Portada del relato Tierra sin aliento
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Fragmento:


El encargo era sencillo, o eso prometían las instrucciones: inspeccionar cámaras subterráneas deshabilitadas hace medio siglo, colectar muestras de agua estancada, medir radiación y humedad, hacer algunas fotografías para un grupo privado de ambientalistas. “Zona prohibida” es un término que podría resultar intimidante si uno no ha visto nada peor que eso, si no ha sentido el espesor del aire doblarse a tu alrededor. Pero yo busco ruinas, me adentro en cloacas de ciudades fantasmas para llevarme un par de monedas viejas y, en este caso, varios miles de yenes en un sobre crujiente.

Duración: 12:49

Tierra sin aliento
-a / +A

Texto de ajuste de pausa.

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Las casas parecen demasiado frágiles cuando los relámpagos dibujan sombras descomunales sobre sus tejados. No debí haber vuelto. Me repito esto desde el momento en que el tren se hundió en la bruma sobre el viejo Puente Fumai, acercándome a la ciudad natal del este, a la que tantas veces juré no regresar. Pero el trabajo paga bien - demasiado bien, uno podría decir -, y cuando la desesperación supera el terror, los pactos con recuerdos y ausencias se firman con sangre o saliva, según el grado de desesperación. No me quedaba ninguna.

Así llegué a la Estación Shigunai bajo una lluvia que no terminaba nunca, un límite entre lo vivo y lo que la ciudad había escondido durante generaciones, rompiendo la costra de siglos. Donde termina la línea férrea comienza un terreno irregular, sin mujeres mayores arrodilladas limpiando de basura las cunetas, apenas farolas que se encienden y apagan de forma irregular, guiando el camino hacia los barrios viejos, aquellos tapizados de leyendas que nadie exterior cree y que los locales solo susurran tras varias copas.

Durante el trayecto al hotel, pasé frente a la Torre Hoshikuzu, cuyas ventanas selladas con tablas y una capa espesa de polvo parecían ojos entrecerrados, extrañamente expectantes. El conductor miraba de reojo el retrovisor y luego desviaba la mirada, como si temiera quedar atrapado en el reflejo y que algo, allá en el fondo, lo reconociera. Cuando bajé para recoger la maleta, murmuró: “Vuelva sólo de día. Por las noches el concreto no perdona.”

El encargo era sencillo, o eso prometían las instrucciones: inspeccionar cámaras subterráneas deshabilitadas hace medio siglo, colectar muestras de agua estancada, medir radiación y humedad, hacer algunas fotografías para un grupo privado de ambientalistas. “Zona prohibida” es un término que podría resultar intimidante si uno no ha visto nada peor que eso, si no ha sentido el espesor del aire doblarse a tu alrededor. Pero yo busco ruinas, me adentro en cloacas de ciudades fantasmas para llevarme un par de monedas viejas y, en este caso, varios miles de yenes en un sobre crujiente.

La noche anterior a mi trabajo la pasé en insomnio ligero, recorriendo con los dedos el contorno de la ventana del hotel, mirando la luna baja y rojiza colgar sobre los arbustos que delimitaban la zona acordonada. Sentía una inquietud líquida corriéndome por la piel, un hormigueo cuando pensaba en mi padre - hombre silencioso, de los que sólo levantaban la voz para lanzar advertencias. Su advertencia: “Nunca cruces la cerca después de la Tormenta de los Tilos. La tierra allá no respira como debería.”

Al día siguiente, a la primera luz plomiza, crucé la cerca. Unos alambres oxidados marcaban la frontera, reforzados hace mucho por paneles de metal negro que, con los años y la lluvia ácida, se habían vuelto opacos y desfigurados. En el aire flotaba un aroma a vegetación aplastada, a huevos podridos, a sogas húmedas. Caminé casi medio kilómetro hasta encontrar la escotilla de entrada al subsuelo, exactamente donde las coordenadas del plano me lo indicaban.

Debajo, un silencio pastoso recibió mis pasos. La linterna no lograba avanzar más allá de diez metros antes de ser tragada por una neblina baja, que parecía latir al ritmo de mi pulso. Las cámaras subterráneas eran laberínticas, conectadas por pasillos anchos, diseñados para que docenas de personas pasaran por ellos empacadas durante algún desastre nunca detallado en los archivos municipales. Los muros conservaban pinturas borrosas de órdenes y símbolos de advertencia. Allí, bajo una lámpara titilante, alcancé a leer el eslogan oxidado: “Aquí la ciudad termina; más allá, espera el regreso de la propia carne.”

