Portada del relato Los cantares de lo Profundo
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Fragmento:


La última madrugada antes de la aparición, Rossana llegó tarde a su turno. El faro rechinaba y afuera la niebla subía. Estábamos ya asustados de costumbre; los gritos de metal y viento eran habituales. Pero hay cierto tipo de silencio que se arrastra por el ventanal a ciertas horas y deja un temblor en las costillas, como si en lugar de sangre empezara a circular cristal molido.

Duración: 11:18

Los cantares de lo Profundo
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Texto de ajuste de pausa.

Lo primero que aprendimos fue a dejar de mirar el horizonte. Dicen que si lo haces un par de veces, tu mente puede empezar a funcionar sola, a escarbar patrones en la niebla, a buscar líneas donde no las hay. Pero en la Región, la vista engañosa del horizonte no ofrece salvación; más bien, parece que invita a lo que duerme bajo la corteza de la tierra a abrir los ojos y a... considerar.

Luego de la Inundación Silenciosa, gobernó el miedo. La ciudad de Orzio se dispersó en lo alto del acantilado, sus casas agrupadas como gaviotas muertas, y el faro —último bastión— apenas mantenía su luz tambaleante en lo que antes fue un mar. Ahora, la costa era una ciénaga de limo negro y restos de barcazas; el “horizonte” era una gruesa muralla de niebla pútrida, pulsante y a veces, brillando con bioluminiscencia verde.

Rossana y yo compartíamos la última guardia en el faro. Nos turnábamos treinta minutos, vigilando el ansiático océano, y luego bajábamos a hacernos compañía en ese cuartito con olor a parafina y sal rancia. Era un trabajo sucio, pero el nuevo alcalde decía que alguien debía vigilar la Región. Antes, de niños, nadie se atrevía a decir ese nombre; ahora era mandatorio empezar cada turno de guardia con un simple y helado: “Día de Región, Ross. Día de Región, Simón.”

La última madrugada antes de la aparición, Rossana llegó tarde a su turno. El faro rechinaba y afuera la niebla subía. Estábamos ya asustados de costumbre; los gritos de metal y viento eran habituales. Pero hay cierto tipo de silencio que se arrastra por el ventanal a ciertas horas y deja un temblor en las costillas, como si en lugar de sangre empezara a circular cristal molido.

Eso nos pasó esa noche. Rossana sonrió apenas entró: tenía escarcha pegada a las pestañas. El faro no era cálido pero, al menos, no crujía como allá fuera.

—¿Alguna novedad? —preguntó, frotándose las manos.

—Solo niebla —dije. Y entonces lo sentí. Como si la estructura, de granito y acero y décadas de memoria, respirara profundamente.

No fue temblor. No fue viento. Fue como si el mundo bajara el pecho, hinchando los pulmones y tragando de la atmósfera. Y el faro, que nunca antes se había sentido tan pequeño, chirrió bajo una presión externa… imponente, incognoscible.

Rossana se arrimó a la ventana. Le grité que no lo hiciera, pero ella se atrajo como un insecto a la luz. Sus pupilas, anchas como soles negros, reflejaron primero la niebla, y luego dos titilantes faros verdosos emergiendo de la amplitud etérea del océano seco. Parecían inocuos… como linternas. Pero estaban demasiado lejos, y a esa escala, demasiado grandes. Igual de pronto se apagaron. El faro pareció relajar su estructura. Rossana soltó un aliento que no sabía que retenía.

—Debemos… avisar. Hay algo ahí.

—¿Quién va a creerlo? —repuse.

—Nadie. Pero igual debemos hacerlo.

Estábamos atrapados en la costumbre de sobrevivir, así que mandamos un código morse absurdo al ayuntamiento, una suerte de broma cruda. Lo que recibimos a las dos horas fue una llamada a la radio, chasqueante: “Observaciones repetidas. Mantengan puesto. Región activa. Protocolo Refugio.”

