Portada del relato Las Sombras de los Observadores
Sin valoraciones
  Leer   Escuchar   PDF   ePub   Compartir

Fragmento:


Fue entonces cuando recordé la vieja conspiración: los Observadores. Desde joven había leído en foros oscuros la idea de que ciertas entidades siguieron los pasos de los pocos inmortales esparcidos en la tierra, documentando y condicionando su existencia, como naturalistas crueles observando un experimento incompleto. “El Juego nunca permite que los jugadores se oculten eternamente”, decía uno de los posts. Durante años había considerado esas historias como desvaríos o, en el mejor de los casos, simples metáforas de la soledad perpetua, el castigo del tiempo que nunca termina. Pero la carta, las sombras, los ojos en los espejos... todo adquiría nuevo sentido.

Duración: 10:57

Las Sombras de los Observadores
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

La carta llegó doblada en cuatro, el papel demasiado blanco. Alguien la deslizó por debajo de la puerta de mi apartamento poco antes del amanecer—lo supe por la cámara que instalé en el pasillo hace meses, obsesivo con la vigilancia, el control. En el vídeo se ven unos zapatos negros cruzando el encuadre, el sonido opaco del sobre deslizándose sobre el parqué. No logré captar el rostro. Después de revisar la grabación por tercera vez noté una interferencia en la imagen, una sombra en la esquina que, aunque la rebobiné cuadro por cuadro, nunca se disipó del todo.

Vivía solo desde hacía casi un año tras romper con Emma. La paranoia llegó primero como una molestia, un gato negro cruzando mi periferia. Al principio pensé que era sólo el insomnio, después, el trabajo o la incomodidad de mi propio cuerpo cuando caminaba por la ciudad y sentía las miradas de todos, como si fueran demasiado largas para ser casuales. Pero la carta fue la prueba material de que algo pasaba. En ella, una sola frase escrita con tinta inclinada:

"Todavía te están observando. No te detengas nunca".

Mi nombre es Héctor y tengo 42 años. Recibí la carta un jueves de abril. Me volví inmortal a los 29, aunque durante mucho tiempo me convencí de que era sólo una anomalía biológica, una enfermedad rara que ralentizó, casi suspendió, mi envejecimiento. Nadie más lo sabe. Nadie humano, al menos. Tomé la costumbre de mudarme cada década, fingir accidentes, cortes de pelo drásticos, pasaportes falsos—y todo con una meticulosidad que rayaba en el arte. Pensé que lo hacía bien. Pero, esa mañana, con la carta entre los dedos, me convencí de que alguien, o algo, me había encontrado.

***

Durante los siguientes días, noté detalles alterados en mi rutina: la lejía de la escalera olía distinto, mi ordenador se quedaba encendido por las noches aunque era lo último que comprobaba antes de dormir. El reflejo en el espejo del ascensor—que siempre tardaba un parpadeo de más en devolverme mi imagen—ahora mostraba destellos en la puerta de acero pulido, siluetas blancas donde debería haber solo mi figura. Decidí no salir. Dejé el móvil encima de la nevera, desconectado. Sellé la mirilla de la puerta con cinta negra. Durante dos días, solo comí pan de molde y bebí agua del grifo, con la certeza, aunque absurda, de que cualquier cosa traía mensajes, rastros, venenos lentos.

A la tercera noche, soñé con Emma por primera vez en meses. Ella estaba todavía viva, en la cama junto a mí, sólo que no dormía, sino que me observaba tras unos párpados entreabiertos, apenas una rendija—y en el sueño yo entendía, con certeza insoportable, que no era Emma, sino otra cosa, un ser curioso, disfrazado con su piel para acercarse sin asustarme. Me desperté bruscamente a las 4:38 y sentí náuseas, como si hubiera viajado demasiado rápido a través del sueño. Bajé a la cocina y, mientras llenaba el vaso de agua, vi algo arrastrarse bajo la rendija de la puerta del baño, un ruido líquido, como de piel desnuda sobre cerámica. Me quedé paralizado ante la visión de una sombra imposible, informe, deslizándose fuera del alcance de la luz.

Estaba convencido: alguien entró en mi casa mientras dormía, o mejor dicho; algo quería que creyera eso.

***

Al alba revisé la cámara del pasillo. El archivo estaba dañado. Solo conseguí extraer un fragmento de imagen: una silueta agazapada, con miembros demasiado largos y cabeza curvada, como si se hubiera agachado para no golpear el marco de la puerta. Un reflejo en sus ojos. Pero más aterrador fue el fondo, donde pude distinguir mi propio rostro, borroso y pálido, mirando directamente al objetivo, como si ese yo hubiese estado ahí toda la noche, ajeno y atento.

Decidí salir a la calle por primera vez desde la carta. Al pisar la acera tuve la sensación de que los peatones evitaban mirarme directamente, pero aún así percibía su atención, su curiosidad malsana, repartida entre sus teléfonos, sus auriculares y sus pasos apurados. Crucé la plaza y entré en la cafetería más abarrotada, como buscando disolver mi presencia entre los murmullos y la rutina de los demás. Pedí un café, pero la camarera se equivocó de nombre y me lo sirvió sin azúcar. Observé sus manos: temblaban ligeramente. No era miedo, era conocimiento. Sabía, de algún modo, quién era yo.

Repetí ese ritual durante días. Cada vez que salía, sentía la vigilancia acrecentarse. Mensajes anónimos en mi correo (“¿No tienes suficiente tiempo ya?” o “Mírate al reflejo de las vitrinas del supermercado”). Dejé de mirarme al espejeo. Un hombre de barba gris y abrigo largo se sentaba siempre dos mesas detrás de mí en el parque, fingiendo leer un periódico. Un coche negro sin matrícula aparcado frente al portal. Las cámaras del metro girando con un zumbido eléctrico, apuntando siempre donde yo estaba, aunque ningún otro pasajero parecía percatarse.

