Portada del relato La Promesa de los Colosos
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Fragmento:


La tierra vibró otra vez. Sobre el zumbido, descomunalmente lento, apareció el crujido de huesos lejanos, el girar de un tobillo de coloso. La mujer avanzó, cargando al crío, saboreando ya la segura condena: quedar atrapada, ser barrida, convertida en una línea roja —ella y el niño— sobre el asfalto. No supo cuál era el deseo secreto de los monstruos, y ni siquiera se planteó nunca si sabían que existían los humanos bajo sus pies. Pero al volverse, para buscar el refugio de nuevo, comprendió con terror que su casa ya no estaba.

Duración: 11:59

La Promesa de los Colosos
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Texto de ajuste de pausa.

El niño no paraba de gritar. Desde la ventana, más allá de la verja rota, más allá del quebra-mar de hormigón desmoronado y las farolas sin luz, aquel grito era la única señal viva en una ciudad que desde hacía horas vibraba bajo los pasos de algo demasiado grande para comprenderlo. Cuando Marisa decidió salir de su escondite, dejando atrás a su marido y sus reglas de prudencia, aún no había luz en el horizonte, pero sí un temblor que jamás podría olvidar.

El primer pisotón había sonado como una explosión subterránea, expandiéndose desde el casco viejo hasta su barrio en las colinas. Luego, el mundo vibró y algo en las alcantarillas se partió en dos. De pronto, los árboles del parque fueron menos que hilos de papel, un coche rodó sin ruedas cerca de su portal, y en el cielo la luna entera se perdió detrás de una figura imposible: una pierna, un muslo hecho de carne desgarrada y líquenes, un tobillo de tendones como cables de alta tensión. No lo supo entonces, pero lo iría a aprender: todo el barrio, todo el país, vivía bajo las pisadas de los colosos.

El niño, pensó. No pudo soportarlo. Empujó la puerta, entró en la noche casi a ciegas. Atrás, su marido, Gabriel, la llamó con voz cavernosa. No importó; las reglas no servían de nada y la esperanza era, ahí afuera, lo menos arriesgado. Sabía que en la esquina, bajo el poste derribado, otro vecino la miraba. Un hombre o una mujer envueltos en un edredón, ojos de loco, un temblor en las manos. Nadie parecía poder moverse. A su alrededor, la niebla —o el polvo— envolvía las ruinas, pero por encima de todo estaba el murmullo: el retumbante rumor de carne y piedra retorciéndose, allá donde caminaban los gigantes.

Cruzó la acera saltando escombros. El sonido metálico que llenaba el aire no era ya solo viento: era el chillido de las vigas al romperse, de los cables desangrándose sobre la calle. Y, por último, el llanto: el infante, abrazado a una farola arrancada, con las rodillas manchadas de sangre. Marisa sintió el impulso de golpear a gritos a la noche, de exigir una explicación. Tomó al niño en brazos. La criatura tenía los labios rotos, los ojos hinchados. Era tan humano, tan pequeño…

La tierra vibró otra vez. Sobre el zumbido, descomunalmente lento, apareció el crujido de huesos lejanos, el girar de un tobillo de coloso. La mujer avanzó, cargando al crío, saboreando ya la segura condena: quedar atrapada, ser barrida, convertida en una línea roja —ella y el niño— sobre el asfalto. No supo cuál era el deseo secreto de los monstruos, y ni siquiera se planteó nunca si sabían que existían los humanos bajo sus pies. Pero al volverse, para buscar el refugio de nuevo, comprendió con terror que su casa ya no estaba.

Una mole gigantesca, un muslo cubierto de heridas abiertas y hongos, había desgarrado la manzana en dos. El bloque de pisos era solo polvo, una esquina humeante, y entre las ruinas asomaban, irreconocibles, los restos de sus paredes y muebles. Ningún grito, ningún lamento. Solo polvo y el sonido, omnipresente, de pies de coloso acercándose de nuevo.

