El parabrisas era solo una silueta más contra la negrura informe de la noche de medianos de marzo. Rodolfo había salido del tercer turno de la fábrica y llevaba casi cincuenta kilómetros de carretera secundaria. El sueño mordía, pero algo lo desgarraba por dentro, una inquietud de esas que no logran explicarse al llegar a casa, cuando uno mira el techo blanco desde la cama.
Había algo corriendo al lado del coche.
No era más que un borrón en la periferia de su visión, un bulto caído bajito y gustoso del arcén. Cuando Rolfo viró un poco el volante para afinar el enfoque, desapareció. Un minuto después, asomó en el extremo opuesto.
Eso, sumado al ruido más bien subterráneo —el rumor de madera carcomida, un chirrido desagradable que atrapaba el oído derecho solo a ratos— lo tuvo desguarnecido para lo que venía. Un pequeño cartel, todo astillas y pintura descascarillada, apareció en el margen izquierdo, embadurnado de rojo:
“Circo Inferno. Esta Noche, Aquí Misma. Sorpresa Única.”
Rodolfo ralentizó el coche por puro acto reflejo. Un foco amarillento y titilante bailaba entre la bruma algunos metros más allá en el campo muerto. Un sendero barroso de tierra, recién abierto, cruzaba hacia donde creía que alguien había dejado una carpa improvisada a toda prisa.
Era absurdo. El aire olía a salitre y plástico quemado. Las únicas casas quedaban atrás, cerca del pueblo muerto de Tres Alisios. Nadie monta un circo ahí, se dijo.
Pero la vista del cartel anterior empujó a Rodolfo, más por compulsión que por curiosidad, a dar un giro brusco y meter el Honda por el lodazal, esquivando matas secas que parecían dedos embalsamados brotando del suelo.
La atracción lo envolvió con el primer golpe de música extraviada: una melodía circense, lanzada fragmentada desde algún altavoz roto, que llevaba compases fuera de sitio y trompetas desafinadas.
La carpa emergió en la penumbra como la cascarilla de un huevo ennegrecido. Diminutos bombillos saturados pendían de una cuerda cruzada, y unos pocos coches polvorientos, por sus matrículas y aspecto, parecían haber estado allí meses.
Antes de que Rodolfo pudiera decidir regresar, una figura enclenque, recubierta en espiral de vendas amarillas y grises, salió a su encuentro. En vez de cabeza, tenía un globo negro atado al cuello.
—Bienvenido al show, pase, pase. —La voz era como terciopelo mojado. Tampoco sonaba a hombre ni mujer—. No detenga la fiesta de los vivos.
Rodolfo bajó el vidrio. El olor a cuerpo viejo y humedad le invadió los pulmones. La figura rodeó el coche y las puertas se abrieron solas, los seguros saltaron de golpe. Rodolfo pasó la lengua por los dientes, presa de una náusea pequeña.
Ya fuera del Honda, lo condujeron hacia la carpa central. El globo parecía mirar. Lo peor del globo era que tenía una boca dibujada en tiza negra, unos labios de niño pintados a lo salvaje.
La entrada de la carpa resudaba vapor y una especie de mucosa ácida goteaba de los pliegues bajos. Dentro, la penumbra estaba viva, nerviosa, clavando los ojos invisibles de otros visitantes a su llegada. Había otros, sí, pero ninguno se atrevía a mirarse el uno al otro. Parados entre tablones húmedos y crocantes, el público se agrupaba en pequeños círculos, todos con el aliento a la par, todos erráticos.
En el centro, una pista mal iluminada con neones anaranjados. Y allí, bajo un halo de luz color orina, un presentador deformado. No vestía de frac, sino con una bata quirúrgica abierta en la espalda, dejando ver costillas y pellejo amoratado. El micrófono era una cabeza cortada de peluche con un altavoz insertado en lo que antes había sido la boca.
—¡Damas y caballeros! —tronó el presentador—. Bienvenidos a la última noche antes de la gran tumba. El espectáculo comienza cuando se dejen de engañar.
La risa hueca, miserable, brotó de algún sitio, recorriendo la lona como una cucaracha.
Las luces del público se encendieron abruptamente un segundo: Rodolfo vio que todos los que llenaban la carpa tenían la boca cosida. Algunos solo con un hilo, otros con alambre oxidado. El destello desapareció.
Un par de animales, mitad perro, mitad espantajo, entraron a la pista, moviendo músculos a tramos, con sacudidas de televisor sin señal. Él sintió, sin saber por qué, que no debía mirar.
—Cuidado con el número siguiente. Mide cuánto late tu corazón —susurró el globo-andante, rozando su cuello con dedos ásperos—. Siempre hay uno que escoge quedarse. Siempre hay uno que aprende a irse.