Eso significaba que nadie venía por nosotros.

La segunda noche fue más cruel. Desde el oeste, la niebla se replegó por un momento, y lo que vimos fue peor que cualquier forma humana de locura. Una protuberancia de limo y piedra asomó bajo la distorsión luminosa del horizonte; al principio parecía una duna desmedida, rota, una carcasa de buey marino encallada. Pero esa duna palpitaba, y su costra era coralina y orgánica; filamentos de algas resplandecientes surgían por hendiduras que, conforme las veíamos, se abrían como costillas titánicas.

Después, supimos que fue el primero. A lo lejos, las casas del muelle explotaron como si una presión interior las destrozara de golpe. Algo, bajo la falsa tierra, rodaba y arrastraba sus dimensiones. Cuando uno vive en Orzio, el terror no es extraño. Pero esa noche, cuando la roca se dislocó y la tierra supuró una humareda amarilla, supimos que la Región no era solo un límite: era un umbral.

Rossana —que ya no podía dormir y ya no podía dejar de temblar— recordó una historia de infancia:

“Decían que no era agua lo que el mar guardaba aquí, sino carne hundida; que en las noches más cortas el barro se hinchaba y las viejas barcazas eran absorbidas una a una. Decían que la Región era el pulmón de algo que no debía despertar.”

Me reí porque todo me parecía igual de absurdo. Hasta que la tierra vibró de nuevo, los faros recularon y, tras el cristal, la niebla brilló con un resplandor bilioso. Comenzamos a ver siluetas alzándose en la bruma: formas imposibles, más altas que la torre del faro, contorsionadas como si dormitara en su seno una docena de bestias distintas, pero compartiendo una misma médula.

No estábamos solos. Las criaturas —o eso que era uno y muchos a la vez— no nos miraban. De hecho, parecieron ignorar nuestra presencia; se limitaban a desplazarse, rompiendo el paisaje con miembros desproporcionales y una lentitud antinatural, como una herida de mundo curándose a sí misma y desgarrándose simultáneamente.

Las horas pasaron, y fue imposible saber si caía el día o si la noche era eterna en la Región. El reloj del faro se detuvo a las 3:33, y el viento dio paso a un zumbido grave. Los civiles sobrevivientes del acantilado encendieron linternas de aceite y velas, y desde arriba veíamos una constelación de puntitos temblando en una penumbra grotesca. No pasó mucho antes de que los primeros valientes intentaran cruzar hacia la ciudad baja. Los vimos —eran cuatro— avanzar con linternas y garrotes improvisados.

No llegaron lejos. De pronto, una de las moles se agitó, como sintiendo la vibración de sus pasos. Una extremidad imposible, semejante a una mezcla de tentáculo y columna vertebral, emergió de la niebla y los envolvió en una sombra relampagueante. Escuchamos gritos. No de humanos: eran gritos que la garganta humana no puede emitir, vibraciones tan graves que las esquirlas de las ventanas resonaron y nuestro estómago se volcó. Los cuatro se hicieron silencio, y los monstruos continuaron su marcha, como si hubieran apenas rozado una mota de polvo.

El resto de la noche fue un interminable ejercicio de vigilancia y temblor. Perdimos la noción del tiempo, y en la radio nadie contestaba; en la línea, solo el clásico chillido de interferencia, pero de fondo a veces se oía algo más—como el roce de bestias sobre grava, o tal vez, el balbuceo de alguien hablando en una lengua que no era humana ni terrestre.

Fue Rossana quien rompió el letargo, sacando una Biblia vieja olvidada bajo la mesa del faro. No rezamos, pero revisamos los márgenes, esperando encontrar notas o advertencias. Solo garabatos incomprensibles: líneas que podrían haber sido caminos, tentáculos, o simples espirales. Quizá alguien antes que nosotros también se enfrentó a la Región, y lo último que quiso hacer fue rayar una advertencia incomprensible a los que vinieran después.