El niño, Marek, apretó su cuello. Y ella sintió el deseo, contra toda lógica, de protegerlo. Corrieron hacia la avenida cortada por el hundimiento de la acera. Bajo los árboles aplastados algo gorgoteaba aún con vida. Más allá, la sombra: una pierna emergía del horizonte, avanzando lenta, cortando bloques y farolas como si fueran ramas secas. No se atrevió a mirar hacia arriba. En algún lugar, la cabeza del monstruo, quizá sin ojos, quizá sin un rostro reconocible, oscilaba por encima de las nubes.

Corrieron bajo la línea de tranvía, el niño jadeando en su hombro. La calle se estremeció y el ruido fue total: un pie colosal descendía, blando y negro, aquí mismo. Marisa abrazó al niño y se dejó caer sobre la zanja en la acera, los dos aferrados al hormigón frío.

Nada podría prepararla para lo que vino luego. El pie se desplegó sobre ellos y le faltó el aire. Olía a óxido y carne quemada. Un instante después, vieron pasar, lentos pero imparables, los surcos de piel, las heridas supuradas de cosas aún vivas —o muertas— entre los pliegues inmensos del monstruo. El cráter del talón golpeó el asfalto a apenas veinte metros; luego los dedos, del tamaño de coches, destrozaron un carril entero. Un rugido subterráneo, profundo como el mar, cruzó la ciudad; entre las grietas del pie gigante, Marisa vio correr un líquido parduzco, espeso, repugnante. Sintió arcadas, pero no apartó la vista: en la galería deformada de esa suela, había retazos de personas, animales, casas enteras enganchadas, reducidas a pulpa.

El pie se elevó y una lluvia densa, ácida, cayó sobre la acera. Los dos sobrevivieron gracias a la alcantarilla. Cuando se alzó, Marisa contuvo la respiración. Nada tenía sentido en este mundo, pero sobrevivir quizás era aún posible.

La ciudad estaba irreconocible. En las carreteras, manchas rojas, azules, marrones, se mezclaban en el lodo. A la izquierda, un cuerpo humano —o su mitad— brillaba bajo el neón roto. Más allá, una hilera de personas corría en silencio hacia el río. Marisa, aún con el niño agarrado al cuello, los siguió. En la cabeza, una única palabra: sobrevivir. La noche ya no existía, solo una luz rara, pulsante, que parecía surgir de los gigantes mismos, de su piel supurando radiación o fiebre. De vez en cuando, el aire era traspasado por aullidos agudos, inhumanos, que hacían estremecerse hasta el moho de las paredes.

Se detuvo un instante bajo lo que fue un paso elevado. Todos los refugiados, temblorosos, se agachaban con los brazos cubriendo la cabeza. Más allá, entre la bruma, una figura colosal se doblaba, como quien se inclina a inspeccionar una herida en el suelo. Los pies descalzos del monstruo sangraban materia oscura. Bajo sus muslos, edificios enteros eran polvo. Incluso las sirenas de la policía, los gritos de los altavoces, habían desaparecido. Aquí solo quedaba la pena y el terror animal.

Una mujer, anciana, con las piernas ensangrentadas, agarró a Marisa del brazo. Le pedía ayuda, balbuceaba un nombre. Marisa solo podía asentir, abrazar más fuerte a Marek. Así estaban cuando se oyó el siguiente grito: era una frecuencia pura, un aullido de hielo, una vibración que partía los dientes, rompía cristales y la voluntad. Las figuras humanas se desplomaron, muchos cubriéndose los oídos. El monstruo, allá arriba, parecía copiar ese gesto… y Marisa, con horror, comprendió que el coloso los escuchaba, imitaba incluso el dolor.

—¡Agáchense! —gritó alguien, y la gente cayó, aplastada por sus propios brazos.

Otra pisada. Esta vez ocurrió lo impensable: el tobillo del coloso osciló y su pie resbaló, arrastrando el puente entero a lo largo de cien metros. El suelo vibraba como las costillas de una carcasa. Los refugiados rodaron, chillando. En la avalancha, Marisa vio correr sangre de monstruo mezclada con escombros humanos.

