imposible.

A veces, me cruzo con extraños en otras ciudades. Algunos me sonríen, otros tocan su solapa como en saludo secreto. No he vuelto a acercarme a un espejo sin recordar el frío de aquella mano oscura sobre mi mejilla, ni a escuchar mis pensamientos privados sin sospechar que no son del todo míos.

En este vasto congreso de ojos velados, la paranoia no es debilidad, sino instinto. Porque hay cosas mucho peores que la sospecha: como la certeza absoluta de que, en algún punto, a través de alguna grieta o superficie pulida, ellos, los del otro lado, están listos para aprender a ser nosotros. Y nunca se cansan de mirar.

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