Fragmento:
Cuando te graduaste en egiptología soñabas con arenas doradas, templos polvorientos y secretos, no con el cubículo enmohecido de una organización que oficialmente ni existía. “División de Represalias Históricas” rezaba el membrete inútil de tu primer folder. Nadie en la universidad sabía que costaba arrancar trozos de la historia a otras naciones, hurtando reliquias a la luz de la luna y archivándolas en sótanos húmedos, de acceso restringido incluso para aquellos con top-secret en la credencial.
Duración: 10:19
Cuando te graduaste en egiptología soñabas con arenas doradas, templos polvorientos y secretos, no con el cubículo enmohecido de una organización que oficialmente ni existía. “División de Represalias Históricas” rezaba el membrete inútil de tu primer folder. Nadie en la universidad sabía que costaba arrancar trozos de la historia a otras naciones, hurtando reliquias a la luz de la luna y archivándolas en sótanos húmedos, de acceso restringido incluso para aquellos con top-secret en la credencial.
Te aseguraron que lo peor que lucharías serían litigios internacionales, pero los expedientes comienzan a ejercer otra clase de presión con los años. Daño colateral psicológico, te dijeron, mientras contemplabas el pulso trémulo de tu café humeante. Paranoia de los corredores solitarios, la llamada telefónica donde nadie habla, la certeza de que tal vez alguien te vigila, aunque sabes que no eres nadie para merecerlo. Al menos eso creías.
El edificio federal donde trabajas es igual de gris que tu traje y el clima. Los tubos rechinan tras las paredes como si fueran tibias pulidas. A veces, mientras tecleas reportes absurdos, te parece escuchar algo más que el goteo de la humedad: pasos, roce de tela, una respiración opaca en la sala de colecciones prohibidas. Te repites: solo son viejas leyendas egipcias, solo son sombras de un día de inventario largo.
Aquella noche, te encuentras solo en el pasillo de artefactos restringidos. Un fallo en el sistema te obliga a revisar físicamente la sección E - siempre has odiado E, no por superstición sino porque allí duerme la pieza más odiada, el Sarcófago Basset. Fue rescatado de una excavación británica en 1921, indemne tras siglos tapiado en cuarzo azul. Casi nadie lo menciona fuera de protocolos.
De reojo, incluso bajo los focos de neón, el sarcófago emite un aura difícil de calificar. Nada luce podrido, pero sientes que cada rincón es vigilado. Sus grabados están intactos: dioses en gestos furiosos, jeroglíficos no traducidos. Tocas el sello de plomo que el museo puso hace más de medio siglo. A la luz, el metal parece sudar, algo imposible.
Una tos te corta la concentración. Crees escuchar pasos tras la puerta. Giras. Nadie. Golpeas suavemente en la madera, sientes la vibración, un leve “clic” como una caja de seguridad liberando una traba interna. Parpadeas incómodo. Quizá sea solo la tensión.
Al regresar a tu escritorio notas que tu bandeja personal, esa que nunca nadie toca, está desplazada dos centímetros a la derecha. No le das importancia. Quizás chocaste con ella antes. Pero en su interior hay un sobre que no reconoces, papel grueso, amarillento y sellado con cera negra. Sin remitente.
Lo abres. Dentro, una sola palabra manuscrita: “Despierta”.
De inmediato buscas en el feed de seguridad; no hay registros de entradas en ese pasillo en las últimas dos horas, solo tú y tu reflejo proyectado por las cámaras. El sobre tampoco aparece en el video. Cuando intentas acceder al historial del sarcófago, tu terminal se cuelga. Una gota de sudor te recorre la frente. Te repites: trabajo demasiado.
En casa, la sensación de ser observado no cesa. Las sombras parecen burilarse con figuras acurrucadas. Culpas al insomnio y al hecho de haber navegado hasta la madrugada por artículos sobre “residuos psíquicos egipcios” y “tecnomagia de Ramsés”. Lo de siempre, que luego olvidas con el desayuno y el dolor de cabeza.
Pero a partir de esa noche, todos los días, dentro de tu cajón encuentras pequeños fragmentos de papiro, grisáceos y quebradizos, inscriptos con símbolos no reconocibles. No lo dices a nadie. Escaneas los fragmentos y los comparas con tus fuentes académicas: nada. No existen esos signos en la base oficial.
La paranoia crece, se solidifica. Las toses, los pasos, ese roce permanente de vendas ásperas, de un cuerpo arrastrándose apenas más allá de la luz. Ves figuras por el rabillo del ojo, huyendo entre pasillos. Los colegas te miran como si supieran algo. Hasta el jefe, distante y nervioso, te convoca a una reunión privada. Allí, sin rodeos, te pregunta por “los informes” sobre el Sarcófago Basset. Tú lo niegas; él te muestra un documento con tu firma y tu clave, detallando una apertura y cierre de la cripta.
“No he estado allí,” juras.
Él te mira en silencio. Te suelta la frase que cambia el curso de tu vida: “Algunos objetos de la colección... no deben ser observados mucho tiempo.”
Horas después, tu acceso a la base está bloqueado. Tus tarjetas no pasan el scan. En casa, la televisión solo emite estática, y la línea telefónica solo da tono a la hora exacta: el “clic” que oíste antes. Miras la ventana y juras ver una silueta, lo que parece una túnica ligera ondeando aunque no hay viento.