Fue entonces cuando recordé la vieja conspiración: los Observadores. Desde joven había leído en foros oscuros la idea de que ciertas entidades siguieron los pasos de los pocos inmortales esparcidos en la tierra, documentando y condicionando su existencia, como naturalistas crueles observando un experimento incompleto. “El Juego nunca permite que los jugadores se oculten eternamente”, decía uno de los posts. Durante años había considerado esas historias como desvaríos o, en el mejor de los casos, simples metáforas de la soledad perpetua, el castigo del tiempo que nunca termina. Pero la carta, las sombras, los ojos en los espejos... todo adquiría nuevo sentido.

***

Pasé noches sin dormir, leyendo los mensajes cifrados en foros de la deep web, intercambiando teorías con otros supuestos “agentes”—aunque cada vez parecía más probable que todos los perfiles eran solo imágenes generadas, bots que repetían mis propios miedos en nuevas combinaciones. Entre los textos encontré una dirección; una antigua nave industrial en las afueras de la ciudad. Supuestamente, uno de los Observadores utilizaba ese lugar para registrar “etapas”, ciclos vitales de los individuos marcados como “inmortales anómalos”.

Me cité a mí mismo allí, un miércoles a medianoche, por si acaso alguien leía mis mensajes o intervenía mi conexión. Sabía que era estúpido, que exponía mi rastro físico, pero la ansiedad pudo más que la razón.

***

La nave, oxidada y cubierta de pintadas, parecía abandonada desde hacía décadas. Forcé la puerta lateral y avancé entre sombras. El interior olía a humedad, a materiales en descomposición. A lo lejos, distinguí una lámpara encendida sobre una mesa metálica. La luz arrojaba un círculo blanco sobre pilas de carpetas, fotografías en blanco y negro. Y, de pie junto a la lámpara, la misma figura de mis pesadillas: alta, encorvada, cubierta con ropa oscura, rostro borroso.

No tenía ojos, sólo dos hendiduras donde la piel parecía absorber la luz.

—Me has encontrado —dijo, con voz inexpresiva.

No respondí. Mi cuerpo vibraba, ansioso por huir, pero una fuerza invisible me anclaba al cemento. La figura cogió una carpeta y la deslizó por la mesa. Al abrirla vi fotos de mí mismo: fotos de hace 20, 30, 50 años. Fotos imposibles, de lugares y fechas que apenas recordaba. En todas llevaba la misma expresión de alerta, los mismos ojos abiertos y asustados que, ahora, reconocía completamente. Eran los ojos de alguien que lo ha visto todo, sin poder olvidar.

—¿Qué quieres de mí?

—El experimento nunca termina. Los que viven fuera del ciclo necesitan que las piezas, tú, sigan en movimiento. Cambia de nombre, de ciudad, de hábito—pero nosotros estamos aquí para asegurar que nunca te detengas, nunca te fundas con la multitud.

—¿Quién sois exactamente?

Se inclinó un poco más, la piel emitiendo esa textura imposible de mirar directamente.

—No importa. Lo único importante es lo que no puedes hacer: morir. El resto… son detalles. Creíste que eras invisible, Héctor, pero sólo eras parte del juego. Nosotros observamos, tú sobrevives. Alguien debe cuidar la jaula desde fuera.

—¿Y los demás? ¿Hay más como yo?

No contestó. En vez de eso, me ofreció un pequeño espejo ovalado.

—Mira allí cuando no recuerdes quién eres. Verás todo: pasado, presente, y también lo que nunca podrás tener.

Tomé el espejo. En el reflejo, mi rostro empezaba a desdibujarse, a superponerse cientos de caras similares, fundiéndose una sobre otra como si el tiempo se desmoronara en un bucle repetido eternamente. Por primera vez, sentí el verdadero terror: no que me estuvieran vigilando, sino que yo mismo era solo una reproducción, un eco interminable del mismo yo, inventando excusas, cartas, amenazas, porque sin ellas no existía.

Me miré a los ojos—y supe que el Observador era otro yo, apenas unos años, unas máscaras por delante en el mismo juego.

***

Regresé a mi apartamento, la ciudad había cambiado; las calles se curvaban en ángulos imposibles, el barrio era el mismo y no lo era. Los rostros en la multitud tenían ese aire borroso, hueco. Al llegar, sobre la mesa, encontré una segunda carta: “La observación continua. Muévete de nuevo.”

Saqué el espejo. Vi, dentro del reflejo, una tercera versión de mí soñando con Emma, y una cuarta versión sentada ahora viendo este relato desplegarse en la pantalla, preguntándose qué es verdad y qué no. Escuché el paso líquido de una nueva presencia bajo la puerta del baño.

Nadie deja de estar observado nunca. Eso es la verdadera inmortalidad: presenciarte a ti mismo, multiplicado en infinitas variantes, sin posibilidad de detener el ciclo. El experimento sigue, el juego nunca termina. Y en la jaula, siempre hay sitio para uno más.

Y tú también estás redactando este relato, asegurando que la vigilancia no cese. Si alguna vez encuentras una carta doblada en cuatro bajo tu puerta antes del amanecer, no mires atrás. Ya es demasiado tarde: eres parte de la observación. Eso lo sabrás—si tienes suerte—a tiempo de quedarte quieto. Pero no lo harás.

Nadie lo hace.

Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.