Portada del relato Las Manos Tras el Espejo
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Fragmento:


Silencio. Y después: el sonido del zumbido detrás del zumbido, una frecuencia grave que reunía todos los rumores ocultos del edificio, del sistema de cañerías, del callejón trasero donde se apilaban las sillas rotas y los plásticos negros.

Duración: 09:55

Las Manos Tras el Espejo
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Texto de ajuste de pausa.

Ralston había aprendido, con la edad, a ignorar muchas cosas. La vibración insistente del refrigerador en el cuarto de al lado al filo de la medianoche. Los postes de luz que parpadeaban al paso de su autobús, como si calcularan su destino. La fatiga, la náusea, la pulsión eléctrica encendiendo las ansias de correr, de dejarlo todo y no mirar atrás. Había aprendido, sobre todo, a ignorar la sensación de ser observado, incluso en la intimidad de su apartamento de una habitación, donde los muros rezumaban humedad y los zumbidos nunca cesaban.

Pero aquella noche, la paranoia de Ralston tenía dientes y sabía morder.

Miraba el televisor sin percibir imágenes. Los colores parecían derretirse en líneas y fractales sin sentido, patrón tras patrón desgastando su percepción, hasta que solo quedó un débil destello sobre la pared. No recordaba cuándo exactamente había empezado a dejar los canales fijos en estática, el blanco y negro borboteando como un mar subterráneo; aunque sí recordaba, con incomodidad, que la estática lo calmaba más que los presentadores nocturnos, tan felices, tan ajenos a la vibración que taladraba su cráneo.

Quizás por eso no fue la televisión quien alertó a Ralston de la presencia extraña, sino un susurro en el cuarto de baño, agudo y líquido, como el escape de una tubería vieja. Saltó de la poltrona, el corazón golpeando en ráfagas, e intentó convencerse de que todo era una simple alucinación provocada por el insomnio, el abuelo de todas las catástrofes personales. Sin embargo, allí estaba, el susurro escalando por el revestimiento de azulejos: arrástrame, arrástrame, se decía a sí mismo, era solo eso, el runrún del agua, pero en su lengua no sonaba a agua sino a palabras, palabras que nadie debía decir.

Ralston cruzó el corredor, los pies descalzos reconociendo un reguero de agua invisible, aunque el piso no estaba mojado. Abrió la puerta del baño con cuidado—más para no asustar al intruso que por precaución propia—, y encontró la habitación sumida en una penumbra artificial. La lámpara funcionaba, pero la luz parecía reprimida, agazapada detrás del espejo, que lo devolvía con unos ojos más hundidos, más asustados, menos suyos.

Era el reflejo del teléfono lo que lo detuvo. Su viejo teléfono de baquelita reposaba sobre la cisterna, exactamente donde nunca lo había dejado. Aquella reliquia, de disco giratorio, blanco amarillento, lo había pertenecido a su madre, y Ralston lo mantenía solo por nostalgia. Jamás lo conectaba. El cable trenzado colgaba inútil, pero entonces, al mirar el reflejo, vio que en la imagen, el cable sí estaba enchufado.

Un frío inhumano le recorrió la espina dorsal. Giró, arrastrado por una determinación que no sentía como propia, y lo examinó: el cable del teléfono serpenteaba hasta la toma de la pared. Lo había conectado. ¿Cuándo? No podía recordarlo. Una pulsación metálica, irregular, se adueñó de su pecho.

El viejo timbre sonó, sacando un lamento antiguo y quejumbroso que lo hizo taparse los oídos. El primer impulso fue arrancar el aparato de cuajo y arrojarlo por la ventana, pero en cambio, se descubrió a sí mismo levantando el auricular—el peso de la baquelita era familiar, reposando con una ternura glacial en su palma—y presionándolo contra la oreja.

Silencio. Y después: el sonido del zumbido detrás del zumbido, una frecuencia grave que reunía todos los rumores ocultos del edificio, del sistema de cañerías, del callejón trasero donde se apilaban las sillas rotas y los plásticos negros.

—¿Ralston?—Una voz femenina, desincronizada, doble o triple, que reptaba en una nota a la vez irritada, melódica, y totalmente ajena—. ¿Sigues ahí?

Él no contestó. La voz rió.

—Creí que habías aprendido a escuchar. Siempre vigilamos a quienes saben escuchar.

Ralston sintió que las palabras no eran para él, sino para alguien detrás de él. Amenazaron con envolverlo, como una niebla ronca. La voz susurró algo más, necia y goteante, pero el significado se le escapaba, como la memoria de un suceso infantil.

El auricular perdió peso, como si ya no estuviera hecho de materia, sólo de la tensión del miedo. Ralston colgó y, al volver la vista, se topó con su reflejo. Sus propios movimientos, levemente retrasados, parecían coreografiados por una fuerza exterior, la cabeza girando en ángulos antinaturales.

Enfrentado de nuevo al pasillo, percibió el olor a polvo quemado. Un parpadeo de luz roja provenía del salón. Su móvil—el único teléfono que debía funcionar en la casa—vibraba sobre la mesa de la sala. El nombre en pantalla era desconocido: simplemente decía “LA SOCIEDAD DEL UMBRAL 23”, en mayúsculas.

