Portada del relato El gran resplandor azul
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Fragmento:


Aquel Walmart era exactamente el mismo que todos. Mientras las puertas automáticas se abrían a cada cliente, su aliento era succionado por el zumbido de los compresores en su techo y exhalado por los conductos de ventilación en los baños de empleados. Era una arquitectura diseñada para vaciar y llenar al mismo tiempo, una forma de zombificación casi perfecta: acaba con tus horas, deja aquí tus deseos, sal en deuda. Así lo pensaba Alan mientras, resistiéndose a la modorra que lo había poseído los últimos días, empujaba su carrito chirriante a través de la sección de artículos para el hogar.

Duración: 10:11

El gran resplandor azul
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Texto de ajuste de pausa.

Aquel Walmart era exactamente el mismo que todos. Mientras las puertas automáticas se abrían a cada cliente, su aliento era succionado por el zumbido de los compresores en su techo y exhalado por los conductos de ventilación en los baños de empleados. Era una arquitectura diseñada para vaciar y llenar al mismo tiempo, una forma de zombificación casi perfecta: acaba con tus horas, deja aquí tus deseos, sal en deuda. Así lo pensaba Alan mientras, resistiéndose a la modorra que lo había poseído los últimos días, empujaba su carrito chirriante a través de la sección de artículos para el hogar.

Esa sensación, sin embargo, tenía algo nuevo. Algo que había comenzado no bien recibió la circular por correo: una invitación a la “Noche Azul”, una promoción para clientes especiales, “elegidos por su fidelidad y discreción”, aseguraba el sobre. El sello sin remite remataba la insinuación con unas llamativas letras góticas apenas perceptibles, como grafito sobre carbón. Alan, siempre escéptico pero necesitado de ese sentimiento mezquino de exclusividad, había aceptado. Dicho y hecho: llevaba ya una hora recorriendo los anaqueles, tropezando con otros “invitados”, todos tan taciturnos como él, todos con los nervios cada vez más a flor de piel.

No había música. No había ruido alguno, salvo el zumbido perpetuo de los fluorescentes. En las altavoces, un murmullo, un código Morse eléctrico entre promociones y alertas sutiles. Dicen que las grandes superficies son lugares neutros, sin memoria, pero Alan podía sentir una historia vieja y roñosa pegada a las baldosas. Olía a algo en descomposición, algo más allá de la obviedad de los alimentos abandonados en la sección refrigerada. Era un olor que se colaba entre las latas, los envoltorios, los pasillos. Y ese olor, poco a poco, fue el maridaje perfecto para la paranoia que ascendía.

El círculo de clientes se iba cerrando, como los personajes en un sueño común. Ninguno parecía capaz de articular frases completas. Los empleados, vestidos con chalecos azul oscuro casi negros, se movían en silencio excesivo. Sus nombres en las insignias parecían hechos de letras desvaídas, retazos ilegibles. Un niño pequeño, de unos seis años, corría adelante de Alan, huyendo de una madre completamente desencajada que lo perseguía con un carrito vacío, la boca abierta en un grito mudo. Nadie la ayudó. Nadie reaccionó. Alan giró la cabeza, y ambos desaparecieron tras el pasillo de electrodomésticos.

Fue en ese momento cuando Alan empezó a notar los objetos. No lo común: ni los productos ni los letreros. Se refería a lo que existía en el borde del rabillo del ojo. Una sombra en movimiento, una luz inexplicablemente apagada, el reflejo de un rostro inhumano en la pantalla de una televisión defectuosa. Sugestión, se decía. Sugestión o algo peor. Quizá alguna extraña meditación grupal inducida por la corporación. Les harían comprar televisores de última generación, suscribir tarjetas de crédito, adquirir seguros de extremos impensables. Todo era posible bajo ese techo oblongo, donde la lógica se derretía.

En el área de descuentos, se encontró por fin a sí mismo frente a los refrigeradores. Era como si cada estante le bloquease el acceso a otro estante. La música finalmente volvió, pero no era la típica melodía pop diluida. Era un cántico, bajo y vibrante, de voces masculinas y femeninas mezcladas, apenas audible, reptando por debajo del suelo. Alan bajó la cabeza, azorado. Vio, atrapado entre las baldosas, algo que zozobraba en dirección contraria a la suya. Cuando alzó la vista, el mundo había cambiado.

Ya no quedaba rastro de otros clientes. El pasillo era un túnel. La lógica del supermercado se retorcía: letreros flotaban a media altura, los carritos chirriaban sin nadie que los empuje, los productos estaban alineados en patrones geométricos imposibles. Miró su propio carrito y vio que, en algún momento, alguien había colocado algo en su fondo: una caja grande, negra, envuelta en celofán opaco. No recordaba haberla elegido. Encima, una nota escrita con tinta roja —una caligrafía demasiado fresca, casi húmeda—: “NO ABRIR HASTA LA CEREMONIA”.

Alan se frotó los ojos. La paranoia era una colmena dentro de su cabeza. Se dijo una y otra vez: estas cosas pasan, es la mente humana buscando sentido. Pero al avanzar, cada paso se sentía más lento, como si el aire se hubiese espesado. Al fondo del pasillo, una figura humana se erguía. Era uno de los empleados con chaleco azul oscuro, pero ahora el uniforme estaba decorado con símbolos incomprensibles, árabes o cuneiformes, bordados con hilo plateado que no reflejaba la luz sino que la devoraba.

