Portada del relato La noche de los colosos
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Fragmento:


Harold apuntó aquello en su cuaderno—la caligrafía temblando mientras el viento silbaba en las tejas. Tenía la convicción de que sólo consultando a Anatole descubriría ese enigma. Subió la colina, bajo ramas pesadas que se agitaban aunque no había brisa, hasta la última casa del pueblo: una cabaña torcida, como encorvada bajo el peso de los recuerdos.

Duración: 08:31

La noche de los colosos
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Texto de ajuste de pausa.

En el vasto territorio del norte de California, donde la niebla abraza los bosques de secoyas y el mar golpea con obstinación en acantilados olvidados, existe una región donde los mapas tiemblan de no ser pisados. El periodista Harold Van Druten era, como diría mi madre, alguien con “un apetito por la locura elegante”: cazador de misterios, explorador de lo inexplicable y cronista de esas grietas en la realidad por donde se asoma el absurdo, ese abismo cuyo borde rozamos cada noche, solos y temblorosos.

Fue a causa de una carta, raída y olorosa a humedad, que Harold llegó hasta la aldea de Ternmouth, al pie de la colina. La misiva rezaba de este modo: “Han reaparecido en la Bahía de Assure. Las noches retumban. Llegue discreto. Hay horrores de vieja talla”. Firmaba Anatole Reese, un nombre tan fantasmal como la firma que susurraba.

En la calima de un Agosto insólitamente frío, Harold caminó bajo la linterna pálida de la luna. Ternmouth se ocultaba tras muros de niebla y superstición, el tipo de lugar que los mapas modernos relegan a la esquela de pueblos sin relevancia, pero donde los viejos aún murmuraban nombres prohibidos en la penumbra.

En la taberna de Los Hornos, junto a la chimenea donde el moho rivalizaba con las cicatrices del ladrillo, Harold bebió un whisky que sabía a otoño y conversó, con la paciencia del entomólogo, con los lugareños. Silencio grueso, palabras granuladas de cautela. Nadie quería hablar, excepto el anciano jefe del muelle, Wesley Byrow, cuya cara se había plegado alrededor de su pipa y cuyo ojo único parecía haber visto demasiada marea.

“Los escuchamos volver”, dijo Byrow, con una voz que parecía hincharse y colapsar como la garganta de un sapo. “Uno cree que el mundo es nuestro, pero hay cosas... Cosas de antes de antes”. Nadie osaba pronunciar el nombre. No los llamábamos animales ni dioses, ni siquiera monstruos, porque el lenguaje siempre fracasa donde la realidad se descose.

Harold apuntó aquello en su cuaderno—la caligrafía temblando mientras el viento silbaba en las tejas. Tenía la convicción de que sólo consultando a Anatole descubriría ese enigma. Subió la colina, bajo ramas pesadas que se agitaban aunque no había brisa, hasta la última casa del pueblo: una cabaña torcida, como encorvada bajo el peso de los recuerdos.

Dentro, la luz de un quinqué y la figura de Anatole Reese—hombre enjuto, con ojos que parecían estar siempre descifrando algún acertijo. Anatole recibió a Harold como si esperara su llegada desde hacía siglos y, tras cerrar cuidadosamente las contraventanas, lo condujo hasta una mesa repleta de mapas plagados de anotaciones, trazos nerviosos y fechas rodeadas de símbolos.

“La Bahía fue siempre un puerto de tránsito”, murmuró Anatole. “Pero hay cicatrices más antiguas que las de cualquier puerto humano. Ellos duermen ahí. Lo llaman slumber, pero no es un sueño con sueños. Es una espera, y de vez en cuando uno despierta. O todos lo hacen”.

Con el whisky aún ardiendo en la garganta, Harold contempló las fotografías: piedras junto al mar, cubiertas de líquenes, marcadas con surcos incomprensibles, todas con la misma advertencia grabada con tiza en los márgenes: Mantente lejos cuando el mar cante.

Aquella noche, la niebla parecía arrastrar consigo a los muertos. Desde su ventana, Harold escuchó un sonido sordo, enorme, como si titanes caminaran bajo el agua o si las raíces de las montañas se partieran. A la distancia, el mar reflejaba luces azules que se arremolinaban bajo la superficie.

Al amanecer, la noticia corrió como los ratones: un bote desaparecido, arrastrado a la nada; en la playa, juncos rotos y fango apestoso, marcando huellas. No eran pisadas normales: se hundían treinta centímetros en la arena, con un diámetro imposible y garras profundas. Nadie se acercó. La bruma era ahora una muralla.