Surgió entonces la bestia número dos. Era aún más grande, diferente. Los ojos, esféricos y brillantes, colgaban de filamentos viscosos bajo el mentón, girando hacia todos lados. Un rugido sordo cruzó el espacio entre ambos colosos. Chocaron de frente, el cuerpo herido y el nuevo, de piel como cemento agrietado, destrozando bloques de casas solo con su roce. Y la ciudad, lo que quedaba de ella, se estremeció toda, como si una ola partiera todos los huesos a la vez.

La gente corrió. Marisa siguió la corriente, el niño aferrado a su pecho. Giraron bajo puentes, cruzaron canales cubiertos de basura y sangre. Una presencia inabarcable caía sobre ellos: el segundo coloso, al pelear, arrastraba la pierna por la autopista, aplastando en el barro los cuerpos y las casas. Los rugidos eran olas de sonido que partían tímpanos, disolvían los músculos. Gritos animales, puro espanto, la rabia de dioses que jamás supieron que existíamos.

Una lluvia ácida, negra, empezó a caer. La gente se apretujaba en los bajos de los camiones volcados. Un padre, con dos niñas, intentaba cerrar la puerta de un local, pero el líquido resbalaba sobre las paredes y las corroía. Marisa apretó los párpados, sintió al niño temblar. Sabía ya que nadie sobreviviría aquí, que nadie recordaría sus nombres, ni sus caras. Solo los monstruos recordarían.

Las peleas duraron horas, o días. Nadie podía decirlo. Los humanos eran arrastrados en la confusión, algunos triturados sin saberlo, otros disueltos por los líquidos nauseabundos que escurrían de los cuerpos lacerados de los colosos. A veces la ciudad quedaba en silencio, rota por un nuevo temblor. A veces, entre el humo y el polvo, aparecían los gritos, las promesas rotas, los nombres de todos los que habían muerto bajo los pies de un monstruo.

Marisa perdió de vista al niño. En uno de los temblores, fue separada, arrojada con un grupo de supervivientes a un patio sin paredes. Buscó a gritos, pero nadie podía oírla: los gritos, ahora, eran solo parte del paisaje, tan recurrentes y normales como el temblor de la tierra.

La noche se volvió interminable. En la penumbra había figuras de colosos, unos de carne y otros de hueso, algunos moviéndose tan lentamente que ni el tiempo mismo podía herirlos. Otros caían, pesadamente, y los temblores duraban minutos, luego desaparecían. Cada monstruo traía su propio clima: lluvia violeta, vientos gelatinosos, neblina ácida. Nada era seguro, todo era mortal.

Al amanecer, si es que ese mundo aún tenía amaneceres, Marisa comprendió el verdadero espanto: no eran solo monstruos, no solo presencias biológicas de otro mundo. Eran manifestaciones de algo más, de una voluntad lejana que los generaba, un ciclo inmemorial de furia y destrucción, cada cierto tiempo volviendo para devorar lo poco que los humanos llamaban civilización. Pensó en su marido, en el niño, en su barrio, en todas esas cosas pequeñas y normales que ahora eran solo líneas de polvo y sangre sobre el mapa de una ciudad irrecuperable.

Cuando cayó el último gigante, sepultando los restos de la estación central con un gemido que detuvo el viento, el silencio fue aún peor. Marisa, de pie en lo alto de un montón de ruinas, miró el nuevo paisaje: un desierto de carne muerta, acero retorcido y sangre. No había esperanza, ni luces, ni voces humanas. Solo ella y algunos otros, cubiertos de ceniza y miedo, sabían que, en el instante siguiente, la tierra podría volver a vibrar, a sangrar, a parir monstruos imposibles.

Y en ese instante, al mirar los cadáveres monumentales de los colosos, Marisa entendió la promesa: que el horror, una vez desatado, nunca desaparece, solo cambia de forma, se adapta, crece más allá de lo que cualquier hombre pueda imaginar. Que los monstruos gigantes son, al final, la pura memoria palpitante del miedo humano, y que bajo su sombra siempre estaremos listos para ser pisoteados, para reducirnos, para servir de huellas, sangre y polvo en la historia de algo que nunca sabremos de dónde viene, ni cuándo volverá.

Solo entonces se atrevió a llorar.

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