Me reí sin gracia, pero sentí los dedos congelarse. Había leído sobre ritos de resurrección en monolitos budistas, de bestias selladas por místicos medio olvidados. Solo historias, ¿no? Empujé el miedo a un rincón y bajé más, a la zona que los planos marcaban en rojo, sin nombre.

El olor era denso, como sangre vieja o estiércol. El dosímetro vibró con leves zumbidos, pero sin alarmar. Varios metros después, encontré la primera compuerta sellada desde afuera con soldaduras gruesas, ahora rotas. Una sensación de ser observado se apoderó de mí. No era paranoia, era instinto. Sabía reconocer la diferencia.

Tomé las primeras muestras de agua. Su color era amarillento y su superficie se agitaba aunque nada la tocaba. Al preparar la cámara, oí, a lo lejos, un golpe brutal, como una piedra monstruosa arrastrándose por dentro de la tierra. Mis reflejos parpadearon: sal corriendo, decían. Pero lo que uno hace con la curiosidad a cuestas rara vez es lo que debería.

Bien adentro, en una cámara cuyas paredes estaban cubiertas por raíces negruzcas e hinchadas, descubrí los restos de un altar. Lo rodeaba una multitud de esqueletos animales - demasiado grandes para pertenecer a perros u osos, y mucho menos a animales conocidos de la región. De algunos sobresalían estructuras quitinosas y otros, todavía húmedos, no eran más viejos que una semana, como si ese altar llevara siglos activo. Sobre la losa central, una huella enorme, hendida en la roca como por el peso de veinte hombres. Era, sin duda, el trabajo de un gigante, pero no uno humano.

El aire vibraba cuando me acerqué. De pronto la linterna titiló y, por un segundo, tuve la sensación de que el piso debajo palpitaba. El dosímetro marcó el pico máximo y comenzó a zumbar como un enjambre. Di un paso atrás y sentí un temblor en el concreto… no era solo el eco de mis movimientos: algo se arrastraba, subiendo desde lo más hondo del subsuelo.

Las leyendas que contaban los ancianos del barrio sobre “la gran caída” y los “exiliados sin nombre” me golpearon como una bofetada. Ahora entendía lo que decían con “el regreso de la primera carne”. Estas profundidades no solo eran zona prohibida: eran tumba y vientre, ataúd y matriz para algo cuya existencia había sido sellada allí, esperando el momento de romper las amarras.

La piedra vibró de nuevo, ahora con una fuerza creciente. El agua de la cámara se agitó bruscamente, y unos tentáculos pálidos, como raíces blandas, se elevaron de la charca; más atrás, en la penumbra, se delineó el cuerpo de una criatura grotesca: la piel parecía roca manchada de líquenes, pero respiraba, y de su flanco lateral emergían ojos oscuros, parpadeando lentamente. La bestia era tan grande que con cada inspiración el techo descendía y los muros crujían, protestando por siglos de contención.

Mi mente luchó entre la huida y la parálisis. El monstruo se revolvió y extrajo del altar una figura que parecía, grotescamente, humana, aunque al rodearla de los tentáculos, vi cómo se deshilachaba y recomponía sobre sí misma, como si fuera arcilla todavía húmeda en manos de un niño cruel. ¿Era esto lo que mis empleadores buscaban documentar? ¿El despertar de un animal ciego y antiguo, destinado a rehacer a la humanidad con la materia viva enterrada en estos pasillos?

No tuve tiempo de decidir. Un gigantesco tentáculo rompió el suelo y las paredes cedieron, liberando una nube sofocante de vapor y barro. Ya no pensaba. Corrí, ciego, chocando contra muros chorreantes, sintiendo el aire vibrar por cada movimiento de esa cosa renacida, que ocupaba salas enteras y crecía cada segundo bajo mis pies.

Con la linterna colgando de la muñeca, logré alcanzar el túnel principal; la fuga de humedad inundaba ya los pasillos, empujando hacia la salida restos informes de formas que no deseaba identificar. Mientras me acercaba al exterior, las lámparas explotaban tras de mí, sumiendo el corredor en una oscuridad densa como tinta.

Salí disparado por la escotilla, tragando bocanadas de aire podrido y desplomándome entre ortigas y escombros como un animal acorralado. Detrás, la tierra temblaba, y el suelo entero levantaba polvo y fragmentos de concreto. Entonces, la bestia emergió.