El empleado le hacía señas. Alan avanzó, contra toda prudencia, sintiendo que presenciar se había vuelto peor que intervenir. El empleado murmuró:

—Es tiempo de reunirse. Los elegidos están listos.

No hubo opción de fuga. Los pasillos se trenzaron detrás de Alan. Los anaqueles se cerraron formando muros, y el zumbido de las luces subió de tono, casi mordiendo la piel. De alguna manera, fue conducido —o arrastrado, ya ni siquiera podía distinguir— a lo que había sido la sección de artículos para el jardín. Bajo la luz violeta de los tubos ultravioletas, decenas de invitados —clientes y staff indistinguibles— formaban círculos concéntricos. Las cajas negras idénticas a la suya llenaban el centro como un altar improvisado.

Alguien alzó la caja de Alan y la abrió, revelando únicamente un espejo opaco que era incapaz de arrojar un reflejo propio, pero sí devolvía el de todos los demás. En ese instante, entendió que ningún humano podía verse en ese cristal: solo las figuras de fondo, los que acechaban entre los anaqueles, los verdaderos habitantes del Walmart.

El cántico creció. Un mensaje, repetido en mil dialectos, golpeaba la base del cráneo de Alan: “Lo que necesitas, usa. Lo que no, ofrenda”. Comprendió, horrorizado, que cada cliente invitado a la ‘Noche Azul’ era otro de los tantos sacrificios anónimos. Que esa invitación no era un premio, sino una selección. Buscaron entre los solitarios, paranoicos, aquellos cuya ausencia nunca sería motivo de búsqueda, los que ya no existían para la sociedad, salvo como engranajes en la maquinaria de consumo.

La ceremonia se multiplicó. Los empleados y algunos clientes extrajeron de las cajas otros objetos, idénticos entre sí: cuchillos de plástico, cubiertos de símbolos, que reflejaban un espectro de colores imposible de mirar sin sentir nauseas. No parecía haber propósito inmediato. No había sangre, solo una entrega. Cuando tuvieron los cuchillos, uno de los asistentes comenzó a rasgar líneas invisibles en el aire, y allí, suspendida, apareció una rendija. Detrás, no había nada, ni color ni oscuridad. Una ausencia hambrienta. Uno a uno, los asistentes —sus número ya incalculables, pues el pasillo parecía ahora abarcar más espacio del que el edificio podría contener— comenzaron a lanzar los objetos personales, identificaciones, tarjetas, fotografías, monedas, incluso relojes y partes del propio uniforme, al vacío.

Alan quiso correr, pero el suelo se abrió bajo sus pies como si el Walmart fuese un enorme vientre, una úlcera cósmica que devoraba a todos los que, en su vida diaria, no se distinguían de la multitud. El vacío arrebató la caja, el espejo, finalmente, su propia cartera, y al intentar sujetarla, sintió que sus dedos no le pertenecían, que eran apéndices controlados a distancia. Se preguntó, aterrorizado, cuándo había dejado de ser dueño de sí mismo. Recordó brevemente una pesadilla infantil: estar mirando desde el fondo de un charco mientras su cuerpo, por fuera, hacía la compra, saludaba al vecino, reía en la sección de panadería, incluso mientras era despedazado por máquinas invisibles.

La ceremonia sólo pareció terminar cuando la grieta se cerró. El cántico enmudeció, la luz volvió a su tono mortecino inicial. La gente empezó a dispersarse de nuevo entre los pasillos; los empleados reaparecieron como de costumbre, con la falsa amabilidad tatuada en la sonrisa. Pero Alan y los otros elegidos sabían que no serían capaces de irse. No de verdad. Él mismo intentó recorrer de nuevo los pasillos hacia la salida. Cada vuelta era más confusa, cada letrero de “EXIT” lo devolvía al mismo centro circular, donde la caja negra yacía —o creyó yacer— aún intacta.

La mente de Alan se fue desvaneciendo. Pensó en su propio cuerpo como en una mercancía olvidada al fondo de una estantería. A veces, el supermercado le dejaba la ilusión de estar vivo: llenaba un carrito, pagaba en una caja, salía hacia un estacionamiento borroso, veía un rastro de cielo antes de perderse, y después, volvía a entrar. Tantas veces como los cultistas necesitaran, tantas veces como lo dictara el contrato infernal que había firmado con su propia soledad.

Una noche cualquiera, un nuevo cliente encontró su propio sobre negro, una invitación que prometía la misma exclusividad, el mismo “premio” de fidelidad y discreción. El ciclo comenzaba otra vez, y bajo las lámparas, invisibles para todos salvo para quienes realmente quieren ver, los verdaderos dueños del Walmart alimentaban el vacío con más carne, con más almas que solo buscaban un precio especial.

Alan aún espera bajo los fluorescentes. Si caminas lo suficiente, si recorres el Walmart a la hora indicada, quizá lo veas: un hombre con ojeras infinitas, custodiando una caja negra abierta, reflejando todas las caras menos la que se mira de frente. Y al escucharlo invitarte con voz hueca al círculo interior, tal vez notes que el eco de su saludo es el mismo que, algún día, usaste tú cuando fuiste elegido.

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