Fragmento:
La lógica me forzaba a atribuirlo a la ansiedad y el estrés, tal vez un trastorno, pero la regularidad de los hechos me impedía refugiarme allí cómodamente. La televisión estallaba en estática cuando me disponía a ver mis programas favoritos; los mensajes en mi teléfono aparecían duplicados de remitentes desconocidos, y todas las mañanas, el correo amanecía con sobres cerrados pero levemente rasgados en los bordes.
Duración: 11:00
Observo a los hombres con abrigos grises cuando cruzan la avenida. Su caminar es sostenido por la infalible convicción de quienes creen en algo: un propósito, una idea, un poder que los aquilata en masa y los escoge de entre la muchedumbre anodina. Los veo, y ellos no me miran; pero sé, por supuesto lo sé, que estos hombres de rostros intercambiables y sonrisa de carnicero son los encargados de barrer bajo la alfombra toda irrupción de la realidad.
Me llamo Isaac Rentería––o eso creo recordar. Hay noches en que mi propio nombre me suena tan ajeno que hago un esfuerzo por escribirlo, para que no se disuelva junto con todas las pequeñas certezas que aún me asisten. Nunca fui propenso a sospechas sobrenaturales o místicos delirios, hasta que la evidencia me aplastó con la fuerza de una pesadilla que no termina al amanecer. Esto que les cuento es un pequeño fragmento que logré atisbar: una rendija a través de la cual la paranoia brota como la luz de un incendio, quemando los restos de cordura que alguna vez poseí.
Digo que todo comenzó hace seis meses, aunque es posible que la infección haya empezado a germinar mucho antes, y yo sólo reparara en ella entonces. Un día cualquiera regresaba del trabajo, mi habitual rutina de sistemas en un despacho anodino del centro. Fue cuando crucé el umbral de mi apartamento (un lugar modesto en la Avenida Campo Claro, donde los muros transpiran humedad y las tuberías gimen con vida propia) que me percaté de algo fuera de lugar. Lo primero fue el leve desorden en mi escritorio: no dramático, apenas perceptible, pero innegable para quien sabe cómo deja sus cosas. El portadocumentos girado, la pluma azul en el sitio destinado para la roja, una carpeta con la pestaña doblada hacia adentro. Poco después noté también que la persiana estaba levemente corrida, aunque recuerdo haberla dejado cerrada. Detalles nimios, dirá el lector escéptico, tal vez. Pero entonces no lo era; porque intuía en esos pequeños gestos la mano oculta del invasor meticuloso, ese que entra a hurtadillas, hurga y sale, dejando su mensaje cifrado en el desorden.
Traté de racionalizarlo. Quizá había sido yo mismo, distraído, antes de salir esa mañana. Sin embargo, la inquietud fue germinando en mi pecho como una semilla tóxica. Dediqué la noche a revisar papeles, abrir gavetas, buscar señales más claras. No encontré nada que delatara robo ni propósito claro, salvo la evidencia sutil del paso extraño: huellas borrosas marcadas, no en polvo, sino en la memoria.
Esa fue la primera noche que oí los susurros. Venían del piso de arriba, me convencí al principio; murmullos caóticos, ora lejanos, ora nítidos, como si voces discretas discutieran algún dictamen secreto. Poco a poco fui distinguiendo el rumor de palabras sueltas, ninguna nítida, todas concatenadas con ruido, como si la propia riqueza del idioma se deslizara fuera de mi comprensión para preservar la omnipresente amenaza.
Al día siguiente, la paranoia se apoderó de mis gestos cotidianos. Descubrí, por ejemplo, que el portero del edificio me miraba demasiado atentamente, con esa fijeza dura de quienes no parpadean cuando fingen simpatía. En la tienda de la esquina, la anciana que despachaba el pan se detuvo a mitad de frase, mirándome de soslayo, los ojos chispeantes de un miedo contenido. Murmuraban entre sí cuando creían que me alejaba; silenciaban la conversación a mi paso, dibujando en sus rostros una especie de repugnancia, una aversión como si yo portara una enfermedad invisible.