Ralston no recordaba haber agregado contacto alguno con ese nombre. Las letras, aunque banales, parecían portadoras de algo peor que el peligro: traían la promesa de una verdad inaceptable.

No contestó. Dejó que sonara hasta apagarse. El móvil vibró otra vez, un impulso animal e irrefrenable que lo llevó, igual que un fuego subcutáneo, a tomarlo y arrojarlo contra la pared. Cayó en pedazos, sin liberar el resplandor rojo de su interior, solo un destello y después la negrura.

Ralston se dejó caer en el sofá. Sabía, con una lucidez aterradora, que no había terminado. El apartamento, de repente más pequeño y recalentado, parecía mirar hacia adentro de sí mismo, doblando la perspectiva como un cubo cerrado sobre su muñeca.

Entonces, los golpes comenzaron.

Tres, secos, en la puerta de entrada. Luego, silencio. No se movió. Cuando el siguiente golpe llegó, era un goteo, una sinfonía de nudillos que se deslizaba hacia arriba por los marcos de las puertas interiores. Golpeaban el armario, la alacena, el set de estantes donde almacenaba los libros polvorientos que jamás se atrevía a releer.

Ralston no supo cuántas horas pasaron. La luz apareció por fin a través de las persianas, fragmentada y gris, y con ella llegó una calma que olía a látex y formaldehído. Se arrastró hasta la puerta y miró por la mirilla: nada. Acaso, del otro lado, su propio ojo reflejándose en algún material pulido, perpetuando el miserable ciclo.

Dormitó un poco. Despertó cuando el cartero empujó un sobre grueso por debajo de la puerta. El remitente, ilegible, presentaba un escudo minúsculo: tres aldabas y un ojo rodeado de números.

Ralston abrió el sobre. Dentro encontró un solo folio plegado:

“UDI ABAJO, CÍRCULO 23. HAS PASADO LA PRUEBA.”

Y un diagrama semejante a un plano, ambiguo y modular, con líneas y puntos resaltados en rojo. Miró el papel un largo rato antes de entender—la disposición coincidía con el piso de su propio apartamento y sugería rutas imposibles, caminos alternos a través de una geometría superpuesta.

Pronto tocaron la puerta de nuevo. Esta vez, el sonido fue más bien un deslizamiento, una especie de roce suave, como si una mano—larga y pétrea—jugara con la suciedad del marco.

—Admítelos—murmuró la voz en su cabeza. Era la voz femenina del teléfono, ahora más cerca, arrulladora y venenosa—. Ralston, ya estás con nosotros.

No sabía si había pronunciado esas palabras él mismo, pero obedeció. La puerta se abrió sola, sin esfuerzo aparente, y el pasillo externo desbordó hacia adentro una procesión de figuras: hombres y mujeres muy altos, abrigos hasta los tobillos, guantes negros y gafas opacas incluso a pleno día. Caminaban en silencio, formando semicírculos alrededor de Ralston, que apenas se sostuvo de pie.

Uno se adelantó. Bajo el abrigo colgaban insignias doradas, y su rostro era una sucesión de copias imperfectas de sí mismo: se desdoblaba y recomponía, siempre el mismo gesto inescrutable. Susurró:

—La realidad es una herida que nunca deja de sangrar, y los que vigilan son también vigilados. Siempre te observamos a través del cristal.

Ralston notó que sus propios pies no tocaban el suelo. Los visitantes levantaron la palma de la mano derecha, mostrando la cicatriz de un círculo cruzado por un clavo. Sintió el impulso de reproducir ese gesto, aunque no supiera cómo. Sabía, en algún pliegue subcortical, que cada uno de esos seres era un eco de sí mismo en otros lugares, otros tiempos: la misma Sociedad, la misma sospecha recorriendo los pasillos del mundo.

Los abrigos lo rodearon, avanzando en bloque. Lo último que vio antes de que la oscuridad lo reabsorbiera fue su propio rostro en el espejo: desfigurado, lleno de bocas diminutas murmurando secretos imposibles.

Despertó atado a una silla, en una sala bajo tierra: la luz sólo provenía de una rendija en lo alto de la pared. Los hombres de negro tomaban notas, listados interminables de nombres y direcciones. Uno de ellos se inclinó y murmuró, muy cerca de su oreja:

—Repita el juramento.

Ralston no recordaba juramento alguno, pero su boca siguió:

—Nada es verdadero, todo está permitido.

La voz repitió:

—¿Sabe por qué fue elegido?

Ralston, hundido en la profundidad de la silla, se sintió sonreír.

—Porque sé escuchar.

Y esa era la peor condena. Los murmullos nunca lo abandonarían; cada frecuencia, cada fuga de sonido, dentro o fuera del mundo audible, sería desde ahora una invitación a escuchar, una llave hacia la siguiente puerta, el siguiente espejo detrás del espejo. La Sociedad jamás deja ir a los que alguna vez han oído.

Aferrado a la silla, el eco del teléfono comenzó otra vez.

Ring.

Ring.

Ring.

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