Fragmento:
Tomoko asintió y encendió la cámara. La pantalla chisporroteó antes de mostrar una fecha: 2007. Nadie dijo nada, pero a todos les sonó extraño. Esa cámara no era de nadie en especial; apareció inesperadamente en casa de Tomoko hacía días, entre cajas de su mudanza.
Duración: 10:50
El frío era de ese tipo que te penetra hasta el tuétano, aunque en el interior del departamento se suponía que debían estar a salvo. El ventilador oscilaba en la esquina y arrojaba un aliento gastado. En el centro del living, seis amigos dispersaban botanas y bebida en torno a una mesa baja, agrietada en las esquinas.
El reloj de pared daba las once y veinticuatro cuando Tomoko propuso el juego. Ella sonreía demasiado amplio para ser auténtico, sus ojos relucían con una promesa sucia.
—Tengo algo especial esta noche, chicos —dijo, y sacó una cámara digital añeja de su mochila. Los otros la miraron con una mezcla de expectación y resignación: Tomoko siempre tenía “algo especial”, y nunca era reconfortante.
Yuriko se mordió el labio. Koichi, que ya había bebido más de lo recomendable, se deslizó más cerca. Dámaso, el único extranjero, repitió como eco:
—¿Un juego de fotos? ¿Old-school?
Tomoko asintió y encendió la cámara. La pantalla chisporroteó antes de mostrar una fecha: 2007. Nadie dijo nada, pero a todos les sonó extraño. Esa cámara no era de nadie en especial; apareció inesperadamente en casa de Tomoko hacía días, entre cajas de su mudanza.
—La idea es esta —explicó Tomoko, con más gravedad—: vamos a tomar una foto grupal cada media hora hasta el amanecer. Luego, vemos lo que aparece. ¿Se animan?
Rio, la más callada, masculló desde el fondo:
—¿Y si no queremos ver lo que sale?
Tomoko esbozó media sonrisa en lugar de respuesta. El acuerdo fue tácito. Yasuo, que había estado murmurando mensajes de texto a alguien ajeno, se resignó con un encogimiento de hombros.
La primera foto la tomaron nada más decidirlo. Todos en el sofá; algunos sonrisas verdaderas, otras curvadas por el alcohol. Tomoko apretó el botón y el flash reventó en el cuarto, devolviendo un instante tan plano como el papel. Había un ligero temblor en la toma, como si el aire mismo vibrara entre ellos.
—¿Y ahora qué? —preguntó Dámaso, mirando a Tomoko con burla afectuosa.
—Ahora esperamos —dijo ella, y dejó la cámara sobre la mesa, ligeramente ladeada, apuntando a la puerta cerrada del pasillo.
Las charlas se reanudaron. El ventilador zumbaba con obstinación. Las botanas iban menguando. Una botella de sake giró en el centro, cambiando de manos. Yasuo propuso, a media voz, que revisaran las noticias: “Hay protestas afuera, ¿sabían? Apagones raros. Zonas enteras sin señal.” Los demás rodaron los ojos.
Hubo un momento en que la conversación languideció, y fue entonces, justo antes de la segunda foto, que Rio murmuró:
—Esa cámara… No recuerdo haberla visto antes de esta semana.
Los demás la miraron, y Tomoko, como si hubiera estado esperando la señal, tomó de nuevo la cámara. El reloj marcaba medianoche exacta cuando disparó el flash. Esta vez, algo cayó en la cocina; un ruido quebradizo, visceral. Koichi se levantó, pero no llegó a encender la luz del pasillo.
—Fue la gata —dijo, aunque nadie tenía mascota.
Después de la segunda foto, Dámaso comenzó a actuar raro. Miraba su celular, como esperando que reviviera de entre los muertos: no había señal desde hacía media hora. Rio intentó bromear sobre ello. Yuriko decía, cada vez más bajo, que sentía presión en el pecho. El ventilador, ahora sólo olía a polvo viejo.
Cuando Tomoko tomó la tercera foto, Koichi se negó a mirar a la lente. Se encogió, encapuchado en su sudadera. El flash iluminó su silueta oblicua en el sofá, y por un instante todos juraron escuchar algo detrás del zumbido del foco incandescente. Era una especie de susurro, o el roce de una lengua sobre una pared.
Al revisar la pantalla de la cámara, no encontraron nada raro, salvo una sombra sobre el hombro de Yasuo, que todos atribuyeron a un truco de luz. Pero nadie lo mencionó en voz alta.
El reloj avanzó hacia la una y cuarto cuando Dámaso, repentinamente pálido, preguntó si notaban el calor. Río contestó que sentía frío, como si la temperatura fluctuara de forma insana. Yuriko pidió abrir la ventana, pero al asomarse vieron la calle completamente vacía. Demasiado vacía para Tokio. Un perro aullaba desde algún punto lejano, y las persianas vibraron levemente con una brisa imposible.
—¿Apagón del gobierno? —preguntó Koichi, poco convencido—. Igual piensan que somos demasiado ruidosos.
Todos rieron con tensión; sabían que ninguna broma podía resolver esa incomodidad. Otra vez la cámara: todos menos Yuriko posaron. Ella masculló que le dolía la cabeza, se cubrió los ojos y se giró. El flash prendió, y una chispa azul cruzó la lente, flotando de forma imposible.
De pronto todos tenían frío. El reloj, que nunca retrasaba, se detuvo en la una y veintisiete. Nadie lo vio moverse más. Yasuo intentó encender el televisor, pero sólo captaron una interferencia negra y elegante. Las notificaciones de los teléfonos estaban congeladas en la pantalla, fijas como dientes en un cadáver.
—Creo que algo anda mal —dijo Dámaso, apenas audible.