Durante el tercer crepúsculo, la niebla ya no subía, sino que latía, extendiéndose hacia el acantilado. Algo más valiente que nosotros intentó escapar en una barca auxiliar, pese a que el mar gris era un bálsamo sin movimiento. La embarcación se desvaneció en la bruma apenas cruzó un centenar de metros. Unos minutos después la vimos regresar… vacía, arrastrada a contracorriente, bañada en una baba translúcida y con jirones de madera ondeando como algas degolladas.

Fue entonces cuando Rossana quiso bajar a buscar supervivientes. Nos debatimos varios minutos, pero la desesperación le ganó a la lógica cruel: mejor morir haciendo algo, pensó, que esperar a que la Región decida nuestro destino. Armados con linternas y cuchillos herrumbrosos, descendimos el espiral del faro, y la puerta chirrió como un aullido.

Afuera, la niebla tragaba todo sonido; el mundo era blanco, incoloro y con una presión constante que casi dolía en las encías. Caminamos torpemente hacia el acantilado, los pies clavándose en el barro que respiraba y se sacudía bajo la presión de las colosales criaturas. No vimos más que trozos de ciudad —ventanas colgando de cables, cobijas arrastradas como serpientes, botas hundidas hasta la rodilla— y, por instantes, fragmentos de aquellos a quienes absorbió la Región. Partes humanas, transformadas, quizás digeridas en algo ya no reconocible ni por el miedo ni por la memoria.

Llegamos a la antigua iglesia, la única estructura firme, y ahí, en la oscuridad helada de su cripta, hallamos a una docena de sobrevivientes: hombres, mujeres y dos niños. Sus rostros reflejaban el mismo vacío que sentí en la primera noche, cuando el faro “respiró” por vez primera. Esperaban que hicieramos algo y no nos atrevimos a decirles que no podíamos ni cuidar de nosotros mismos. Aun así, sellamos puertas y sellamos ventanas—como si la piedra y la fe pudieran proteger del colosal apetito del territorio prohibido.

Allí pasamos la última noche, escuchando los pasos de gigantes circulando por encima nuestro, el vibrar de sus lomos contra la roca madre, y el crujir del faro a lo lejos —sabíamos que cedía, que la estructura no sobreviviría otra oleada. Fue un alivio saberlo. El faro, testigo de nuestro límite, no sería tumba para nosotros.

Con el amanecer que no llegó, la presión disminuyó. Los monstruos se desplazaron hacia el interior, dejando a su paso un silencio antinatural y una tierra revuelta, como si la piel del planeta hubiera sido apenas removida, no herida, sino masajeada por un cuidado monstruoso y alienante.

Salimos, finalmente, cuando la niebla era ya solo un secreto opaco arrinconado contra el oeste. En lo alto del acantilado, la ciudad era irreconocible; en su lugar, cicatrices profundas, rocas desplazadas, y apenas unas casas aferradas a los restos del mundo anterior. Nadie preguntó qué habíamos visto. Nadie habló de los monstruos, ni de la Región creciente. Caímos en el olvido porque no había palabras para describir lo que no pertenece a la comprensión.

Hoy se alza un pueblo nuevo, a kilómetros —edificios simples, sin sótanos; sin mirada al horizonte. Guardamos la costumbre de no mirar la niebla, de no llamar al mar, y de no escribir demasiado sobre lo que yace más allá del umbral.

Mientras vuelvo a la mesa del faro, corro los garabatos antiguos bajo la cubierta de la Biblia, temblando con cada viento, con cada eco respirante. Sé que la Región apenas durmió. Sé que, en las noches más cortas, el mundo aún parece respirar junto con las moles que duermen bajo la roca, esperando, goteando su silencio hacia nosotros.

Y nunca, nunca debemos mirar demasiado lejos. El horizonte solo es una invitación. Y la Región siempre acepta quien ose cruzarla.

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