La lógica me forzaba a atribuirlo a la ansiedad y el estrés, tal vez un trastorno, pero la regularidad de los hechos me impedía refugiarme allí cómodamente. La televisión estallaba en estática cuando me disponía a ver mis programas favoritos; los mensajes en mi teléfono aparecían duplicados de remitentes desconocidos, y todas las mañanas, el correo amanecía con sobres cerrados pero levemente rasgados en los bordes.
Así, la paranoia se volvió mi inquilina, la compañía de todos mis actos. Y fue en ese sitio, a la vera de la locura, donde me atreví a espiar una verdad más honda. Decidí instalar cámaras de vigilancia discretas en mi apartamento, convencido de que al menos la tecnología podía registrar una evidencia objetiva––si no ante la autoridad, al menos para mi propio juicio.
Durante una semana, nada ocurrió. Las grabaciones sólo mostraban mi rutina anodina. Pero la noche del octavo día, el monitor registró un lapso de veinte minutos de video en blanco. Revisé el aparato: ninguna falla técnica visible, ninguna interrupción eléctrica registrada en la cuadra. Durante esos veinte minutos, algo o alguien había anulado el aparato, y aunque no veía a ningún intruso, desde entonces, mis pesadillas se precipitaron en diluvio de imágenes insalvables.
Soñé con pasillos inacabables, muros donde las sombras susurraban en dialectos geométricos. Despertaba con el corazón a punto de estallar, jurando sentir la presión de unas manos invisibles sosteniéndome el rostro en la penumbra. La distorsión de la realidad había encontrado en mi habitación su orbe ideal.
Las señales se multiplicaron. Un día, al revisar mi correo electrónico, encontré un mensaje sin remitente ni asunto. Sólo una imagen: una puerta cerrada, en blanco y negro, con una mancha oscura en el marco inferior, algo que, si uno entrecerraba los ojos, podía parecer una pupila mirando desde el otro lado. La eliminé de inmediato, pero el archivo reaparecía a diario en la bandeja de entrada, a veces tres, a veces cinco veces. Insistí, cambié contraseñas, desconecté el módem, apagué incluso el computador durante días. Nada bastó para detener el asedio.
A todas estas, mis amistades ya me habían dado la espalda. César, el más antiguo de mis amigos, dejó de contestar mis llamadas. Cuando logré abordarlo en la calle, me rehuía con una mezcla de lástima y desconfianza. "No insistas, Isaac", fue lo último que me dijo, "hay gente que está escuchando. No te metas más… por favor".
Aquella tarde, a la vuelta de mi apartamento, encontré una carta bajo la puerta. El sobre era de papel grueso, con un pliegue simétrico y una línea de adhesivo perfectamente recta. No traía remitente. Dentro, sólo había una hoja: “Vas por el sendero correcto, pero aún no sabes nada. Vigila el piso 7”. La grafía era imposible de distinguir: una mezcla de letra manuscrita y rasgos mecanográficos, como si alguien hubiese intentado confundir a cualquier perito caligráfico.
El piso 7. Mi edificio sólo tenía seis pisos habitables, y uno de departamentos de servicio, clausurado desde hace años. Aún a sabiendas de expondrme al ridículo, subí por la escalera hasta aquel altillo prohibido. El aire era frío y seco, cortado por el brillo mortecino de las lámparas de emergencia. Al fondo del pasillo, una puerta sin número, pintada de negro. Me acerqué, mi mente dividida entre el terror y la irresistible necesidad de saber.