La siguiente foto la tomaron sin hablar, y al revisar la imagen en la pantalla, Rio dejó caer la cámara sobre la mesa. Daño cero, pero todos vieron la razón: en la esquina del sofá, junto a la cabeza de Koichi, había una silueta brumosa, apenas delineada, como el fantasma de una foto sobreexpuesta. La figura no estaba en ninguna toma anterior. La silueta, borrosa pero claramente humana, parecía sujetar los hombros de Koichi.
Nadie hablaba. El pasillo, a oscuras, apestaba a tierra húmeda, como si hubieran cavado bajo la casa. Yuriko comenzó a llorar en silencio. No pidió ayuda; simplemente temblaba, con el rostro oculto.
Tomoko, que hasta ese momento mantenía el control, murmuró:
—Vamos a hacer la siguiente foto con temporizador. Nadie la sostiene, ¿vale?
Configurar el temporizador fue complicado. El menú de la cámara estaba en japonés antiguo, los botones duros de mugre. Tomoko instaló la cámara sobre la mesa apuntando a todos. Corrieron para sentarse: la atmósfera era tan densa como el petróleo. Todos miraban al frente. El flash explotó.
El sonido que siguió no era de esta tierra. Fue como si la cámara absorbiera un grito, un relincho, y lo encajara en la memoria digital. Algo cayó en el baño, una suerte de golpe sordo. Koichi no quiso ir a mirar.
Al acercarse a la cámara para ver la imagen, Yasuo palideció hasta la médula. En la pantalla no estaban sólo ellos: detrás del grupo, emergiendo de la sombra entre el sofá y la ventana, otra silueta, más definida, con los ojos dos círculos de un blanco imposible. Nadie reconoció ese rostro, y lo peor era lo próximo que estaba a Yuriko, apoyando lo que parecía ser una mano sobre su cabeza.
Empezaron a buscar explicaciones, pero todas eran tan ridículas como inquietantes: ¿reflejos? ¿Condensación? ¿Un error en el sensor? Intentaron borrar las fotos, pero la cámara se negaba. Las imágenes no podían eliminarse, sólo verse. Y había un archivo más, uno que nadie recordaba haber tomado: una foto de todos ellos, dormidos en el sofá; sólo que el ángulo era como de alguien parado sobre ellos, directamente encima. La fecha: 2007.
Dámaso, que ya sudaba frío, preguntó a Tomoko dónde había encontrado la cámara.
—La recibí por correo, sin remitente —dijo, demasiado tranquila ahora—. Venía con una nota: “Una vez vistas, no pueden ser desenfocadas.”
Unos segundos de absoluto silencio. El ventilador se detuvo. Las lámparas parpadearon para morir. Afuera, la ciudad estaba ahogada en negrura.
De pronto, los celulares zumbaban todos a la vez, aunque la señal estaba muerta. Un mensaje, duplicado en cada pantalla: “Miren atrás.” Temblor en las voces. Nadie se atrevió. Rio fue la primera en voltearse. Nadie pudo recordar después si gritó, o sólo se desplomó en la alfombra. Los demás siguieron su mirada aunque sus cuerpos se negaban.
En el pasillo, la puerta del baño estaba entreabierta. De la ranura brotaba una mano larga y delgada, un dedo rozando el marco lentamente. La mano no era de nadie del grupo. Nadie se movió, ni siquiera cuando el dedo comenzó a arañar la madera con ritmo obsesivo.
Una ráfaga de viento inexplicable devolvió la energía a la lámpara del techo. Todos estaban sentados, atónitos, viendo cómo el reloj de pared hacía tic-tac, tic-tac, pero las manecillas ahora giraban hacia atrás. Yasuo tomó la cámara y apuntó directo hacia la fuente del pasillo. Apoyó el dedo, cerró los ojos y disparó.
En la pantalla apareció una imagen saltarina, distorsionada. La mano era ahora un brazo, y bajo el marco de la puerta, un rostro, negro como un espejo manchado, los observaba con la complacencia de un depredador satisfecho. La cámara emitió un pitido agudo y se apagó.
La tensión se cortó. El ventilador volvió al zumbido original. Los celulares quedaron como antes, sin señal. Nadie dijo una palabra; uno tras otro, se arrebujaron en el sofá, incapaces de dormir, incapaces de enfrentarse solos al pasillo.
El amanecer fue lento y cruel. La luz rosada se coló por las rendijas, y el reloj, finalmente, marcó las seis exactas. El ventilador dejó de girar. Nadie se atrevía todavía a levantarse. Yuriko fue la primera en romper la parálisis: caminó hasta la puerta del baño. Nada, sólo un cuarto vacío. Volvió a la sala y alzó la cámara: seguía apagada.
Cuando revisaron el dispositivo, descubrieron que las imágenes ya no estaban allí. Sólo había una foto, y era imposible abrirla en la pantalla. Un archivo, corrupto e ilegible. Yasuo intentó transferirlo al ordenador, pero ninguna máquina reconocía ya el formato.
Pero esa noche —y cada noche desde entonces— al cerrar los ojos, cada uno de ellos veía por un instante, rápido como un parpadeo, el mismo rostro borroso que surgía de la sombra. Sintieron por siempre, cuando el ventilador dormía y la ciudad se sumía en silencio, la misma presión helada en la nuca y el ruido lento, desgarrando madera, de una uña que araña su nombre en la oscuridad.
Nunca volvieron a hablar de aquella cámara, ni entre ellos mismos, ni con nadie más. Pero a veces, cuando el reloj parpadea y el pasillo huele a tierra, todos recuerdan que hay imágenes que no se pueden desenfocar. Que lo que mira a través del obturador, alguna noche, no necesita permiso para entrar.
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