No tengo palabras suficientes. El monstruo no era solo piel, sino una amalgama de todas las pesadillas: raíces, dientes, ojos, huesos disueltos en una masa palpitante del tamaño de una montaña, abriéndose paso sobre la tierra muerta y los barrios abandonados de la ciudad. El cuerpo central se desplegaba en ventosas con forma de boca, devorando las ruinas a su paso, mientras formaciones óseas chasqueaban y se desmembraban en busca de alimento.

Recorrí, arrastrándome, la zanja más cercana, mientras las alarmas de la ciudad resonaban en la distancia. Los escasos habitantes huían, muchos se quedaban donde estaban por terror o resignación. La criatura hinchó su torso y, sobre ella, aparecieron como burbujas visiones de otros monstruos: siluetas de figuras decrépitas, torres y columnas con rostros, ecos de otras resurrecciones, otras extinciones apagadas, listas para retomar su ciclo.

Mi teléfono captó la señal de nueva cuenta: al parecer, alguna entidad había restablecido el sistema de comunicación oculto bajo la Torre Hoshikuzu. En la pantalla parpadeaba un mensaje de los “ambientalistas” que me contrataron: “Si aún vive, documente el avance. Transmita imágenes en tiempo real. NO tema por su integridad. Estos eventos son cíclicos y necesarios.”

El monstruo cambió de dirección, avanzando hacia la zona más densa. Desde mi refugio vi cómo el suelo se abría, absorbía casas enteras, reciclando lo que encontraba; cómo de su sombra surgían brazos deformes, como si la memoria de cada forma de vida que había tocado quedara atrapada y reconfigurada. No era destrucción: era alimentación, preparación.

Traté de gritar, pero mi voz murió en mi garganta. Sentí en la mente una presión, casi un susurro: imágenes de antiguos habitantes, de rituales, de sacerdotes que pactaron con esto cuando faltaba comida, pactando resurrección a cambio de sacrificios. Vi a mi propio padre, arrodillado en la oscuridad de los archivos municipales, sellando compuertas e insertando claves en los paneles, intentando comprar más tiempo para los vivos.

La criatura, aunque gigantesca y grotesca, parecía avanzar con un propósito, evitando áreas que parecían marcadas con símbolos circulares, sellos antiguos grises y desgastados. Pude observar que cada que cruzaba sobre uno, el monstruo palidecía y una onda vibratoria lo recorría, descomponiendo parte de su masa. Tal vez existía un modo de detenerlo, o de al menos minar su avance.

Recordé entonces las advertencias de mi infancia, una letanía repetida por mi padre justo antes de morir: "La carne que duerme, cuando despierte, querrá volver a ser lo que fue. Si encuentras la herida abierta, busca el sello debajo del altar. Cuando el silencio reclame la ruina, sabrás qué hacer".

Con el monstruo avanzando, y la ciudad semidesierta, armé valor y corrí hacia el altar subterráneo. Logré escurrirme de nuevo a través de la escotilla, con la niebla y la radioactividad alfombrando el paso. Busqué alrededor del altar, aparté esqueletos y piedras, y encontré, enterrada bajo placas de hueso, una pieza circular de hierro, cubierta de símbolos: el sello.

Volví a la superficie, arrastrando el disco. Cuando la bestia pasó ante mí, sus ojos oscuros se fijaron sobre el objeto. Extendí el sello con ambas manos, como quien muestra una ofrenda o un ultimátum. Un aullido, indescriptible, atravesó la ciudad. El monstruo se detuvo, vibró y, por un instante, sólo hubo silencio.

La carne y el lodo que lo formaban comenzaron a desgarrarse, deshacerse. Las voces atrapadas se escaparon como humo; los tentáculos se crispaban y retraían, y la enorme masa volvió a sangrar barro, raíces y dientes. En minutos, se replegó sobre sí, colapsando, descomponiéndose en una miseria informe hasta que, agotada y vencida, resbaló de nuevo al hueco de donde emergió, sellando la entrada con su propio cadáver.

Me quedé solo, con el sello aún tibio en las manos, contemplando la herida abierta en la tierra. Sobre la ciudad flotaba una quietud absoluta, sólo quebrada por un último retumbar subterráneo. Sabía, como lo supieron los antiguos, que no es posible matar eternamente a lo monstruoso, sólo poner en pausa la resurrección. Alguna generación futura, por necesidad o por arrogancia, volverá a romper el sello, permitiendo de nuevo que la carne prohibida reclame las ruinas.

Se oyó en la distancia el galope de los primeros curiosos. El miedo no había terminado: sólo dormía, pulsando bajo los escombros, a la espera.

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