La paranoia se vuelve pánico real cuando dos hombres de seguridad golpean tu puerta dos noches después. Se presentan como compañeros de “contingencia y restauración”. Te piden tu papeleo, documentos, los fragmentos de papiro. Dices que no tienes nada y, casi con alivio, compruebas que efectivamente, todos los papiros han desaparecido. No queda ni rastro. Ni siquiera el polvo donde dormían.
“Lo que poseía el sarcófago,” dice uno, “siempre regresa a casa.”
Sus palabras no tienen sentido, pero tu piel eriza. Esa madrugada, la puerta de tu departamento se abre y la alarma no suena. Cuando te asomas ves solo oscuridad, pero hueles humedad, hierba podrida, una acidez metálica imposible. Un peso se cierne sobre tu pecho. Caes en un duermevela denso, entre sueños de túneles imposibles, muros cubiertos de vendas blancas, ojos negros mirándote sin parpadear. Sientes que bajo la piel caminan cosas diminutas, reptiles, insectos, que suben y bajan tus músculos en espiral.
Día tras día, la obsesión te consume. Dejas de dormir del todo. Empiezas a garabatear signos en los espejos del baño, en la mesa de la cocina, sin recordar haberlo hecho. Un colega te llama al móvil y lo primero que te pregunta, en susurros contenidos, es si “también ves a los hombres de vendas”.
Cortas la llamada. Te das cuenta, al mirar por la ventana, que todos los autos estacionados frente a tu edificio son idénticos al tuyo. Todos. Mismo color, marca, matrícula. Cuando bajas, todos desaparecen como si fueran polvo. Alzas la vista al rellano y ves, por fin, la silueta completa. El rostro oculto bajo vendas antiguas, cubierto en polvo, con ojos huecos y brillantes. Imposible distinguir si sonríe… pero tú lo crees.
Intentas volver al trabajo, cuenta de correo cancelada, número de identificación deshabilitado. El guardia de la puerta te mira como si no existieras o fueras una fotografía pasada de moda. La ciudad te parece más hostil, ruidos de sirenas que no cesan, rostros que no reconoces, pero que insisten en mirarte largo rato desde la multitud, hasta que parpadeas y ya no están.
El sueño del sarcófago, cada noche, cada vez más claro: una ceremonia oculta, sumo sacerdote entregando algo a un ser cubierto de señales, rodeado de corte de escribas con rostros embozados, piel flácida apenas sujeta por vendas. Todos te miran como si esperaras una señal para participar.
Un correo anónimo, un solo archivo: “Vid_BAsset_RECOVERED”. Contra toda lógica, lo abres. Aparece la imagen nebulosa del sarcófago, ángulo de seguridad, el foco claramente descompuesto. En un cuadro, se ve la figura larga, delgada, vendada hasta las uñas, moverse. No camina exactamente: se desliza. Su sombra se estira como si la luz cediera a su paso. La cámara se apaga abruptamente tras un parpadeo blanco.
El mensaje adjunto: “SE TE HA ENCOMENDADO LA VIGILIA”. Sin firma.
El archivo es irrecuperable después de verla. Tu computadora muere, luego chisporrotea y se apaga para siempre.
Evitas el apartamento durante días. Duermes en hoteles fugaces, bajo nombres inventados. El hombre de vendas (o lo que sea que sea) te sigue con paciencia implacable, moviéndose entre reflejos, entre ruidos de cañerías y pasos huecos. Una noche, al despertar, tienes junto a tu cama un trozo de lino polvoriento, con manchas de lo que parece sangre vieja y un solo ojo dibujado en el centro. No te atreves a tocarlo, pero el simple hecho de verlo te produce un asco sumado a una súbita tristeza.
La paranoia se convierte en certeza: todo está tramado. El sarcófago nunca debió ser abierto ni movido de Egipto, nunca enviado a la División, nunca permitido existir fuera de la oscuridad de las arenas. Sonríes pese al pánico, pues entiendes, con el dolor de quien resuelve un enigma, que ni tú ni nadie trabajaba para el gobierno americano. Que la División es teatral, y que los documentos inventan y destruyen realidades a placer. Que siempre trabajaste, de algún modo no humano, para otras fuerzas: rituales que sobreviven al hombre, pasados sellados en polvo y hueso.
En el último sueño, no sueñas: DESPIERTAS ahí, bajo el sarcófago. Tus manos son pálidas y vendadas, tus ojos secos y enormes. No oyes tu propia voz, pero los otros, rostros de embalsamadores eternos, miran agradecidos tu regreso. En la penumbra, el jefe y los colegas son simples acólitos intercambiables, actores de una trama que nunca quiso público. El hombre de vendas te toma del brazo y dice sin palabras: "Siempre has sido tú."
Finalmente, entiendes: no fuiste víctima; eres custodio, centinela de algo que trasciende clavos, cajas, archivos. Lo que custodiabas eras tú mismo, al soñar emparchado, eternamente vigilando la frontera entre el mundo y lo que no debe saberse.
El alarmante consuelo te embriaga. Ahora nadie te vigila. Nadie, excepto tus propias manos. Quizás la verdadera conspiración nunca existió fuera de tus vendas, y el resto del mundo —ese que gira ajeno y despreocupado— ni siquiera sabrá que, en un sótano húmedo bajo la ciudad, tú solo sostienes el equilibrio. Hasta que, una vez más, alguien abra la puerta por error.
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