Harold, cargando solo con su cámara y cuaderno, se unió a Anatole en la marcha hacia la bahía. Ambos avanzaron bajo un silencio abrumador, roto apenas por el graznido de alguna gaviota despistada. Al borde del acantilado, Anatole se detuvo. “Espere y verá”, dijo. “No mire directamente cuando suban, y si lo hace... rece por olvidar”.

La marea, anormalmente elevada, tapaba casi por completo la playa. De repente, el mar fue desplazado; primero surgió un bulto, luego otro. Surcaban la superficie, oscuros y descomunales, cilindros que recordaban a las columnas de un templo derruido. Los sonidos—crujidos, rugidos sordos, respiraciones colosales—se mezclaban en un espectáculo grotesco.

De pronto, se alzaron: al menos tres figuras, cada una de no menos de veinte metros, recubiertas de algas, mejillones y esquirlas de barcos engullidos. Sus formas desafiaban la lógica; parecían mitad crustáceo, mitad bestia, con tentáculos surgiendo donde debieran haber brazos, ojos dispersos que brillaban solo un instante, bocas que se abrían en lugares donde no pertenecían.

Anatole temblaba, el rostro bañado en lágrimas, la voz temblorosa: “Son los hijos del primer diluvio. Vienen cuando la frontera entre lo humano y lo eterno se desgarra”.

Por un momento, ambos se sintieron el centro de toda la atención de aquellos dioses monstruosos. Harold pensó en correr, en arrojarse por el acantilado para abrazar el fin más dulce, pero el horror lo sujetó.

Los monstruos comenzaron a avanzar por la playa, moviendo la tierra misma, arrancando árboles como si fuesen hierba. Las casas más cercanas crujieron como cascarones de huevo. El pueblo fue presa de una histeria silenciosa, pues nadie gritó: la respiración se volvía rezo, el llanto, susurro.

La pareja de periodistas sólo pudo retroceder, ocultándose entre las raíces expuestas de los árboles, mientras los colosos se adentraban en la tierra. La niebla ocultaba sus formas, pero no el estruendo. Los techos volaban, las piedras se quebraban.

“¿Por qué ahora?”, tartamudeó Harold, con los nudillos en carne viva de apretar la corteza de un roble. Anatole, con la voz de un alma rota, explicó: “Son convocados por el olvido y el desprecio. Cada vez que negamos lo imposible, cada vez que nos burlamos de lo ancestral, se fortalecen en su prisión salobre”.

La destrucción duró lo que dura una pesadilla: quizá una hora, quizá un siglo. Cuando la neblina se disipó, Ternmouth sólo era ya escombros e historia, las casas hundidas en el barro, los árboles caídos. Ni rastro de los monstruos; sólo las pisadas abismales y un hedor insoportable a amoníaco y algas podridas, que impregnó la tierra durante semanas.

Harold y Anatole, vacíos de palabras y recuerdos, se refugiaron en las colinas. Fue allí donde el horror les mostró su reverso: el olvido. Nadie vino, ningún periodista, ningún rescatista, ningún turista: la zona fue barrida por una amnesia colectiva, como si el propio tiempo hubiese renegado de la existencia de Ternmouth. Arriba, en el cielo impasible, los cuervos graznaban, ajenos al sufrimiento terminal de una raza condenada a recordar o perecer.

Anatole murió dos semanas después. Fue una muerte plácida, según la enfermera que lo atendió: simplemente dejó de respirar, sonriendo con una paz malsana. Pero Harold, marcado para siempre, supo que se lo llevó la certeza de que la realidad no se puede reconstruir tras asomarse a ese abismo urticante.

De las notas de Harold se recuperaron unos fragmentos tan incompletos como perturbadores:

“Los niños del barro, la carne de piedra. No miran a los hombres, pero nos sueñan, y al soñarnos, nos rehacen a su antojo. Caminan sólo cuando nos volvemos ciegos a nuestra propia historia.”

“No hay frontera. Los colosos andan entre nosotros cada noche, pero sólo los locos y los moribundos lo atestiguan.”

“Olvidar es abrir la puerta. Recordar es sellarla. Todo lo demás es ceniza.”

El manuscrito de Harold nunca fue publicado. Yo mismo, enfrentado al crujir del atardecer y el peso de aquellas palabras, he visto figuras entre la niebla que no son niebla. Algo sigue aguardando en los fondos de las bahías, donde el agua no es agua y el sueño es sólo hambre.

Así termina mi crónica: como comienzan todas las pesadillas, con la promesa de que lo visto es apenas la sombra de aquello que aún acecha.

Si alguna vez caminas al borde del mar y sientes que la tierra tiembla bajo tus pies, no busques explicaciones ni lo mires directamente. Recuerda, porque olvidar es invitar a los colosos a caminar de nuevo sobre la faz de nuestra débil y siempre prescindible humanidad.

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