El resto del show fue un trayecto oscuro, cada acto era peor que el anterior, pero Rodolfo se obligó a mirar. Los trapecistas no tenían articulaciones: sus huesos crujían al saltar de un extremo a otro, doblándose en ángulos imposibles. La mujer sierra partía su propio torso bajo aplausos muertos, y los restos viscoseaban el tablado, reptando como sanguijuelas en celo.
Con cada número, la multitud era menos. La fila donde Rodolfo estaba pareció adelgazar, como si las personas se rasparan por la calle de en medio, aspirados por la bruma cuando parpadeabas.
Pronto se fijó también en el público: muchos miraban la pista pero no la veían. Otros, los menos, tenían los ojos vendados, completamente inmóviles. En una esquina, un niño vomitaba sangre azul sobre la bota de un enanito con cara de cucaracha.
Rodolfo calculó que no debía irse aún, al menos no mientras lo mirara el de los globos. Giró la vista buscando una salida, pero todo era orilla de carpa y rostros extraños.
La función mordía fuerte cuando el presentador anunció:
—Es hora de la prueba final. La huida.
La carpa se sacudió como un corazón infartado y la pista se abrió en dos. Todos los que quedaban debían correr, siguiendo un laberinto de pasarelas y túneles costurados con trozos de ventrículo y hueso.
—Si logras salir, te dejamos en paz para siempre. Si no… —Y la voz resonó en las costillas—. Entonces harás función con nosotros.
Empezó la estampida. Rodolfo sintió sus pies deslizarse sobre el aserrín húmedo; las manos, aferradas a la camisa, como si quisieran traspasarle la piel. Intercaló toques a hombros y codos, empujones cegados. Una mujer gritó pegada a la entrada de un túnel, solo para ser absorbida por una tela correosa que la arrastró con un silbido viscoso.
Rodolfo saltó una barrera baja y se arrojó a un pasillo de telón piscoso. El latido del tambor era ensordecedor y confuso. Se escuchaban risitas y palmadas en la oscuridad.
En el fondo, la lona se abrió. La misma figura de vendas y globo negro aguardaba.
—Este es el único camino. Da igual cuántas veces lo intentes, la salida te morderá siempre la cola.
El hombre-globo levantó una mano y la carpa se dobló: la sensación era de caer desde una escalera de incendio, en una pesadilla imposible de despertar. Corría y corría. Distintos pasillos cerrados, cada uno igual de viscoso, salían a la misma pista bajo la luz mortecina. Los otros corredores iban quedando atrás, uno a uno, sus siluetas absorbidas por la tela orgánica, que ahora sudaba un rocío espeso que huele a carne cruda.
Finalmente, Rodolfo llegó exhausto a lo que parecía el extremo contrario de la carpa. Había un manillar de puerta, oxidado y firme. Empujó.
Nada.
La música le taladró los huesos. El presentador apareció girando desde la nada, el torso putrefacto y la cabeza de peluche seccionada, ahora con el rostro propio de Rodolfo pintado sobre la tela.
—¿Ves? Todo acaba volviendo aquí.
Se inclinó y le ofreció el micrófono-peluche. Al hacerlo, Rodolfo sentía como la cicatriz en la boca cosida de los otros se le traspasaba a la suya, minúscula, filosa, avanzando como una línea de metal caliente desde la comisura hasta el otro extremo.
—Di unas palabras.
Rodolfo cerró los labios, pero el hilo comenzó a salir por entre sus dientes, cada puntada abriéndose, dolor agudo, sin sangre.
—Eso es… Tienes buen material para voz.
Los bombillos flotaban cada vez más y más lejos, ya parpadeando como luciérnagas agónicas.
El hombre-globo se acercó, ahora con una nuez de Adán movediza, el globo siempre encima, crujen los globos, el show no aguarda por nadie.
—¿Vas a huir, Rodolfo? —La voz era la suya, pero dicha a través de una triste trompeta—. Afuera sólo hay carretera. Dentro de la carpa, la carretera sigue.
Lo entendió todo en el último segundo. El circo era solo la prolongación de la carretera; y la carretera, la promesa de que en algún lugar uno lograba escapar.
El presentador desapareció. El público resopló en un susurro colectivo.
Rodolfo cerró los ojos y apretó los dedos hasta los nudillos. Al abrirlos, la carpa ya no estaba.
Solo había coches, dispersos en un campo muerto, todos con su propio cartel medio podrido delante. El Honda, su Honda, tenía la puerta abierta. Se metió dentro y cerró, respirando hondo antes de girar la llave del contacto.
El motor rugió.
El camino era largo, muy negro, salpicado de promesas de salida.
En el retrovisor, por un instante, un globo negro apareció entre la negrura, con una boca dibujada a mano, sonriendo.
A cada kilómetro, la música del circo se escuchaba un poco más. Y nadie, jamás, habló nunca de salir.
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