Apoyé la oreja. Nada; sólo el pulso de mi propia sangre, golpeando con tozudez en mis sienes. Me atreví a girar la manija y, contra toda expectativa, la puerta cedió con facilidad, como si alguien la hubiese engrasado recientemente. Dentro, sólo oscuridad, y un tenue aroma a formol y ozono. Saqué mi móvil e iluminé el ambiente: paredes sin pintar, el suelo cubierto de periódicos viejos. Había marcas en la pared, líneas y ecuaciones trazadas con lápiz negro, fragmentos de textos recortados de revistas, diagramas y fotografías, muchas de las cuales mostraban hombres de rostro borroso o tachado.
Comprendí que alguien habitaba ese sitio, alguien que vigilaba; que no era el único bajo la lupa invisible. Y entonces, desde el rincón, una sombra se movió. Si fue un ser humano o un espectro no puedo asegurarlo. Un susurro, idéntico al que había oído en sueños, se deslizó por la estancia: “Ellos pueden verte ahora”. De pronto, el móvil parpadeó y se apagó, tragado por una oscuridad densa, de calidad viscosa, en la que se adivinaban, o quizá eran sólo terrores de mi mente convulsa, vibraciones de respiraciones múltiples a mi alrededor.
Debí huir. Salí corriendo, sentí manos o tentáculos o simples ráfagas de viento frotando mis extremidades, descendí tropezando por la escalera como un animal acechado. No he vuelto a aquel piso, pero desde esa noche, mi vida se ha resquebrajado por completo bajo la presión de fuerzas que escapan a mi descripción.
El acoso se tornó abierto: recibo visitas de oficiales que no se identifican, preguntando por mi salud mental; patrullas que se estacionan bajo mi ventana durante horas, sin parte, sin anuncio. He recibido llamadas donde al otro lado sólo respiran, o susurran sílabas que se desintegran en estática. Incluso he llegado a identificar los abrigos grises de los hombres que cruzan la avenida: siempre tres o cinco, nunca solos.
Escribo esto sin esperanza, confiando en que acaso algún lector crédulo o dispuesto dé crédito al grito que emerge de este valle de sombra. No duermo, pues los susurros se han instalado ya en las rendijas de las paredes; la paranoia no es ahora una dolencia, sino la única manera de sobrevivir al universo de espectros que se han adueñado de la realidad.
He comprendido, con el cruel aprendizaje de quien mira su propia destrucción, que no hay redención para el testigo involuntario. Los conspiradores (llámenlos sociedad, agencia, culto, u ojo siempre abierto) no usan puñales ni venenos. Te arrancan el suelo, disuelven a los tuyos, te aíslan en un círculo irrompible de sospecha, hasta que la desesperación no te permite distinguir entre lo real y lo tejido por ellos. Nadie vendrá a ayudarme. Incluso si estas líneas llegan a publicarse, no habrá jurado dispuesto a investigar nada: todo habrá sido, como está dispuesto, un nuevo episodio en la saga de un loco más sumido en la paranoia.
Pero escribo esto con la absurda fe de que alguno de ustedes, al cruzar la avenida, verá a los hombres de gris, sentirá la repentina presión en sus sienes, y antes de volver la vista, sepa reconocer que incluso la paranoia puede ser la más piadosa de las certezas. No quiero redención. Únicamente, ya sin voz, sin nombre, sin historia, suspiraré esperando el alba: quizás ellos también esperen ahí, en la puerta, con ese rumor incesante de quienes ya no necesitan palabras para vigilarme desde la rendija de mi conciencia.
Al final, la verdadera conspiración no es de poderosos ni entes ocultos: es la que te arrebata la certeza de tu propia mente, y te condena a ser el vigía perpetuo de un horror que sólo tú reconoces. Y cuando la próxima carta llegue, empapada del perfume de ozono y formol, sabré que el círculo estará a punto de cerrarse.
Entonces, quizá, me atreva a abrir la puerta y atravesar ese umbral donde todas las sospechas descansan y el último guardián se confunde, finalmente, con la sombra y el murmullo de los que siempre observan.
Copyrights © 2025 Miedoyhorror.com. Todos los derechos reservados.